Trump intentó convertir la Revolución Americana en una celebración de su propio cumpleaños. Pues bien, eso no le pertenece. Hace 250 años, cuando las 13 colonias declararon su independencia de Gran Bretaña, quienes llevaron el peso de la lucha fueron los trabajadores: agricultores pobres, artesanos, marineros, trabajadores portuarios, pequeños comerciantes, esclavos, impresores, herreros, etc., no gente como Trump. Sin embargo, a su lucha se unió parte de las clases adineradas de la época. Los comerciantes y los propietarios de plantaciones tenían sus propios motivos de queja contra la monarquía británica. Los impuestos de Gran Bretaña también les afectaban. Les afectaban los elevados precios que Gran Bretaña cobraba por los productos que enviaba a América. Y ellos, también, estaban sometidos a los caprichos del enviado del rey británico encargado de gobernarlos. Así que no era de extrañar que muchos comerciantes adinerados y propietarios de plantaciones quisieran la independencia de Gran Bretaña.
Para ser más exactos, querían la independencia para sí mismos. Pero muchos de ellos comprendían que no podrían conseguirla a menos que se unieran a las filas de la población trabajadora común: los agricultores pobres que habían estado luchando por la tierra, los jornaleros de las ciudades que luchaban simplemente por la mera supervivencia, los esclavos que luchaban por la propiedad de sus propios cuerpos. Las clases adineradas intentaron presentarse como portavoces de las clases trabajadoras que luchaban. Esto explica parte del lenguaje de la Declaración de Independencia: estaba dirigida a las clases trabajadoras. Afirmaba que «todos los hombres son creados iguales, que su Creador les ha dotado de ciertos derechos inalienables, entre los que se encuentran la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad».
TODOS los hombres: nada en el texto dice que algunos sean creados menos iguales que otros, nada excluye a los esclavos de esa aspiración, nada implica que «la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad» de la mayoría de los hombres vayan a ser menores que las de las clases adineradas. Era un documento que afirmaba que los gobiernos derivan su poder del «consentimiento de los gobernados»: TODOS los gobernados. Declaraba que el «pueblo» está justificado para derrocar a un poder que se ha vuelto destructivo para sus necesidades. Es decir, era un llamamiento a la revolución.
La Declaración de Independencia no fue solo una manifestación del deseo de los estadounidenses de liberarse del control británico. Estableció un programa social —la igualdad— que reivindicaba los objetivos colectivos por los que luchaba la clase trabajadora común. Esa lucha se prolongó otros siete años antes de que la monarquía británica se viera obligada a admitir que no podía derrotar lo que se había convertido en la primera revolución anticolonial exitosa de la historia.
Gran Bretaña, en aquel momento, era la potencia económica más extensa y la potencia militar más fuerte del mundo. Pero fue derrotada por un ejército heterogéneo que aún mostraba sus orígenes en las milicias locales que poblaban las zonas rurales. Puede que el ejército británico estuviera conquistando el mundo, pero fue derrotado por un pueblo en armas. La derrota de Gran Bretaña marcó un punto de inflexión. Las clases adineradas se apresuraron a transformar lo que había pretendido ser una revolución social en una guerra cuyo único objetivo era el establecimiento de una nueva nación. La nueva Constitución que establecía esa nación dejó claras algunas cosas. Lo que había sido la «búsqueda de la felicidad» se convirtió ahora en la búsqueda del dinero y de los beneficios empresariales. Los esclavos ya no se consideraban parte integrante de la población, al declararse que valían solo tres quintos de lo que valía un hombre. En ese documento no se detallaba derecho alguno para la gente común que había librado la lucha. La revolución había sido secuestrada por las nuevas clases dominantes de la nueva nación estadounidense.
Hizo falta otro período de lucha, las revueltas contra los impuestos establecidos por el nuevo gobierno —las llamadas «rebeliones del whisky»— para que se elaborara una declaración de derechos democráticos para la población. Esos derechos se añadieron a la Constitución como sus diez primeras enmiendas, pero nunca garantizaron la democracia. Lo que les dio su poder fue la disposición de la población a luchar por ellos. Esto sigue siendo igual de cierto hoy en día, cuando Trump intenta apropiarse de la revolución estadounidense, convirtiéndola en una celebración de sí mismo. Los trabajadores tendrán la democracia que desean cuando luchen por ella.
Traducido de Thespark.net

