Tras el anuncio de Gabriel Rufián sobre converger los partidos más a la izquierda del PSOE para presentar una candidatura unitaria cara a las próximas elecciones, se está hablando mucho en los medios de comunicación. Esta propuesta aparece justo después de las elecciones autonómicas en Aragón, aunque se masca desde hace mucho, de una u otra forma. Unirse sería –nos dicen- una forma de ser más fuertes y tener más peso para escorar a los socialistas a la izquierda y que tengan una política más proclive a la población en general y a los más vulnerables; el argumento eternamente repetido desde la Transición de no fragmentar el voto. Otro de los argumentos que se barajan actualmente es que con esta unión se plantará cara a la extrema derecha de Vox, que no cesa de escalar.
Sin embargo, esta política, que a muchos puede parecer de sentido común, ha demostrado en la práctica servir para poco, si no es para aumentar las divisiones entre las propias izquierdas reformistas. Recordemos como Podemos fagocitó las organizaciones que confluyeron con ellos, como Izquierda anticapitalista; luego confluyó con En Comú Podem, Marea, IU… Recordemos también como la propia Yolanda Díaz, aupada por Pablo Iglesias eligiéndola como su sucesora, pronto le diera de lado creando la coalición Sumar –un constructo de 15 organizaciones distintas- abandonando un Podemos que aún hoy no ha levantado cabeza. Pero la cosa no acaba en este ir y venir pues Yolanda Díaz acabó por dimitir del movimiento Sumar, siendo líder de Sumar en el Gobierno, pero no en el partido; un galimatías difícil de asimilar. En la actualidad, con o sin Yolanda, también buscan ensanchar la coalición cara a las elecciones generales venideras.
Si retrocedemos un poco en el tiempo, 1986, IU ha sido la opción estratégica del PCE para reconstruir una alternativa a la izquierda de los socialistas, una cantinela similar. Para los dirigentes de IU, esta organización, era un nuevo “movimiento social”, tenía que apoyarse en los nuevos sectores sociales emergentes, los nuevos “sujetos transformadores”. Estos nuevos sujetos serían los nuevos movimientos sociales, el feminismo, ecologismo, parados, y los trabajadores en el movimiento sindical. Esta “nueva base social” sería la que respondería IU en una alianza “rojo, verde, violeta y blanca”.
Ahora había que luchar contra el “sistema” con nuevos medios y propuestas eligiendo apoyándose en los nuevos movimientos sociales, en el ecologismo, feminismo, etc… Y abandonando el terreno de la lucha de clases que en su origen tuvieron. Los resultados de esta coalición –como la de Podemos, Sumar, etc- son de sobras conocidos: disputas y divisiones internas que los han llevado a la deriva y cuándo han tocado parcelas de poder institucional, incapacidad de solucionar los problemas de la población en general. Todas estas coaliciones de izquierdas tienen en común que todas se han movido en el estrecho círculo electoralista e institucional y con claro objetivo reformista; ninguna de ellas se ha movido en el terreno real de hacer una política verdaderamente de clase, de los trabajadores, que constituyen la inmensa mayoría de la población y los que con su trabajo hacen funcionar la sociedad. Pero esta receta, con sus variantes, ya han demostrado sus límites: los frentes amplios y populares, sólo han servido para gestionar el régimen y desmovilizar a la clase trabajadora, sin tocar los intereses de los grandes empresarios.
Al final, todo se reduce a sostener al Gobierno de Pedro Sánchez, -pactos desde arriba, entre los aparatos de partidos y organizaciones-, tratando de hacerlo más “de izquierdas”. Pero no se pueden pedir peras al olmo y al final esta política acaba, no solo sumida en el mayor de los reformismos y en una total inoperancia, sino que desilusiona a todos aquellos en sus bases a los que crearon ilusiones de cambio y mejoras. Volver a marear la perdiz de la falsa unidad, como si además fuese algo novedoso, lleva al descontento, a la decepción y a una desmovilización social cada vez mayor que Vox está sabiendo aprovechar.
Los actuales “frentes amplios” son, como en la propuesta de Rufián, un nuevo intento de repetir la lógica de proyectos como Podemos, Sumar, Syriza en Grecia, Bloco de Esquerda en Portugal, Nuevo Frente Popular en Francia, etc…- pero mucho más limitados y conservadores, tras el fracaso de sus gobiernos y la desmovilización. ¿Vamos a seguir cayendo, pues, en la misma trampa? El capitalismo no hay quien lo reforme y solo puede tener un rostro más humano en tiempos de bonanza económica, que no es el caso en la actualidad.
Por todo ello, la unidad que a los trabajadores conviene es la creación de un verdadero partido de clase, que imponga con sus luchas frenos a la extrema derecha, que sigan la senda que inició la población en Minneapolis contra el ICE, que anime a los trabajadores en sus luchas y estos vayan tomando conciencia de la inmensa fuerza que objetivamente representan.
El cambio no vendrá de arriba, vendrá de los trabajadores, de sus luchas que les llevará a aumentar su conciencia de clase y paulatinamente volverán a comprender que se puede y se debe cambiar el mundo. Por ahora, los trabajadores respetan la propiedad capitalista. Se someten a los dictados de aquellos que poseen el capital, a pesar de que este dinero proviene de su propio trabajo. Pero cuando se rebelan y se dan cuenta de que pueden manejar perfectamente la sociedad, todo puede cambiar. ¡Y muy rápidamente!

