La historia domesticada que nos venden hoy reproduce un presente “democrático” y pacífico y un pasado al que no se puede volver: la matanza entre hermanos, el “guerracivilismo”. Sin embargo, es fundamental en el mundo de hoy, donde el imperialismo capitalista nos lleva a guerras continuas y a crisis, explicar el presente como consecuencia de un proceso histórico y que posibilite otras formas de vida y de organización social. En este sentido es fundamental describir el por qué de la derrota de las fuerzas obreras. Este proceso histórico se convierte, entonces, en conocimiento, en una herramienta para comprender el pasado y proponer un futuro de una sociedad nueva sin explotadores ni explotados.
Durante las semanas posteriores al 18 de julio existió una auténtica situación revolucionaria en todo el país dónde no había triunfado el golpe. Los comités revolucionarios sustituyeron al Estado. Hasta el dinero fue sustituido por vales que se intercambiaban por productos para el abastecimiento. Estos comités llevaron a cabo labores de seguridad, control económico y la organización cotidiana de la sociedad. Y esto no fue solo en Cataluña. En pueblos de Andalucía, hasta la llegada de los franquistas, los comités organizaron la vida; en muchos de ellos convirtieron las iglesias en mercados de abastos repartiendo por familias la comida. Hay testimonios que cuentan que por primera vez hubo personas que comieron carne. Igualmente ocurrió con la expropiación de fábricas y empresas. En definitiva, se desarrollaba una revolución social y económica de enorme profundidad histórica.
Sin embargo, mientras los trabajadores y jornaleros se organizaban, las cúpulas de los partidos de izquierda, incluida CNT, optaron por la unidad antifascista y la colaboración con republicanos, estalinistas, poumistas y el gobierno republicano. Esta unidad antifascista e interclasista se convirtió en una trampa para la revolución social. El lema “primero ganar la guerra, después hacer la revolución” defendido por los estalinistas sometió a estos comités -que podrían haber sido los estambres del poder obrero y jornalero- a la progresiva desaparición.
La colaboración con las fuerzas republicanas burguesas, la ilusión en la intervención de las fuerzas de los países capitalistas “democráticos” contra Franco, mientras Hitler y Mussolini intervenían a saco, permitió que la dirección política del Estado republicano, los estalinistas y la socialdemocracia, reprimiera y asesinara a los sectores más revolucionarios y acabara de facto en 1937 con las colectividades de Aragón y los restos de la revolución social en Barcelona, donde había sido más fuerte. Y esto se hizo con los asesinatos de revolucionarios, al igual que hizo Stalin en la URSS.
La unidad sagrada antifascista, considerada como el único instrumento capaz de ganar la guerra al fascismo, fracasó estrepitosamente porque solo había la posibilidad de ganar al fascismo con la revolución social, la única que fue capaz de parar el golpe militar.
Esta es una lección vital para los tiempos que se avecinan. Como se demuestra, incluso en las luchas de base de la clase trabajadora, son los y las trabajadoras, el pueblo trabajador unido y organizado en asambleas decisorias y comités elegidos y revocables por ella, la base de una nueva sociedad. Hay que saberlo: la historia es un proceso donde el cambio se realiza organizándose los trabajadores y dirigiendo sus luchas ellos mismos, para acabar con la explotación social. Como, a su nivel, están haciendo en estos días los trabajadores de Airbus en huelga con su organización asamblearia, que es la base del proceso revolucionario a un nivel primario, porque son los trabajadores los que mandan. Es la base del futuro social de la sociedad que queremos, una sociedad con los medios de producción colectivos, organizada por y para el pueblo trabajador.

