La pandemia puede acelerar los cambios sociales necesarios hacia un socialismo revolucionario

Este año que acaba, qué duda cabe, ha estado marcado por la Covid-19, la, hasta ahora, peor pandemia del siglo en opinión de muchos. Ello ha trastocado todo tipo de relaciones a nivel mundial, y de igual manera ha empeorado aún más las consecuencias de la crisis de 2008 de la que aún no se había salido: la economía se ha debilitado aún más, se ha colapsado el sistema sanitario, el sistema educativo ha evidenciado sus carencias y grandes límites, el desempleo se ha vuelto a disparar, el número de fallecidos es enorme, y lo peor, no se ve el final, aún con la vacuna ya en sus comienzos. Lo que sí se ve muy a las claras es el gran negocio de las vacunas para la industria farmacéutica, anteponiendo patentes y la propiedad privada al bien común y la salud. En definitiva, se mire dónde se mire, es obvio el sinsentido de la sociedad capitalista y del modo de producción que la caracteriza.
Con esta pandemia que a la población sorprendió, y que para muchos parecía estar viviendo una distopía, hemos aprendido que de sorprendente e inaudita no tiene nada: la humanidad ha convivido con epidemias, pandemias, enfermedades, virus, bacterias desde la antigüedad y estos, en muchas ocasiones, han precipitado cambios en la evolución de la humanidad. Es algo propio de nuestra relación con el medio natural que nos rodea y que ha influido en la evolución humana tanto biológica como socialmente.

 

LAS EPIDEMIAS Y PANDEMIAS HAN TENIDO UN PAPEL IMPORTANTE EN LA EVOLUCIÓN DE LA HUMANIDAD

La viruela, cólera, peste negra, gripe española, son recuerdos del pasado, pero incluso en este siglo se han tenido 5 alertas internacionales graves: SARS síndrome respiratorio agudo grave en 2002, parecido al coronavirus, proveniente de Asia; la gripe A en 2009, que reavivó el fantasma de la gripe española; el Síndrome Respiratorio de Oriente Medio (MERS), en Arabia Saudí, en 2012; el Ébola entre 2014-2016, en África; y el Zika, que casi impide la celebración de los Juegos Olímpicos de 2016.
Las pandemias nos han acompañado a lo largo de la historia. La peste bubónica, la fiebre tifoidea, la lepra o el cólera, entre otras enfermedades, han golpeado a la población mundial en muchas ocasiones, provocando grandes cambios demográficos y sociales.
La peste negra por poner solo un ejemplo, mató a una cuarta parte de la población mundial en el siglo XIV. Asoló Europa con una duración aproximada de 7 años; se desconocía su trasmisión a través de picaduras de las pulgas que se alimentaban de roedores infectados. Convulsionó la sociedad del momento, afectando evidentemente a los más vulnerables y trastocó incluso las relaciones familiares, algo que también ocurre en la actualidad, evitándose las visitas e incluso dándose el abandono de los hijos, si estos enfermaban.
Pero no sólo se dieron cambios en el ámbito familiar: fue también una catástrofe económica y social que propició enormes cambios sociales. Muchas tierras quedaron sin trabajar, se abarató su precio, y muchos se dedicaron a la ganadería, aumentando en ese momento el consumo de carne. También se concentró la propiedad de la tierra por la muerte de muchos propietarios. Hubo escasez de mano de obra y una gran movilidad hacia las ciudades, aumentaron los salarios, aunque fuera momentáneamente. Por toda Europa se decretaron nuevos impuestos de los Estados feudales, que soliviantaron al campesinado dándose levantamientos de gran magnitud.
¿Todo esto lo provocó la peste? No, evidentemente. La lucha de clases es el motor de la historia, pero esta lucha se inscribe en determinado marco social y fenómenos de tal magnitud como la peste negra que sin duda fueron cambiando la conciencia de muchos campesinos. Su miseria fue vista de otra forma, así como el enriquecimiento de los propietarios y nobles e intentaron cambiar el rumbo de sus vidas. Estas revueltas fueron sofocadas, pero toda Europa quedó marcada por ellas; el feudalismo ya mostraba señales de que era un régimen caduco, que no daba más de sí.
Dando un salto en la historia, sin querer ser exhaustivos, son numerosos los autores que recuerdan que, en la conquista de América, tan importante como las armas, caballos, o la rueda (desconocida por los pueblos originales), fue la enfermedad que, en general, diezmó a la población indígena. Las enfermedades contribuyeron a que los conquistadores con tan pocos hombres y armas conquistaran México o Perú. La viruela los ayudó matando a gran parte de la población azteca, incluso al emperador, lo que provocó una guerra civil para su sucesión (Miguel Salas, “Sin Permiso: Pestes, pandemias y cambios sociales”). De esta forma cuándo Pizarro desembarca en 1531 se encontró a los incas diezmados y divididos, circunstancias que supo aprovechar para su conquista. En Cuba, otro ejemplo, la población indígena fue exterminada a causa de los trabajos forzados y enfermedades como el sarampión.
Ni la peste negra acabó con el feudalismo ni la conquista de América, siguiendo los ejemplos, se hizo gracias a las epidemias, pero sí intervinieron acelerando cambios y transformaciones de la sociedad. En realidad, agravaron las condiciones materiales que provocaron cambios en la lucha de clases y que terminaron por destruir la vieja sociedad alumbrando una nueva. Ya en el prólogo de 28 junio 1883 al Manifiesto Comunista, Engels recordaba: “…que el régimen económico de la producción y la estructuración social que de él se deriva necesariamente, en cada época histórica, constituye la base sobre la cual se asienta la historia política e intelectual de una época, y por tanto toda la historia de la sociedad (…) es una historia de lucha de clases (…)”.

 

¿LA COVID 19 TRAERÁ CAMBIOS SOCIALES?
En España, en el primer confinamiento, la derecha y extrema derecha fueron los primeros en salir a la calle. Sin ser protestas masivas, sí sacaban a la luz sus verdaderos intereses, ahora sí se atrevían a exhibirse, mientras hace relativamente pocos años se escondían tras las siglas del PP; no en vano Vox en la actualidad tiene representación oficial en instituciones y parlamentos. En el momento en que aún había una gran conmoción en gran parte de la población y entre la clase trabajadora, las derechas mostraban su rechazo a las medidas sanitarias y sociales adoptadas, bajo el argumento de la libertad y “responsabilidad” individual: algunos protestaban por el uso de la mascarilla, otros por el estado de alarma, otros por la “falta de libertad” impuesta por las restricciones… había todo un abanico dónde elegir llegando incluso hasta el negacionismo y los anti vacunas.
Pero pronto los trabajadores, a veces muy a pesar de las dirigencias sindicales, también salieron a la calle, a protestar porque la pandemia sanitaria se estaba convirtiendo en una oleada de despidos.

El triunfo de la muerte. Detalle al óleo de Peter Brueghel.

Enseguida se empezó a comprobar que la crisis sanitaria se solapaba con una pandemia social y laboral donde los ERE y ERTE proliferaban tan rápido como el virus. Las medidas de “ayuda” del gobierno, claramente insuficientes, y de las cuales muchas se han ido prorrogando, no han paliado – constituyen un parche en la herida- el problema del desempleo y los despidos. El “no vamos a dejar a nadie atrás” del gobierno, pronto se convirtió en “hacemos lo que podemos” o remembranzas de la “herencia recibida” en alusión al anterior gobierno de Rajoy. La realidad pronto evidenció que las políticas públicas dirigidas a impulsar la reactivación y a atender a lo que se consideraba como los sectores económicos más perjudicados por la crisis, eran insuficientes.
De hecho, en la actualidad, son muchas familias las que continúan esperando la ayuda prometida, el salario social, u otro. El gobierno, no ha tenido más remedio que suavizar un poco los requisitos de ayudas a los pequeños autónomos, porque sino, se hunden y son tres millones de autónomos en España. Sea como sea, frente a la insuficiencia evidente hacia los sectores más necesitados de la población o los trabajadores, ha habido una asistencia directa a empresas, se han pagado los ERTE con dinero público y del dinero que finalmente vendrá de Europa, la parte del león será para las grandes empresas.
Según datos publicados en prensa (Funcas, Impacto social de la pandemia en España. Una evaluación preliminar) en el segundo trimestre del 2020 había casi 1,3 millones de personas que vivían en hogares sin ningún ingreso, 278.700 más que al cierre de 2019 ―que se sumaron a los cerca de 565.000 que ya sufrían esta situación―. Además, se resalta la caída de ingresos de quienes están cobrando alguna prestación pública por desempleo, ERTE o cese de actividad: aunque la cifra ha disminuido desde abril, el momento más duro del confinamiento, a finales del pasado septiembre seguía habiendo 1,25 millones de trabajadores más que en febrero que recibían algún tipo de ayuda de este tipo, con una merma en sus ingresos del 30% o superior.
Respecto al Ingreso Mínimo Vital (IMV), el gran “logro” del “gobierno de progreso”, que se aprobó en mayo, y que comenzó su andadura con graves problemas de gestión, hizo que a finales de septiembre, solo 90.000 hogares recibieran la prestación; a finales de año ya eran 160.000 hogares, una cifra muy inferior a los 850.000 previstos por el gobierno. (“EL PAÍS”, Madrid 16 DIC 2020)
La crisis actual, en España, aún no ha tocado fondo, por el sostén del gobierno y las ayudas públicas. Hay 3 millones de autónomos en España y muchos de ellos están teniendo serias dificultades para sostener su pequeño negocio; muchos ya han tenido que echar el cierre.
En cuanto a los trabajadores asalariados, los cierres de empresas y despidos se suceden día a día. Como se sabe, todos estos trabajadores y autónomos que se irán al paro, desencantados y engañados por las falsas ayudas, pueden caer y engrosar las filas de la extrema derecha. El empobrecimiento, el desempleo, la falta de futuro, el desengaño, etc., son excelentes caldos de cultivo para hacer fortalecer a las derechas y con ellas, puede haber un aumento de la xenofobia, del racismo, del individualismo y de los fascismos. O no.
La aceleración de la crisis económica y social provocada por la pandemia puede traer consigo también luchas obreras y populares que supongan avances, como ocurrió con la peste negra al acelerar los cambios que finalmente ayudaron a superar el feudalismo.
En la actualidad la COVID 19 también abre posibilidades de cambio siempre y cuando la población, los trabajadores, comprendan el papel imprescindible que han jugado en plena pandemia y este análisis lo lleven hasta sus últimas consecuencias, interiorizando que para que la humanidad avance solo hay un camino: tomar las riendas de la sociedad en sus propias manos, sin intermediarios, organizando la economía y la sociedad de una forma más acorde a cómo se produce todo: de forma colectiva. Todas las posibilidades están abiertas.
“Desde la plaga de Justiniano en el siglo VI y la Peste Negra del siglo XIV hasta la gripe española del 1918, la historia está trufada de ejemplos de epidemias que tienen fuertes repercusiones sociales: transforman la política, subvierten el orden social y provocan estallidos sociales”, afirman Philip Barrett y Sophia Chen, técnicos del FMI, (Informe “Las repercusiones sociales de las pandemias” -FMI enero del 2021-). Esto podría darse ya que la población, al menos parte, percibe que la sociedad no funciona como debiera, que falta protección para los sectores más débiles, que los trabajadores están siendo despedidos a pesar de que desde el gobierno dijeron que esto no ocurriría, mientras en el otro lado, las grandes fortunas crecen aun con pandemia. En definitiva, se podría acrecentar una desconfianza tal en las instituciones actuales, dónde por otra parte se ve claramente la corrupción, que el capitalismo fuera reemplazado.
El informe del FMI llega a la conclusión de que “el malestar social era elevado antes de la covid y se ha moderado durante la pandemia, pero, si la historia nos sirve de guía, es razonable esperar que, conforme la pandemia se disminuya, los estallidos sociales emergerán de nuevo”.

LO SOCIAL Y COLECTIVO, LO PÚBLICO, ES LO ÚNICO QUE FUNCIONA

Si la Covid 19 ha demostrado algo, es que la sociedad funciona gracias a los trabajadores, en su sentido amplio. Sin el personal sanitario, de transportes, limpieza, personal docente y un sinfín de trabajadores que se han mostrado verdaderamente esenciales durante la pandemia, los estragos de esta hubiesen sido sin duda alguna mucho peores. Lo “público” ha vuelto a tomar protagonismo estos meses de pandemia. El ejemplo de las residencias de mayores, privadas, en Madrid, dónde incluso se han dejado morir ancianos sin atención médica suficiente y cuyos cadáveres han tenido que ser desalojados por el ejército, es un ejemplo bastante revelador y que conmovió a muchas personas, como es lógico.
No es necesario recordar como las urgencias colapsaron, cómo el personal sanitario y de los servicios esenciales, como transporte, alimentación, han tenido que afrontar los primeros momentos de la pandemia, pues ha faltado de todo. Luego con el transcurso de los meses esta situación revertió en gran parte, pero la pandemia se había extendido y no por ello ha habido una política de contratación a la altura de lo que la situación requiere. Nuestro sistema de salud pública, que creíamos de “los mejores”, no ha resultado tal; los recortes presupuestarios previos, la falta de una verdadera inversión pública, las privatizaciones, restando recursos a lo público, y muchos otros factores, han desembocado que esta pandemia haya ganado mucho terreno.
La sociedad, es un hecho, funciona de forma colectiva; todos dependemos unos de otros. La clase trabajadora, que muchos dieron por desaparecida, ha mostrado su fortaleza por todo el mundo y en cambio es golpeada de forma atroz por una lucha de clases encarnizada entre el capital y el mundo del trabajo. Porque la pandemia no ha suspendido la lucha de clases, sino todo lo contrario.
Sin embargo, contradiciendo el propio funcionamiento social y globalizado de la sociedad, todo lo que se produce en el capitalismo es movido por el ánimo de lucro, por la ley del beneficio privado. Es bastante claro el ejemplo de las vacunas dónde la competencia por ver qué empresa farmacéutica logra mayores cuotas de mercado llega incluso a ensombrecer el prodigio científico que supone haber podido obtener la vacuna en tan poco tiempo. ¿Qué decir en la actualidad de la rivalidad de los distintos estados nacionales para conseguir mayor cantidad de dosis de la vacuna, a un ritmo más acelerado? Los líderes mundiales ni siquiera son capaces de conseguir, con las reglas de juego capitalistas, que los laboratorios farmacéuticos renuncien a parte de sus ganancias –aunque fueran mínimas- para que los países pobres puedan tener acceso a la vacunación y eso que todos comprenden que sin ello la lucha contra la pandemia no se puede ganar y hay en juego muchas vidas aún.
En EEUU, sin ir más lejos, se calcula que 110 millones de adultos no tendrán acceso a las vacunas hasta como mínimo finales del 2021 e incluso más allá con todos los problemas que la propia producción y distribución de la vacuna está ocasionando. A nivel mundial, según Naciones Unidas, “está claro que los países en vías de desarrollo, y muy en especial los más pobres, no recibirán las vacunas en muchos años” (“One Vaccine Side Effect: Global Economic Inequality”, The New York Times, 25.12.20).
En cambio, la vacuna es un trabajo enormemente socializado dónde intervienen muchos científicos y técnicos; la misma investigación científica, está en gran parte financiada con fondos públicos. La ayuda pública a Moderna, Pfizer-BioNTech y AtraZeneca ha sido de más de 11.000 millones de dólares, provenientes tanto de EEUU como de la UE.
Desde el inicio de la pandemia la lucha de clases ha actuado; muchos centros de trabajo han tenido que imponer las más básicas medidas de prevención. Mientras en las empresas los jefes se ponían a salvo resguardándose del virus, muchos realizando confinamientos de lujo, como Aznar en su chalet de Marbella, la salud de los trabajadores se jugaba a la ruleta rusa, economizando en geles y mascarillas, permisos, bajas o reducciones horarias. En los momentos en que esto escribimos este dramático juego continua. Es criminal cómo se deja hacer a las empresas, hasta el punto que muchos trabajadores evitan acudir al médico para no ser confinados, si se encuentran mal, ante el temor a represalias y despidos. En las empresas de telemarketing, por ejemplo, hay múltiples denuncias de cómo los trabajadores han tenido que arrancar hasta simples limpiezas, y eso contando con casos positivos. No hay ni que mencionar cómo van de congestionados los transportes públicos en muchos lugares.
Por todo esto, la humanidad no puede seguir evolucionando bajo esta forma económica dominada por el beneficio privado, que no revierte en lo público. El capitalismo nos muestra que ya no puede dar respuestas a pesar de todos los avances científicos y tecnológicos, a los problemas. Al igual que la epidemia de gripe española, junto a la Primera Guerra Mundial, rebelaron la podredumbre del capitalismo y la barbarie del imperialismo repartiéndose el mundo, hoy en día la pandemia nos hace ver que anteponer los intereses particulares por encima del bien común nos ha llevado a toda una serie de calamidades -desde el cambio climático hasta las pandemias- en las que la propia supervivencia del ser humano se está viendo seriamente amenazada.

 

POR UNA SOCIEDAD SOCIALISTA, AL SERVICIO DEL BIEN COMUN Y NO PARA LOS BENEFICIOS PRIVADOS

Los trabajadores y las clases populares debemos reaccionar juntos e imponer las reglas de juego colectivas, las únicas que protegen a todos. Por toda Europa las cifras de contagios son altamente preocupantes, estando inmersos los distintos países en la tercera ola del virus y sus variantes. Según el diario “El País” de 22 de febrero, más de 111 millones de personas en todo el mundo han sido diagnosticadas de coronavirus, de las cuales han muerto 2.469.320.
Estas cifras son inadmisibles y hubiesen sido otras mucho menores si los recortes de los sucesivos gobiernos no hubiesen golpeado tanto la Sanidad. Por ello hay que revertir la situación: la humanidad tiene tantos avances científicos que esto es más que posible. Los gobiernos no pueden proceder según el dictamen de la gran patronal, como se ha demostrado en estas navidades dónde todas las medidas sanitarias y de contención del virus se han relajado para que la economía no pare, para que el dinero fluya a los bolsillos privados. Esto no puede volver a suceder.
Ni que decir tiene que las medidas de contención del virus, la mayoría de sentido común y reiteradas por los sanitarios, se han parado a las puertas de las empresas y estas han impuesto la ley del capital. Ni que decir tiene que la mayoría de la población ha tenido un comportamiento colectivo de protección y cuidado social que ha estado muy por encima de las veleidades del gobierno y de los dictados de la patronal. No son los comportamientos individuales los responsables de la subida de contagios, sino los imperativos de un sistema –el capitalismo- que necesita para su supervivencia cada vez más beneficios y que en tiempos de crisis no duda en devorar vidas, con tal de que su engranaje siga funcionando.
Por ello los que creemos que la sociedad debe cambiar de base, que se puede gestionar desde el interés común y no desde la óptica del beneficio, tenemos que insistir en que desde el capitalismo vendrá, no ya una cuarta ola de covid 19, sino la barbarie, pues no puede dar solución a los problemas, más bien todo lo contrario, en muchas ocasiones es su causa, al menos en última instancia.
Por otra parte, esta pandemia y esta crisis del capitalismo debe ser pagada por aquellos que en tiempos de vacas gordas, aunque también ahora, se han apropiado los beneficios y para seguir adquiriéndolos no dudan en aumentar el desempleo por doquier y en bajar salarios hasta puntos que rozan la miseria. El capitalismo quiere hacer estallar cualquier mínima legislación laboral que contenga, al menos un poco, su voracidad. No se debe consentir, y para luchar contra la pandemia y contra esta crisis que nos atenaza desde hace ya tanto tiempo, hay que tomar esos beneficios que se han conseguido por un esfuerzo colectivo, social, de los trabajadores y clases populares. Europa era un continente rico antes de la pandemia; lo sigue siendo, esa riqueza no ha desaparecido y ahora es necesaria –vital- para contener el virus y salir de esta situación sentando las bases de una sociedad más acorde a cómo se produce, es decir, más acorde con la colectividad, con lo colectivo.
Hoy día la ciencia, la tecnología, las fuerzas productivas son suficientes para que la humanidad tuviera sus necesidades básicas cubiertas; el mundo podría ser gestionado de otra manera, sin colapsar cada equis años, como hace el capitalismo con sus crisis cíclicas. Sería necesario, evidentemente, planificar la economía de otro modo y tomar el control de las empresas y bancos. Mientras preparamos este futuro hay que combatir el dominio de la burguesía, el dominio de los capitales si queremos un futuro mejor para todos.
Por el momento con esta pandemia hemos aprendido que el mundo podría prepararse mejor para futuros problemas de salud pública; la sanidad no puede ser una mercancía más en manos de la burguesía, así como no lo puede ser ni la educación ni las leyes laborales: hay que exigir que se cumplan las medidas sanitarias y de contención del virus allí donde sean necesarias, para ello los trabajadores deben tomar conciencia de lo que representan en la sociedad y por tanto, de su fuerza. Tomar tal conciencia es el primer paso para ir resolviendo estas contradicciones y estas crisis de las que el capitalismo no puede desembarazarse.
Porque mientras la humanidad sigue funcionando sometida al capitalismo, las pandemias, infecciones, virus, etc, van a seguir existiendo; y las crisis económicas simplemente es que nunca han desaparecido. Si somos capaces de elevar nuestra mirada, veríamos que realmente el coronavirus no es el problema, sino el capitalismo, un sistema irracional donde cada vez es más necesaria la cooperación y el trabajo colectivo, pero el beneficio individual dirige todo, hasta la salud.
Si los trabajadores son los que sostienen el funcionamiento de la sociedad, también deben gestionarla. Se pueden empezar dando pasitos cortos, pero muy necesarios, como por ejemplo imponer por ley un blindaje de la sanidad pública y que paulatinamente se reviertan los servicios derivados a la empresa privada. Empresas, dicho sea de paso, que poco o nada ha aportado a la solución de la crisis pandémica, si no es antes pasando facturas elevadas. Esto sería aplicable también a transportes, educación, a todos los sectores básicos que sustentan la vida en sociedad.
Igual de necesaria sería una ley que imponga una verdadera prohibición de los despidos, y no la pantomima que hay en la actualidad que supuestamente “prohíbe los despidos por Covid” pero deja abierto un coladero inmenso para poder despedir por multitud de otras causas, reales o ficticias, que para ello funcionan los bufetes de las grandes empresas y no tienen problemas para hallar la justificación.
Por todo ello:

– Defensa a ultranza de la sanidad pública, educación, transportes, y sectores esenciales de la sociedad. No a su privatización directa ni indirecta. Expropiación y gestión directa de los servicios esenciales, planificándolos de acuerdo al bien común.
– Reparto del trabajo sin bajar los salarios. Prohibición de los despidos en cualquiera de sus modalidades.
– Control real y efectivo de la contabilidad de las empresas, por parte de los trabajadores.
– Nacionalización de la banca sin indemnizción.

Sólo los trabajadores pueden imponer tales medidas, pues ellos no tienen intereses ni beneficios que esconder al bien común; todo lo contrario, su verdadero interés consiste en que la sociedad funcione adecuadamente. Y la pandemia precisamente ha demostrado que este interés colectivo de la sociedad es una cuestión cada vez más acuciante, cada vez más una cuestión de vida o muerte.

 

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