Las 35 horas de trabajo

El Jueves 27 de noviembre, Pablo Iglesias, secretario general de Podemos, presentó un documento llamado “un proyecto económico para la gente”, fruto de los esfuerzos de dos economistas, Vicenç Navarro, de la Universidad norteamericana John Hopkins, y Juan Torres, de la Universidad de Sevilla. El documento, “un borrador”, se tomará como base para desarrollar el programa económico de Podemos para las elecciones generales de 2015, un programa calificado como “socialdemócrata” por Pablo Iglesias. Les queda medio año más para trabajar.

Desaparece ya la idea de rebajar la edad de jubilación hasta los 60 años, mientras se suavizan aún más las propuestas de renta básica o de auditoría –antes “impago”– de la deuda. Entre las proposiciones más destacadas del borrador, se encuentra también la rebaja de la jornada laboral a las 35 horas semanales.

Es obviamente absurdo –salvo para los capitalistas– hacer trabajar a unos 40 horas a la semana, cuando millones de trabajadores a tiempo parcial o privados de empleo y de salario apenas sobreviven o caen directamente en la miseria. A priori –y dado por supuesto que no se rebajen también los salarios–, tal disminución de la jornada laboral sería desde luego motivo de alegría. Habrá que ver.

En Francia, a comienzos del 2000, la jornada laboral legal pasó de 39 a 35 horas semanales. Medida clave del programa electoral del Partido Socialista en 1997, esta reforma fue llevada a cabo por el gobierno de Lionel Jospin y sus ministros de la “Izquierda Plural” (Partido Socialista, Partido Comunista y Verdes). La realidad fue que las “35 horas” fueron un regalo más del Estado para la patronal.

Bajo el disfraz de una reforma social, el gobierno socialista respondía a la vieja consigna patronal de “flexibilidad”. La ley de “35 horas”, calculadas anualmente (1607 horas anuales), autorizó a los capitalistas a poder establecer horarios de trabajo de hasta 48 horas a la semana sin pagar horas extras o, al  contrario, parar temporalmente la producción sin pagar los derechos debidos al paro técnico. Así, con las “35 horas”, la patronal francesa tenía la posibilidad de hacer trabajar más o menos según sus necesidades de producción y del mercado.
Las “35 horas” permitieron un aumento del 5% de la productividad y una ocupación mayor de los instrumentos de producción, lo que supuso una subida del 8% de las riquezas producidas –de las cuales los trabajadores no consiguieron nada,
pues no se aumentaron los salarios–, sin que los capitalistas invirtiesen ni un solo céntimo. Y, como no era suficiente, las “35 horas” vinieron también con 15 mil millones de euros anuales de nuevas exenciones fiscales exigidas por los  capitalistas. Las mejores promesas pueden esconder las peores trampas.

Desde luego, debemos defender el reparto del trabajo entre todos sin disminución del salario, exigir que los inmensos incrementos de la productividad permitidos por el desarrollo técnico deben ser puestos al servicio de las necesidades de toda la sociedad. Pero tenemos también que tener claro que esto lo impondremos frente a los capitalistas solamente a través de las luchas obreras; no existe gobierno, aunque sea “socialdemócrata” con esta capacidad.