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Detrás de la corrupción política, está el sistema capitalista y la gran oligarquía burguesa

Los casos juzgados de corrupción están acorralando al gobierno de Sánchez, cada vez más abocado a convocar elecciones generales. Su discurso, como el de la derecha, llenan los medios en un espectáculo bochornoso de insultos y acusaciones. Sin embargo, la corrupción de estos políticos son los árboles que ocultan el frondoso bosque de los negocios de las grandes empresas, del capital, a costa del erario público y de la explotación de la fuerza de trabajo de cerca de 25 millones de asalariados*.

Para una buena parte de la población la corrupción política es algo propio de la persona, de su moral; son ellos los estafadores, los ladrones, los que se enriquecen gracias a su posición, los que tienen acceso a las altas instancias financieras y grandes empresas y se aprovechan de ello, sin hablar de los beneficios salariales, jubilaciones que tienen los diputados, senadores y altos cargos. Pero tras ellos está una sociedad de explotación de la fuerza de trabajo.

Claramente se aprecia esta situación en la sentencia de los últimos casos de corrupción de Ábalos, ministro y secretario de organización del PSOE, Koldo su ayudante y Aldama el empresario corruptor, vendedor de mascarillas sanitarias, que se va de rositas sin entrar en la cárcel, “por colaborar” con la justicia y denunciar, es decir, chivatear a los políticos.

Así en los medios, en el sistema político, en la gestión del Estado, la pirámide aparece invertida. Es decir, la empresa, la productora de mercancías, en este caso de mascarillas, aparece como oculta en la base de la pirámide de la extorsión y las corruptelas. No se ve, no se aprecia más que el vértice de esa relación económica. Como una película de la mafia, la corrupción se ve como algo ilegal y amoral, y no se aprecia que en realidad es una relación básica de compra y venta, una relación intrínseca a la sociedad de mercado, la sociedad capitalista.

Así pues, los políticos aparecen como “gerentes” del negocio y las grandes empresas las “vendedoras” de sus productos. Y como consecuencia lógica los políticos son los que aparecen y se llevan los palos cuando hay que hacer un escarmiento “legal” quedando los vendedores semi ocultos, como si fueran los actores secundarios en la corrupción. Hay algunos políticos inviolables -Juan Carlos I-, otros siguen protegidos porque han colocado sus peones en el sistema judicial, o en el Estado, caso de Rajoy, Cospedal…

Sin embargo, hay que entender que la relación es al revés. Son los vendedores, las grandes empresas las que dominan, las que tienen la sartén por el mango, las que tienen la mercancía a vender y ganan por ello mucho dinero. Es una relación capitalista, de ahí que sea imposible resolver el problema de la corrupción política en los términos legales del Estado capitalista porque en la relación mercantil de compra y venta, la competencia, los beneficios determinan todo lo demás; así los políticos son los gerentes de los vendedores, de los grandes empresarios. No hay más que ver los negocios en las obras públicas, servicios públicos como la sanidad etc. Mientras siga esta relación capitalista, el negocio manda, los capitalistas tendrán la sartén por el mango y a las y los trabajadores y clases populares les tocará pagar el pato.

PSOE, PP, la misma “mierda” es

Es tradicional en las sociedades capitalistas llamadas democracias liberales, donde existen ciertas libertades públicas, el turno de partidos. Los “gestores”, usando esta terminología, tradicionalmente se agrupan en dos grandes partidos. Así cuando uno lo hace muy mal está el recambio del otro. Todo para que la base económica y social no cambie y perjudique los intereses de los “vendedores”. El Reino Unido con el partido conservador y laborista, y EEUU con el partido demócrata y el republicano son los paradigmas de este sistema.

En nuestro país esa tradición fue recogida primero en el siglo XIX con los partidos Liberal y Conservador, y después de la dictadura de Franco por PP y PSOE. En épocas de crisis donde las movilizaciones populares arrecian y el descrédito de estos partidos crece, puede perderse este turno y aparecer coaliciones, como el caso actual de Pedro Sánchez y su gobierno “progresista”. Pero los fundamentos no cambian. Los grandes negocios del capital tienen que estar resguardados, mejor en un régimen con estabilidad política y turno pacífico que tener que recurrir al palo de la dictadura, último recurso.

Para los explotadores capitalistas presentarse directamente como tales sería muy complicado. Los Botín, Florentino Pérez, Amancio Ortega, por nombrar algunos, son sólo un pequeño grupo en todo el país. Sus intereses están en constante conflicto con los de las masas trabajadoras, lo que genera lucha de clases en todo momento. Por ello no aparecen directamente en el ejercicio del poder político, prefieren estar ocultos y nombrar a sus “gerentes”. Solo en casos donde la crisis económica o política se hace palmaria, la incapacidad de buenos “gestores” se hace evidente u otras causas, aparecen directamente como detentadores del poder político. Es el caso actual de Trump y sus magnates capitalistas, Milei etc.

La corrupción provoca la crisis del sistema político, y su base es la crisis del capitalismo. Un político corrupto, se decía antes, es una manzana podrida en un cesto de frutas; ahora la experiencia nos dice que el propio cesto está podrido. ¿Quién puede creerse que Feijoo, Vox o Zapatero van a regenerar la política? Además, el fracaso de la izquierda reformista, los Sumar, Podemos etc. procede de esta situación, ya que sirven como apoyo gubernamental engañando a la gente para al final hacer lo que a la gran burguesía española, en nuestro caso, le interesa. Como ejemplo tenemos la Ley Mordaza en vigor, o ahora con la visita del Papa, las inmatriculaciones o el derroche económico para beneficio de curas y monjas.

Ocurre que, más tarde o más temprano, las clases populares descubren las corruptelas y la traición a las ideas y las prácticas con que se presentan, volviéndose contra el partido que han colocado en el poder; entonces, la clase capitalista necesita un recambio para mantenerse en segunda línea. De ahí la necesidad de un sistema político con partidos que puedan sucederse sin cambiar casi nada. En otros momentos, como pasó tras el 15M, este sistema entra en crisis y se intentará recomponerlo a través de coaliciones de un lado y de otro, para finalmente volver a lo mismo.

Por todo esto es necesario un partido obrero que no pacte con la burguesía, y sus representantes y que vaya al meollo de la cuestión que no es más que acabar con el sistema económico y social de explotación obrera que a través de los “vendedores” y sus “gestores” mantienen la corrupción. La corrupción es el sistema capitalista

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