Tras la primera gran ola de calor de este verano, que ha dejado más de 200 muertos en España y más de 1000 en Francia, constatamos que estamos ante el verano “más fresco” de los que vendrán y las consecuentes muertes de trabajadores y personas vulnerables, los incendios y la pasividad de los que afirman que no se puede hacer nada.
El director de la OMS advirtió que Europa es el continente que más se calienta del Planeta. Si en Europa, donde está agrupada una parte del poder político y económico del mundo, donde se encabeza la transición verde y donde la urgencia es apremiante, no son capaces de acometer medidas reales que prevengan e impidan el cambio climático, el problema es más profundo.
No es ya un problema medioambiental o ecológico, es un problema sistémico. De un sistema -el capitalista- que no funciona ni es capaz de prever las consecuencias. En España, dos de cada tres euros de los fondos Next Generation de la UE van a la transición verde y digital. Pero este dinero no se gasta ni de forma eficiente ni tiene un impacto real en la vida de la clase obrera. Y esta desconexión existe porque no da beneficios empresariales. La transición verde no proporciona sombras, ni conciliaciones laborales y familiares, ni mejoras en las condiciones de trabajo de los empleos más precarios que viven las olas de calor en Europa como un nivel de supervivencia.
Cuando analizamos la causa de la crisis financiera, la crisis económica o la crisis climática, volvemos siempre a la lógica del beneficio. Necesitamos una sociedad donde la gente trabaje de una manera planificada bajo los dictámenes de la ciencia. Una sociedad en la que las personas sean las que decidan y en la que se produzca de acuerdo a sus intereses colectivos y no en las cuentas de resultados de las empresas. Necesitamos otra sociedad donde impere el interés social y no el privado de los beneficios del capital. Sí se puede. Pero es una cuestión política y una cuestión de la lucha de clases, no sólo de lucha ecológica.


