Situación internacional

Guerras en Oriente Medio, en África, en parte de la ex-URSS, ley de las bandas armadas, ruidos de botas por todas partes: el orden imperialista cuestionado en diversas regiones del globo desprende el mismo olor de descomposición que el año pasado, pero aún más fuerte.

A la migración de los que huyen de África, sus guerras, sus dictaduras y su pobreza con la esperanza ilusoria de encontrar una vida más digna en Europa, se ha añadido la ola procedente del Oriente Medio en guerra. “La mayor ola migratoria desde la Segunda Guerra Mundial” afirma la prensa sensacionalista.

Aunque este tipo de afirmación esté destinado sobre todo a sembrar el pánico en los ricos países imperialistas, la comparación no es fortuita. El mundo se está hundiendo en la barbarie, de distinta forma a la que hizo escribir a Victor Serge, a finales de los años treinta, que “Es medianoche en el siglo”, pero en definitiva un hundimiento en la barbarie.

Guerras en el Oriente Medio

Desde el verano de 2014, la política de las potencias imperialistas en Oriente Medio se ha centrado sobre la cuestión de “vencer a Daesh”. Su irrupción, el control establecido por sus milicias en territorios cada vez más extensos, les plantean un problema no por la ferocidad de la dictadura que el Estado islámico hace pesar sobre las poblaciones, sino porque es incontrolable y vuelve aún más inestable el sistema de divisiones y de oposiciones sobre el que se apoya la dominación del imperialismo en Oriente Medio.

Este Estado islámico no sale de la nada, no más que los diferentes grupos armados que se disputan el control de los territorios. La política de las potencias imperialistas ha sido favorecer a los grupos y los regímenes más reaccionarios. Los grupos llamados “yihadistas” se han desarrollado en particular en Afganistán cuando los Estados Unidos los han apoyado contra la intervención militar soviética. Les han suministrado armas y dinero, especialmente por intermediación de Arabia Saudí, de la que Bin Laden fue primero un agente. Después, creando la organización Al Qaeda, llevando a cabo acciones terroristas contra objetivos tales como las torres gemelas de Nueva York el 11 de septiembre de 2001, éste quiso conquistar el aura de un combatiente contra la influencia occidental y reagrupar así bajo su estandarte las bandas armadas existentes, de Afganistán a Argelia.

La aventura militar lanzada en Iraq en el 2003 por el entonces presidente de los Estados Unidos, George W. Bush, abrió un nuevo espacio al desarrollo de tales milicias. Instaurando un poder político dominado por los clanes chiíes, despidiendo al ejército iraquí de Sadam Husein y al conjunto de sus oficiales suníes, los dirigentes americanos proporcionaron a dichas milicias miles de combatientes potenciales. En las condiciones de miseria y de descomposición de la sociedad iraquí resultantes de la ocupación militar occidental, formar parte de ellas es a menudo la única manera de percibir un salario y dar de comer a su familia. La financiación y los apoyos no han faltado, por parte de potencias como Arabia Saudí o Irán que pronto comprendieron el partido que podían sacar de tales milicias en la lucha de influencias que les oponen.

La desestabilización del régimen sirio, a partir de 2011, ha ampliado aún más el terreno de enfrentamiento entre las diferentes milicias y las diferentes potencias. El régimen de Bachar el Asad ha contestado con una represión violenta al movimiento de protesta popular nacido en Siria en marzo de 2011 a raíz de la “primavera árabe” de Túnez y de Egipto. Cuando parte de la oposición siria creó grupos armados para luchar contra el régimen, las distintas potencias de la región quisieron utilizar dichos grupos para hacer de ellos los instrumentos de su política.

Desde el principio de esta guerra civil, las potencias imperialistas han apartado a los grupos de la oposición siria un apoyo muy calculado. Interesados en el debilitamiento del régimen de Damasco, demasiado independiente de ellos, los dirigentes occidentales no estaban interesados necesariamente en su caída mientras no tuvieran garantías sobre el poder político que le sucediese. Pero no les han impedido a Turquía, a Arabia Saudí o a Catar que apoyen abiertamente las diferentes milicias islámicas surgidas sobre el terreno, con frecuencia rivales entre sí. El propio régimen de Bachar el Asad, liberando a oponentes islamistas, ha llevado a cabo la política de lo peor con tal de demostrar a los dirigentes occidentales que la única alternativa a su mantenimiento sería un régimen integrista todavía menos controlable.

En esta situación, el grupo Estado islámico, él mismo nacido de Al Qaeda y reforzado por antiguos oficiales del ejército iraquí, ha podido apoderarse de amplios territorios tanto en Iraq como en Siria y establecer sobre ellos su propio poder. Producto de la política imperialista y de las intervenciones rivales de los regímenes vecinos de Iraq y de Siria, no deja de escapar al control de estos regímenes tanto como al de las potencias occidentales y ha retomado la política de Al Qaeda organizando atentados terroristas en Europa y en numerosos otros países entre los cuales Egipto, Líbano, Turquía, Yemen.

Los Estados Unidos han hecho de la lucha contra el Estado islámico el objetivo inmediato de la “lucha contra el terrorismo”, convertida desde hace años en la marca de su política. La lucha contra Daesh y sus exacciones les ha proporcionado un motivo para agrupar una coalición internacional cuya verdadera meta es intentar imponer a Estados con intereses divergentes un simulacro de unidad detrás de la política de Washington. Es en gran parte un fracaso porque no pueden impedir que Turquía, Arabia Saudí o Catar jueguen su propio juego. Así, el régimen turco sigue favoreciendo el Estado islámico dándole la prioridad a la guerra contra los kurdos, sobre los cuales los Estados Unidos hubieran deseado apoyarse. Arabia Saudí, mucho más que contra Daesh, lucha prioritariamente contra la influencia de Irán, cuando los Estados Unidos querrían normalizar las relaciones con dicho país para estabilizar la situación en Iraq y en Siria. Del mismo modo, a la vez que se muestra al lado de los Estados Unidos en la lucha contra Daesh, Francia aprovecha las dificultades de este país con sus aliados para mostrar su propia diferencia, para colocarse y sobre todo para vender armamentos a Arabia Saudí y a sus allegados.

Después de Iraq, Siria pero también Yemen son hoy terrenos donde se enfrentan, por milicias interpuestas, las diferentes potencias de la región y sus protectores más lejanos. Oriente Medio se ha visto durante mucho tiempo polarizado por el conflicto que opone Israel por un lado, a los países árabes y musulmanes por otro. Este conflicto no ha desaparecido, el pueblo palestino sigue padeciendo la opresión del Estado de Israel con el apoyo de las potencias imperialistas. Pero son los conflictos que oponen Arabia Saudí, Turquía y los Emiratos por un lado, a Irán y sus aliados por otro, los que dominan la actualidad, sin olvidar las diferentes facciones kurdas que aprovechan la situación para adueñarse de un territorio a la vez que siguen siendo rivales entre sí.

Presentar dichos conflictos como oponiendo un gran bando musulmán suní a un gran bando musulmán chií es una simplificación abusiva y engañosa, incluso si, a falta de otra ideología, los protagonistas se apoyan sobre solidaridades fundadas sobre la pertenencia religiosa. En un contexto en el que la hegemonía de las grandes potencias ya no resulta incontestada y en el que su política de división tiende a desmenuzar aún más la región, las fronteras dibujadas arbitrariamente en 1919 después del fin del imperio otomano tienen cada vez menos sentido y las luchas de influencia, cuando no los enfrentamientos entre potencias regionales, se intensifican. Las mismas potencias imperialistas tienen dificultades para tenerlas bajo control, incluso cuando las han suscitado.

La unidad aparente de la coalición en contra de Daesh no puede disimular sus fisuras enormes y el hecho de que no tiene un objetivo político definido, sino mantener a toda costa la presencia del imperialismo en una región en vías de estallar, gestionando día a día contradicciones cada vez más irresolubles. En estas condiciones, la intervención militar de Rusia en Siria, que empezó en otoño del 2015 y seguramente estuviera concertada con los Estados Unidos, ha permitido sacar a éstos de un apuro.

Después de cinco años de guerra civil, a menos que Siria pase a ser un país definitivamente dejado a manos de bandas armadas incontrolables que se disputan los territorios y saquean a la población, está claro que no existe alternativa política al régimen de Damasco. Los dirigentes americanos saben muy bien que éste puede ser un interlocutor fiable, más dispuesto a colaborar cuando se le ha sometido a una fuerte presión, e incluso si ello implica un reparto de influencia con Rusia y con Irán. Pero les es difícil admitirlo abiertamente sin incrementar todavía más sus dificultades con sus aliados locales, tales como Turquía y Arabia Saudí.

Los Estados Unidos prefieren por lo tanto dejar que Rusia se encargue, si es que es posible, de restablecer la autoridad de ese régimen sirio del cual es aliada. Les basta con protestar verbalmente cuando las bombas rusas caen sobre grupos armados que los Estados Unidos han apoyado anteriormente pero que igualmente están dispuestos a abandonar.

Del mismo modo, las negociaciones llevadas a cabo bajo los auspicios de la ONU para llegar a una “solución política” en Siria no son más que una fachada que permite esperar a que la solución se decida sobre el terreno, lo que puede tardar, incluso con la ayuda de la intervención militar rusa.

La situación de Oriente Medio refleja pues la política del imperialismo. Envuelta en las palabras de mantenimiento de la paz, de democracia y de derecho de los pueblos, solo pretende mantener territorios bajo su dominio, aunque sea actuando con el mayor cinismo manipulando a grupos armados, jugando con las contradicciones entre los intereses de unos y otros y apoyando de hecho dictaduras que combate en palabras.

Lejos de luchar contra el terrorismo, esta política lo alimenta, a veces apoyándolo directamente, o de todos modos proporcionándole combatientes permanentemente. Incluso si Daesh fuera vencido en Oriente Medio, solo dejaría sitio a nuevos avatares del yihadismo que probarían suerte en otros lugares —o en los mismos— con el apoyo interesado de una u otra potencia.

La lucha contra Daesh ya es el pretexto para la constitución de una nueva coalición con el objetivo de una próxima intervención militar allí donde ha proliferado, en Libia. Se tratará de intentar restablecer una estabilidad política socavada por una precedente intervención militar, que solo ha entregado el país a milicias rivales, abriendo un amplio espacio a la actividad de los grupos yihadistas y volviendo incierta la explotación de los recursos petrolíferos.

Al recurrir cada vez más a métodos de bandidos, el imperialismo desestabiliza sin cesar su propio sistema de explotación y de dominación.

Los contragolpes en Europa

Por más que los ricos países imperialistas se rodeen de alambradas, eso no les protegerá de los contragolpes de las guerras en Oriente Medio y de la barbarie creciente: las alambradas son de hecho una de las expresiones de esta última.

Pero los contragolpes de la guerra en Oriente Medio no atañen Europa solo en este terreno. Las potencias imperialistas, por ejemplo la francesa, utilizan los atentados terroristas, subproductos sangrientos de estas guerras, para mantener un clima cada vez más guerrero. El estado de emergencia, proclamado en Francia y en vías de incluirse en la Constitución, es totalmente ineficaz para oponerse a los atentados y da una mayor razón para frenar el terrorismo. Pero sirve para intentar encauzar a la población y para mantener un estado de ánimo de fortaleza asediada, con contragolpes para las pocas libertades democráticas de las que se enorgullecen las democracias imperialistas.

Al tiempo que denunciamos el terrorismo y las corrientes políticas reaccionarias que lo practican para imponer su dictadura, rechazamos toda forma de unión sagrada con los responsables de la política de nuestro imperialismo.

Entre los contragolpes, también está la subida de la extrema derecha en casi todas las partes de Europa. Se desarrolla en todas partes sobre el desgaste de los partidos burgueses tradicionales, sobre su incapacidad para hacer frente a la crisis de la economía capitalista mundial y a sus múltiples consecuencias.

Las formaciones que hacen de la xenofobia, del chovinismo y del racismo su capital político se desarrollan en base a miedos de los que se sirven, pero que propagan y amplifican al mismo tiempo.

Pero estas formaciones se desarrollan sobre todo porque no hay en ninguna parte, frente a ellas, un movimiento obrero político capaz de oponer a la sociedad otra perspectiva que las ñoñerías de los partidos de la izquierda tradicional, PC incluido, allí al menos donde existe todavía. La Unión Europea, esa coalición de bandidos imperialistas de Europa instaurada a duras penas en unas cinco décadas, se está resquebrajando por todas partes. Cinco años después de la crisis del euro (2010-2011), seguida de la crisis griega del año pasado, esta vez es la actitud con respecto a la inmigración la que opone a los diferentes países de la Unión Europea.

¿Acaso hace falta subrayar que, en lo que llaman la “crisis migratoria”, el imperialismo francés, dirigido por un gobierno socialista, tiene una de las actitudes más abyectas? Hasta el punto de que Ángela Merkel, mujer de derechas, tiene apariencia de humanista al lado de Hollande y Valls, cuyo lenguaje y política en contra de los emigrados no tienen nada que envidiar a los de la derecha y la extrema derecha.

Sin embargo, las grandes potencias que dominan Europa están de acuerdo en presionar a un Estado que, no obstante, no forma parte de la Unión (Turquía) para que acoja a los migrantes venidos de Siria e Iraq (cuando ya tiene a dos millones y medio de ellos en su territorio), a la vez que exigen que les prohíba seguir su viaje hacia Europa. Muestran el mismo tipo de exigencia cínica con respecto a Grecia, que sí forma parte de la Unión Europea pero que es uno de sus países más pobres.

Los cierres de fronteras en el mismo interior de la Unión Europea, las alambradas entre Hungría y Croacia, Croacia y Austria o también el restablecimiento de los controles entre Alemania y Francia e incluso entre Alemania y Austria firman el certificado de defunción de los acuerdos de Schengen. Es un comienzo de repliegue nacional y es difícil prever hasta dónde puede llegar.

La evolución reaccionaria de los hechos empieza incluso a plantearle problemas a la burguesía, o mejor dicho a sus intereses económicos.
El periódico Les Échos (diario de economía francés) del 4 de febrero titula: “El fin del espacio Schengen penalizaría fuertemente la economía europea” y afirma en el mismo artículo: “France Stratégie, un organismo vinculado al gobierno, estima el impacto económico del fin de los acuerdos de Schengen en 13 mil millones de euros para Francia en vistas del 2025, o sea 0,5 punto de PIB. Y para los países del espacio Schengen en su conjunto el impacto sería aún más importante, está evaluado en torno a 0,8 punto de PIB, o sea más de 100 mil millones de euros en vistas a diez años.”

Cómo no: las grandes empresas que han sido las principales beneficiarias de la puesta en común del mercado europeo han construido toda una red de fábricas interdependientes. En lo que se refiere a la industria automotriz por ejemplo, el proceso mismo de fabricación de un coche atraviesa las fronteras. Los controles restablecidos en las fronteras alargan el tiempo de transporte y por lo tanto el plazo de entrega con un impacto sobre la fluidez de los intercambios económicos. El mismo organismo citado por Les Échos añade: “El coste directo para Francia sería de uno a dos mil millones de euros según la intensidad de los controles en las fronteras, sin contar el coste presupuestario de estos controles.” Todo esto afectará mucho a Francia ya que realiza cerca de la mitad de su comercio exterior con miembros del espacio Schengen.

Incluso la gran burguesía inglesa que se preocupa por la preservación de los vínculos entre Gran Bretaña y Estados Unidos, a pesar de su pertenencia a la Unión Europea, no quiere salir de la misma. La burguesía, que suele dejar que sus servidores a la cabeza del gobierno gestionen los asuntos políticos corrientes, empieza a preocuparse públicamente del referéndum previsto por el gobierno conservador, bajo la presión de la derecha soberanista, sobre la cuestión de la pertenencia o no del país a la Unión Europea.

La eventualidad de una salida de Gran Bretaña de la Unión Europea (el “brexit”) preocupa, más allá de a la gran burguesía inglesa, a la gran finanza internacional. Añadiría un elemento de incertidumbre, cuando el crack financiero mundial que se avecina estremece de nuevo a los países europeos y a su Unión tan tambaleante. Los bancos europeos se hunden. La zona euro se ve de nuevo amenazada por un retorno de la crisis de las deudas soberanas de Grecia, Portugal e incluso quizás de Italia.

La Unión Europea no ha sido nunca otra cosa que un acuerdo entre potencias europeas, rivales pero obligadas a unirse hasta cierto punto para sobrevivir en la guerra que llevan a cabo entre ellas. Pero la desaparición de las pocas repercusiones positivas que esta Unión ha conllevado, como la libre circulación entre países de Europa, por limitadas que sean sería un retroceso y la expresión de que bajo el reinado de la burguesía no hay progreso posible.

En nuestra crítica a la propaganda antieuropea de ciertos componentes de la izquierda, como el PC antiguamente, después relevado por Mélenchon y puede que hasta parte de la extrema izquierda, siempre hemos denunciado el hecho de que estas organizaciones, al responsabilizar a las instituciones europeas de la dictadura del gran capital sobre la economía, desviaban a los trabajadores de los objetivos de la lucha de clase contra la gran burguesía y su dominación sobre la economía y la sociedad. En el contexto de la evolución reaccionaria de las cosas, la agitación política de esa gente que se pretende a la izquierda de la izquierda se parece cada vez más a la de la derecha y de la extrema derecha soberanista.

El deslizamiento a la derecha que caracteriza a muchos países ricos de Europa occidental y los países nórdicos Dinamarca, Suecia y Noruega, que durante mucho tiempo han pasado por ser modelos de democracia burguesa, es sin embargo más visible y brutal en los países del Este europeo. En Polonia, República Checa, Eslovaquia, Hungría —los países del llamado grupo de Visegrado— se han dado gobiernos que, a las tesis habituales del Frente Nacional francés, han añadido la exaltación de las raíces cristianas de Europa y una xenofobia que ni siquiera intenta disimularse.

En estos países más pobres que la parte occidental de Europa, la expresión política de las relaciones sociales es más brutal que en las viejas democracias imperialistas. Pero en cuanto a la actitud de rechazo hacia los migrantes, si un Orban puede jactarse de haber dado un ejemplo a las democracias occidentales, los dirigentes socialistas de Francia se singularizan sobre todo por una mayor hipocresía.

Como excepción en Europa, la desconsideración de los partidos tradicionales de la burguesía en Grecia ha beneficiado, primero al menos, no a la extrema derecha de Amanecer Dorado, sino a Syriza que se pretendía de extrema izquierda. La llegada de Tsipras a la cabeza del gobierno era la expresión de cierta radicalización electoral de las clases populares en Grecia. La actitud de la troika (FMI, Banco Central Europeo y la Comisión Europea) ha sido la ilustración de que los Estados que constituyen la Unión Europea no son iguales, a pesar de la fachada supuestamente democrática de esta Unión. Las relaciones entre las potencias imperialistas de Europa y los países de la parte pobre de Europa se rigen por los mismos tipos de relaciones que el conjunto del mundo imperialista: las burguesías de los países más ricos imponen sus órdenes a los Estados más débiles.

Las promesas de Tsipras a su electorado eran muy moderadas en lo referente a los salarios y a las pensiones. La originalidad de su política con respecto a sus predecesores residía sobre todo en su rechazo a que Grecia sea tratada por las potencias imperialistas de Europa como una casi colonia colocada bajo su tutela. Nunca ha representado, ni de cerca ni de lejos, los intereses políticos de la clase obrera griega. De hecho, nunca lo ha pretendido, aunque otros le hayan atribuido objetivos que no tenía. Nunca ha intentado siquiera emprender algo contra los pudientes griegos, contra la gran burguesía de los armadores, contra la Iglesia, etc. Y no estaba en situación de oponerse en una correlación de fuerzas a las exigencias de las instituciones internacionales de la burguesía.

Tsipras no ha tardado mucho en ceder ante la presión de las instituciones internacionales de la burguesía, aceptando ser en su país el ejecutor de las exigencias de la finanza. En cuanto a buscar verdaderamente apoyos por parte de las masas populares, nunca ha formado parte de las intenciones ni de la política de Tsipras.

La evolución política en España tiene cierta similitud con la de Grecia. El hartazgo de las clases explotadas ante los partidos tradicionales de la burguesía, en especial la socialdemocracia, se manifiesta particularmente por una subida de Podemos, pero también por una subida del independentismo catalán. Pero si Tsipras ha intentado al menos resistir algún tiempo a las presiones de la burguesía internacional, Pablo Iglesias, incluso antes de acceder al gobierno, parece dispuesto a participar a todas los regateos para lograrlo. Incluso cuando los partidos tradicionales se desgastan en el poder hasta el punto de ya no tener bastante credibilidad para garantizar la posibilidad de una alternancia, la burguesía puede encontrar candidatos para garantizar el relevo. Es decir, disponer aunque sea de manera fugaz de bastante crédito para salir elegido y gobernar luego a favor de los intereses de la burguesía.

El conflicto entre Rusia y Ucrania y sus árbitros imperialistas

La antigua URSS, en particular sus dos principales componentes: Rusia y Ucrania, padece los efectos conjugados de dos crisis mayores. Por un lado, las réplicas de ese terremoto a nivel de una sexta parte del planeta fue el desmoronamiento de la Unión soviética hace un cuarto de siglo, del cual el actual conflicto Rusia-Ucrania es la más reciente manifestación. Por otro lado, las repercusiones de la crisis mundial de la economía capitalista que afectan a estos dos países y a sus poblaciones, aunque de forma diferente.

Ucrania se encontraba al borde de la suspensión de pago, hace poco más de dos años, cuando sus dirigentes se plantearon aceptar o no el tratado de asociación que les proponía la Unión Europea (UE) y que habían negociado con ella. Desde entonces, la situación ha empeorado: el Estado solo llega a fin de mes con el apoyo política y financieramente interesado de las potencias imperialistas; su por aquel entonces presidente, Yanukovich, ha sido expulsado a la calle; y por todas partes reina una forma de caos sobre fondo de guerra y de desmoronamiento económico y social.

En cuanto al tratado, acaba de entrar en vigor. Excluyendo toda perspectiva de adhesión a la UE, se limita a una colaboración comercial entre un país de rodillas y Europa, o más bien sus grandes grupos que van allí para hacer negocios: para vender sus productos (a quien pueda pagárselos), comprar empresas en quiebra, y producir gracias a una mano de obra más calificada que en Asia, pero mal pagada y seguramente peor incluso.

Este tratado ha implicado que Ucrania rompa sus lazos con la Unión euroasiática, una zona de libre cambio que agrupa alrededor de Rusia a algunas antiguas repúblicas soviéticas, principal vía de salida de las producciones ucranianas. El presidente ucraniano Yanukovich, estimando en su momento que al fin y al cabo Ucrania —en realidad, los clanes de la burocracia— tenían más que perder que ganar con el tratado de asociación con la UE, lo había rechazado finalmente.

Esto había desencadenado un movimiento que recordaba la “revolución naranja”, una década antes. Iniciada por círculos estudiantiles pro-occidentales, la protesta había alcanzado la pequeña burguesía de los grandes centros y había atraído tras sí a capas sociales más populares. A lo largo de una movilización que, pese a las riendas sueltas dadas a su policía, el poder no conseguía atajar, parte de la población había creído reconocer en los objetivos de ese movimiento su aspiración a vivir mejor y a acabar con la corrupción, la voracidad y la impunidad de los bandidos en el poder.

Durante meses de ocupación del centro de Kiev, el movimiento de Maidan tuvo el apoyo insistente de Europa y sobre todo de los Estados Unidos, que veían así una nueva ocasión de ganar terreno en detrimento de Rusia en lo que había sido la Unión Soviética.

Nacido del Maidan, agrupando a políticos y clanes dirigentes rivales, partidos que iban de los pro-europeos a los ultra nacionalistas fascistizantes, el nuevo poder se vio de inmediato minado por sus contradicciones internas. Como los acontecimientos habían quebrantado el aparato de Estado de una punta a otra del país, las autoridades recurrieron a las fuerzas —burócratas, mafiosos, gente de negocio sin escrúpulos— que controlaban las regiones y sus riquezas. Poco después de haber huido Yanukovich, los que lo hicieron caer ensalzaron de forma evidente a muchos políticos y oligarcas del régimen anterior aborrecidos por la población.

Fuera de la capital, la autoridad de Kiev solo es virtual, y es inexistente en el Este industrial, que ha hecho secesión con el apoyo de Moscú. En cuanto a Crimea, con su población ampliamente rusa, sus bases navales y sus industrias militares, el Kremlin ha podido recuperarla. Pero también ha recuperado así la dependencia de Crimea hacia Ucrania respecto a sus vías de comunicación terrestres, su abastecimiento en energía, agua y productos de base, lo que no deja de acarrear problemas para Rusia. A esto se añaden, motivadas por lo que los Estados occidentales consideran como una anexión, sanciones una tras otra que agravan el impacto de la crisis mundial sobre el estado económico y financiero de Rusia.

Sus dirigentes, que habían perdido la Pequeña Rusia (Ucrania), se jactaban ante su opinión de haber (re)tomado Donbas y Crimea a un país que les volvía la espalda. Es una victoria pírrica para el Kremlin, y sobre todo una trampa sangrienta para las clases trabajadoras de Rusia y Ucrania.

En Ucrania, esto ahonda una brecha dramática dentro de la población, incluso a veces dentro de las familias. El conflicto del Donbas, que ya ha causado cerca de 10 000 muertos y centenares de miles de refugiados, y destruido localidades, industrias e infraestructuras, ha transformado la vida en esas regiones muy pobladas de la línea de frente en un infierno.

Este clima de guerra refuerza también el peso de los oligarcas sobre sus feudos y sobre el gobierno. Frente a este poder incapaz de hacerse obedecer y, a pesar de la ayuda occidental, incapaz de formar regimientos de los cuales no deserten los reclutas, los magnates de los negocios han creado ejércitos privados. Estos batallones formados por aventureros en busca de un botín y por activistas de extrema derecha, a la vez que guerrean en el Este en contra de los enemigos de Kiev, protegen los territorios de sus mandantes en contra de las veleidades de Kiev de establecer su autoridad.

La extrema derecha más radical ya no tiene representación en el gobierno. Pero su discurso ultra-nacionalista y fascistizante hace eco, amplificándolo, al nacionalismo belicoso y al anticomunismo del poder, que Europa y América aplauden. La extrema derecha no se limita a infectar la atmósfera con su ideología: su gente también ha infiltrado la maquinaria del aparato estatal, empezando por los órganos de represión.

Los grupos de extrema derecha, que a menudo se confunden con las milicias privadas de las empresas, son una amenaza para los trabajadores que quisieran reaccionar al alza rápida de los precios, del paro, y a las medidas gubernamentales “anticrisis” exigidas por el FMI y demás ujieres del gran capital internacional. Pero dichos grupos ya se sienten lo bastante fuertes y seguros de su impunidad para querer impedir las contadas manifestaciones públicas de los grupos de extrema izquierda o asimilados, y para agredir y fichar a sus militantes.

En cuanto a Rusia, durante años, el régimen de Putin ha podido obtener cierta paz social con un relativo pleno empleo, con salarios que aumentaban un poco en términos reales. Pero la caída de los precios de las materias primas, resultado del reflujo de la demanda internacional ligado a la crisis mundial, combinada a las sanciones occidentales, ha hecho caer el país en recesión.

El rublo está en su nivel más bajo desde hace más de una década, la inflación se dispara, los precios mundiales del gas y del petróleo —de los cuales depende más de la mitad de los ingresos del Estado ruso— se han desplomado, el Producto Interior Bruto, que ya había retrocedido en 2014, ha vuelto a ceder un 3,7% en 2015. Y todo parece indicar que este retroceso continuará en 2016.

Con sectores enteros amenazados (automóvil, agricultura) o empresas que cierran o ponen a su personal en paro técnico no indemnizado, el gobierno ha tenido que lanzar un plan anticrisis de 9 mil millones de euros, a finales de enero. Ha tenido que revisar su presupuesto de 2016, establecido sobre la base de un barril de petróleo a 50 dólares (la mitad de su precio de hace un año), cuando ha caído a 30 dólares. También anuncia un gran plan de privatizaciones para procurarse dinero, pero también para ofrecer nuevas fuentes de pillaje a los ricos y privilegiados locales.

A pesar de las bravuconadas de los dirigentes rusos, que habían pretendido que las sanciones occidentales iban a impulsar ciertas producciones locales y que el Estado ruso disponía de bastantes reservas de divisas para aguantar, desde hace más de un año la población no ve venir nada más que nubes cada vez más oscuras. Y no son las gesticulaciones nacionalistas del Kremlin en contra de Turquía las que mejorarán la situación —cuando numerosas obras de la construcción están en manos de sociedades turcas— ni los vivas que gritan con regularidad dirigentes y medios de comunicación en torno a las operaciones militares rusas en Siria.

Estas últimas tienen por meta garantizar al Kremlin el mantenimiento de las pocas bases militares de las que dispone fuera de la antigua URSS y, sobre todo, volverlo ineludible, a ojos de los Estados Unidos, en la cuestión explosiva del lodazal sirio y la pretendida “lucha internacional contra el terrorismo”. Además de restaurar su imagen de potencia de primer plano, el Kremlin espera también que ello le valga una suavización de las sanciones occidentales.

Pero esta política de bombardeos cotidianos, de desplazamientos de barcos, de aviones, de equipamientos militares y de miles de soldados sirviendo para ello tiene un coste. El coste es terrible para las poblaciones que padecen las consecuencias. Pero es enorme también para las finanzas deterioradas del Estado ruso y para la población rusa que paga y va a pagar la cuenta: con recortes más severos en los presupuestos sociales y los gastos útiles del Estado, con la subida de los impuestos, pero también con un paso adelante en la intoxicación nacionalista y militarista de toda la sociedad.

Nada dice que los dirigentes rusos podrán con tanta facilidad como en el pasado “emborrachar a su pueblo con agua”, disimular bajo los cañonazos la realidad social: la de la corrupción masiva de los burócratas, del nivel de vida ostentoso y del enriquecimiento criminal de los oligarcas cuando la gran mayoría de la población ve su propio nivel de vida hundirse.

Con Putín, Rusia ha recobrado cierto peso en las relaciones internacionales, perdido en tiempos de Yelsin. Desde el punto de vista de la correlación de fuerza, estamos lejos de las relaciones con los Estados Unidos en tiempos de la URSS, incuso en su época final. Aunque siga siendo una gran potencia a nivel militar, Rusia se ha debilitado considerablemente con la descomposición de la URSS, con la desaparición de la economía planificada.

Sin embargo, sigue vigente, en estas relaciones con los Estados Unidos, el mismo carácter contradictorio que existía en la época de la URSS. Su intervención en Siria muestra que, si sabe aprovechar la ocasión para preservar sus intereses de gran potencia, lo hace jugando el papel de auxiliar para preservar el orden internacional dominado por los intereses del imperialismo.

Estados Unidos

La vida política en los Estados Unidos se ve marcada por el final del segundo mandato de Obama. En 2008, Obama había prometido el final de la guerra en Iraq y el cierre de Guantanamo; ocho años después, Guantanamo no ha cerrado, y los Estados Unidos se implican en la guerra en Iraq y en Siria con el motivo de “luchar contra el terrorismo”. En el ámbito interior, su balance deja también toda una parte de su electorado amarga, cuando la pobreza aumenta y que incluso la condición de la población negra no ha progresado, como lo demuestran las violencias policíacas y el encarcelamiento masivo de los que sigue siendo víctima. Aunque Obama sea todavía presidente durante unos meses, los republicanos dominan la vida política. Ya controlaban la Cámara de representantes y tienen, desde noviembre de 2014, el Senado. Los republicanos también controlan el 70% de las asambleas de los Estados y más del 60% de los gobernadores. De todos modos, las diferencias entre los dos partidos siempre han sido marginales.

La actualidad está ahora dominada por la campaña de las primarias para la investidura de los dos grandes partidos, en vista a la elección presidencial que tendrá lugar el próximo mes de noviembre. Si hace algunos meses, todo dejaba pensar que el escrutinio iba a ver enfrentarse de nuevo —en las personas de Jeb Bush y de Hillary Clinton— a dos familias que ya han ocupado entre ambas la Casa Blanca durante unos veinte años, el suspense se ha visto un poco relanzado. Por parte de los Republicanos, es el más reaccionario, el más provocador de los candidatos el que encabeza la carrera: el multimillonario Donald Trump, conocido por sus declaraciones misóginas y xenófobas, que promete cerrar las fronteras a los musulmanes, acusados de ser terroristas, y expulsar a los inmigrados sin papeles que acusa de ser criminales, violadores y de quitarles el empleo a los Americanos. Trump, es cierto, solo se ha inspirado del argumentario tradicional de los republicanos, limitándose a expresar esas ideas nauseabundas de forma un poco más caricaturesca, como saben hacerlo los demagogos. Para ampliar su electorado en capas populares más allá de la base reaccionara del Partido republicano, añade a su demagogia palabras vengadoras contra las desigualdades o los bancos, retomando temas del movimiento Occupy Wall Street.

Por parte demócrata, Hillary Clinton tiene como contrincante principal a Bernie Sanders, que se pretende socialista y denuncia el abismo creciente entre los ricos y el resto de la población. Pero la demagogia de Sanders es meramente verbal. Senador considerado “independiente” del Estado de Vermont, ha votado 98 veces sobre 100 con los demócratas: a favor de la criminalización de la población negra, a favor de la intervención militar americana en Afganistán o también a favor del apoyo a Israel cuando el bombardeo de Gaza. Como mucho Sanders puede captar la rabia de una fracción de las clases populares, para mejor drenarla hacia el Partido demócrata, ese gran partido de la burguesía. Si existe un suspense en estas elecciones americanas, es porque el “show” tiene que seguir. Pero los capitalistas americanos saben que para ellos, el final será un “happy end”.

Desde 2009, los economistas explican que la economía americana está en crecimiento. Desde luego, los beneficios recobran un nivel elevado; en términos del PIB, alcanzan niveles inéditos desde 1929. La parte esencial de estos beneficios se transfiere a los accionistas y a los más altos dirigentes.

Así, en el transcurso de los cinco últimos años, las empresas han comprado sus propias acciones por un promedio de 500 mil millones de dólares cada año, para aumentar su valor en Bolsa. Teniendo en cuenta todas las empresas, la masa de los dividendos alcanza alrededor del 10% del PIB. La especulación ha retomado con mayor fuerza que antes.

La economía americana sigue bajo perfusión de la Reserva federal, y el crecimiento poco se traduce por una recuperación del empleo. Mientras que todos los economistas burgueses explican que los salarios aumentan cuando el paro baja, los ingresos de los trabajadores no aumentan, disminuyen.

Desde luego, la administración Obama se ha jactado de una bajada del paro, oficialmente un 5% a finales de 2015 (contra un 5,6% a finales de 2014). Estas cifras no son más que la parte visible del iceberg: hay, según las estadísticas oficiales, 7,1 millones de asalariados con un tiempo parcial forzoso, 2,2 millones de personas llamadas “marginalmente ligadas a la mano de obra”: se trata de gente en paro, pero que no ha hecho una búsqueda activa, registrada por las autoridades, durante las cuatro semanas que han precedido la encuesta. Por lo tanto, más de 9 millones que no tienen un trabajo con tiempo completo o que no trabajan, cuando lo desearían, se añaden a los 9,3 millones de parados oficiales. O sea, es una tasa de paro real de un 10% y no de un 5%.

Sobre todo, la tasa de empleo aumenta solo un poco. En 2007, los Estados Unidos contaban 121 millones de personas empleadas a tiempo completo; en diciembre de 2015, eran 122,6 millones (+ 1,3%). Mientras tanto, la población americana ha pasado no obstante de 301 a 320 millones de habitantes (+ 6,3%). La correlación población empleada / población total es por lo tanto más elocuente. Esta tasa ha alcanzado su máximo histórico en la primavera de 2000, un 64,7%, antes del estallido de la burbuja especulativa internet. Con la crisis de los “subprime” seguida de la de la economía, cayó a un 58,2% en 2011; hoy solo está en un 59,5%.

También hay millones de personas que ya no busca trabajo y que por lo tanto no están registrados como parados. Un organismo que presume poder contar el número de parados verdaderos, censa alrededor de un 23%, y no detecta ninguna bajada.

El sector de la industria automotriz es un caso emblemático. Las ventas han alcanzado un récord histérico de 17,5 millones de vehículos y utilitarios en 2015 (contra 10,4 millones en 2009). La producción está al máximo, los beneficios han vuelto. Las grandes empresas automovilísticas realizan beneficios récord. Sin embargo, los efectivos de la industria automotriz no han remontado al mismo nivel. Mientras que vende más vehículos que hace diez años, solo emplea a 915.000 asalariados en 2015, contra 1.090.000 en 2005.

Todo ello conlleva el crecimiento de la desigualdad. Según la Reserva federal, el 3% de los ciudadanos más ricos han recibido el 30,5% del total de los ingresos en 2013. El 7% siguiente se ha embolsado el 16,8% de ese total. Eso deja la mitad de la cantidad total de ingresos a los 90% restantes. El 3% de los más ricos también ha sido la única categoría en registrar un aumento de su parte de los ingresos desde principios de los años 1990.

China

La ralentización del crecimiento chino concierne en particular la industria. Se traduce por despidos masivos. Así, Longmay, el primer grupo minero del noreste del país ha anunciado la supresión de 100.000 empleos de los 240.000 que tenía en Heilongjiang (antigua Manchuria), región de industrias pesadas. Cuando, por efecto de las movilizaciones obreras, los salarios medios han aumentado estos últimos años, las empresas, chinas u occidentales, trasladan también su producción a países a menor coste. Por ejemplo si, en 2010, un 40% de los zapatos Nike se producían en China contra un 13% en Vietnam, la parte china ha caído al 30% en 2013, y la del Vietnam ha pasado al 42%. Estas subidas de salarios son no obstante relativas. A obreros chinos que trabajan para fabricar un smartphone de Apple que vale cerca de 1.000 dólares se les paga 1,85 dólar por hora. Y si las huelgas y las movilizaciones parecen multiplicarse, en particular en la industria, la construcción y las minas, es, en las dos terceras partes de los casos, simplemente para que los sueldos sean pagados. Lo que los medios de comunicación occidentales se complacen en calificar de “milagro chino” sigue siendo pagado muy caro por el proletariado: explotación feroz, semanas de trabajo interminables, accidentes mortales, etc. Sin hablar de los envenenamientos o de la contaminación, que mataría cada año a unas 1,6 millón de personas, o sea a 4.400 cada día.

En el transcurso del verano de 2015, después de nuevo en enero de 2016, las Bolsas de Shanghái y de Shenzhen han sufrido verdaderos cracs. La Bolsa de Shanghái había subido un 150% en un año, creando una burbuja especulativa que estalla ahora. Síntoma de la ralentización económica, el crac puede acelerarla. Sin duda es demasiado pronto para decir si sus consecuencias pueden ser del mismo nivel que las del crac asiático de 1997, cuando el desmoronamiento de la Bolsa de Malasia llevó a todo el Sureste asiático y a sus “dragones” a la crisis. El hecho de que, a pesar de la liberalización de les últimos 35 años, una parte importante de las empresas chinas siga controlada por el Estado le permite amortiguar les choques del mercado. Pero ello no impide que la pequeña y la gran burguesía chinas, unas 200 millones de personas que habían invertido en la Bolsa y en la inmobiliaria, sectores hoy en crisis, cuenten sus pérdidas.

La vida política interior se ve marcada por la campaña contra la corrupción y contra las “infracciones a la disciplina del partido”. El tándem en el poder, Xi Jinping y Li Keqiang, destituye a numerosos cuadros. Así, en diciembre, la undécima fortuna del país, Guo Guanchang, ha “desaparecido” durante cuatro días a manos de la policía, obligando al grupo Fosun (que posee en particular el Club Mediterráneo) que dirige a suspender su cotización en bolsa. Otro patrón, Mike Poen (copropietario del aeropuerto de Toulouse-Blagnac), en su caso, ha desaparecido seis meses antes de estar milagrosamente “de vuelta al despacho”. Otros han tenido menos suerte, que hayan sido condenados pesadamente por la justicia o que hayan muerto misteriosamente en prisión, como el multimillonario Xu Ming, un industrial de 44 años sin antecedentes cardíacos pero que cometió el error de vincular su suerte a la de Be Xilai, un “príncipe rojo” caído en 2012 y que se pudre desde entonces detrás de los barrotes. Detrás de estas sanciones, se producen ajustes de cuenta más o menos violentos dentro del aparato de Estado.

Es más bien difícil prever las consecuencias políticas de la ralentización económica de China. Queda que, durante esos años en los que dicho país se ha convertido en “el taller del mundo”, se ha desarrollado un proletariado chino considerable, uno de los proletariados numéricamente más importantes del mundo. El inmenso campesinado de este país se ha proletarizado ampliamente. Es el trabajo de estos proletarios el que ha permitido a las grandes ciudades chinas transformarse, convertirse en metrópolis modernas. Es su trabajo el que hace funcionar ese “taller del mundo” que no solo ha permitido el enriquecimiento de una burguesía china y de una burocracia estatal aburguesada, sino que enriquece también y sin duda mucho más aún el gran capital japonés, americano y otros.

A pesar de un régimen de dictadura, este proletariado ya ha llevado a cabo luchas huelguistas importantes. La rapidez con la que dicho proletariado se despertará también a la vida política, es decir a la toma de conciencia de sus intereses políticos, es una cuestión determinante para el porvenir, no solo de China sino del mundo entero.

El proletariado y la crisis de la dirección proletaria

En China, en Brasil, en la India, en Bangladés o, mucho más cerca de Europa, en Turquía, en todos esos países llamados “emergentes” en los cuales se ha reforzado un proletariado joven y a menudo combativo, se plantea la cuestión de la transmisión del capital de experiencias, del capital político acumulado por el proletariado mundial en su conjunto. El proletariado ha empezado a desarrollarse en los países que se volvieron industriales de Europa occidental. Fue en esos países donde se llevaron a cabo las primeras grandes luchas del proletariado y allí es donde emergió una conciencia de clase: las primeras luchas del proletariado naciente en Francia en el desarrollo mismo de la revolución burguesa, las primeras agrupaciones que se reivindicaron del ideal comunista, el cartismo en Inglaterra, ese amplio combate político que llevo a la movilización a centenas de miles de trabajadores, los primeros embasteces políticos propios del proletariado en la ola revolucionaria de 1848-1849 en Alemania, en Austria y sobre todo en Francia, la Comuna de París, el profundo cambio económico y social en Alemania con el desarrollo fulgurante de un partido obrero potente, el partido socialdemócrata.

Fue en una región periférica de Europa, en Rusia, donde un joven proletariado tomó el relevo del movimiento obrero de Europa occidental, instruyéndose de sus experiencias para ir más lejos: a la explosión revolucionaria de 1905 con la creación de les soviets, esas formas de organización obrera que anunciaban la forma concreta que iba a tomar el primer Estado obrero duradero, surgido de la toma del poder revolucionario por los trabajadores.

El marxismo comunista revolucionario ha sido la expresión teórica de todos estos combates, de ese desarrollo de la conciencia de clase, donde cada subida revolucionaria podía apoyarse sobre la experiencia de la anterior, incluso si tenia lugar en otro país.

La historia y el desarrollo económico han hecho que el movimiento obrero consciente se ha desarrollado en Europa y también es ahí donde Marx, Engels, Bebel, Rosa Luxemburgo, Lenin, Trotski y muchos más, han formulado las ideas del comunismo revolucionario y las han enriquecido a lo largo de las luchas del proletariado. No se limitaban a tal o cual país de Europa ya que, del proletariado inglés al proletariado ruso, pasando por el proletariado francés y alemán, cuando uno de ellos había agotado su creatividad y su energía revolucionaria, una vez que el fuego se había apagado en un país, tarde o temprano las llamas volvían a aparecer en otro sitio. Esta historia no era lineal. En su lucha contra la burguesía, la clase obrera ha vivido éxitos y fracasos, retrocesos, represiones. Peor aún, en el momento del desencadenamiento de la Primera Guerra mundial, ha sufrido la traición de sus propias organizaciones. Siempre ha superado los fracasos. Incluso la gran traición de la Segunda Internacional a principios de la Primera Guerra mundial no ha parado esa transmisión de las ideas y de las usanzas del movimiento obrero revolucionario ya que, caída la socialdemocracia, el comunismo ha tomado el relevo. La Primera Guerra mundial empezada en la debacle de las organizaciones de la Segunda Internacional se ha terminado con la revolución rusa, seguida de la ola revolucionaria que sumergió toda Europa, y con la creación de la Tercera Internacional.

Son esa continuidad, esa transmisión de las experiencias de la lucha de clase proletaria de generación en generación y de país a país, ese desarrollo continuo de la conciencia de clase, que el estalinismo ha roto. Esa es la responsabilidad mayor del estalinismo en la aniquilación de la dirección revolucionaria del proletariado.

Esa es la causa principal del retraso tomado por el proletariado en su combate contra la burguesía capitalista. El reinado de la burguesía se ha vuelto anacrónico desde hace tiempo, desde el surgimiento del imperialismo, ese “estado senil del capitalismo” del que hablaba Lenin. Casi se lo llevó la ola revolucionaria después de la Primera Guerra mundial pero ha sobrevivido. La humanidad iba a pagar con el nazismo, con una segunda guerra mundial, la supervivencia del capitalismo.

La crisis de la dirección proletaria ha tomado el relevo como factor decisivo del retroceso de la revolución. La humanidad sigue pagando el precio de ello con la subida actual de la barbarie. Pero la clase obrera no ha dejado de estar a la base del funcionamiento de la economía y ni siquiera ha dejado de reforzarse numéricamente.

Quizás sea el desarrollo de la clase obrera en China el que resume el problema del proletariado mundial. Las contradicciones de clase que dividen este país llevarán inevitablemente a los obreros chinos a la lucha. Nadie puede prever como ocurrirán las cosas, pero puede ser que sea precisamente la inversión de la situación económica en China, con todas las consecuencias catastróficas que tendrá para una clase obrera joven y numerosa, la que llevará a esta última hacia luchas mucho más amplias que las luchas obreras del siglo XIX y de principios del siglo XX. Será entonces cuando resultará primordial que el proletariado de China reanude con el pasado, es decir con la experiencia de sus hermanos de clase de Inglaterra, de Francia, de Alemania o de Rusia y que acceda a la conciencia política indispensable para disputarle el poder a la burguesía y que se dé el partido para plasmar esa conciencia. La sociedad capitalista conlleva en sí misma las fuerzas que la destruirán y tarde o temprano, eso se producirá. La historia acabará inevitablemente por abrirse camino. Pero reanudar con la experiencia del pasado y recobrar su conciencia de clase ahorraría muchos ensayos y errores al proletariado y muchos sufrimientos a la humanidad.

12 de febrero de 2016


El 45° congreso de “Lutte Ouvrière”, mayo de 2016