Ante la crisis económica y social, ¿política reformista o política obrera revolucionaria?

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En la historia de las sociedades humanas, la lucha de clases entre opresores y oprimidos, ha determinado los cambios revolucionarios en la sociedad. Cuando el sistema económico y social no funciona y entra en contradicciones tan graves que se pone el riesgo la supervivencia de esa sociedad, se abre un periodo de transformaciones sociales.
En la actualidad el capitalismo en crisis ha colapsado ante la pandemia de la Covid19. Este sistema económico es incapaz de resolver y mantener el bienestar mantenido por el trabajo del hombre. Tanto es así que el Estado, con dinero público, ha tenido que sostener los salarios con los ERTE, y todas las ayudas a las empresas, algo que el sistema económico no ha podido realizar. Mientras tanto estas ayudas también han servido para mantener los beneficios del capital.
Es la conciencia de esta situación la que puede hacer que, las clases oprimidas del mundo moderno, las clases trabajadoras, busquen las medidas necesarias que permitan solucionar los graves problemas sociales y económicos.
Para la clase trabajadora este sistema no es reformable porque funciona por y para ganar dinero, explotando al mundo del trabajo. Está basado en la explotación del hombre por el hombre. Por ello, la necesidad de una política revolucionaria para que los y las trabajadoras tomen el poder social y político. Un virus ha mostrado la realidad irreformable del sistema capitalista y la necesidad de cambiarlo de raíz. De este modo sólo hay una única salida de la clase trabajadora: derrocar a la burguesía y su sistema capitalista, tomando en sus manos los medios de producción, de distribución e intercambio y gestionar la sociedad en una verdadera democracia obrera. Esto significa un cambio social y político radical, un cambio revolucionario.
Para la burguesía el capitalismo es su orden social, y no hay otra salida que mantenerlo. Ana Botín, la presidenta del Banco Santander en una conferencia en Madrid en 2019, llamó a “reformar el capitalismo”, y sentenció que “el capitalismo ha sobrevivido gracias a que ha sabido adaptarse a los cambios. Ahora debe volver a hacerlo. Y esta intención no debe quedarse en palabras”. Hace unos días, en una entrevista en diario El País, la gran banquera proponía “un nuevo contrato social”. La burguesía es consciente de la crisis de su sistema.
En esta situación de crisis, como en otras épocas, la clase dominante utiliza un abanico amplio de estrategias entre dos opciones básicas: un compromiso con las direcciones de los partidos que representan a las clases oprimidas para, con ciertas reformas y concesiones a la burocracia y minoría de la clase trabajadora, salvar el sistema obsoleto del capitalismo. O puede utilizar la violencia pura y dura contra las clases populares y trabajadoras. En cualquier caso, la burguesía busca mantener sus ganancias y hacer pagar de una u otra forma a la clase oprimida el peso de la sociedad en crisis. En los momentos actuales utiliza dentro de la primera opción las fuerzas que se llaman ahora “progresistas”. Mañana puede utilizar la segunda con la extrema derecha de Vox por ejemplo. El ejemplo histórico de nuestra guerra civil nos muestra como el reformismo estalinista y socialista puede hacer un pacto con la burguesía, en este caso republicana, para exterminar físicamente a la vanguardia revolucionaria y aplastar la revolución social en el campo republicano.
La política del gobierno actual responde a la propia del reformismo y oportunismo de la izquierda; sus medidas y actuaciones alargan la agonía del capitalismo, aunque se disfracen con algunas medidas sociales, haciéndoles pagar la crisis a la población trabajadora. A lo largo de los periodos de grave crisis social, es cuando aparece paso a paso, la única disyuntiva posible: socialismo o barbarie.
El reformismo y el oportunismo en la izquierda desde la crisis de 2008 se expresa en España a través del partido político Podemos y su coalición actual con IU, llamada Unidas Podemos. Nacen tras las luchas y movilizaciones desencadenadas por la crisis de 2008, 15M, Marchas de la Dignidad, etc. Este oportunismo se caracteriza por crear ilusiones en las capas populares de la población y de izquierdas, a través de una política crítica con el régimen del 78, al bipartidismo – PSOE-PP-, y su vindicación de la “democracia” en abstracto, y creando esperanzas en la posibilidad de cambiar la sociedad o al menos mejorar a través de las elecciones, el parlamento y, ahora, entrando en el gobierno con el PSOE de Pedro Sánchez, desarrollar un “escudo social”. Según Pablo Iglesias, entrando en el gobierno se “garantiza” el cumplimiento del programa pactado. El otro aspecto de esta política en la pos pandemia lo llaman “reconstrucción económica”. Ya han dado los primeros pasos a través de la concertación social. Es una forma de unidad nacional, de pacto con la burguesía, así se evita la catástrofe social inmediata y donde, a cambio de migajas para los trabajadores y la población más pobre, se salvan los beneficios de los capitalistas. Con ello se mantiene la “paz” social integrando a los trabajadores en la rueda del capital.
El programa del “gobierno de progreso” a pesar de ser muy moderado, sólo ha puesto en marcha medidas, que, si bien alivian a las clases más castigadas en estos momentos de salida de la pandemia, no tocan, ni la propiedad privada de los capitalistas, ni sus beneficios. Desde los ERTE, – que es una medida de las reformas laborales de Zapatero, ampliada por el gobierno de Rajoy- hasta el Ingreso Mínimo Vital (IMV), pasando por las ayudas a los autónomos, son costeados por dinero público procedente de la caja de la Seguridad Social, por las cotizaciones acumuladas por el mundo del trabajo o vía presupuestos. Es decir, la patronal, en especial la gran patronal, no paga nada de la factura de la crisis.
Esto va a suponer un aumento de la deuda pública y corporativa, y en general europea y mundial hasta extremos nunca vistos. “…De 1997 a 2007 el PIB mundial creció un 28,1% y la deuda un 131%, 4,6 veces más. Y de 2007 a la actualidad el PIB mundial ha aumentado un 14,4% y la deuda un 44%, el triple.”1

1 Juan Torres “Deuda, La Otra Forma De La Esclavitud”. Publicado en público.es, el 7 de abril de 2020

España tiene un PIB de 1,49 billones de dólares. Esta deuda será negociada en los mercados financieros, con lo cual se acrecentarán los beneficios de este sector y la especulación que conlleva, agudizando la crisis industrial. Para hacernos una idea del coste, los economistas y expertos hablan en la prensa de una cantidad que puede oscilar entre 20.000 y 30.000 millones de euros para los meses de pandemia. Cifra que aumentaría si, como se espera, las ayudas del Estado permanecen hasta fin de año. Sólo el impuesto a las grandes fortunas propuesto por UP al año sería unos 11.000 millones. Incluso si se hiciera una fiscalidad progresiva sería insuficiente. El sindicato de Técnicos de Hacienda Gestha cifra en 59.000 millones anuales y solo el endeudamiento por la Covid 19 rondaría, según expertos, entre 167 y 200 mil millones este año.
Una vez más la factura de la crisis se paga con dinero público, aunque por ahora el colchón amortiguador alivie a las clases populares. Sin embargo, este colchón no es la solución a un problema provocado en su raíz, por la organización social de la sociedad en manos de los grandes poseedores de capital: empresas, multinacionales, sistema financiero, es decir la gran burguesía. Esta tremenda deuda estará en manos de los prestamistas, es decir bancos, especuladores y grandes inversores, que recibirán sus suculentos intereses. Este endeudamiento de los Estados es la misma política de la burguesía mundial. “El mundo deberá 325 billones de dólares en 2025” titulaba El País. El espectro de la deuda impagable amenaza con hacer saltar por los aires todo el sistema financiero y productivo del capitalismo. Y, ¿quiénes pagarán los platos rotos?

Las luchas entre las tendencias revolucionarias y reformistas en el movimiento obrero

El movimiento obrero se ha debatido históricamente entre dos corrientes en lucha: la reformista y la revolucionaria. El rasgo más característico del reformismo ha sido su adaptación al capitalismo. Ha desarrollado siempre la idea de que es posible, a través de la democracia burguesa y del parlamentarismo, conseguir conquistas sociales para el mundo del trabajo y lograr progresivamente llegar al objetivo de una sociedad socialista, donde los medios de producción sean públicos y en manos de los trabajadores. La realidad histórica no ha confirmado esta estrategia. Por el contrario, la historia del capitalismo ha mostrado que no puede evolucionar por sí mismo hacia otro sistema porque tiene una contradicción fundamental que lo impide: el desarrollo de producción sin límites en un mercado solvente, de limitado consumo, por la explotación del mundo del trabajo, por la propia sostenibilidad del planeta y actualmente por la pandemia. Su evolución y cambio, no ha hecho más que explotar a seres humanos, hacer pagar las crisis a las clases trabajadoras y populares en medio de catástrofes económicas y bélicas.
En palabras de Marx “Al llegar a una fase determinada de desarrollo, las fuerzas productivas materiales de la sociedad entran en contradicción con las relaciones de producción existentes o, lo que no es más que la expresión jurídica de esto, con las relaciones de propiedad… (…) estas relaciones se convierten en trabas suyas, y se abre así una época de revolución social.” El error del oportunismo y reformismo “teórico” es no tener en cuenta las contradicciones propias del capitalismo que llevan de crisis en crisis a poner en jaque hasta la supervivencia humana.
Esta política de conseguir mejoras parciales siempre ha llevado a la traición de la colaboración de clases o a la pasividad ante los verdugos, cuando todavía se hablaba de comunismo o socialismo. En el gobierno o fuera del gobierno. Los casos de Salvador Allende en Chile, o de Hugo Chávez y su llamado Socialismo del siglo XXI en Venezuela lo muestran. En los casos del reformismo teórico como fueron las tendencias anteriores a la Gran Guerra, Eduard Bernstein en Alemania, el estalinismo, o el Eurocomunismo a finales de los 70, se disolvieron como azucarillos el primero con el estallido de la guerra, el segundo con la desaparición de la URSS y la versión “euro” instalándose en los restos de los partidos socialdemócratas.
El capitalismo en su fase imperialista supone el dominio y el reparto de amplias zonas del planeta entre los grandes monopolios y multinacionales mundiales bajo la égida del poder militar de los países imperialistas como EEUU o los distintos países de la UE. Lenin vinculaba este desarrollo del capitalismo imperialista a la corrupción de capas de la clase trabajadora y el reformismo socialdemócrata de la época. Escribe Lenin: “La obtención de elevados beneficios monopolistas por los capitalistas en una de las numerosas ramas de la industria, en uno de los numerosos países, etc., hace económicamente posible el corromper a determinadas capas de los trabajadores, e incluso temporalmente a una minoría bastante considerable de estos, poniéndolos del lado de la burguesía de dicha rama o nación contra el resto de los trabajadores. La agudización de los antagonismos entre las naciones imperialistas por el reparto del mundo ahonda esta tendencia. Así es como se crea el vínculo entre el imperialismo y el oportunismo, vínculo que en Gran Bretaña se ha manifestado antes y de forma más clara debido a que ciertos rasgos del desarrollo imperialista aparecieron allí mucho antes que en otros países. (…) (El imperialismo fase superior…)
Esto explica que previo a la Gran Guerra los partidos reformistas socialdemócratas traicionaran a su clase y sus ideales para apoyar la guerra votando los créditos de guerra y entrando en sus gobiernos para después masacrar a los revolucionarios como en Alemania. El socialdemócrata F. Ebert fue responsable del aplastamiento de la revolución alemana de 1919 asesinando a Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht. Posteriormente tras la II Guerra Mundial tanto los partidos socialdemócratas como los estalinistas entrarían en los gobiernos burgueses tras la derrota del fascismo salvando el capitalismo en sus países y aplastando cualquier atisbo revolucionario como en Grecia.
En épocas de crecimiento y expansión capitalista era posible algunas mejoras en la sociedad, en ciertos países donde se había llegado a estándares de riqueza gracias al dominio de las colonias y después al dominio imperialista del mundo. Años después de la muerte de Lenin, Trotsky sigue su hilo rojo. Este párrafo del artículo de Trotsky “Una lección reciente de 1938” es de una actualidad impactante: “…El florecimiento del capitalismo, con sus inevitables oscilaciones, permitió a la burguesía mejorar levemente el nivel de vida de algunos sectores proletarios y arrojar jugosas prebendas a la burocracia y a la aristocracia laborales, elevándolas así por encima de las masas. La burocracia sindical y parlamentaria, cuyo “problema social” parecía pronto a solucionarse, aparecía ante las masas como un ejemplo de que era posible mejorar su propio nivel de vida. Esta es la base social del reformismo (oportunismo) como sistema de ilusiones por parte de las masas y de engaños por parte de la burocracia laboral.”

Hoy en día han desaparecido los objetivos e ideales socialistas o comunistas de los grandes partidos históricos del movimiento obrero y estos han evolucionado hasta convertirse en el ala izquierda de la burguesía. El PSOE tiene el nombre de su antiguo programa y Podemos ni siquiera se reclama del socialismo o comunismo. La idea de superar el capitalismo construyendo un orden social colectivo ha desaparecido en ellos. Pero todavía se nutren del apoyo de las clases populares y trabajadoras. Todos sus programas – como el actual gobierno de progreso- se reducen a conseguir “un escudo social” que proteja a los más débiles y conseguir ciertas mejoras sociales. Los casos de las medidas sociales contra la pandemia lo prueban. Son, a lo máximo, colchones amortiguadores para las clases trabajadoras y populares, pero en realidad salvan las ganancias de los grandes capitales que no pagan nada de su crisis. Son medidas, que al capitalismo son, lo que es Cáritas para el hambre: alivio momentáneo, paños calientes que no solucionan el paro y la precariedad laboral que son las causas de la pobreza.

El oportunismo y reformismo en la izquierda, una constante desde la Transición

La crisis de 2008 provocó una reestructuración de la izquierda. El PSOE había recogido desde la Transición y con Felipe González, el voto obrero y popular, hundido el PCE, el partido de la lucha antifranquista. Las decepciones de su política contra los trabajadores del PSOE en sus distintas etapas de gobierno desde Felipe González, condujo a huelgas masivas como la huelga general de 14-D en 1988, y condujo al nacimiento de IU, que con Julio Anguita fue capaz de organizar electoralmente a la parte más combativa de las clases populares. Nacida al calor de las movilizaciones contra la OTAN y contra las guerras imperialistas, IU se propuso combatir al PSOE criticando su derechización en el terreno electoral para sobrepasarlo y obligarle a pactar. Las prácticas municipales de pactos con el PSOE no cambiaron en sustancia nada. Solo algunas experiencias como Marinaleda de Sánchez Gordillo del SOC, mostró realmente ciertas medidas sociales e igualitarias en el terreno de la vivienda o de la agricultura con la expropiación del Humoso. Las estrategias electoralistas de IU no consiguieron doblegar al PSOE a un pacto de izquierda, el famoso sorpasso no se dio y finalmente los sectores populares ante el miedo a la derecha, votaron útil volviendo al PSOE gran parte del electorado.
De nuevo la crisis de 2008 desencadenó grandes movilizaciones. La burbuja inmobiliaria había estallado. El 15M expandió por todo el país movilizaciones y después las marchas de la dignidad concentraron la lucha de los trabajadores en contra de la crisis. Entonces las medidas de Zapatero indignaron a millones de personas. El grito “PSOE, PP, la misma mierda es”, mostraba el enfado de los sectores populares ante las medidas y ataques a los trabajadores. La reforma laboral de Zapatero y de Rajoy más tarde, modificó el despido permitiéndolo más barato. La indemnización por despido pasó de 45 a 33 días el improcedente y el procedente a 20 días por año trabajado. Propició la subcontratación y la temporalidad para bajar los salarios. La rebaja salarial fue generalizada permitiendo a los empresarios modificar el sueldo de sus trabajadores sin previo acuerdo. Los ERTE y los ERE se convirtieron en modalidades de despido colectivo – uno temporal otro total- para las empresas que podían acogerse, prácticamente en cualquier caso y sin el permiso administrativo. Con ello el capital consiguió que se sustituyera progresivamente la mano de obra en unas condiciones salariales y de contrato fijo, a condiciones precarias.
De todas estas movilizaciones e indignación popular nacieron nuevas expectativas políticas. Los pequeños grupos revolucionarios se ampliaron y las críticas al capitalismo se hicieron visibles y fueron aceptados por amplias mayorías. La radicalización de miles de jóvenes se expresaba contra los banqueros y el sistema financiero. Los gritos en las manifestaciones mostraban esa radicalización cuando en las manifestaciones se gritaba “Tenemos la solución los banqueros a prisión” o “Ahí está la cueva de Alí Babá”, cuando pasaba por una entidad bancaria. De esta indignación de la lucha contra el sistema financiero también se han olvidado al entrar en el gobierno. El oportunismo de Podemos se ha hecho palpable.

En este contexto nació Podemos. Liderados por un grupo de intelectuales madrileños presentaron un manifiesto en enero de 2014 “Mover ficha: convertir la indignación en cambio político” firmado por todos los que después serían dirigentes de Podemos. Entre ellos estaban desde Íñigo Errejón y Juan Carlos Monedero hasta Jaime Pastor, antiguo militante de la LCR y miembro de Izquierda Anticapitalista. En este manifiesto se exponían los puntos fundamentales de lo que posteriormente sería Podemos. Era el primer paso para presentarse a las elecciones europeas de 2014. El 11 de marzo se funda Podemos y presenta una candidatura a las elecciones europeas de mayo. Consiguió el 7,98% de los votos y 5 escaños. El éxito catapultó a la nueva formación y a su nuevo líder, Pablo Iglesias.
El manifiesto exponía ante la crisis económica y la crisis política del bipartidismo del régimen del 78, recuperar la soberanía popular, la democracia, el futuro de los pueblos a decidir, apoyando la consulta catalana, y contra los recortes y las privatizaciones. No hablaba de clases sociales: “frente a unos gobiernos al servicio de la minoría del 1% reivindique una «democracia real» basada en la soberanía de los pueblos y en su derecho a decidir su futuro libre y solidariamente”. Defendían “pensiones” y “salarios dignos” y contra la precariedad. Pero no hablaba de clase trabajadora; hablaban de “los de abajo” y “los de arriba” y por supuesto no hablaba de capitalismo, sólo de cambio productivo, reforma fiscal, mercados y derechos de la “ciudadanía”. Para ellos la crisis era una “estafa” al servicio de ese 1% y el “austericidio” significaba pasar las “deudas” privadas a públicas, el patrimonio público al privado y luchaban para “no sacrificar más derechos en el altar de unos mercados guiados por la especulación y la rapiña”.
En octubre de 2014 Podemos había alcanzado los 200.000 inscritos y un viento de euforia recorría los sectores populares que habían participado del 15 M y las Marchas.
En realidad, Podemos no engañaba a nadie. En su Facebook de 2014 se presentaba así sobre la foto de Iglesias: “A ojos de todos, está claro lo que es Podemos. Es una herramienta al servicio de la ciudadanía, que tiene el objetivo del protagonismo popular y de recuperar el déficit democrático que estamos viviendo. Y así lo hemos demostrado, creando una estructura abierta, viva y cambiante, es decir, DEMOCRÁTICA y CIUDADANA donde todo el mundo pueda participar. Una nueva forma de hacer política es posible, ¡PODEMOS!”.
Este partido había conseguido unificar a los grupos más importantes a la izquierda del PSOE, pero también desviado todo el potencial y energía de lucha del 15 M y de la Marchas de la Dignidad hacia el electoralismo y el parlamentarismo más reformista, desactivando las únicas posibilidades de aumentar la conciencia de clase.
No vamos a explicar toda la deriva del movimiento hasta la actualidad. Diremos sólo que progresivamente se han ido desgajando los líderes fundadores por diversos motivos. Desde los personales con el choque de intereses oportunistas para obtener puestos parlamentarios, hasta divergencias políticas en la táctica parlamentaria o de gobierno que han ido dejando a Pablo Iglesias y a sus incondicionales solos en la dirección. La última salida de la tendencia de Izquierda Anticapitalista ha mostrado las divergencias en cuanto a la participación en el gobierno de Sánchez. La desilusión entre su electorado ha ido mermando hasta disminuir en votos hasta el 9,80%, unos 2,36 millones en las últimas elecciones a pesar de su pacto con IU.

Unidas Podemos: el oportunismo en el gobierno

El gobierno de izquierda entre PSOE y Unidas Podemos nació después de que el PSOE en minoría fuera a unas segundas elecciones tras ser incapaces de llegar a un acuerdo. Sánchez tenía un grupo parlamentario lejos de la mayoría absoluta y después de echar a Rajoy y al PP del gobierno en 2018, tras la moción de censura, se convocaron elecciones generales en abril de 2019. A partir de aquí las negociaciones, los tiras y aflojas, incluso las puñaladas traperas, que no faltaron entre los socialistas y Unidas Podemos, terminaron sin acuerdo. Iglesias quería ministerios y la vicepresidencia del Ejecutivo, porque era la manera de “garantizar” el famoso “escudo social”. Tanto unos como otros se culpaban de no transigir.

Sánchez había declarado en un principio que “no podría dormir” con un gobierno con Podemos. Iglesias con tal de tener ministros había renunciado a participar en él, si fuera el obstáculo para el pacto. Al final, socialistas y podemistas, no llegaron a ningún acuerdo y sin la mayoría necesaria y una vez que los presupuestos fueron rechazados, Sánchez tuvo que convocar nuevas elecciones para el 10 de noviembre, que significó la subida electoral de Vox con 52 diputados -28 más- y la pérdida de escaños y votos de PSOE y UP que esta vez sí, firmaron un pacto en 48 horas y Unidas Podemos obtuvo 4 ministerios de los 22 y una vicepresidencia. Estaba claro que sus electorados habían castigado las maniobras, pues en verdad la pelea era por las poltronas ministeriales. La extrema derecha salió reforzada y las ilusiones de millones de personas que lucharon a partir de la crisis de 2008 en desilusión rampante. Ni siquiera el miedo a la subida de Vox logró aumentar los votos.
El PSOE no ha querido nunca en la historia política actual compartir el gobierno con un partido a su izquierda, ellos han llevado siempre la estrategia de concentrar todos los votos populares. Y como partido abiertamente pro capitalista han preferido siempre pactos con Ciudadanos y nacionalistas. Es ahora, cuando Vox se ha convertido en la tercera fuerza nacional y Ciudadanos ha dejado de ser un partido determinante en el hemiciclo, que los socialistas asumieron que no le quedaba otra salida si querían la presidencia del gobierno. Con ello han conseguido implicar a las organizaciones a su “izquierda” en una política burguesa, con ribetes sociales, que llaman “política de progreso”. De esta forma ha comprometido a los sectores que representan el voto de los trabajadores en una política de salvataje del sistema económico capitalista sin oposición parlamentaria de izquierdas. En la transición el PCE llevó la estrategia de “moderarse” más aún que el PSOE de Felipe González. Éste llevaba incluso la propuesta de nacionalizar la banca. Esta estrategia fue nefasta para el PCE porque ante la copia, el electorado prefirió el original y en 1982 las elecciones catapultaron a Felipe González al gobierno con mayoría absoluta. Son momentos distintos pero el fondo es el mismo: Sánchez puede recuperar el electorado del PSOE con la ayuda de Podemos.
Es el oportunismo político de Unidas Podemos, que por ahora permite integrar las ilusiones del electorado de izquierdas en el gobierno. Este oportunismo sacrifica por reivindicaciones concretas e insuficientes, la crítica política y económica a la sociedad. Pero también crean ilusiones en el parlamentarismo y en las posibilidades de cambio a través del electoralismo. Lenin explicaba que “…oportunismo significa sacrificar los intereses permanentes y esenciales del partido en aras de sus intereses momentáneos, transitorios y secundarios.” (¡El radical ruso reflexiona con retardo!, 1906) Unidas Podemos y sus líderes ya ni siquiera hablan de cambiar la sociedad, ni qué tipo de sociedad quieren. Es el oportunismo sin careta: solo quieren mejorar los desaguisados de la crisis y obtener buenas poltronas parlamentarias y ministeriales.
Las continuas alusiones a la “Constitución” para realizar una política más social no hacen más que incidir en el engaño. La causa de la miseria social y económica de la clase trabajadora, los despidos, el paro y la precariedad laboral no son relaciones jurídicas. Puedes tener escrito el derecho al trabajo en leyes con letras de oro que será imposible realizarlo si no se abole la propiedad privada del capital. Rosa Luxemburgo refuta con palabras de hace un siglo el reformismo actual de Unidas Podemos:
“Ninguna ley obliga al proletariado a someterse al yugo del capitalismo. La pobreza, la carencia de medios de producción, obligan al proletariado a someterse al yugo del capitalismo. Y no hay ley en el mundo que le otorgue al proletariado los medios de producción mientras permanezca en el marco de la sociedad burguesa, puesto que no son las leyes sino el proceso económico los que han arrancado los medios de producción de manos de los productores.”
Es una ilusión “blindar los derechos de la gente” desde el gobierno y creando como dice una responsable de Unidas Podemos, Noelia Vera, la creación de empleo a través de una “economía verde” y a través de dinero público pues tiene el límite de los beneficios del capital. “Tiene que ver – explica- con, cómo hacemos esa recuperación del dinero público para invertir de forma diferente, tiene que ver con una reforma fiscal y tiene que ver con que paguen más los que más tienen”. Piensan que la recesión económica no supondría una vuelta a los recortes sociales tal y como sucedió en la crisis gestionada por el PSOE y el PP, sino que se abordaría con recortes que afectarán a los de arriba, a los que más tienen, y no a los de abajo. Sin embargo, todas las medidas no inciden sobre los beneficios del capital, ni inciden sobre la propiedad de los grandes grupos empresariales. Todas las medidas del gobierno de “progreso” no hacen más que salvar momentáneamente la situación a través de la concertación social. La patronal y el capital, lo repetimos, no pagan nada.
La participación de Podemos e IU – Unidas Podemos- en el gobierno, tiene que ser rentabilizada y tiene que mostrar a su electorado que ha merecido la pena entrar en el gobierno. Su discurso es mostrar que si ellos no hubieran estado en el gobierno la cosa estaría peor, y con su presencia han obligado al PSOE a hacer concesiones sociales. Ello explica las exageraciones cuando presentó Pablo Iglesias el IMV de 462 € como una medida “histórica” o Yolanda Díaz cuando dice la falsedad de que han prohibido el despido, con los ERTE. Sin embargo, los despidos que empiezan en el sector del automóvil y se extenderán en la industria ya avisan que no sirven los paños calientes.
El “olvido” de la crítica al sistema bancario del 15M, de “los banqueros a prisión” o de “la cueva de Alí Babá”, se ha pasado a callar y proporcionar liquidez y buenos negocios a los banqueros y grandes bancos en un espiral de deuda pública al alza. Pablo Iglesias personifica este cinismo del oportunismo cuando expresa que “Hay quien plantea que gestionar una crisis desde el Gobierno desgasta mucho y que menudo lío. Mejor que se dediquen a otra cosa. Cuando vienen mal dadas es cuando más hay que dar la cara, cuando más hay que trabajar para proteger a la gente y cuando más sentido cobra la política, porque son los momentos en los que toca defender lo más importante”, decía Pablo Iglesias en el último consejo ciudadano atacando a los Anticapitalistas. Pero hasta ahora lo único que han hecho es pagarles los salarios a los empresarios y prestarles dinero a bajo interés a los bancos para que ellos presten con beneficios.
Los ministros de Unidas Podemos no pueden decir toda la verdad a la gente; porque sería decirles que la participación en el gobierno sirve poco y son cómplices en la ola de despidos, del paro y la miseria creciente y de lo que es peor, de los beneficios especulativos que, tanto en la bolsa como en los sectores de producción sanitaria, ahora se desarrollan. Ellos sirven a la burguesía porque no denuncian al sistema capitalista y la explotación obrera, mantienen la ilusión de que “los de abajo” “no pagan la crisis” como en 2008. Así creen que obtienen el apoyo al gobierno de coalición de los sectores de la población que sufren más la crisis. Pero de esta manera contribuyen a sostener el colapso, la anarquía del mercado económico, creando vanas ilusiones en una serie de medidas que son a lo sumo políticas de caridad pública que no atacan las causas de la pobreza y la precariedad, esto es, el paro y los bajos salarios. Lo peor es que no preparan el futuro, los ataques que prepara la burguesía para sostener su orden social y la crisis que se nos viene.
Sus medidas, los ERTE, el paro temporal, vendidos cómo lo menos malo ante el despido, supone una pérdida del poder adquisitivo de la clase trabajadora y es costeado con dinero público. En la otra orilla, la gran patronal, banqueros y burguesía no pagan nada o casi nada, ahorran salarios y cotizaciones. Su batalla está en sacar el máximo rendimiento a la crisis compitiendo por las máximas ganancias y ayudas públicas y al menor coste de sus bolsillos. Y si es necesario nacionalizar empresas en quiebra, incluso sectores enteros, para así garantizar los negocios de las empresas “rentables”, lo harán.

Ante la crisis que se nos viene

Incluso el capitalismo en sus días de gloria se ha basado en la explotación de los países más pobres para extraer los máximos beneficios y así pagar migajas a ciertos trabajadores y corromper a los políticos y sindicalistas. No hay justificación alguna ni social, ni económica para la política reformista, es decir de presionar a la patronal, al gobierno e incluso participar en él para obtener alguna que otra reivindicación porque lo que haces es mantener la explotación, y más aún como ocurre en los países pobres. El “caritativo” Amancio Ortega dueño de Inditex, Zara, lo sabe bien, por poner un ejemplo conocido.

Entonces, ¿hay alguna esperanza para que Unidas Podemos pudiera garantizar, y arrancar, concesiones económicas sustantivas para los trabajadores? En absoluto y las soluciones de “su escudo social”, son insuficientes y simplemente están sustituyendo con dinero público, de todos los trabajadores, al capitalista en sus pagos salariales, con lo cual la concertación social es en realidad una ayuda real al capital y sólo un colchón amortiguador para las clases trabajadoras. El capitalismo mundial, y el nuestro en particular, ha venido decayendo desde la última crisis y colapsado con la pandemia y no podrá otorgar concesiones importantes porque ha llegado a sus límites.
La pandemia Covad 19 ha dejado muestras de solidaridad de clase en el día a día en el mundo del trabajo. Ha mostrado la responsabilidad de la clase trabajadora en los servicios esenciales trabajando en condiciones penosas que han salvado a miles de personas y en muchos casos a costa de sus vidas. Por el contrario, los grandes empresarios se han quedado escondidos detrás de sus consejos de administración o donando caritativas migajas de sus beneficios. En esta situación las clases populares tienen miedo al porvenir, ven el desempleo como espada de Damocles sobre sus cabezas. Las colas del hambre se aliviarán con el IMV y con los ERE. Pero el futuro es muy incierto y los trabajadores lo perciben. Mientras las medidas puestas en marcha por el gobierno de progreso mantengan el sustento de la clase trabajadora en su gran mayoría, es decir se mantenga el subsidio de desempleo, los ERTE, el paro temporal, las distintas ayudas etc., y las medidas de salud pública racional, tendrá una base de apoyo social amplia y el medio de la izquierda lo apoyará y más si cabe si, como está ocurriendo, la derecha y la extrema derecha siguen con su política “zombi” de atacar la “dictadura constitucional” de Sánchez y el “comunismo venezolano” de Iglesias. Las broncas de Vox o PP y la mezcla de ignorancia y estupidez ante los micrófonos de la prensa de Isabel Ayuso, no harán más que mantener a los trabajadores en la frase “menos mal que no están en el gobierno”.
En este estado de cosas, para salir del marasmo económico actual, la burguesía necesitará ayuda del Estado y de la UE. El sistema económico capitalista sólo se repondrá con todo el apoyo crediticio del gobierno y el vaciamiento del erario público y el aumento de la deuda pública, deuda que habrá que pagar a los “inversores” privados. Podrán, incluso, llegar a nacionalizar para salvar empresas pagando indemnizaciones, sin investigar las cuentas de los accionistas y propietarios. Así, como en cualquiera de sus crisis, el capitalismo eliminará los capitales sobrantes, destruirá empresas y mercancías. Hará su purga para intentar de nuevo comenzar sus negocios y extraer plusvalías del mundo del trabajo. Ello traerá consigo un coste brutal para los trabajadores.
Aquí la política del reformismo sería reducir la factura a pagar por la clase trabajadora y capas populares de la población a través de impuestos progresivos, como el que intentan poner a las grandes fortunas o a las empresas tecnológicas y así reducir el impacto social. La reciente crisis de 2008 está todavía presente en la vivencia de las personas y se tiene la conciencia de que fueron las capas populares y el mundo del trabajo las que pagaron la factura de la crisis, mientras que bancos y grandes empresas salieron beneficiadas y con ganancias espectaculares. En este sentido mientras que el gobierno reduzca el impacto social y se aprecie que hay ciertas ayudas, contrariamente a las políticas realizadas durante la anterior crisis, el apoyo social al gobierno de “progreso” se mantendrá, incluso como mal menor, ante además la evidente política “descolocada” de la derecha.
Todas las ayudas a las empresas, como las que se prevén en la “reconstrucción” económica de sectores como la automoción, el turismo etc. tienen su coste. El problema es que en el sistema capitalista las crisis la pagan siempre los trabajadores. No hay otra manera para que sobreviva este orden social. La factura de las “ayudas” para salvar los negocios y los beneficios de los capitalistas, siempre la pagan los mismos, porque es la única manera de que el capitalismo funcione. Por ello la única manera para que sobreviva el capitalismo es que los trabajadores paguen la crisis.
Tiene razón Iglesias cuando avisa de que “la crisis social se va a agravar” y “vienen momentos muy difíciles”. Y son momentos en los cuales la clase trabajadora tendrá que luchar y no solo por un

pedazo de pan. Habrá que luchar para cambiar la sociedad porque su política no sirve. Entonces se verá que su política oportunista está al servicio de mantener el sistema económico y social.

¿Es posible una política revolucionaria en la situación actual?

Decir la verdad es la virtud de los revolucionarios, aunque ahora no se perciba. En toda situación crítica donde la sociedad entra en crisis aparecen siempre dos disyuntivas sin solución de continuidad. Por una parte, está el mantenimiento de la vieja sociedad y por otra, la nueva que aparece. Crisis significa cambio, es el momento en el cual la situación social experimenta un retroceso o una evolución. Es el momento en el cual se puede emitir una explicación enjuiciando lo que ocurre. Revolución significa transformación de raíz de la sociedad. La extrema derecha atiza el viejo fantasma del comunismo. El mismo hecho que ataquen al gobierno de “comunista”, implica el miedo que la burguesía tiene a su verdadero significado.
Naturalmente no sabemos de qué manera aparecerá el momento álgido de la lucha de clases. Pero sí sabemos que vamos a vivir momentos duros para la clase trabajadora y no sólo en nuestro país. De hecho, son las maneras de encarar la actual situación y los programas y reivindicaciones de lucha, los que marcarán el camino y este camino, como el virus, será internacional.
En una situación histórica de crisis, la lucha de la clase trabajadora está orientada por las condiciones que marca el capitalismo y la política de aquellos que los representan sindicalmente y políticamente y los utilizan para salvar el sistema capitalista. Pero la situación social y económica es siempre más fuerte que esas direcciones burocráticas e integradas en el sistema. Es necesario levantar un programa político comunista que proteja a la clase trabajadora y plantee el derrocamiento de la sociedad capitalista hasta tomar el poder por los trabajadores; hay que hacerlo y organizarlo porque es la única posibilidad para poder cambiar la sociedad aprovechando el devenir histórico.
Rosa Luxemburgo refutaba así, al oportunismo y reformismo de la socialdemocracia en el primer cuarto del siglo XX: “No es cierto que el socialismo surgirá automáticamente de la lucha diaria de la clase obrera. El socialismo será consecuencia de (1) las crecientes contradicciones de la economía capitalista y (2) la comprensión por parte de la clase obrera de la inevitabilidad de la supresión de dichas contradicciones a través de la transformación social”. Estas palabras mantienen hoy toda su vigencia.
El problema actual es la necesidad de acrecentar la conciencia de clase de los trabajadores, porque “la clase obrera” necesita militantes que expliquen “la inevitabilidad de la supresión de dichas contradicciones a través de la transformación social”. Sin esta conciencia no podremos cambiar la sociedad y esta es nuestra responsabilidad.
Muchas veces la crítica hacia el gobierno de Pedro Sánchez y Pablo Iglesias no son bien recibidas por aquellas personas que tienen ilusiones en este gobierno de izquierdas. La coalición gubernamental se percibe como un gobierno de la izquierda que hace lo posible por ayudar a los más débiles. Incluso son percibidas las críticas como la desunión cainita propia de la izquierda. Los furibundos ataques de la extrema derecha y de la derecha al gobierno ayudan a este razonamiento. El intento de criminalizar las manifestaciones del 8M muestran lo que es la derecha. Además, las continuas llamadas del gobierno a la “unidad” nacional, el “patriotismo”, la defensa de la bandera borbónica, encajan con la situación de ataques continuos de la derecha. Esto ayuda a tapar la realidad económica y social y la crítica al capitalismo. El miedo a la enfermedad, a la precariedad y el paro, propician el deseo mayoritario de unidad en la llamada “reconstrucción”. Pero sabemos que no es solución porque significa el mantenimiento de la explotación y el salvamento de un sistema obsoleto. La “unidad” con la burguesía tras la “reconstrucción” será la trampa que hará que la crisis la paguen de nuevo los trabajadores. Buscarán palabras de “consenso”, dejar atrás “diferencias” y “maximalismos”, volver a los “pactos de la Moncloa” etc., etc., etc. Sin embargo, el cierre de Nissan y los despidos previstos anuncia el futuro que nos espera en este sistema económico.
Además, el apoyo a la concertación social con los empresarios de CCOO y UGT, y de las ministras y ministros de Podemos va a facilitar a Pedro Sánchez la gestión de la crisis para mantener la economía capitalista y cierto apoyo popular mientras el colchón amortiguador de las ayudas públicas mantenga cierto alivio en las clases populares.
Pero como comunistas revolucionarios sabemos que el sistema capitalista está en un callejón sin salida. Recuperar las ganancias, aún con todas las ayudas públicas de los Estados, incluso nacionalizando sectores en pérdidas, para que no paguen los capitalistas, tiene poco recorrido, retrasará en todo caso una crisis inevitable.
Sostener con dinero público en el tiempo la crisis económica y social, e incluso a costa de un endeudamiento mancomunado de la UE, tipo bonos corona, traerá costes inmensos para la sociedad y la población. A los trabajadores les toca soportar toda la decadencia del capitalismo, han sacado la sociedad adelante en esta pandemia; pero tenemos que explicar hasta la extenuación que, si mantienen la sociedad, tienen que gestionarla también y organizarla para el bien común.
Es, precisamente ahora, que podemos explicar que no hay soluciones dentro del capitalismo, porque su dinámica nos lleva a una catástrofe social. Las reformas fiscales, el crédito, las rentas mínimas o básicas son soluciones sobre la esfera de la distribución y no de la producción del capitalismo. Al contrario de lo que dicen el gobierno de “progreso” acrecentará sus contradicciones y la crisis se hará mayor. Históricamente solo la guerra ha solucionado las grandes crisis del capitalismo.
Las únicas soluciones posibles vendrán de actuar sobre la esfera de la producción capitalista, expropiando las industrias esenciales, el sistema financiero y planificando la economía, dirigida y controlada por los que “saben” que son los que trabajan y por objetivos sociales y no la “rentabilidad” en bolsa y sus ganancias.
La crítica al reformismo y oportunismo de PSOE y Unidas Podemos está indisolublemente unida a la crítica del capitalismo. Así la lucha de la tendencia revolucionaria contra la reformista fue implacable en los años previos de las guerras mundiales. “En realidad, la gran rapidez y el carácter particularmente odioso del desarrollo del oportunismo no son garantía en absoluto de una victoria duradera: la rápida maduración de un grano de pus en un cuerpo sano sólo puede acelerar que el absceso reviente antes, librando así al organismo de él. Lo más peligroso a este respecto son las gentes que no desean comprender que la lucha contra el imperialismo es una frase vacía y engañosa si no va indisolublemente unida a la lucha contra el oportunismo.” (Lenin, “El Imperialismo fase superior…”)
Hay que ser conscientes y explicar una y otra vez que las contradicciones del sistema capitalista han llegado a sus límites y como Lenin criticar a su vez el oportunismo de Podemos y el gobierno. La producción y el crecimiento entran en contradicción con la capacidad del mercado solvente. El desarrollo de las fuerzas productivas, como la digitalización y robotización de los procesos productivos y de servicios chocan con las relaciones laborales aumentando el paro y la precariedad. La uberización, el teletrabajo, las empresas de Telemárketing, y telefonía muestran esta contradicción. Sólo hay una salida: que las clases trabajadoras tomen el poder y derroquen este sistema basado en la explotación.
Más pronto que tarde, la clase trabajadora tendrá que luchar por su supervivencia y tenemos que levantar un programa de lucha obrera basado en las necesidades reales de la sociedad, y no en los intereses del dinero. La única solución a la crisis del sistema es la expropiación de los capitalistas con el objetivo de los trabajadores al poder.

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