Centenario de la Revolución Rusa. La primera guerra mundial, crisol de la revolución

La gran Revolución Rusa cambió la historia. Por primera vez los pobres del mundo habían conseguido tomar el poder y desplazar del poder a las clases dominantes, convirtiendo los medios de producción privados en públicos.

Sin embargo, no podemos explicar el origen y desarrollo de los hechos revolucionarios de 1917, sin entender, que la gran matanza comenzada en 1914, la Gran Guerra, fue promovida, alentada y conscientemente preparada por las potencias imperialistas de la época. El capitalismo, en palabras del socialista Jean Jaures, “lleva dentro la guerra como las nubes la tormenta”. El 31 de julio de 1914, no por casualidad, era asesinado, justo tres días antes del desencadenamiento del enfrentamiento bélico.

Lenin estaba en Suiza, cuando estalla la revolución de febrero en Rusia, y publica unos artículos en Pravda llamadas “Cartas desde lejos” donde, en su primera carta, claramente explica que “La primera revolución, engendrada por la guerra imperialista mundial, ha estallado. La primera revolución pero no la última, por cierto.” Estos artículos fueron reproducidos “parcialmente” por el estalinismo, no se publicarán de forma completa hasta 1957.

Hoy, como ayer, podemos ver la misma situación. Millones de personas están sufriendo la misma barbarie que hace cien años. Las intervenciones de las potencias imperialistas en África, Oriente Medio, en el mundo entero, no son más que el funcionamiento bárbaro, de un sistema económico que vive de la explotación social de los seres humanos, del control de la energía y materias primas, de los máximos beneficios, a costa de matar la más elemental de las necesidades humanas, la vida.

Volviendo a Lenin, en esa primera carta, que citamos anteriormente escribía sobre la causa de la revolución: “un factor de primordial importancia: la guerra imperialista mundial. La guerra ha eslabonado entre sí, con cadenas de hierro, a las potencias beligerantes, a los grupos capitalistas beligerantes, a los “amos” del sistema capitalista, a los propietarios de esclavos de la esclavitud capitalista. Un amasijo sanguinolento; tal es la vida social y política del momento histórico actual.”

En los albores del siglo XX el capitalismo había desarrollado toda su potencialidad hasta llegar a utilizar la máxima eficacia en la industria, con la tecnología y la ciencia aplicada a la producción. Pero este desarrollo tecnológico y científico estaba en manos de los grandes grupos empresariales que con un sistema financiero fusionado con el capital industrial, competían por obtener los mayores rendimientos enfrentándose unos con otros a través de sus Estados. El imperialismo británico y francés tenían “las partes del león” en el reparto de África en el siglo XIX y explotaban Asia en su mayor parte. Alemania que había creado su imperio y desarrollado una gran industria en los años setenta del siglo XIX, se había quedado fuera del reparto colonial.

Europa estaba dividida, por una parte, entre los llamados imperios centrales – Alemania y Austria Hungría–, que dominaban la zona oriental del continente. Estos, acordaron la Triple Alianza con Italia, que saldría posteriormente de ella, y más tarde Turquía como aliados. Por otra, la Triple Entente asociaba Francia, Gran Bretaña y Rusia a la que después se le añadiría en la guerra EEUU.

Los intereses de cada alianza que defendían eran aquellos de sus capitalistas, en competencia unos con otros por territorios, mercados y beneficios. Esta competencia es la que lleva en sí misma el germen del enfrentamiento bélico. Los trabajadores, las clases populares fueron la carne cañón para beneficio de estos intereses. Se calcula que 60 millones de personas murieron en esta matanza.

En los comienzos de la guerra los países engrasaron su máquina de propaganda nacionalista en contra de las potencias enemigas. En Francia, Gran Bretaña, Alemania, Rusia…, en todos los países contendientes se vivió una euforia nacionalista. El engaño estaba servido. Hasta la II Internacional Socialista en su mayoría traicionó los ideales del internacionalismo proletario apoyando los créditos de guerra de sus respectivos países. La socialdemocracia internacional se dividió en una mayoría que apoyaba la guerra y una minoría revolucionaria que denunciaba la guerra como imperialista en contra de los trabajadores y los pueblos, para beneficio de los capitalistas. Esta minoría se reunió en Zimmerwald, en septiembre de 1915 para oponerse a la guerra. Entre ellos estaban Lenin, Trotsky y Rosa Luxemburgo.

Trotsky redactó el Manifiesto en el cual se decía: “Europa se ha convertido en un gigantesco matadero de hombres (…) la guerra que ha provocado todo este caos es producto del imperialismo. Esta guerra ha surgido de la voluntad de las clases capitalistas de cada nación de vivir de la explotación del trabajo humano y de las riquezas naturales del planeta (…) nos hemos reunido aquí para (…) llamar a la clase obrera a recobrar la conciencia de sí misma y situarla en la lucha por la paz. Esta lucha es la lucha por la libertad, por la fraternidad de los pueblos, por el socialismo.”

La guerra iba a ser el crisol que desatara los acontecimientos revolucionarios en Rusia, el eslabón más débil de los países imperialistas. El sistema capitalista se había convertido en mundial y cualquier acontecimiento era el resultado de su crisis global. Se abría la posibilidad de la revolución mundial. La misma I Guerra mundial la había desencadenado.