Tras las vacaciones, desde el día 24 de agosto la plantilla de Airbus ha seguido en huelga indefinida. La empresa no solo no resuelve las reivindicaciones, sino que ahora ofrece peores condiciones que en el acuerdo de julio.
La nueva responsable global de RRHH, Carmen Maja Rex, ha llegado con amenazas de llevarse la carga de trabajo a otros países. Pero sabemos bien que esto no depende de la de la huelga ni de los trabajadores, sino de su búsqueda de maximización de beneficios. Es algo que pueden decidir en cualquier momento, según los intereses de la dirección. Ya lo vimos en Puerto Real: paralizar la huelga no garantizó que la fábrica siguiera abierta.
Además, en la mesa de negociación dicen que “con la huelga activa no avanzan las negociaciones”, lo que supone una clara vulneración del derecho a huelga. Queda claro lo que quieren: empleados sumisos, obedientes y mal pagados para aumentar sus beneficios a costa de la explotación de los trabajadores. Pese a todo: la huelga ya ha dado sus primeros resultados, pues la empresa ha renunciado a aplicar el sistema de productividad Bradford, odiado por los empleados. Pero se han topado con una plantilla valiente y que no se amedrenta fácilmente. ¡Esto no se para!
Los trabajadores de Airbus votan no a pausar la huelga
Este lunes 31 de agosto, los trabajadores de Airbus decidieron no pausar la huelga indefinida con un 81,2% de los votos de los centros de Getafe (Madrid), San Pablo y Tablada (Sevilla). Por su parte, un 16,4% eligió lo contrario con 2,4% de abstenciones. Por su parte, Illescas (Toledo) votó que no pausaba el viernes y en Albacete y Cádiz se han abstenido, aceptando la decisión de la mayoría. La propuesta partió de la propia compañía y de su negativa a negociar con la huelga en activo, proponiendo a los sindicatos —CGT, UGT y UTIL— pausar un día para negociar, quienes trasladaron esta consulta a todas las asambleas.
Tras un fin de semana de deliberación, los trabajadores decidieron por más de un 80% en la votación celebrada el 31 de agosto que no se iba a pausar y que iban a continuar la huelga. Los motivos fueron claros:
– La empresa no ha cumplido el grueso de las reivindicaciones (únicamente ha retirado el sistema Bradford ¡lo cual ya es un verdadero logro de la huelga!). Pero se ha negado a negociar y no ha ofrecido nada sólido en materia del IPC y vacaciones y teletrabajo lo deja igual
– La propuesta de pausa se ve mayoritariamente como una maniobra patronal para dividir a los trabajadores y lograr que entren a trabajar es “darle oxígeno a la empresa”
La respuesta de los trabajadores se da en un contexto de enorme presión para ellos: la empresa ha comenzado la negociación con la política del miedo: amenazando con llevarse cargas de trabajo fuera, parar las contrataciones o cerrar fábricas. Por si fuera poco, el ministro de Industria y Turismo, Jordi Hereu, amenazó con “intervenir en la huelga” si no hay acuerdo.
Los contratos de Defensa contraídos con Francia, Alemania y España (recordemos que el Gobierno tiene participación en la compañía con la SEPI, el 4,08%) han sido usados de excusa para defender los beneficios de los accionistas… ¡Bajo la excusa de la “seguridad europea”! Además, la empresa amenaza con cerrar la reunión del SIMA (Servicio Interconfederal de Mediación y Arbitraje formado por patronal y sindicatos) con los sindicatos que apoyan la huelga, para volver a pactar con los sindicatos que traicionaron a las asambleas en julio aceptando un acuerdo lesivo para la plantilla.
Los trabajadores no pueden esperar buena fe de la compañía y no pueden esperar nada del Estado, solo confiar en sus propias fuerzas. Y han identificado correctamente que su verdadera arma es la huelga. ¡Viva la lucha de los trabajadores de Airbus!
El de Airbus es un problema político
La empresa busca recuperar el modelo antiguo de concertación sindical con organizaciones integradas en el Estado — como CCOO—, acostumbradas a preguntar a los trabajadores si aceptan un acuerdo ya pactado de antemano con la patronal, para hacerlo cumplir. El conflicto trasciende el plano puramente económico de los números y se convierte en un problema político. En reuniones privadas con algunos dirigentes sindicales, la multinacional ha manifestado abiertamente que no va a negociar con la asamblea de trabajadores. Es decir, una gran corporación se niega a negociar con los trabajadores organizados democráticamente, prefiriendo interlocutores que controlen a una plantilla sumisa.
La negativa a aceptar la verdadera democracia obrera responde a una realidad fundamental: es el poder obrero frente al poder de la patronal, evidenciando intereses contrapuestos: la pura lucha de clases.

