Las enseñanzas de octubre 34

Desde aquel mes de octubre de 1934 en el que, siguiendo el ejemplo de los comuneros parisinos, el proletariado asturiano “asaltó los cielos”, en busca de nuevos horizontes, ha pasado medio siglo. En el transcurso de este tiempo, han ocurrido muchas cosas tanto en España como en el resto del mundo. Y no faltarán evidentemente gentes para pensar y decir que todo esto es “historia pasada”.

Sin embargo, a cincuenta años de distancia, los problemas que se planteaban a la clase obrera española a principios de siglo no parecen diferir demasiado de los que tiene planteados hoy. Y las fuerzas con las que chocó entonces siguen presentes y activas…

Para los liberales burgueses y los dirigentes del Partido Socialista, la proclamación de la República, en 1931, constituyó un medio para asegurar la continuidad del orden capitalista en el momento en que se derrumbaba la monarquía alfonsina. Durante el primer bienio republicano, el Partido Socialista participó en el gobierno como gestor leal de los intereses de la burguesía, la cual – en una situación de crisis económica – sólo pensaba en mantener sus beneficios a costa de las masas laboriosas. Luego, dos años más tarde, sería únicamente para tratar de rehacerse una virginidad política por lo que el Partido Socialista adoptaría un lenguaje más radical. Fue debido sobre todo a las amenazas que hacía planear sobre su existencia la derecha española, tras el toque de atención dado por la instauración de la dictadura nazi y la liquidación de la socialdemocracia austriaca, que el PSOE se decidió a agitar ante la burguesía el espectro de posibles movimientos revolucionarios.

Pero los dirigentes socialistas, tanto los de la izquierda caballerista como todos los demás, no querían destruir el orden burgués, sino tratar de defender su lugar al sol y, en la medida de lo posible, tratar de recuperar las posiciones que habían perdido tras la llegada de la derecha al gobierno. No es, pues, extraño que no hicieran nada con vistas a preparar los trabajadores para los enfrentamientos que se veían venir, nada para coordinar las luchas de todas las capas de la población laboriosa, nada tampoco para no dejar solos a los mineros asturianos cuando éstos pusieron en ejecución las amenazas que los dirigentes socialistas habían hecho en su nombre.

El Partido Socialista dimitió de hecho. Y los mineros asturianos se encontraron solos frente al ejército y las fuerzas represivas del gobierno, contra las cuales nada pudo todo el entusiasmo, todo el heroísmo que derrocharon aquellos quince días.

“Los que hacen las revoluciones a medias, no hacen sino cavar su propia tumba”, dijo un revolucionario francés de 1789. Y se podría añadir que los que sólo juegan con la idea de la revolución no hacen sino cavar la tumba de los trabajadores que confían en ellos. En Asturias, la represión fue feroz, implacable, a la medida del miedo de la burguesía. Y sirvió a los jefes del ejército, empezando por Franco, de ensayo general para preparar lo que vendría entre 1936 y 1939.

La tragedia que vivió la población obrera de Asturias no fue el resultado de unos supuestos “errores políticos” cometidos por los dirigentes del Partido Socialista, sino el resultado de una política detenidamente pensada, detenidamente decidida, que no iba dirigida a permitir que la clase obrera pudiera utilizar sus fuerzas para derrocar el orden burgués, sino a defender el puesto del estado mayor socialista dentro de este orden.

La mejor prueba de ello la dio el propio Partido Socialista a través de la política que desarrolló en los años siguientes. En efecto, en vez de extraer para la clase obrera las lecciones de lo ocurrido en Asturias, de mostrar que el principal papel del ejército español era el de ser una fuerza represiva al servicio de la burguesía, hizo, al contrario, todo cuanto pudo, después de la victoria del Frente Popular, para tratar de convencer a los trabajadores de la “lealtad” de ese ejército hacia la República.

En julio de 1936, igual que en octubre de 1934, no fueron las direcciones de los grandes partidos – aparte el caso de la CNT – quienes respondieron al golpe de la derecha, sino la clase obrera y los militantes de base. Fueron los trabajadores quienes tomaron las armas. Y, en 1936, cuando éstos habían hecho fracasar el golpe militar en más de media España, los dirigentes del Frente Popular no encontraron nada mejor que hacer sino dedicarse a canalizar la ola revolucionaria, a defender la propiedad privada. En resumidas cuentas, a tratar de convencer a la burguesía española de que podía confiar en ellos.

En un primer tiempo, fue en nombre de la “defensa de la República” que los dirigentes del Partido Socialista y del Partido Comunista se opusieron a las aspiraciones revolucionarias de las masas, contribuyendo así a desarmarlas moralmente.

Millares de trabajadores que aspiraban a otro tipo de sociedad cayeron entonces por la “defensa de una República” que había sido también la de Casas Viejas… Lo cual no impediría medio siglo más tarde a los dirigentes del Partido Socialista y del Partido Comunista abrazar la causa de la monarquía cuando la burguesía les ofreció entrar de nuevo en su juego político.

Por una de las ironías que tiene a veces la historia, ésta ha querido que el Partido Socialista fuera más ampliamente admitido en la administración de los asuntos de la burguesía en la monarquía juancarlista de los años ochenta, que en la República de los años treinta. Pero lo que la burguesía espera del PSOE – y lo que éste hace sin tergiversar – es que utilice su influencia sobre la clase obrera para hacerle aceptar la crisis, el paro y sacrificios cada vez mayores.

De todos modos y por si acaso, tras la máscara “socialista” del régimen, el ejército sigue vigilando, dispuesto, como siempre, a intervenir en el supuesto de que las palabras dulzarronas no consiguieran engañar a los trabajadores o incluso, simplemente, a partir del momento en que la burguesía o el Estado Mayor se harten de la comedia y consideren que ya ha durado demasiado.

El ejército, el mismo ejército que mostró en Asturias, por primera vez a gran escala, de lo que era capaz durante aquel mes de octubre de 1934, sigue siendo el mismo. Hoy ese ejército está dispuesto a seguir el mismo camino que los Franco, López Ochoa, Yagüe y Doval durante y después de la insurrección asturiana del 34.

Hoy como ayer, los trabajadores tienen contra ellos a las fuerzas de represión de su adversario de clase; pero también sus falsos amigos, los dirigentes de los grandes partidos obreros que les dirigen engañosos discursos sobre la “democracia” y están dispuestos a atarles otra vez las manos si deciden lanzarse a la lucha.

Sin embargo, los trabajadores deberán luchar, de una manera o de otra, si no quieren ver su nivel de vida y sus condiciones de trabajo retroceder varias décadas. Pues nada detendrá a la burguesía en su intento de mantener sus beneficios a costa de descargar cada vez más el peso de la crisis sobre las espaldas de los trabajadores, nada excepto la revuelta airada de los explotados.

Ochenta años nos separan de la insurrección de Asturias. La historia no se detuvo, por supuesto, en 1934. Pero la necesidad de una transformación socialista de la sociedad sigue siendo hoy tan imperiosa como ayer, como lo muestra cada día más esta crisis económica en la cual no sólo España, sino los demás países del mundo, se hunden desde años. No, los ideales por los que han luchado y caído tantos trabajadores no han muerto; al contrario, siguen conservando toda su actualidad.

La lucha por el socialismo, no para que algunos personajes políticos que se dicen socialistas ocupen sillones ministeriales, sino para que las masas empuñen las riendas de su propio destino, exige el renacimiento de un movimiento revolucionario, de un movimiento que habrá hecho suyas las lecciones de octubre de 1934.


80 años de la Comuna de Asturias de 1934, octubre de 2014