El capitalismo es un sistema que tiene como base la producción de mercancías y para la consecución de beneficios necesita abaratar costes a todos los niveles: maquinaria, mercancía, costes de producción… y entre ellos, la fuerza de trabajo, el trabajador. Es por ello que trata siempre de dividir a la clase trabajadora en categorías diversas según sexo, nacionalidad, cultura, edad… haciendo así el trampantojo de aparecer como entidades que poco tienen que ver. Se atizan las diferencias como algo problemático precisamente para para ocultar que la clase obrera es una y es internacional, como lo es también hoy día el capital.
Ver al inmigrante llegado a Ceuta como a un enemigo es el resultado de una lógica capitalista que opera a través de muchos resortes y que tiene los medios de comunicación en sus manos. Sin embargo, poner en competencia a unos trabajadores contra otros, es tan viejo como el propio capitalismo pues este desde sus inicios, siglo XVIII, ha necesitado mano de obra y al menor costo posible. Ha llovido mucho desde que en los albores del capitalismo, la competencia entre trabajadores ingleses e irlandeses -estos últimos empobrecidos, se veían obligados a aceptar condiciones muy precarias- competían en el empleo y se detestaban por ello; como resultado de la división el capitalista de turno ejercía presión a la baja sobre las condiciones laborales imperantes en ese momento y abarataba más temprano que tarde la fuerza de trabajo.
La fuerza de trabajo inmigrante es, por lo tanto, un imperativo del capitalismo, no solo en términos de necesidad cuantitativa de mano de obra, sino también de disponibilidad para ser empleada en el lugar adecuado y en los sectores más convenientes, a bajo precio si es posible.
Es fundamental para la clase trabajadora en su conjunto comprender estos procesos y combatirlos ideológicamente, organizando una respuesta unitaria contra el verdadero causante de la degradación en las condiciones laborales: la clase capitalista y sus servidores.
Las internacionales obreras
Los trabajadores ya han logrado organizar tres internacionales; la primera y segunda Internacional difundieron entre ellos la conciencia de pertenecer a la misma clase social, que la clase trabajadora era una sola, con los mismos intereses, y por consiguiente debían tener una lucha conjunta.
La Primera Internacional (AIT) se creó en Londres en 1864 y desde sus inicios concibió la solidaridad entre trabajadores de distintas nacionalidades como un arma para toda la clase obrera; en sus Estatutos, establecía que “todo miembro de la Asociación que cambie de residencia de un país a otro recibirá el apoyo fraternal de los trabajadores asociados” ( art. 9). Esto no era una defensa moral, en abstracto, por los derechos humanos, sino era visto como una necesidad contra los intereses del capital. La solidaridad de clase imperaba por encima de las nacionalidades.
Marx, que ayudó en la redacción de los Estatutos de la AIT, como científico y estudioso de la economía, sabía que la competencia entre los trabajadores los debilitaba y suponía un arma en manos de las patronales. La inmigración, para él, no es una cuestión individual, sino que está vinculada a condiciones económicas e históricas determinadas; era una manifestación del desarraigo impuesto por el modo de producción, del capitalismo, y solo la organización internacional de los trabajadores podía transformar ese desplazamiento forzado en una fuerza emancipadora.
La solución no era, pues, acotar la migraciones, hacerlas en condiciones de seguridad, ordenada, como se defiende hoy día, sino conseguir que todo aquél que llegase gozase de inmediato de las mismas condiciones que el trabajador nacional; la solidaridad era la única regla a seguir, estableciendo diversos mecanismos para ello: afiliando al inmigrante en sus organizaciones, consiguiendo fondos y cajas de resistencias, haciendo huelgas…
La creación de la Segunda Internacional (1889) coincidió con la primera gran globalización capitalista. Entre 1880 y 1914, más de 50 millones de europeos emigraron a América y Oceanía. El fenómeno obligó al movimiento socialista a pronunciarse. En el congreso de Stuttgart de 1907, los delegados debatieron la cuestión divididos entre el internacionalismo de los socialistas europeos y la corriente de sindicatos estadounidenses y australianos que defendían restricciones por la inmigración china y japonesa hacia EEUU, al caer en lo fácil de justificar el empeoramiento de las condiciones laborales del trabajador americano por la llegada de trabajadores asiáticos.
La resolución aprobada en Stuttgart es un documento crucial. Tras largas discusiones —en las que participaron August Bebel, Karl Kautsky y Rosa Luxemburgo, entre otros—, el texto final rechazó “toda restricción a la emigración y a la inmigración motivada por diferencias raciales o nacionales” y denunció las leyes que pretendían excluir a los trabajadores asiáticos. Establecía igualdad de derechos para todos, protección laboral, jornada laborales reguladas, controles para hacer cumplir las condiciones de trabajo y de vivienda, incorporar a los inmigrantes a los sindicatos y acogerlos en igualdad de condiciones, controlando las agencias de inmigración y empresas que engañaban a los migrantes…
Se exigía también que los sindicatos combatieran la importación de esquiroles. Los verdaderos culpables del deterioro de las condiciones laborales, entendían, era la clase capitalista, no la trabajadora.
Vemos pues como los socialistas del momento, aún comprendiendo como el capital atizaba la división y se beneficiaba de ella, no quisieron ni prohibir la inmigración ni adecuarla a las necesidades de la patronal, sino crear una comunidad internacional que garantizara la libre circulación de personas y de bienes, bajo control colectivo. La Internacional debía ser el germen de esa nueva organización de la humanidad.
Pero llegó la Primera Guerra Mundial y quebró todo este clima solidario ya que muchas secciones de la Segunda Internacional se plegaron a los intereses de sus respectivos Estados en nombre de la defensa de la patria. Rosa Luxemburgo, en “La crisis de la socialdemocracia” (1915), denunciaba el “chauvinismo que transforma al proletariado en carcelero de sí mismo” y defendía que “la clase obrera no tiene patria, y su derecho a circular por el mundo es la condición de su emancipación”. Esta posición crítica le costó la vida.
La tercera internacional, fundada tras la Revolución Rusa en plena oleada revolucionaria, se consideraba el partido mundial de la revolución comunista aunque la burocracia estalinista la liquidó hasta llegar a disolverla e instauró “el socialismo en un solo país”, haciendo el peor daño posible al conjunto de la clase obrera internacional, hundiendo a los partidos comunistas en el terreno del nacionalismo y dando e lado así a la cuestión de clase.
Hoy día apenas se habla de la necesaria internacional que debemos levantar de nuevo los trabajadores; apenas quedan rescoldos de lo que el derecho a circular era en las primeras internacionales. Nos queda un 1º de Mayo, que se celebra como fiesta del trabajo en muchos países, pero muy descafeinado.
Pero defender una perpectiva internacionalista, de nuevo, es indispensable para el conjunto de los trabajadores de un país y de otro. Porque es imposible superar los problemas que hoy nos atañen, las crisis, los problemas de vivienda, la creciente precariedad laboral, los recortes, etc, razonando solo a nivel de un país.
Hoy los jóvenes se mueven: media Europa está inmersa en protestas y movilizaciones y sería un buen comienzo planificar y extender estas luchas rompiendo la inercia de las divisiones en las que nos quieren inmersos porque así la clase trabajadora se debilita. No hay otro camino para construir una sociedad nueva, libre de explotación y del yugo del capital.
Es por ello que Marx y Engels concluyeran en el “Manifiesto Comunista”, …”el proletariado no tiene patria”.


