Nicaragua: 40 años tras una caricatura de revolución

Las protestas contra el gobierno de Ortega-Murillo comenzaron el pasado 18 de abril, cuando la administración decidió aumentar las cuotas a la Seguridad Social de los trabajadores al tiempo que reducía las pensiones a los jubilados. Desde que comenzaron las movilizaciones han muerto más de 400 personas en enfrentamientos con la policía y paramilitares, dejando, además, casi 3.000 heridos y 600 desaparecidos. Cuando el líder sandinista, Daniel Ortega, decidió dar marcha atrás a las reformas ya era demasiado tarde, la fuerte represión estatal había atizado un inaudito clamor social.

 

Las protestas no habían sido dirigidas desde Washington, surgieron desde abajo contra las reformas aconsejadas por el F.M.I. Tampoco las principales figuras de la derecha (que han acordado incontables pactos con Ortega) propiciaron la revuelta; las distintas vertientes eclesiásticas no siguen un libreto uniforme y los estudiantes están agrupados en varias corrientes internas con líderes de derecha e izquierda. Para muchos, el malestar de la población tiene su origen en la ambición de Ortega y su familia de perpetuarse en el poder y de que bajo la conducción de Ortega rige un sistema clientelar asentando maquinarias electorales. La simbología sandinista oculta este cambio sustancial, ya que el orteguismo no guarda el menor parentesco con su origen sandinista al haber establecido alianzas estratégicas con el empresariado, adoptando medidas exigidas por el F.M.I y afianzando sus vínculos con la iglesia, después de prohibir el aborto.

 

Con el orteguismo se ha consolidado una privilegiada burocracia que debutó en los negocios con la apropiación de bienes públicos. La corrupción en las instituciones estatales, la acumulación de riquezas y poder de la familia gobernante, la reforma que promovió Ortega para legalizar la reelección indefinida y la represión de las protestas, empiezan a recordar a la dictadura de Somoza, que fue derrocada épicamente por el pueblo nicaragüense y la guerrilla sandinista en 1.979.

 

Daniel Ortega repite que la situación económica mejoró acentuadamente, el PIB ha crecido, pero no dice que bajo sus gobiernos más del 90% de ese PIB proviene de inversiones privadas y que durante el mismo periodo recibió 4.800 millones de dólares de organizaciones financieras estadounidenses. Aunque Ortega pacta sin escrúpulos con los componentes de la reacción, EEUU preferiría una estabilidad mayor con otros de su cuerda. Washington no teme a las políticas económicas del orteguismo, no ve peligrar el sistema capitalista en el país, ni el establecimiento de un régimen socialista. EEUU busca pescar en río revuelto. Es preferible aprovechar el conflicto para sacar tajada y tener su patio trasero a buen resguardo.

 

La fachada izquierdista del régimen es incompatible con la realidad política y social. Desde que perdió las elecciones en 1.990, Ortega imprimió al FSLN una orientación que empujó gradualmente a la derecha a la organización revolucionaria. Había optado por una política de alianzas incompatible con los principios revolucionarios nacionalistas que tuvo al principio. En el marco de la Reconciliación Nacional estableció acuerdos con el ex presidente Arnoldo Alemán, condenado a 20 años de cárcel por corrupción y blanqueo de capitales (Alemán había sido un sufrido somocista). Anteriormente, tras la caída de la dictadura de Somoza y bajo el mismo ámbito de reconciliación nacional, destacados somocistas siguieron en los mismos puestos de las instituciones y la judicatura, no se expropiaron los medios de producción de los empresarios llamados “patriotas” y en 1.990 la derecha reaccionaria ganó las elecciones de la mano de Violeta Chamorro, otra destacada derechista. La llegada, de nuevo, de Ortega al gobierno fue bien recibida por el gobierno de Obama, las relaciones económicas y los tratados de emigración se consideraban aceptables, pero al mismo tiempo no renunciaba al discurso de izquierda, cultivando la imagen de antiimperialista para mantener relaciones privilegiadas con Cuba, Venezuela, Bolivia, Ecuador.

 

A la par de la familia Ortega-Murillo, la oligarquía orteguista se ha convertido en millonaria, con boyantes empresas de construcción, exportación e importación de granos, distribución de combustible, a la vez que los viejos líderes sindicales han dejado de vivir como obreros para ostentar el poder de los sindicatos sandinistas. El presidente Daniel Ortega ha nombrado a su esposa vicepresidenta del país y a sus hijos los ha situado en puestos claves mientras la familia amasó una gran fortuna gracias al petróleo de Venezuela. Ni una gota de gasolina se vende en Nicaragua sin que genere beneficios a la familia. La Distribuidora Nicaragüense de Petróleos está en manos de la esposa de Rafael Ortega, hijo del presidente, y los demás hijos son empresarios de medios de comunicación, televisiones y portales digitales. Carlos Ortega es el director del canal 8, comprado en 2.009 por 10 millones de dólares salidos de fondos venezolanos. La familia también controla los canales 4, 9, 13 y el canal 6, supuestamente público, además de varias emisoras de radio. Humberto Ortega, hermano del presidente, fue durante la lucha armada el principal estratega de la guerrilla, ha sido ministro de defensa y su adhesión al capitalismo fue rápida, ganando millones de dólares con el negocio de la madera.

 

¿Cómo ha llegado a esta situación la Revolución Sandinista? La revolución sandinista fue progresista, querían llegar a la democracia y ciertas reformas sociales en favor de los pobres, pero nunca fue socialista. Nunca participaron a la cabeza los obreros, ni los campesinos con sus reivindicaciones. De hecho, los primeros gobiernos fueron de coalición con la derecha liberal.

“Las revoluciones o son socialistas o son una caricatura de revolución”, decía el Che. Tenía razón; las revoluciones se deciden en los momentos prerrevolucionarios, cuando debe estar claro con quien iremos al combate y a quien arrebataremos el poder, y no solo el gobierno. Desde el principio los sandinistas se apoyaron en la pequeña y mediana burguesía, la iglesia y los propietarios llamados “patriotas” (que decían no sacar sus riquezas del país) y tras la victoria contra la dictadura de Somoza las propiedades de esa burguesía siguieron en sus manos a la vez que se mejoraban pobremente las condiciones de la clase trabajadora contradiciendo, gravemente para el pueblo nicaragüense, los principios socialistas.

 

Es repugnante la hipocresía de dirigentes y sectores de izquierda que insisten en caracterizar al gobierno Ortega-Murillo como revolucionario. Por otra parte, la movilización popular nicaragüense es utilizada por la Alianza Cívica por la Justicia y la Democracia, coordinadora interclasista y derechista, que asume la hoja de ruta de la Conferencia Episcopal y la O.E.A, es decir, el imperialismo yanqui.

 

Los jóvenes, los campesinos pobres y los trabajadores en cualquier país del mundo, no tenemos otra salida que luchar por una sociedad donde los medios de producción y distribución estén en manos de la sociedad. Esto significa derrocar el capitalismo e impulsar planes de lucha con reivindicaciones propias de nuestra clase, con independencia de la patronal, la Conferencia Episcopal y demás sectores aliados de la burguesía. Contra el capitalismo y su dictadura, aunque sean gobiernos parlamentarios, es válido y necesario la mayor unidad de acción en las calles, sin perder las banderas y programa de los sectores explotados: la bandera roja del comunismo. Es por lo que damos toda la confianza a las generaciones obreras y toda la solidaridad militante a las clases populares. Más que nunca, es necesario construir una fuerza política del mundo del trabajo que luche por derrocar el imperialismo, es decir el capitalismo de nuestra época, para construir una sociedad socialista e internacionalista.

 

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