Arabia Saudí: el régimen echa leña al fuego

El pasado 2 de enero, 47 personas fueron ejecutadas en Arabia Saudí, lo que provocó una oleada de indignación en el Oriente Medio y una nueva subida de tensión.

Se trata, según algunas fuentes, de la ejecución masiva más importante desde 1980 en este país. La muerte del clérigo chií disidente Nimr Baqr al Nimr, un líder de la oposición al poder suní del país, condenado a muerte en 2014 por motivos de sedición y desobediencia al soberano, amenaza empeorar la situación en una región donde los numerosos enfrentamientos se parecen cada día más a una guerra entre chiíes y suníes.

El día después de la ejecución, tuvieron lugar manifestaciones de hostilidad contra Arabia Saudí en Ankara, Bagdad, Beirut, Baréin y hasta Pakistán y Cachemira. En Irán el ayatolá Jomenei ha condenado la ejecución mientras manifestantes saqueaban y quemaban la embajada saudí. En Irak, dos mezquitas suníes fueron atacadas y unas personas, probablemente pertenecientes a milicias chiíes, mataron a un muecín, mientras varios diputados chiíes irakíes exigían la ejecución de unos sesenta detenidos saudíes encarcelados en Irak.

La monarquía saudí no podía desconocer las consecuencias de la muerte del clérigo al Nimr. La rivalidad de los dirigentes saudíes con los iraníes, que aumentó en 201 5 con las nuevas relaciones de Irán con EEUU, les hace buscar maneras de oponer cada vez más radicalmente las dos corrientes del islam, presentándose a ellos mismos como los portavoces de los pueblos suníes mientras que los dirigentes de Irán hacen lo mismo con los chiíes.

En este contexto, Arabia Saudí ha lanzado en Yemen una guerra contra los Houzies, rebeldes de religión zaidí (una corriente del chiismo) aliados de Irán, y apoya militarmente a las bandas yihadistas en Siria.

En realidad, 43 de los 47 condenados políticos no eran chiíes sino suníes vinculados con al Qaeda y su ejecución es también una manera de demostrar que Arabia Saudí actuará sin piedad contra los yihadistas que durante un tiempo gozaron de su tolerancia, mientras no la perjudicaban. No sólo se trata de al Qaeda sino también del Estado Islámico, cuyo líder llamó a derribar al régimen saudí hace poco. Es una manera de decir a estos grupos que ya no se los tolerará y que sólo recibirán ayuda si se dirigen exclusivamente contra Irán, Asad en Siria o sus aliados, y contra quienes los dirigentes saudíes consideran enemigos. El antiterrorismo de Arabia Saudí, igual que el de sus aliados occidentales, sólo existe cuando los grupos están fuera de control.

De todas formas, con estas ejecuciones odiosas que demuestran el carácter sanguinario del poder saudí, éste se ha arriesgado conscientemente a una nueva subida de tensión, que efectivamente se está produciendo ya que en Irán los extremistas parecen fuera del control del régimen y le causan problemas como el incendio de la embajada saudí. La situación ha empeorado de nuevo con la ruptura de las relaciones diplomáticas de Arabia Saudí y unos aliados suyos con Irán.

Para controlar el Oriente Medio, los dirigentes imperialistas se apoyan en las divisiones creadas por ellos mismos, en la rivalidad entre las potencias regionales: han prendido un fuego que sigue ardiendo en toda la región.

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