Cientos de muertos en el Mediterraneo: la política mortífera de los dirigentes europeos

El 3 de octubre, un barco que albergaba a más de 500 personas se hundió a solo media milla de la Isla de Lampedusa. Más de cien personas fallecieron en este naufragio. Barroso, el presidente de la Comisión Europea, viajó a Lampedusa para expresar su pesar… y lo esperaban abucheos, con razón.

Pura palabrería y cinismo; ¡actúan como si ignoraran las opciones de los gobiernos y de la Unión Europea en este asunto desde hace mas de veinte anos! Desde 1997, la UE decidió la limitación de los desplazamientos dentro de la zona Schengen para los solicitantes de asilo y restringió su acceso al empleo, así como la reagrupación familiar.

En el consejo de Sevilla en el 2002, la lucha contra la inmigración clandestina fue declarada prioridad absoluta, y la ayuda al desarrollo de varios países pobres condicionada a su compromiso para limitar sus migraciones. En 2004, un fichero único de datos se instituyó a nivel europeo. Desde entonces se han firmado múltiples acuerdos en este sentido, hasta día de hoy.

Mientras tanto, el número de inmigrantes que pierde la vida en el Mediterráneo no deja de aumentar. Los representantes de las grandes potencias pueden derramar lágrimas de cocodrilos ante las victimas, pero en realidad son responsables: cuánto más los gobiernos de Europa cierran sus fronteras, más inmigrantes son condenados a morir en el mar. Los emigrantes que toman el camino de Europa, a riesgo de dejar allí la vida, no dejarán de hacerlo. Están incitados por la desesperación, la miseria y la inestabilidad política y militar de su país. Hay allí unas situaciones heredadas de la intervención de los países imperialistas. Éstos edificaron su potencia sobre la explotación de los países de África, del Medio Oriente y de Asia. Es su política en estos países, -el apoyo concedido a los dictadores locales o a las bandas armadas rivales, sus intervenciones militares directas o indirectas-, la que contribuyen transformando a cientos de miles de mujeres y de hombres en refugiados y, para algunos, en candidatos al exilio. Lo menos que podrían hacer sería dedicar, al menos, una parte de su riqueza a acogerlos de forma que no mueran más en el mar en tentativas desesperadas.