Se cumplen 50 años del golpe militar de Videla en Argentina y a pesar del tiempo transcurrido –(24 de marzo de 1976-1983)- aún hay tumbas sin identificación y desaparecidos. Las marchas para denunciar este negro aniversario han sido multitudinarias, y no solo en Buenos Aires; también han servido para que muchos expresen su repudio al gobierno de Milei, negacionista del terrorismo de Estado que se dio en aquellos años, y que ha acabado con las ayudas públicas vinculadas a rescatar estos crímenes del olvido. Todavía hay juicios en trámite y otros que ni siquiera empezaron.
La dictadura militar de Videla fue un plan sistemático de terrorismo de Estado que torturó y asesinó a 30.000 personas en sus famosos campos de detención y de exterminio, con hasta 500 bebés robados. Un gran porcentaje de ellos eran obreros, que los militares esperaban a las puertas de las fábricas. En la primera mitad de los años setenta se realizaron grandes huelgas fabriles en busca de mejores condiciones salariales y laborales, a las que el régimen militar puso fin de la noche a la mañana.
Esta respuesta cruenta tenía como último objetivo acallar las protestas que los trabajadores y la juventud desde 1969 llevaban a cabo por toda América Latina. Fue a quebrarlos y contó –como aquí el franquismo- con el apoyo de la jerarquía católica. EEUU también los apoyó, de hecho rápidamente tras el golpe reconoció a la junta militar, buscando así frenar los movimientos de izquierdas, a los “subversivos”.
La “guerra contra la subversión” —es decir, contra las organizaciones de izquierdas y sus militantes — sería la justificación del autodenominado “proceso de reorganización nacional” instrumentado por la dictadura hasta 1983. Esta “reorganización” se basó en un plan sistemático de terrorismo de Estado que desplegó centros clandestinos de secuestro, tortura y asesinato en todo el país, amparado todo por el secreto militar; triste recordatorio merecen los “vuelos de la muerte”, en los que miles de detenidos fueron drogados, trasladados en aviones y arrojados al mar, vivos, desnudos.
Muchos tuvieron que emigrar ante tal terror
Esta dictadura militar también robó unos 500 bebés, según una cifra estándar manejada por distintas asociaciones de derechos humanos. Serán muchos más. Célebres también las madres y abuelas de Plaza de Mayo en busca de sus familiares cuándo decidieron en 1977 protestar ante la Casa Rosada –palacio presidencial- y hacer visibles, mostrando la foto de sus familiares, las desapariciones. Las “locas” así fueron llamadas por el régimen.
Tras la dictadura se juzgaron a 9 de los 10 jerarcas; 5 fueron condenados por secuestros, tormentos y homicidios y Videla y Emilio Massera a reclusión perpetua. Pero posteriormente vinieron rebajas e indultos. Carlos Menem indultó a Videla, y muchos otros responsables con su política de “pacificación y reconciliación nacional” haciendo imposible juzgar a muchos otros responsables criminales y torturadores. Los gobiernos posteriores de los peronistas Néstor Kirchner (2003-2007) y Cristina Fernández (2007-2015) reabrieron muchos juicios y se anularon las leyes de inmunidad y hacia 2006 se reiniciaron los juicios a militares y civiles acusados por delitos de lesa humanidad. Videla fue condenado de nuevo y murió en prisión en 2013, y aún hoy continúan algunos juicios.
Lecciones de una tragedia
La represión de los “milicos” no es una casualidad, ni tan siquiera una lucha contra los grupos “terroristas”; el fondo de la cuestión está en la lucha de clases. La dictadura militar no fue una catástrofe inevitable, fue la respuesta organizada de la clase dominante ante una amenaza real a su poder, que desde los años 60 (“el cordobazo”) el movimiento obrero argentino venía desarrollando con sus luchas.
Tanto el imperialismo norteamericano como la burguesía argentina -así como la del continente latinoamericano-, han utilizado la violencia para mantener su poder y su sociedad capitalista. En la historia de la humanidad cuando los oprimidos levantan la cabeza y dicen no a la explotación, las clases dominantes utilizan la dictadura y la represión. Por ellos las revoluciones obreras en nuestro tiempo es la única manera de desembarazarse de un sistema opresivo y explotador. Pero para esto, como en toda lucha, se necesita una organización política que saque las debidas conclusiones históricas y elabore un plan de lucha, una estrategia y una táctica que permita dirigir las fuerzas obreras a la victoria. Y cuando falta ese partido obrero, con implantación entre los trabajadores, la burguesía utilizará la fuerza del Estado, sus milicos, para la represión. España 1936 es ejemplo de ello.
A 50 años de los sucesos es necesario estudiar y aprender de estos procesos de la lucha de clases y la mejor forma de prevenirlos es prepararse para ellos. Hoy como ayer, en un mundo en guerra imperialista para la supervivencia de un sistema capitalista caduco y en crisis, necesitamos crear ese partido revolucionario que permita a la humanidad sobrevivir a la barbarie.

