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50 años del fin de la dictadura

Un 20 de Noviembre de 1975, tras 40 años de dictadura, moría Franco. El gobierno ha estado este año celebrando actos para reivindicar la vida en democracia, pero ha pasado de puntillas en su relato de lo que supuso verdaderamente el franquismo: una matanza de la clase trabajadora, una verdadera lucha de clases. Aquel día muchos trabajadores respiraron aliviados, los más osados brindaron, pero a pocos se les iba el miedo porque sabían que los asesinos y torturadores del régimen iban a seguir en sus cargos. El régimen de Franco fue un régimen de terror, a pesar del baile de cifras: 160.000 asesinados, más de 100.000 desaparecidos y 150.000 exiliados. Sin contar los bebés robados, las torturas, los presos políticos, el hambre como arma de guerra…

El gobierno de Pedro Sánchez, autodenominado “el más progresista de la historia” ha pasado de puntillas sobre el tema de las cunetas; la mayoría de las fosas comunes en España quedan aún sin abrir. Hay un consenso en las cifras, dada la dificultad que entraña descubrirlas, que informa que España de norte a sur es una gran fosa común jalonada por unas 6.000 fosas comunes.

El aparataje del PSOE reconoce, cada vez más víctimas, lentamente, pero no podría ser de otro modo, y su ley que insta a la retirada de los símbolos franquistas, ni siquiera la hacen cumplir a rajatabla. Las excavaciones siguen siendo pocas, apenas se han exhumado 9.000 cuerpos y solo se han identificado 70.

 Los actos del PSOE por el aniversario de Franco, denostados por la derecha, no van a explicar que durante la Transición firmaron la Ley de Amnistía, por ejemplo, que fue una ley de punto final que ha impedido hasta nuestros días juzgar a los asesinos y torturadores y los mantuvo en el aparato de Estado; tampoco que tanto su partido como el PCE oficial actuaron de bomberos apaciguando las luchas de los trabajadores, que fueron muchas.

Por eso los actos oficiales no van a explicar claramente el carácter de clase de la dictadura, ni por qué los burgueses del momento les tenían miedo a las alpargatas de un obrero y no a las botas de un militar