Pánico bursatil: el crack anunciado

La caída de los índices bursátiles hace planear estos días la amenaza de una quiebra como la del 2008. Las declaraciones tranquilizadoras de Janet Yellen o de Mario Draghi, responsables  de los bancos centrales americanos y europeos, calmaron el espanto de los financieros sobre un punto preciso, pero nuevos vientos de pánico han vuelto a sumergir las Bolsas.

La bajada de los precios del petróleo, el retroceso del crecimiento económico en China o todavía las dificultades de los bancos fueron los disparadores de los últimos accesos de miedo. Pero, detrás de esto, lo que hay es la ausencia de recuperación de la economía mundial desde el 2008. Y hay una huida hacia delante de bancos centrales mundiales que inundaron el sector financiero de dinero fácil, creando burbujas especulativas de amplitud jamás vista, y que no saben cómo parar la evolución hacia un nuevo hundimiento financiero.

Después de la explosión de la burbuja de los bienes inmuebles americanos (crisis de las subprimes) seguida por la quiebra bursátil de 2008, los grandes bancos centrales que controlan la emisión de las monedas abastecieron cantidades de dinero considerables a los bancos para evitar el hundimiento generalizado del sistema financiero. Para impedir quiebras en cadena, les prestaron dinero fresco a tasas irrisorias. Luego directamente compraron reconocimientos de deuda, financieros activos que no valían para nada más.

Esta última política, llamada “Quantitative Easing” (QE), flexibilización cuantitativa, primero fue lanzada por el banco central americano, concerniendo  concretamente a productos financieros ligados a los bienes inmuebles. Reino Unido hizo lo mismo, así como Japón. El Banco Central Europeo, el BCE, también puso en ejecución el suyo, esencialmente rescatando deuda de los Estados europeos, esperando así calmar la especulación sobre éste.

Una parte importante de este dinero ha sido invertida en acciones, en bienes inmuebles, en la deuda de los Estados y también en los innumerables productos financieros existentes, engendrando nuevas burbujas especulativas y nuevas montañas de deudas. En Estados Unidos, dónde el precio de las acciones aumentó el 72 % en el curso de los cinco últimos años, la evolución del índice bursátil hasta fue directamente paralela a la de la cantidad de dinero inyectada por su banco central.

Además de crear nuevas burbujas, esta política monetaria contribuyó a ampliar todos los movimientos financieros, agravando sus efectos devastadores sobre la economía real. Así, en verano de 2015, la inquietud de los financieros ante de la caída continua de los precios de las materias primas y sus consecuencias sobre el crecimiento de los países emergentes provocó una huida de capitales diez veces superior a la que se había efectuado hace diez años en circunstancias similares, haciendo caer a numerosas monedas de un solo golpe, como el real brasileño, el rublo ruso o la libra turca.

Los responsables de los bancos centrales se dan perfecta cuenta del peligro que representa esta masa monetaria creciente. Pero no tienen solución para hacerla disminuir, ni siquiera para frenar verdaderamente su expansión. El BCE por ejemplo teme, si deja de comprar deudas de Estado, una nueva ola de especulación sobre la deuda de países como Grecia, España, Portugal, o hasta Italia y Francia. En cuanto a aumentar el tipo de interés al cual les prestan el dinero a los grandes bancos privados, los bancos centrales lo contemplan sólo con precauciones infinitas y muy a largo plazo. Porque un ascenso, hasta débil,  de los tipos de interés podría causar la quiebra de un gran número de bancos y de fondo de inversiones.

Frente a todas estas contradicciones, los gobiernos no controlan nada, hasta si se mueven para hacer creer lo contrario. Y su acción se resume en realidad en mantener los medios de la especulación, el enriquecimiento de la burguesía, y el riesgo de quiebra que emana de eso.