La guerra es el método por el cual el capitalismo, en la cumbre de su desarrollo, busca la solución de sus insalvables contradicciones. A este método, el proletariado debe oponer su propio método: el de la revolución social. (León Trotsky. La Guerra y la Internacional).
Desde que comenzó la guerra imperialista contra Irán de EUU e Israel, Pedro Sánchez se ha presentado públicamente como el adalid pacifista en contra de la guerra. La consigna “No a la Guerra” se hizo popular durante la invasión de EEUU de Irak, cuando cientos de miles de personas llenaron las principales ciudades de grandes manifestaciones en contra de la guerra. Entonces gobernaba José María Aznar del PP que había apoyado sin ambages la invasión. El pasado 23 de marzo se cumplieron 23 años de la cumbre y la foto del ‘trío de las Azores’, George Bush, Tony Blair y José María Aznar se hizo viral. En la cumbre participó también el primer ministro portugués del momento José Manuel Durao-Barroso.
La posición de la derecha y de Aznar, que sigue mintiendo diciendo que Irak estaba en posesión de armas de destrucción masiva, indignó a toda la sociedad que se echó a la calle con el “No a la Guerra”. Para colmo en 2004 un atentado yihadista en represalia por la participación en la guerra, dejó 192 muertos y el PP y Aznar siguieron mintiendo atribuyéndole a ETA la autoría. La indignación popular fue en aumento y también las manifestaciones masivas en su contra. Esta oposición a la guerra llevó a Zapatero y a los socialistas al gobierno en las elecciones de 2004. De la misma forma que ahora Sánchez, Zapatero recogió la indignación popular en su provecho electoral y pudo gobernar con el apoyo de IU, ERC. Zapatero concentró el voto popular quedando IU con sólo 5 diputados perdiendo 3. Sin embargo la crisis de 2008 terminó con Zapatero que comenzó los recortes y los ataques a la clase trabajadora con una política pro patronal.
Sánchez intenta repetir la jugada con el ¡No a la guerra! para mantenerse en el gobierno pues después de las autonómicas andaluzas vendrán las generales.. Entre los argumentos en contra de la guerra actual se encuentra “la legalidad internacional”. Representantes de la izquierda llamada “progresista” argumentan también su oposición a la guerra contra Irán por ser esta ilegal de acuerdo al derecho internacional. Pero cuando se habla de derecho internacional y que EEUU se lo salta a la torera, se olvida que el derecho es la norma que se basa en el monopolio del ejercicio de la violencia por parte del Estado. Sin ese monopolio, no hay derecho ni leyes efectivas.
En el terreno internacional no hay un Estado global con el monopolio de la violencia y siguiendo unas normas. La ONU no es más que un mal remedo de lo que podría ser un Estado mundial. Mal remedo y digamos más: un instrumento de los Estados capitalistas e imperialistas más fuertes que dominan con el veto cualquier intervención. Ese monopolio de un Estado global no existe. No hay Estado global, ni separación de poderes, ni una autoridad última que garantice el cumplimiento de normas. Lo que hay es un mundo caótico donde EEUU es el imperialismo hegemónico que impone su criterio. Por ello, el derecho internacional es débil y, en última instancia, dependiente de los intereses del imperialismo norteamericano y los equilibrios internacionales del momento con el resto de potencias. Tanto la globalización, como las instituciones y foros internacionales o ciertas nociones de legalidad internacional surgieron por y para la hegemonía estadounidense y sus aliados del momento.
Lo que sucede en nuestro tiempo posterior a la crisis de 2007/2008 es que el imperialismo de Estados Unidos sigue siendo dominante, pero tiene competidores que en la economía le ganan terreno, en un capitalismo en crisis incapaz de sobreponerse. Y China se ha convertido en su rival estratégico que le disputa sectores económicos importantes, mercados y rutas. Por ello no podemos ver los conflictos actuales, como el caso de Irán, como un producto de la legalidad o no internacional, sino un conflicto cuyo eje fundamental está en la competencia con China de EEUU en la lucha por la hegemonía de sus monopolios económicos. Y mientras tanto la UE, los países imperialistas europeos se convierten en actores de segunda fila que no interesan al imperialismo norteamericano.
Trotsky en 1926, Europa y Norteamérica escribía: “¿Qué quiere el capital norteamericano? ¿A qué tiende? Se dice que busca la estabilidad. Quiere restablecer el mercado europeo en beneficio propio, quiere devolverle a Europa su capacidad de compra. ¿De qué forma? ¿Dentro de qué límites? En efecto, el capital norteamericano no puede querer convertir a Europa en un competidor. (…) En una palabra, quiere poner a régimen a la Europa capitalista, dicho de otro modo, quiere indicarle cuántas toneladas de litros, de quilos, de tal o tal otra materia prima tiene derecho a comprar o a vender.” Esto lo consiguió después de la II GM, y actualmente explica la posición de Trump respecto a Ucrania y la guerra con Rusia, porque su dominación mundial necesita dañar a su gran competidor: China.
En este sentido Sánchez juega la baza imperialista europea y en su demagogia electoralista señala los intereses de la burguesía española y europea. Por ello busca el “No a la Guerra”.

