La huelga de Airbus se ha desarrollado durante todo el mes de julio revelando el malestar de la clase trabajadora. Esta lucha ha mostrado una combatividad, que ha sorprendido a los propios medios sindicales de la empresa e incluso del mundo del trabajo. Pero esta huelga no ha terminado. A pesar de las traiciones de algunas direcciones sindicales, y las maniobras de la empresa en un intento continuado de desgastar, desmoralizar y desmovilizar a las y los trabajadores de Airbus con los preacuerdos rechazados por la plantilla, las asambleas han mandatado seguir con la huelga el 24 de agosto. ¡Esto no se para!, es el grito unánime en las asambleas y manifestaciones de este mes de julio. Por ello, por mandato de las asambleas, los sindicatos CGT, UGT y UTIL han convocado huelga indefinida desde el 24 de agosto.
El malestar obrero ha estallado en una huelga que ha durado casi un mes, recuperando una característica tradicional del movimiento obrero: las asambleas de trabajadores diarias a las puertas de las factorías. Esta huelga, que ya se puede considerar histórica, ha recuperado métodos de lucha asamblearios, así como han intentado controlar la negociación con la empresa. Recordemos que las Comisiones Obreras nacen en los años sesenta del pasado siglo a partir de asambleas de trabajadores. Esta tradición de la democracia obrera imponiendo los intereses obreros a través de asambleas, la han recuperado los compañeros y compañeras de Airbus.
Esta huelga ha pasado por momentos difíciles cuando las direcciones sindicales, primero de CCOO, después SIPA, han traicionado los mandatos de la asamblea pactando con la empresa a espaldas de los y las trabajadoras, preacuerdos más tarde rechazados en asambleas y finalmente en un referendum. Esta huelga ha puesto de relieve también el papel de las burocracias sindicales en el control de la clase trabajadora y como intermediarios entre ella y la dirección de la empresa.
Desarrollo de la huelga
El conflicto comenzó cuando SIPA (Sindicato Independiente de Profesionales de Airbus), un sindicato corporativo, con especial fuerza entre el personal administrativo de Getafe, declaró el inicio de la huelga el 1 de julio. El motivo fue la retirada este verano de los dos días de teletrabajo. Este derecho, teóricamente reconocido en convenio, estaba escrito de manera tan ambigua que dependía del criterio de los managers. Aunque empezó con las quejas de los oficinistas, la insatisfacción acumulada por la pérdida de derechos era tan grande que se extendió al resto de la plantilla, desbordando a SIPA y generalizándose entre personal afiliado a cualquier sindicato, no afiliado y de todos los sectores.
La unidad de todos los trabajadores ha sido un factor clave, resumida perfectamente por ellos mismos en su slogan “sin el trabajo de todos no hay aviones”. Esto emocionó profundamente a la plantilla, viéndose escenas de trabajadores de talleres que nunca se habrían imaginado estar en la misma lucha, codo con codo, con el personal de oficina. Su éxito radicó en adoptar reivindicaciones que unieran a toda la plantilla:
– La recuperación del poder adquisitivo por la inflación y revisiones salariales insuficientes en un momento álgido para los beneficios de la empresa. Lo cual se expresaba como “IPC+9%”.
– Determinados complementos eliminados de convenios pasados.
– Blindaje de dos días de teletrabajo semanales en oficinas y puestos que lo permitan, aumentando la flexibilidad en puestos que no permitan teletrabajo.
– Eliminación del sistema de productividad Braford.
– Cuestiones relativas a las vacaciones, decididas de manera impuesta por la empresa.
Acuerdos a espaldas del movimiento asambleario y respuesta de la plantilla
Aproximadamente dos semanas después del inicio en Getafe —y una semana tras la generalización en Sevilla y el resto del Estado—, la empresa negoció con Comisiones Obreras, que formaba parte de la unidad sindical. CCOO alcanzó un preacuerdo que intentaba romper la huelga. El papel de CCOO fue duramente criticado por la unanimidad de la plantilla, ya que acordaron algo sin pasar por las asambleas. En San Pablo, CCOO ni siquiera fue a la asamblea a defender su preacuerdo, dejando a sus afiliados solos. En realidad, la huelga salió reforzada, pues hasta muchos afiliados de CCOO de base siguieron en la huelga, en la asamblea, y no entraron a trabajar.
La huelga continuó con más arraigo si cabe. En la tercera semana, la noche antes de una marcha pactada en Sevilla para difundir la huelga ante la población, se conoció que en una reunión de madrugada los sindicatos Comisiones Obreras, ATP y SIPA —estos dos últimos hasta entonces apoyaban la huelga— llegaron a un nuevo acuerdo. Aunque lo llamaban “preacuerdo”, el texto filtrado ponía “acuerdo”. SIPA y ATP eran dos organizaciones que prometían mantener la huelga si lo decidía la asamblea y refrendar todos los pactos primero en ella antes de acordarlo con la empresa. Por lo tanto, traicionaron la lucha por completo, retratándose y generando una gran indignación entre los trabajadores.
El acuerdo mantenía el 5% de subida este año y el siguiente, metiendo una cláusula del IPC a partir de 2028 -nunca superior a un 4%-, la cual presentaban como un logro. Sin embargo, como el convenio se firma en 2027, este acuerdo no podía legislar sobre un año que no le correspondía y carecería de validez si el futuro convenio era contrario. Las vacaciones y el teletrabajo se quedaron igual, dependiendo de la empresa y la aprobación de los managers. Las únicas ganancias reales fueron la paga de 2.000 euros y la subida salarial, ambas insuficientes para el alto nivel de la lucha.
Sin embargo, el acuerdo firmado en la noche anterior por SIPA (que era quien mantenía la papeleta de huelga ante la autoridad laboral) establecía que el primer punto era “la paz social hasta la celebración de la consulta”, por lo que se obligaba a dejar la huelga el viernes, que nadie quería y entrar a trabajar “para votar”. Finalmente el referendum dio un NO contundente a pesar de las presiones de la empresa y las traiciones.
Los límites de la huelga: Acción directa y generalización de la huelga.
Pero también este movimiento ha mostrado sus límites que han permitido dar cobertura a la empresa y a cierta burocracia sindical maniobrar a espaldas de las asambleas de trabajadores. Esto ha sido así porque la asamblea no ha cogido en sus manos directamente la negociación a través de comisiones elegidas y revocables en cada asamblea. Las asambleas, aunque han mandatado a los sindicatos imponiéndoles reivindicaciones y la unidad sindical, en un comité de dos miembros por sindicato y cuatro observadores, no han podido negociar directamente a través de esas comisiones elegidas y revocables y esto ha permitido las maniobras y traiciones de algunas direcciones sindicales que, actuado como una estructura parecida al sindicato vertical franquista, han intentado frenar y controlar el movimiento huelguístico. Hay que decir que incluso la legislación actual, el Estatuto de los Trabajadores en vigor, da cobertura a los trabajadores para que las asambleas puedan convocar huelga directamente, sin intermediarios.
Este es un elemento fundamental de la lucha obrera: la huelga y la negociación directa, sin intermediarios entre la plantilla y la dirección. Es lo que se le llamaba la Acción Directa de la clase obrera y que los trabajadores y trabajadoras de Airbus han puesto en marcha a través de las asambleas, pero sin terminar de realizar puesto que la negociación ha sido llevada a cabo por las direcciones sindicales como intermediarios.
Por otra parte es fundamental la generalización de la lucha a la subcontratas y al resto de la clase obrera. En el caso de la subcontratas es fundamental pues una gran parte de la producción se desarrolla a través de la subcontratación de empresas donde las condiciones de trabajo son inferiores al propio convenio de Airbus. Es una forma más de explotación obrera, de división de clase que realiza la patronal para la obtención de una mayor plusvalía que se traducirá en los beneficios empresariales de más de 22.000 millones de euros en los últimos seis años.
El arma de los trabajadores es la huelga
La fuerza de los trabajadores reside en la huelga y en paralizar la producción, ya que somos quienes lo movemos todo y los beneficios de la patronal se generan a costa de la plusvalía, que es la parte de la venta por encima del salario. Esto lo han comprendido bien los y las trabajadores de Airbus, que han decidido por mayoría que la huelga continúa a partir del 24 de agosto.
Además ha permitido la toma de conciencia sobre la plusvalía y la explotación al constatar, como explicó un trabajador en las asambleas, que Airbus acumuló 22.000 millones de euros de beneficios en los últimos cinco años y pagó 3.000 millones en multas y corrupción de los CEO, mientras negaba una subida que los trabajadores calculaban en menos de 800 millones. Para muchos supuso un punto de no retorno frente al mito de la empresa como “familia”.
Sin la plantilla de Airbus no hay aviones, ¡pero sin el trabajo de las subcontratas tampoco! … y por ello una de las primeras medidas para generalizar la lucha es unirnos empresa por empresa, sector por sector. En el sector aeronáutico subcontratado tienen los mismos problemas.
¡Por todo ello ¡viva la lucha de la clase trabajadora! ¡Si los trabajadores se paran, se para el mundo!

