Tras la primera gran ola de calor de este verano, que ha dejado más de 200 muertos en España y más de 1000 en Francia, constatamos que estamos ante el verano “más fresco” de los que vendrán. Cada año se repite la misma información en los telediarios: “ola de calor sin precedentes”, “el verano más caluroso desde que se tienen registros”, y con ellos las consecuentes muertes de trabajadores y personas vulnerables, los incendios en gran parte del país y la pasividad de los que afirman que no se puede hacer nada.
Años atrás escuchábamos como estas consecuencias negativas (altas temperaturas, sequías extremas, descontroles climáticos, fenómenos adversos, etc.) era consecuencias de fenómenos como la debilidad de la capa de ozono, el calentamiento global, y que se producían de forma cíclica en el Planeta. Esto ya lo tenemos más que superado. Sabemos que estos problemas se han agravado por la acción humana. Es por tanto la acción humana la que tiene que resolver el problema.
Sin embargo, ¿cuál ha sido la respuesta de los gobiernos europeos ante una ola de calor 18ºC mayor que la media? En París, las autoridades prohibieron beber alcohol en la vía pública para aliviar la presión sobre los servicios de emergencia, y se aplazó la marcha del orgullo LGTBIQ+. La policía de Berlín desplegó cañones de agua y, en España, se han reproducido medidas ya usuales que no han impedido casos como el del trabajador fallecido en Mallorca en plena ola de calor hace escasos días mientras trabajaba.
El director de la OMS advirtió que Europa es el continente que más se calienta del Planeta. Si en Europa, donde está agrupada una parte del poder político y económico del mundo, donde se encabeza la transición verde y donde la urgencia es apremiante, no son capaces de acometer medidas reales que prevengan e impidan el cambio climático, el problema es más profundo.
No es ya un problema medioambiental o ecológico, es un problema sistémico. De un sistema -el capitalista- que no funciona ni es capaz de prever las consecuencias de sus acciones si no va unido a un beneficio económico.
A pesar de que la tecnología les da herramientas súper sofisticadas para planificar, controlar y prevenir las consecuencias negativas de las olas de calor, demuestran una vez más su incompetencia. Todo el foco mediático, los recursos y la voluntad política se centra en la transformación verde y su entramado tecnológico, la última ola a la que se ha sumado la burguesía europea para aumentar sus beneficios.
Las grandes potencias mundiales se han unido en multitud de ocasiones para evaluar, analizar y poner hojas de rutas sobre cómo actuar. Conferencias sobre el Clima, tratados internacionales, protocolos y directrices que, empleando la ciencia a su manera, venían a reivindicar un Planeta más verde, más respetuoso, con más esperanza de futuro. Esta transición verde es la que ha permitido que problemas como la destrucción de la capa de ozono esté en remisión desde las medidas que se tomaron en el Acuerdo de Montreal de 1989.
Según datos de La Moncloa, dos de cada tres euros de los fondos Next Generation de la UE se asignan específicamente a la transición verde y digital. Pero este dinero no se gasta ni de forma eficiente ni tiene un impacto real en la vida de la clase obrera. Y esta desconexión existe porque no da beneficio.
La transición verde no proporciona sombras, ni conciliaciones laborales y familiares, ni mejoras en las condiciones de trabajo de los empleos más precarios que viven las olas de calor en Europa como un nivel de supervivencia. Los beneficios del turismo y la construcción, sectores en auge en los meses con temperaturas más extremas, son más prioritarios que la salud laboral y así lo expresan los gobiernos cuando se emplean medidas de protección por una visita del Papa, recomendando el teletrabajo en ciudades como Madrid o Barcelona, pero no ante la urgencia de las temperaturas.
Los trabajos más precarizados, manuales y alejados de los despachos serán los que principalmente seguirán sufriendo esta desconexión. El hecho de que sostengan la base de nuestra sociedad, poco importa. Limpieza de calles, recogida de basura, construcción, conductores de transporte público, mantenimiento de carreteras o vías públicas, personal de hostelería y limpieza privados, servicios de ayuda a personas dependientes, y un largo etc., sufren cada día las consecuencias de una crisis climática que los deja fuera de negociaciones y políticas europeas.
Cuando analizamos la causa de la crisis financiera, la crisis económica o la crisis climática, volvemos siempre a la lógica del beneficio. Necesitamos una sociedad donde la gente trabaje de una manera planificada bajo los dictámenes de la ciencia. Una sociedad en la que las personas sean las que decidan y en la que se produzca de acuerdo a sus intereses colectivos y no en las cuentas de resultados de las empresas.
Necesitamos otra sociedad donde impere el interés social y no el privado de los beneficios del capital. Y crear una sociedad mejor y más igualitaria en la que combatamos las consecuencias del cambio climático. Necesitamos urgentemente un modelo económico colectivo, social, resiliente y amable con la naturaleza en manos de la clase trabajadora. Sí se puede. Pero es una cuestión política y una cuestión de la lucha de clases, no sólo de lucha ecológica.

