THE SPARK (EE. UU.)

Baja el nivel de vida de los trabajadores

A lo largo del año pasado, la población de los Estados Unidos fue bombardeada con nuevos informes sobre la “buena salud” económica. Se nos cuenta que estamos viviendo la más larga fase de expansión económica de la historia del país y que el paro está en el nivel más bajo.

Semejante autosatisfacción tiene poco que ver con la realidad que viven cada día la mayoría de los trabajadores, que luchan por pagar sus letras y comprar los bienes más básicos.

Echemos un vistazo a la situación de los pensionistas. Cobran una pensión media de 1.470 dólares al mes que, para muchos de ellos, es la única fuente de ingresos. Pues bien, ni siquiera alcanza a pagar el alquiler en la mayoría de las grandes ciudades. En Los Ángeles, por ejemplo, quien busque un piso para alquilar se da cuenta de que se pide 2.500 dólares al mes por un piso de tres dormitorios.

Alquilar una habitación en una casa compartida cuesta más de 1.000 dólares mensuales. Por eso, cuando encuentran una habitación, la mayoría de los jubilados ya no pueden pagar los gastos de salud, las letras de la luz, el agua y el gas, ni tampoco la comida, los transportes y demás.

Los forasteros que vienen de visita siempre expresan su sorpresa al ver tantas personas mayores trabajando en los fast-food o en los supermercados. La necesidad económica lleva a muchos ancianos a seguir trabajando más allá de la edad oficial de la jubilación.

Por doquier baja el nivel de vida de los trabajadores, y en particular entre los jóvenes. La mayoría no tiene trabajo fijo con horario regular. Son eventuales, a tiempo parcial o supuestos “independientes”. O sea que son trabajos mal pagados y poco estables. los discursos beatos sobre la economía estadounidense no valen para la situación de la mayoría de trabajadores.

La vida política estadounidense queda dominada por la figura de Donald Trump. Sus barbaridades y comentarios absurdos que no cesan forman el marco de los debates y orientan el discurso político, hasta un punto que no se había visto nunca.

A pesar del ruido diario de escándalos, investigaciones y amenazas de juicios y destitución, Trump no ha perdido su base. Se trata, claro está, de una minoría de la población, pero una minoría fiel. Su base más sólida son los cristianos integristas que llevan décadas siendo la base electoral del Partido Republicano. Se trata de blancos que viven en las regiones rurales o semirrurales, pequeñas ciudades. Son de derechas desde siempre, se oponen a los derechos de las mujeres, al derecho al aborto, y suelen ser racistas y xenófobos.

Además, la demagogia de Trump le ha aportado el apoyo de muchos trabajadores blancos, en particular en las regiones rurales donde cierran las fábricas, hay paro y bajos salarios. La situación económica desastrosa y la descomposición social provocan amargura, desmoralización e ira contra los dos partidos principales, los republicanos y los demócratas.

Muchos trabajadores blancos que votaron a Trump en 2016 fueron antes votantes de Obama, en 2008 y 2012, porque éste parecía ofrecer otra cosa. El hecho de que Trump haya sido atacado desde el primer día de su mandato sólo ha confirmado sus sospechas y los lleva a mantenerse a su lado.

Ya que Trump ha conservado su base electoral, los responsables republicanos que se presentaron a la primaria republicana no pueden oponerse a él, aunque en privado refunfuñen. Por eso han seguido enfrentándose a las acusaciones contra Trump y al proceso de destitución.

Los demócratas han tenido dificultades a la hora de tomar posición acerca de Trump. Quieren presentarse como el partido de la diversidad y la tolerancia. En la lucha interna para nombrar al candidato demócrata en las elecciones presidenciales de 2020, una veintena de precandidatos demuestran esa diversidad. Hay de todo, mujeres, hombres, negros, blancos, hispanos, homosexuales, heterosexuales, jóvenes, viejos, ecologistas etcétera. Sin embargo, los cuatro candidatos que encabezan los sondeos y reciben más donaciones son, como siempre, todos blancos, y tres sobre cuatro son varones.

Los demócratas se dirigen ante todo a la pequeña burguesía, los estudiantes y algunos sectores más adinerados. En las elecciones de noviembre de 2018, esa estrategia les fue bien. Hubo pequeños burgueses acomodados, entre los que suelen votar a los republicanos, que a causa de la indignación que Trump les provocó, decidieron votar a los demócratas, con lo cual éstos se llevaron el control de la Cámara de Representantes.

Entre la población negra domina ampliamente el odio a Trump y el asco. Como siempre, los demócratas se creen que el voto de los negros es suyo y les basta con hablar de “diversidad”.

Lo mismo en cuanto a la actitud de los demócratas hacia el voto de los trabajadores sindicalizados, ya sean blancos, negros o hispanos: los demócratas consideran suyo el apoyo de la burocracia sindical. Así pues, sus veintitantos candidatos a la primaria no hablan de las preocupaciones diarias de los trabajadores, negros, hispanos o blancos, ni de los pobres.

La supuesta izquierda del partido, que representan Elizabeth Warren y Bernie Sanders, sí ha ido a visitar los piquetes de huelga de General Motors, pero sólo ha sido para hablar del gran sistema de sanidad que proponen (y que a muchos obreros les parece un nuevo ataque contra su cobertura médica, sea cual sea). Se entiende que mucha gente común sólo experimente indiferencia hacia los candidatos demócratas, lo cual deja la puerta abierta a la demagogia de Trump.

En cuatro Estados clave que pueden pasarse de un lado a otro, y que cuentan con una numerosa población obrera, según los recientes sondeos Trump está al mismo nivel que los principales demócratas. En 2016 conquistó esos Estados, donde antes ganó Obama en 2008 y 2012.

Si Trump vuelve a ganar allá en 2020, podría ganar las elecciones sin siquiera lograr la mayoría de los votos al nivel nacional (lo que pasó en 2016).

Movilización obrera en torno a General Motors

 El año transcurrido sólo vio desarrollarse unas pocas luchas dispersas, respuestas a los continuos ataques contra la clase obrera. Pero una de esas luchas tuvo impacto al nivel nacional: fue la huelga de 40 días de los obreros de General Motors. Para haceros una idea, que sepáis que desde 1976 no se había producido ni una sola huelga de más de uno o dos días a escala de toda una empresa del automóvil. Sin duda alguna, la mayoría de los obreros que se pusieron en huelga lo hicieron por primera vez. Cuando arrancó el movimiento, los trabajadores no sabían qué estaba pasando, pero luego fueron cogiendo determinación día tras día. En el voto final sobre el pacto negociado con la dirección, casi el 40% dijo que no, porque querían seguir con la huelga.

En los demás constructores, los trabajadores decían: “su lucha es nuestra lucha”. En la región de Detroit donde nosotros militamos, vimos a trabajadores de Ford, Chrysler, de fábricas de piezas de repuesto, acudir a los piquetes para llevar comida o dinero a los huelguistas. Docentes, trabajadores de los hospitales, de los servicios municipales o del Estado también fueron. El hecho de que algunos levantaran la cabeza hizo que muchos trabajadores sintieran orgullo.

Por supuesto, no fueron masas de gente a los piquetes; sin embargo, es de notar que algunos volvieron con más compañeros de su empresa porque entre tanto habían hablado con los colegas. Fueron durante sus horas libres, sin ponerse en huelga a su vez, pero muchos sentían que también era su huelga.

Cuando acudían los trabajadores de Ford y Chrysler a los piquetes, estaban contentos de hablar con los huelguistas, algo que nunca antes habían hecho.

Lo más notable en esta huelga (aparte del mero hecho de haber existido) es el objetivo de los huelguistas: contrarrestar los cambios que han venido transformando la industria del automóvil y convirtiéndola en una macroempresa de precarios o trabajadores pagados según cálculos cada vez menos favorables. En la misma línea de producción hay obreros que hacen el mismo trabajo y no todos son pagados igual, porque cuanto más recién contratado, peor pagado.

Aprovechando los piquetes, fue interesante hablar con viejos trabajadores, que estaban a unos meses de jubilarse y decían que no luchaban por ellos sino por los jóvenes, que no había que aceptar que se contratara a los jóvenes con un salario dividido entre dos por el mismo trabajo, ni que se les obligara a currar sin nunca tener un contrato fijo.

Desde que se acabó la huelga de GM, los medios han montado una campaña diciendo que al final los trabajadores han perdido más de lo que han ganado. Parece que no han tenido impacto entre los trabajadores de GM, que han hecho sus cálculos y saben muy bien que los 11.000 dólares de prima por la firma del acuerdo compensan lo perdido por 40 días de huelga. La propaganda mediática iba más bien destinada a los demás trabajadores, con el fin de cortar su entusiasmo ante aquella huelga ejemplar.

 

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