LDC – junio de 1997

Un nuevo ataque a los trabajadores: la nueva reforma laboral

El pasado 9 de abril la patronal española y los dos sindicatos mayoritarios (CCOO y UGT) presentaron el preacuerdo sobre la Reforma Laboral que al menos oficialmente venían negociando desde el 20 de Enero. Pocos días después el gobierno aprobaba las líneas básicas del Plan de Estabilidad hasta el año 2.000. Tanto la Reforma como el Plan, la primera directamente, el segundo a un nivel más general, son una vuelta de tuerca más sobre las condiciones de vida de la clase obrera y de la población en general.

Con la nueva Reforma Laboral se profundizan los efectos negativos que sobre los trabajadores ha tenido la Reforma Laboral del 94. Recordemos que los reglamentos y leyes laborales fueron reformadas en 1.994 por el PSOE, en una Reforma Laboral que fue respondida, paradojas de la vida, con una Huelga General convocada por los sindicatos firmantes del acuerdo actual. La reforma del 94 abrió la puerta a la precarización del empleo con toda una gama de contratos basura, que ha hecho que casi el 50% de los trabajadores del sector privado y el 30% del público, estén en precario y que instituyó la inseguridad y el miedo en los trabajadores que fue bién aprovechado por la patronal para chantajear e imponer bajadas y congelaciones de salarios y aumentar la productividad. En el año 96 los costes unitarios del trabajo (la relación entre coste del trabajo y productividad) habían caído el 0’7% y la productividad había crecido en un 2’6% y sin embargo los salarios han perdido año tras año poder adquisitivo. Según datos oficiales el salario medio de un obrero en 1.991 era de 128.000 ptas., en 1995 fue de 158.000 ptas.(en números redondos), cuando el coste de la vida ha subido más del 30%. Es decir que en esos años se ha perdido más de un 8% de los salarios.

En el 94 el gobierno y la patronal razonaban de la misma manera: mejor tener un trabajo, aunque sea malo, que no tenerlo. Y con el argumento cínico de luchar contra el paro se le posibilitaba a la patronal poder contratar sin cotizar a la Seguridad Social, sin despido, por el tiempo que quisieran, y encima el estado subvencionando los contratos.

Así, casi todo el empleo creado es precario y por supuesto insuficiente para frenar el crecimiento del paro. Seguimos con cerca de 3’5 millones de parados, según la E.P.A., de los que el 50% aproximadamente son de larga duración y el 45% son jóvenes. Recordemos que el contrato de aprendizaje se hizo con el argumento de dar trabajo a los jóvenes.

Ahora, como el problema es que el empleo que se crea es temporal y en precario y los empresarios temen contratar con despidos «caros», se vuelve con el mismo tipo de razonamiento: mejor tener empleos estables con despidos «baratos» que empleos temporales en precario. Esta vez ya son más quienes lo defienden: la patronal, el gobierno y los sindicatos (CCOO, UGT).

La situación de paro que existe en el país es la espada de Damocles de la clase obrera. Es utilizada para presionar y bajar los salarios de los que trabajan y ahora se utiliza para abaratar el despido. Cínicamente los políticos y el gobierno ven en el acuerdo de La Reforma laboral y en el Plan de Estabilidad acciones para resolver el paro. ¡Como si el problema del paro dependiera del tipo de contrato y de un despido barato!.

Desde hace 20 años todas las medidas económicas y políticas, con el argumento de luchar contra el paro no hacen más que engordar los bolsillos de la patronal y del capital y empeorar las condiciones de vida de los trabajadores. Y no es una cuestión de ética, sino de lógica del sistema capitalista. Los beneficios son los que hacen mantener en funcionamiento toda la economía y éstos se obtienen a costa del paro y de bajar los salarios. Estos beneficios, además, se invierten en el sector financiero y especulativo y no en sectores productivos que crean empleo. Las 350 empresas españolas que cotizan en bolsa obtuvieron unos beneficios de 2.208 billones, pero no crearon empleo significativamente (sólo 1.843 empleos de media) y en su mayoría despidieron.

Una nueva reforma laboral para abaratar el despido

La negociación patronal-CCOO y UGT está siendo alabada por la mayor parte de los políticos y de los medios de comunicación. Todos ven el esfuerzo negociador de ambas partes pero están ciegos a la hora de ver el permanente chantaje del gobierno que amenazaba con imponer su propia reforma si no había acuerdo o que no aceptaría que se pactara una reforma laboral suave. Los sindicatos aceptaron no sólo este chantaje sino la totalidad del marco negociador impuesto por la patronal y el gobierno.

En el transcurso de las negociaciones ha sido frecuente leer declaraciones de dirigentes sindicales destacando la importancia de conseguir un acuerdo «para mejorar la competitividad de las propias empresas». No es extraño pués, que esos mismos dirigentes pasaran de denunciar cara a la galería que la patronal sólo pretendía «el abaratamiento puro y duro del despido» a negociarlo y a aceptarlo finalmente. El resultado ha sido un acuerdo tan satisfactorio a los intereses de la patronal que el propio ministro de Trabajo del gobierno se ha permitido el lujo de declarar que la reforma laboral que preparaba el gobierno era más suave que la firmada por los sindicatos y que no pensaba rebajar las indemnizaciones por despido (cuestión que recoge el acuerdo).

Efectivamente la patronal ha conseguido su objetivo básico: abaratar el despido. Esto va a ser posible mediante la clarificación a su favor de las causas del llamado despido objetivo (por motivos económicos, productivos, organizativos o de producción). Con la clarificación al empresario le bastará despedir argumentando, no ya pérdidas, sino simplemente superar las dificultades que impidan el buen funcionamiento de la empresa, colocarse bién en el mercado, adaptarse a la demanda o reorganizar los recursos. Este despido objetivo, ampliado y clarificado, sólo requiere una indemnización de 20 días por año trabajado (con un tope de 12 mensualidades) frente a los 45 días por año del llamado despido improcedente.

La reforma introduce un nuevo contrato indefinido destinado a jóvenes entre 18 y 29 años, parados de más de un año, mayores de 45 años, minusválidos y conversión de contratos temporales en fijos con un despido también más barato que los tradicionales contratos indefinidos, es decir 33 días por año trabajado frente a los 45 días por año del contrato indefinido tradicional. La Reforma abre las puertas al empresario para sustituir a los actuales trabajadores fijos por otros con un menor coste de despido y no solo con los trabajadores a los que va dirigido, en principio, el nuevo contrato indefinido. Cualquier otro trabajador entre 30 y 44 años de edad o que no tenga ninguna minusvalía, permaneciendo un año en paro o tras un contrato temporal, podrá ser contratado por el empresario con el nuevo contrato indefinido. Gran negocio para los patrones a costa de más sacrificio para los trabajadores.

Esta claudicación sindical se da en un contexto en el que, según datos de los propios sindicatos, las indemnizaciones por despido sólo suponen un 1% de los costes laborales totales y en el que el 97% de los contratos registrados oficialmente carecen de indemnización por despido.

Frente a todos estos ataques, a los trabajadores, los sindicatos han presentado como un gran logro «arrancado» a la patronal acabar con la precariedad laboral y presentan el acuerdo como el de la estabilidad laboral. Utilizan como justificación la eliminación del llamado contrato de aprendizaje por otro llamado de formación que recoge más garantías que el desaparecido. Siendo una gran injusticia los contratos de aprendizaje, la precariedad viene por otros tipos de contratos temporales. Por ejemplo en el 96 se firmaron 184.577 contratos de aprendizaje frente a los 2.523.626 de los contratos por obras y servicios y los 2.784.008 contratos eventuales por necesidades de la producción que en conjunto supusieron el 60% de las contrataciones. Estos contratos temporales, que carecen de indemnización, se van a seguir manteniendo al igual que la mayoría de las más de 18 modalidades de contratación que pueden utilizar los empresarios.

El paro y la precariedad laboral no se solucionan abaratando el despido y flexibilizando cada vez más el mercado de trabajo. Los responsables de esta situación son los empresarios que para obtener sus enormes beneficios imponen a los trabajadores el paro y la degradación de sus condiciones de trabajo y de vida. De esta forma en medio de 3.490.000 parados, las empresas como ABENGOA obtuvo el año pasado un beneficio del 197% y el Banco Bilbao Vizcaya obtuvo los mayores beneficios de toda la historia bancaria española. ¡Y aún dicen que tiene problemas para contratar!.

El plan de estabilidad: más medidas de ajuste

Las condiciones de vida de los trabajadores y la población en general van a sufrir nuevas medidas de ajuste con el Plan de Estabilidad aprobado por el gobierno.

Estas medidas prevén, en aras de la reducción de un déficit público del que no son responsables los trabajadores, la subida de los impuestos indirectos que gravan el consumo de la población y de las tasas por la utilización de los servicios públicos. Según el ministro de Economía, Rodrigo Rato: «se trata de que los usuarios de determinados servicios públicos paguen por su utilización.» Estamos, pues, ante una nueva agresión al nivel de vida de los trabajadores que de año en año tienen que desembolsar cada vez más de sus salarios para satisfacer sus necesidades básicas.

Pagar más por unos servicios públicos que se van a ver todavía más degradados ya que el Plan contempla lo que llama una » reducción de los gastos corrientes del Estado» y la «racionalización del gasto sanitario», es decir nuevos recortes en gastos sociales como Sanidad y Educación que se sumarán a los ya puestos en práctica por el gobierno a través de los Presupuestos Generales del Estado. En lo referente a las pensiones se recoge la aplicación del Pacto de Toledo que va a implicar una reducción de la cuantía final de las pensiones y un mayor endurecimiento de las condiciones para acceder a ellas.

Frente a todas estas medidas que hacen recaer el peso del ajuste sobre la población trabajadora el Plan de Estabilidad incluye propuestas a favor de los ricos. Mientras aumentan los impuestos indirectos que afectan especialmente a los asalariados propone una reforma del impuesto sobre la renta que reduciría la fiscalidad de las rentas del capital, al tiempo que una reducción de impuestos a las pequeñas y medianas industrias.

En todos estos regalos fiscales a los empresarios y a las rentas más altas, que hacen que el Estado deje de ingresar cientos de miles de millones y en la desorbitada cantidad de subvenciones que reciben los patronos, es donde hay que buscar la causa del déficit del Estado que luego tienen que pagar los trabajadores.

Y por si fuera poco los capitalistas causantes de este déficit van a ser los grandes beneficiarios de una política de privatizaciones encaminada a recaudar dinero para salvar este déficit. Rato en la presentación del Plan explicaría que «salvo los servicios públicos esenciales, todo es privatizable de aquí al 2000.» El gran negocio que está suponiendo las privatizaciones para los capitalistas ya se pueden ver en el caso de Telefónica. Tras su privatización completa la compañía ha anunciado para el próximo año la subida brutal de unas tarifas telefónicas consideradas ya de las más altas del mundo.

Está siendo del gusto de periodistas y políticos resaltar la importancia histórica del Plan de Estabilidad franquista de principios de los años 60 pero no dicen que se hizo sobre la base de una brutal reducción de los ya bajos salarios de los trabajadores, el cierre de fábricas y el paro de cientos de miles de trabajadores que tuvieron que emigrar a otros países. Igual comparación hacen con el Pacto de la Moncloa para salvar la democracia o el Acuerdo Económico y Social de 1984 para la entrada en la CE. Pero la base de todos estos Acuerdos o Pactos fue la misma, la congelación salarial y la flexibilidad laboral con su corolario de paro y reducción del nivel de vida de los trabajadores frente al insultante aumento de los beneficios empresariales.

Tengan el nombre que tengan todas estas medidas anti-obreras, se les justifique de una manera u otra (modernización, salvar la democracia o Europa), todas ellas hacen recaer el peso de la crisis sobre la población trabajadora. Todas ellas van encaminadas a mantener o aumentar los beneficios de la patronal a costa de las condiciones de trabajo y de vida de los asalariados.

La clase obrera no puede esperar nada de estos planes que prometen un futuro mejor a costa de cada vez más sacrificios, ni de los conchabeos entre patronal y sindicatos en nombre de combatir el paro pero que en realidad abren las puertas a despidos masivos. Sólo la lucha contra esta ofensiva patronal y gubernamental podrá cambiar la situación y obligar a la patronal a invertir sus enormes beneficios en la creación de puestos de trabajo estables, con sueldos dignos para todos.


Albania – De la pobreza a la explosión social

Durante las seis semanas que van aproximadamente de mediados de enero de 1997 al 28 de febrero, las manifestaciones contra el gobierno en Albania se han convertido en motín, y el motín en insurrección armada. El punto de partida de estas manifestaciones ha sido la quiebra de empresas financieras estafadoras, claramente relacionadas con el poder, que han arruinado a decenas de miles de pequeños ahorradores. Pero, sin lugar a dudas, la ira contra el gobierno, contra la pobreza, contra la situación sin salida en la que se encuentra la mayoría de la población, era compartida y no solo por los que han caído en la trampa de la esperanza de una ganancia rápida.

Iniciada en la ciudad de Vlora, la insurrección ha abrazado el tercio sur del país en pocos días. La población se ha apoderado de los depósitos de armas, ha tomado los cuarteles con la benevolente neutralidad de los militares y se ha enfrentado al SHIK, la policía política del régimen. Los intentos del régimen para vencer el alzamiento, enviando tanques aquí, helicópteros allá, y dando a las tropas la orden de tirar, no han conducido más que a un duro revés. El ejército se ha desvanecido, los cuarteles han sido desertados, la policía política ha terminado por esconderse y parte de los militares se ha unido a la insurrección. En vez de haber sido contenida, la insurrección ha alcanzado las ciudades del Norte y ha rodeado la capital, Tirana.

La insurrección ha sido una insurrección popular, con el apoyo e incluso la participación directa de gran parte de la población, en el Sur por lo menos. Por primera vez desde hace mucho tiempo en Europa, una revuelta popular ha sabido armarse y dislocar los órganos del Estado. Sin embargo, desde entonces, parece no avanzar, por falta de perspectivas y por falta de organizaciones que puedan representarlas.

Un pasado de pobreza y opresión

Pequeño país de menos de 30 000 km2 y de 3 440 000 habitantes, Albania es el país más pobre del continente europeo. Los comentaristas añaden que su economía descalabrada es el resultado de cincuenta años de régimen llamado comunista. Esto es tendencioso y estúpido porque, desde su independencia, a partir de 1912, Albania ha sido siempre la región la menos desarrollada de Europa. Por ejemplo, el primer ferrocarril no se construyó más que en 1948, si no se cuentan las vías construidas por razones militares por el ejército italiano que ocupó el país durante la Segunda Guerra mundial.

La corta historia de la Albania moderna, como la de todos los Estados vecinos de los Balcanes, está profundamente marcada por las rivalidades entre grandes potencias imperialistas, que actúan directamente o por medio de pequeñas potencias regionales. Empezando por el nacimiento mismo de un Estado albanés independiente.

Los territorios habitados por los Albaneses estaban bajo dominio del imperio otomán desde más de cuatro siglos. Pero el imperio otomán decrépito sobrevivía desde hacia tiempo únicamente porque los apetitos de las grandes potencias – las potencias imperialistas británica, francesa y alemana, y además Austria-Hungría y Rusia – se neutralizaban. Y en los cerca de cuarenta años que están a caballo entre finales del siglo XIX y principios del siglo XX, los despertares de las distintas nacionalidades de los Balcanes como las reivindicaciones territoriales de aquellas que ya habían conseguido constituirse en Estados, abrieron nuevos campos de maniobra para los imperialismos rivales. Esto dió lugar a una sucesión de guerras llamadas «balcánicas», hasta que la última de ellas se transformó en guerra mundial, la primera con este nombre.

Fue una de estas guerras balcánicas la que dió la oportunidad a los jefes políticos albaneses de proclamar la independencia con respecto a un imperio otomán en descomposición. Esto sucedió el 28 de noviembre de 1912. Faltaba todavía por tener el consentimiento de las grandes potencias.

Después de haber discutido todo tipo de combinaciones – dejar a Turquía un poder nominal sobre una Albania autónoma, despedazar la región habitada por los Albaneses entre los Estados vecinos de Serbia, de Montenegro y de Grecia, o atribuirla toda entera al joven imperialismo italiano vecino – las grandes potencias, reunidas en Londres en julio de 1913 para concluir una de las guerras balcánicas, optaron finalmente por una Albania independiente. Seguramente porque esta solución no reforzaba demasiado uno de los bandos rivales o uno de los Estados vecinos con respecto a los demás y por lo tanto preservaba el futuro.

En todo caso, la Albania moderna no nació en Tirana sino en Londres. Y también es en Londres donde fueron dibujadas sus fronteras. El trazado dejaba fuera de las fronteras del nuevo Estado cerca de la mitad de los Albaneses de la región, repartidos entre Montenegro, Macedonia y sobre todo Serbia. Hoy todavía, 40 % de la población albanesa vive en los países vecinos de Albania, esencialmente en el Kósovo a mayoría albanesa pero perteneciente a Serbia, y en la república de Macedonia, nacida de la descomposición de la ex-Yugoslavia. Pero en cambio, esa división arbitraria dejaba en una región del sur de Albania una minoría griega, fuente también de tensiones futuras.

Las potencias imperialistas, en su extrema solicitud hacia los Albaneses, se ocuparon incluso de encontrarles un rey, un desconocido principe allemand. Pero este príncipe no tuvo más que seis meses para familiarizarse con los placeres pastorales de las montañas albanesas antes de ser expulsado por una insurrección popular que dejó el país durante varios años en estado de anarquía, donde cierto numero de señores feudales y de jefes de clanes se disputaban el poder. Y durante la Primera Guerra mundial, aunque Albania fuese un país neutro, esto no impidió que la ocupasen las tropas de tres potencias que, de rivales, habían pasado a ser enemigas : Italia, Austria-Hungría y – ¡ tenía por supuesto que estar metida en el asunto ! – Francia (sin hablar de las tropas de Serbia, de Montenegro y de Grecia que pasaban ocasionalmente por allí).

Regresada la paz, Albania escapó por lo menos a un despedazamiento entre Italia y Grecia, a pesar de que este estuviese previsto por un tratado secreto firmado, siempre en Londres, en 1915, en plena guerra. Pero hicieron falta dos años más, después del final de la guerra, para que las tropas de las potencias que tenían distintas intenciones sobre el país – las tropas italianas, griegas y francesas – acabaran por irse las unas detrás de las otras.

Albania fue pues restablecida según las fronteras de los acuerdos de Londres de 1913. Pero hicieron falta entonces tres años de lucha entre bandas armadas, de insurrecciones y de maniobras, detrás de las cuales se encontraban a menudo las potencias vecinas, para que un gran feudal, jefe de un clan, empujado por la Italia de Mussolini, estabilice la situación a su provecho. Después de una brillante carrera, que va de verdugo principal en la represión de una insurrección, a ministro del Interior, Primer ministro, seguido de una expulsión del país por algún tiempo debido a una insurrección, hasta su vuelta encabezando tropas reclutadas en el extranjero, se convirtió en presidente de la República, antes de atribuirse en 1928 el título de rey de los Albaneses con el nombre de Zog I.

Sin embargo, con la proximidad de la segunda guerra mundial, el imperialismo italiano dejó de sentir la necesidad de mantener a un hombre de paja autóctono en el gobierno de Albania. El 7 de abril de 1939, las tropas de Mussolini ocuparon el país y cinco días más tarde, una asamblea fantoche proclamó el rey de Italia Victor-Emmanuel III, rey de Albania. Desde ese momento, el país, que seguía siendo el más pobre de Europa, que seguía conservando estructuras sociales feudales por no decir pre-feudales, se veía encima reducido al rango de colonia italiana, proveedora de materias primas y productos alimenticios, y base estratégica para nuevas aventuras del imperialismo italiano en los Balcanes.

De la resistencia al régimen de Enver Hodja

Es en el combate contra la ocupación italiana, y, después de la capitulación italiana ante los Aliados, contra la ocupación alemana, que se han formado los grupos armados de resistencia, de los cuales iba a sobresalir el principal de ellos, animado por un joven partido creado por la unificación de varios grupos llamados comunistas y dirigido por Enver Hodja.

Durante cuarenta años, Albania ha sido lo que los periodistas ávidos de fórmulas han entonces llamado «el país más stalinista de Europa del Este». Lo que sí es cierto es que Albania es el país que ha sido dirigido durante más tiempo por un partido único, descendiente de la corriente stalinista, el Partido del trabajo albanés. Efectivamente, a partir del momento – en 1989 – en que la burocracia soviética dejaba claramente entender, con la voz de su jefe de entonces, Gorbatchov, que se desinteresaba de esos paises del Este quienes, antiguamente, constituían su glacis, los regímenes llamados «democracias populares» abandonaron a toda prisa los unos detrás de los otros sus referencias al «socialismo» o al «comunismo». Albania fué la única que pareció resistir a la corriente.

También es verdad que al final de los años ochenta, hacía ya tiempo que Albania no formaba parte de las «democracias populares» propiamente dichas y que no estaba subordinada al control de la burocracia de Moscú.

Es cierto que la fuerza política representada por el Partido del trabajo albanés y personificada durante más de cuarenta años por Enver Hodja se ha constituido dentro de la corriente stalinista. Parecía incluso constituir la variante la más ortodoxa ya que el Partido del trabajo siguió reivindicándose de la persona de Stalin mucho después de que los nuevos jefes de la burocracia soviética hubieran llegado hasta cambiar de nombre a ciudades, calles y plazas para hacer olvidar incluso el nombre del difunto padrecito de los pueblos. Propulsado a la dirección de su partido en 1941 como stalinista, Hodja ha muerto en 1987 siguiendo stalinista.

Pero, en política, las etiquetas no indican más que parte de la realidad, y eso cuando indican algo. Si Hodja y los suyos eran productos de la corriente stalinista, eran aún más productos de la situación de esa Albania subdesarrollada, arcaica a nivel social, juguete de las grandes potencias, y codiciada por los Estados vecinos. Hodja y su partido representaban ante todo una política nacionalista cuyo objetivo era construir y consolidar, recurriendo al terror si era necesario, un Estado nacional independiente. Durante el mismo periodo histórico, el tercer mundo ha visto muchos de estos líderes «nacionalistas-progresistas», para los cuales el calificativo progresista resumía la voluntad de modernizar la sociedad de sus países, de deshacerse de sus estrúcturas las más anacrónicas, de unificarla y, sobre todo, de resistir tanto como fuera posible a todo control exterior, político y económico.

La época y la geografía han hecho que esta voluntad política se haya expresado utilizando la fraseología stalinista. Pero, a pesar de la ajetreada historia de sus alianzas, Hodja ha seguido fiel a sus objetivos nacionalistas hasta el final. O, más exactamente, es precisamente esa voluntad política de preservarse de todo control exterior, ya sea por parte de las potencias imperialistas o por parte de las potencias «amigas» del bando llamado socialista, la que explica la caótica historia de las alianzas de Enver Hodja.

Hubo primero la ruptura con Yugoslavia. Enver Hodja le debía sin embargo mucho a Tito. Fue gracias a la ayuda de este que consiguió unificar un movimiento stalinista albanés fraccionado y que se impuso como su jefe. Fué también gracias a su ayuda que su movimiento de resistencia se impuso, por la violencia, a los demás movimientos (en particular a los que querían restablecer la monarquía y que eran en general, pro-occidentales). Fue sobre todo la resistencia yugoslava la que sirvió de ejemplo, y ocasionalmente, de apoyo a la resistencia albanesa. Estos dos paises fueron por cierto los únicos de todos los países del Este en aprovechar la caída del ejército nazi y en tomar el poder sin la presencia ni la ayuda directa de las tropas soviéticas.

El régimen de Hodja, como el de Tito en Yugoslavia, han beneficiado de cierto consenso en la población, a pesar del carácter dictatorial, debido al hecho de haber construido el armazón del Estado dentro del movimiento de resistencia armada contra la ocupación extranjera.

Pero, al salir de la guerra, Tito era demasiado poderoso y estaba demasiado cerca para no ser una amenaza para la independencia del Estado albanés. Los dirigentes yugoslavos no negaron en aquel momento sus intenciones de hacer de Albania la séptima república federal de la Federación yugoslava. Efectivamente, la idea no era absurda en esos Balcanes divididos, sobre todo considerando que la política de los dirigentes yugoslavos aspiraba incluso a la constitución de una federación balcánica, que acogería además a Bulgaria.

Esta política encontró cierto eco incluso entre algunos de los acólitos de Enver Hodja. Pero no se trataba de la política de este último. Hodja buscó el apoyo político de la Unión soviética. Lo consiguió tanto más fácilmente que Stalin se preparaba a afrontarse con Tito, cuya independencia encontraba excesiva.

En el momento de la ruptura entre la URSS y Yugoslavia en 1948, Hodja eligió de forma totalmente natural el bando de la primera contra el de la segunda. Preferir un protector lejano a un protector más cercano y por lo tanto más amenazador, iba a ser una constante en la polítca del régimen albanés.

Durante algo más de doce años, la alianza con la Unión soviética ha preservado el Estado albanés de toda aventura por parte de Yugoslavia pero, aún más, le ha ayudado a resistir contra toda presión por parte del Oeste.

Además, la ayuda económica de la Unión soviética y la posibilidad de intercambios con una Albania pobre, pero que posee sin embargo riquezas mineras apreciables, han contribuido al mantenimiento económico de Albania.

A partir de 1960 sin embargo, cuando la presión soviética sobre los órganos del Estado y sobre la economía parecía volverse demasiado fuerte, y sobre todo cuando Moscú emprendió una política de acercamiento hacia las potencias occidentales, de la cual Albania podía temer las consecuencias frente a las pretenciones italianas sobre su economía y frente a las pretenciones griegas sobre parte de su territorio, Enver Hodja escoge el apoyo de China contra la Unión soviética.

Durante unos dieciocho años, China se convirtió en aliada diplomática de Albania y socio económico y comercial, en lugar de la URSS. A pesar de que China fuese tan pobre como Albania, su tamaño permitió, de por sí, a la economía albanesa acceder a una cierta división del trabajo, a ciertas competencias y a ayudas.

La Albania de Enver Hodja volvió al punto de partida en 1978 cuando acabó por romper con China también, intentando sobrevivir a trancas y barrancas, con una economía en gran parte autárquica, las fronteras hermeticamente cerradas, con una mentalidad de «fortaleza asediada» impuesta desde arriba, en nombre de un revuelto ideológico que mezcla un vocabulario stalinista con un nacionalismo furibundo.

Durante los más de cuarenta años del reinado de Enver Hodja, prolongados durante tres años más por su sucesor Ramiz Alia, Albania ha sido una dictadura feroz. Pero su papel no se limita a esto, ya que Albania forma parte, a pesar del continente sobre el cual se encuentra, del tercer mundo, en el cual ha habido muchas otras dictaduras, que además han arruinado la economía de esos paises.

Lo que no ha sido totalmente el caso para Albania.

En efecto, la dictadura de Enver Hodja se proponía realizar lo que su predecesor de antes de la guerra no había ni siquiera intentado : deshacerse de la herencia feudal, de las tradiciones tribales, intentar crear una industria nacional y, sobre todo, unificar un Estado que, durante el periodo entre las dos guerras, era más una coalición de bandas armadas más o menos poderosas que un Estado en el sentido moderno del término, y volverlo capaz de resistir a las presiones imperialistas. Por lo menos en lo que se refiere al Estado, Enver Hodja ha logrado el objetivo, al menos mientras él y su succesor han estado en el poder. Han sabido forjar un Estado que dispone de un ejército y una policía política poderosos y numerosos con respecto a la importancia numérica de la población, y de los cuales han heredado los succesores del régimen de Hodja, incluso cuando fueron sus adversarios políticos pro-occidentales.

En lo que se refiere a la vida social, la dictadura de Enver Hodja ha tenido cierto parecido con la de Kemal Ataturk, en Turquía. Ha utilizado la violencia policial para liquidar las bandas armadas y el poder de los jefes de clanes feudales en el campo. También ha utilizado la violencia policial cuando ha querido resolver la cuestión de la religión, en este país a mayoría musulmana pero con una importante comunidad católica y también una importante comunidad ortodoxa. Es el único país del Este que ha acabado prohibiendo completamente la religión, cerrando todos los edificios religiosos y proclamándose en 1967 el «primer Estado ateo del mundo» (sin embargo es difícil saber cual es la parte «progresista» anti-religiosa de esta decisión y cual es la parte de voluntad de no tolerar en el país ninguna estrúctura que pueda cubrir una oposición a la dictadura).

También ha venido desde arriba el imponer una lengua albanesa unificada en vez de dos principales variantes dialectales, practicadas respectivamente en el norte y en el sur del país.

Ha sido utilizando una vez más los medios policiales que el régimen ha luchado contra algunos de los aspectos los más retrógrados de la sociedad albanesa, como la opresión tradicional de las mujeres, los matrimonios convenidos, la endogamia tribal. De este modo, si había 95 % de mujeres analfabetas en 1938, en 1982 el 44 % de los cargos intermedios y de los ejecutivos son mujeres.

Sigue siendo por medio de la violencia policial que el régimen ha impuesto una política de creación de una industria pesada, a partir de materias primas existentes como el cromo (Albania es el tercer productor mundial de cromo), el petroleo y el asfalto. Esta política de industrialización, efectuada sin recurrir ni al capital extranjero ni incluso a préstamos en el exterior – ¡ están incluso prohibidos por la constitución ! – ha requerido un esfuerzo considerable, pagado por el mantenimiento del nivel de vida de los trabajadores y de los campesinos a un nivel muy bajo, y claramente no ha hecho de Albania un país industrial. Pero la centralización estatal y las ayudas durante algún tiempo de la URSS y de China han hecho surgir complejos químicos, grandes empresas industriales (textil, azucar, central hidroeléctrica, y casi un complejo siderúrgico) y sobre todo una clase obrera práctimamente inexistente antes de la guerra.

Si, en Albania, como en la Turquía de Kemal Ataturk, la dictadura policial no podía deshacerse de lo que la sociedad tenía de más anacrónico, sin embargo la Albania de 1990 no es la de antes de la ocupación por la Italia de Mussolini.

El regreso al mundo imperialista

Después de la caída de la pareja Ceaucescu en Rumanía, en diciembre de 1989, que concluía una serie de cambios sucesivos de regímenes en los paises del Este, era evidente que Albania no podía sobrevivir en autarcia económica y política. Hasta entonces, la transición de las dictaduras, que pretendían ser comunistas y que estaban sometidas al control de Moscú, a regímenes que se pretenden más o menos democráticos y abiertos a Occidente, se había desarrollado de manera pacífica en todos los paises del Este. Había tenido lugar con la complicidad tácita de los dignatarios del régimen caído (cuando no habían sido ellos-mismos los que habían impulsado la transición) y de los dirigentes de la oposición pro-occidental. Todo esto bajo la vigilancia y con la ayuda de los dirigentes políticos del mundo occidental.

Tal evolución no era evidente al principio. ¡ Desde luego, no porque los paladines de los Estados de los paises del Este iban a defender las formas económicas y sociales que Moscú les había impuesto durante la guerra fría ! Al contrario, la tendencia a irse alejando de Moscú y a reanudar con Occidente había sido una constante de los Estados de las «democracias populares» durante las cuatro décadas de su historia.

En cuanto a sacrificar la economía estatal y planificada en beneficio del mercado capitalista, la aspiración mayor en ese sentido venía precisamente de las capas dirigentes donde se mezclaban y se unían, desde más o menos tiempo según el país, los aparatchik de la economía y de la política y una auténtica pequeña burguesía.

Pero un cambio de régimen, el paso de una dictadura que se pretendía «socialista» o «comunista» al parlamentarismo pro-occidental y abiertamente pro-capitalista, podía revelarse difícil de controlar desde arriba.

Durante la década anterior, Occidente había estado confrontado, en otro contexto y con antecedentes diferentes, al problema de la transición del régimen de Franco en España, de Salazar/Caetano en Portugal y de la dictadura más reciente de los coroneles en Grecia. Estos cambios tuvieron lugar sin plantear problema al orden imperialista pero no sin dificultades, al menos en el caso de Portugal.

Para los paises del Este, el problema era también evitar que la transición hiciera nacer ilusiones que no sean pasivas, que suscitara de una manera o de otra una intervención de las masas, ya sea para precipitarla, o, al contrario quizás, para defender el régimen existente, o que conduzca a enfrentamientos entre los dos.

La transición se ha desarollado pués de la mejor manera, desde el punto de vista de las grandes potencias, en todos los paises del Este. Sólo en Rumanía ha tenido que haber una «insurrección espectáculo» para deshacerse de la pareja Ceaucescu que se aferraba demasiado al poder.

Quedaba pués Albania. Al fin y al cabo, ha sido este país, una vez más el más pobre de Europa, cuya producción nacional por habitante se aproxima a la de Mauritania, el que ha vivido la transición con mayor dificultad. Aunque, en este caso también, el antiguo equipo dirigente, considerado como el más stalinista de todos, haya mostrado su sentido de la responsabilidad sabiendo eclipsarse en el momento oportuno para dejarle el sitio a una oposición llamada democrática, que proviene también del antiguo partido stalinista. Pero, en el caso de Albania, los problemas sociales se han mezclado desde el principio al proceso político, manifestándose de forma explosiva por rachas. Y, en ciertos aspectos, la crisis insurreccional actual es la última, en lo que va de tiempo, de las explosiones que han acompañado el proceso de transición desde su inicio.

La iniciativa del cambio ha venido del sucesor de Hodja, del mismo Ramiz Alia. ¡ Muy prudentemente, por supuesto ! Empezó con ciertas medidas, como por ejemplo la flexibilización del código penal, que pasó a tolerar la huída ilegal del país y la propaganda religiosa que hasta ese momento podían llevar a la pena de muerte.

En enero de 1990, la Asamblea nacional albanesa decidía la libre circulación de los residentes albaneses. En seguida, varios miles de personas invadieron las embajadas occidentales de Tirana, pidiendo visas para irse. De golpe, todos los embajadores de los grandes paises (en particular de Estados Unidos, Francia y Alemania) descubrían la necesidad de trabajos de restauración urgentes y cerraban los unos detrás de otros sus embajadas en Tirana. Esa vez, no fué la dictadura de adentro sino las potencias occidentales quienes cerrarron sus puertas ante los que huían de la pobreza general y de la penuria en aumento.Y desde luego no fué esa la última vez…

Desde ese momento, los intentos de huída, sobre todo hacia Italia, se convirtieron periódicamente en movimiento de masas. Un movimiento desesperado, pero seguido por momentos por huelgas obreras como la de los mineros de la gran mina de carbón de Valias, por motines como él de Shkodër, por manifestaciones estudiantiles en torno a reivindicaciones políticas. Ramiz Alia cedió sobre el único terreno sobre el que podía ceder : el terreno político. El 11 de diciembre de 1990, después de una manifestación de estudiantes, autorizó el multipartismo. Un denominado Sali Berisha, cardiólogo de profesión, y por cierto miembro y cargo intermedio del partido stalinista, utilizó esa oportunidad, devolvió su carné del partido y fundó el «Partido democrático».

Hubo una nueva oleada de motines y de éxodos en febrero de 1991. El 22 de Febrero del mismo año, hubo grandes manifestaciones en Tirana durante las cuales las estatuas omnipresentes de Enver Hodja fueron desmontadas. Ramiz Alia siguió retrocediendo, siempre sobre el terreno político. Intentó mejorar la imagen de su régimen nominando a Fatos Nano, un joven economista pero todavia miembro del partido, a la cabeza del gobierno. El gobierno Fatos Nano organizó elecciones que iban a tener lugar en abril de 1991. Se trataba de una manera elegante, para el equipo que asumía todavía el legado de Enver Hodja, de salirse por banda y de cederle eventualmente el puesto a otro equipo más en su elemento para representar la ruptura con la antigua dictadura.

Así pués, fueron el todavia muy stalinista Ramiz Alia y su acólito Fatos Nano quienes inauguraron la política que iba a ser la de todo el periodo siguiente y que ha consistido en intentar lograr el buen desarrollo de la transición, ofreciendo eleccciones a voluntad cada vez que se veían desbordados por los problemas sociales. Esta política ha sido orquestada, siguiendo una partitura para dos voces, por el antiguo partido stalinista, pronto rebautizado Partido socialista, y por su principal rival, el Partido democrático de Sali Berisha, supuesto representante de una orientación pro-occidental. Aunque rivales, estos partidos son sobre todo cómplices.

Pero resulta que, o sorpresa, las elecciones de abril de 1991, llamadas por adelantado por la prensa occidental las «primeras elecciones libres en Albania desde cuarenta y cinco años», volvieron a dar «democráticamente» el poder a los que ya lo tenían, el Partido del trabajo del difunto Enver Hodja. La prensa occidental publicó entonces en titulares : «El reflejo conservador de los campesinos ha permitido la victoria de los comunistas», y explicó : «asustados ante la posibilidad de la vuelta de los beys, es decir de los antiguos señores feudales, los campesinos han preferido el antiguo partido comunista». Lo que sí es cierto es que el Partido del trabajo obtuvo una mayoría muy confortable con 64,5 % de los votos. A finales de mes, Ramiz Alia que había llegado al poder cuatro años antes, como sucesor de Hodja a cargo de la dirección del partido stalinista, era esta vez «democáticamente» reelegido presidente de la República por el parlamento. Para mostrar su voluntad reformadora, Ramiz Alia cambió de nombre a la república popular socialista de Albania y la llamó república de Albania.

Pero, ni las papeletas de voto ni incluso los cambios de régimen tienen la facultad de llenar los estómagos vacios. Apenas un mes después de las elecciones victoriosas, el 18 de mayo, se desató una huelga general de quince días para reivindicar aumentaciones salariales de 5O a 100 %. Y el día 5 de junio, incapaz de restablecer el orden a pesar de la amenaza de la intervención del ejército, el gobierno llamado «comunista» dió su dimisión, dos meses después de su victoria electoral. Unos días después, sin duda una vez más para hacer una concesion a nivel político falta de querer hacerla a nivel de las reivindicaciones económicas, el Partido de los Trabajadores se cambió de nombre y se pusó Partido socialista.

Se sucedieron entonces varias combinaciones. Un gobierno llamado de «estabilización nacional» primero, en el cual el Partido democrático de Sali Berisha aceptó comprometerse colaborando con sus «enemigos comunistas». Después dió su dimisión para ceder el puesto a un gobierno de técnicos. Pero, mientras tanto, la economía ya pobre, supuestamente privatizada, se desmoronaba. En dos años, la producción industrial había disminuido de 50 a 60 % y la mitad de las tierras no se sembraban. La penuria acababa siendo catastrófica.

En el mes de diciembre de 1991, casi todas las grandes ciudades se vieron sacudidas por amotinamientos debidos al hambre. Los amotinados invadieron los almacenes y los depósitos de víveres y de ropa para repartirse lo poco que contenían. El enviado especial del periódico Le Monde recogió el testimonio de un habitante de la ciudad de Fushe-Arrëz, donde el motín había sido el más violento, causando una cuarentena de muertos : «No nos queda nada que comer, las escuelas estan cerradas porque no hay calefacción. Si esto sigue así, podremos ser aún más violentos. Para vengarnos, algunos serían capaces de prenderle fuego a las minas y a los complejos industriales». Y el periodista añadió : «¡Más de 50 % de los habitantes de la ciudad estan en el paro y basta con ver niños de diez años descalzos dentro de unas sandalias de miseria cuando hace 5 bajo cero para entenderlo!». La oleada de motines del hambre se propagó por todo el país.

Entonces, con la complicidad del equipo en el poder y de la oposición, a las masas que reclamaban de qué comer, ¡se les ofrecieron elecciones una vez más! Y efectivamente, a finales de marzo de 1992, hubo elecciones. Esa vez fué el Partido democrático quién ganó las dos terceras partes de los escaños. Cuatro días más tarde, Ramiz Alia, que había sido elegido para un mandato de cinco años el año anterior, hizo un último gesto político responsable : presentó su dimisión para cederle el puesto, el día 6 de abril de 1992, a Sali Berisha.

Los comentaristas discurrían sobre el fín del sistema comunista. «Los pueblos de los paises esclavizados no han querido contentarse con una libertad limitada y una economía de mercado edulcorada», escribía el día 6 de abril de 1992 el periódico Le Monde. Pués bien, efectivamente, se iba a dar a las masas la libertad de morir de hambre en un pays dominado de ahora en adelante por un mercado no edulcorado, es decir dominado por sabandijas sin escrúpulos albaneses o italianos, que especulan con vistas a enriquecerse rapidamente, ¡ cuando no son las mafias albanesa, italiana e incluso, parece ser, desde hace poco rusa ! quienes dominan el mercado. Las potencias occidentales festejaron la victoria de Sali Berisha. Incluso le ayudaron un poco financieramente, sobre todo Italia. ¡No por excesiva generosidad aunque fuese para un régimen pretendidamente democrático, pero para que la estabilización del régimen ponga fín al movimiento de refugiados hacia Grecia o Italia! Y sobre todo, gracias al acceso al poder de un gobierno que se proclamaba partidario del capitalismo sin barreras, el imperialismo italiano volvía por fín a apoderarse de su tradicional zona de influencia. Las medidas de privatización, empezadas por Fatos Nano, aceleradas por Sali Berisha, no han hecho surgir una burguesía albanesa (si no es en forma de jefes de gang mafiosos). Pero, en cambio, sí despejan el terreno para los inversores venidos de Italia. ¡No para invertir en las grandes empresas creadas durante el periodo de industrialización forzada! Esos «complejos industriales» siguen desesperadamente cerrados y sus obreros en paro. Sin duda así se quedarán, o solo los sectores más rentables desde el punto de vista capitalista serán puestos de nuevo en marcha. Pero, en cambio, la muy relativa estabilización de los primeros nos de Sali Berisha ha atraído a cierto número de empresarios italianos, especializados en los sectores que necesitan poca inversión material y mucha mano de obra, debido a los salarios que representan menos de un décimo, quizás dos, de los salarios italianos. Ha atraido todavía más comerciantes y traficantes de todo tipo, sin mencionar la mafia de los Pouilles. Pero todo esto no ha permitido que la economía recupere siquiera su nivel de principios de los años ochenta.

Y si, en ese mes de abril de 1992, las agencias de prensa repercutían esta frase de un joven manifestando su alegría la noche de la elección de Berisha : «Sali Berisha, es la estrella del mundo», la estrella no ha tardado mucho en apagarse, de huelgas en manifestaciones, pasando por esporádicos motines del hambre.

Pasado el tiempo de las primeras ilusiones, Sali Berisha intentó encontrar un nuevo derivativo en el nacionalismo. La actitud del gobierno vecino de Grecia se prestaba a ello. Atenas alentaba el nacionalismo anti- albanés en todos sus aspectos. Sobre su propio territorio primero, persiguiendo periódicamente a los inmigrados albaneses, clandestinos o no. Y después, con respecto a Albania misma, reivindicando los territorios albaneses poblados por la minoría griega. Sali Berisha aprovechó la ocasión. Muy discreto con respecto a los Albaneses del Kósovo, se lanzó en una campaña anti-griega. No obstante, no fué suficiente para hacer olvidar la corrupción generalizada y la caída continua de la mayoría de la población en la miseria. Una miseria tanto más difícil de soportar que a la uniformidad de la pobreza generalizada de los últimos años de Ramiz Alia se substituyó el crecimiento visible de las desigualdades. El lujo ostentatorio de los nuevos ricos, muchas veces antiguos o recientes aparatchiks, contrastaba con la miseria de la mayoría.

Mientras los expertos internacionales se alegraban de la relativa estabilización de los primeros años del mandato de Sali Berisha, la miseria hacía renacer enfermedades dignas de la Epoca Media tales como el cólera.

Las elecciones legislativas de mayo de 1996 dieron de nuevo una mayoría de dos tercios al partido de Sali Berisha. Pero, como ha sucedido varias veces anteriormente, este resultado ha alegrado más las cancillerías occidentales que la población albanesa.

La nueva mayoría en el parlamento ha permitido que de nuevo Sali Berisha sea reelegido presidente de la República , en marzo de 1997. Pero, en el momento mismo en que ese parlamento inepto designaba Sali Berisha como sucesor de si mismo, los motines, emprendidos en el sur del país, se transformaban en esa región en insurrección armada.

La insurrección de febrero-marzo de 1997

El factor que ha desencadenado la explosion ha sido pués la quiebra de esas sociedades financieras fraudulentas, allegadas al poder, que habían prometido un enriquecimiento rápido antes de hundirse. Pero esto sólo ha sido el factor que ha desencadenado la explosion. Las reacciones populares ante el aumento de la miseria existían pero habían sido frenadas durante los primeros años de Sali Berisha. No había ya nada que esperar de esa «economía de mercado sin barreras», tan alabada por los comentaristas occidentales.

La revuelta popular comenzada en las ciudades del sur del país era una repetición de los motines del hambre de finales de 1990.

Pero, esta vez, los amotinados han cogido las armas en todos sitios. Por mucho que Sali Berisha haya enviado el ejército (heredado, recordemoslo, del régimen de Enver Hodja, que el mismo Sali Berisha había vituperado con fuerza) y su policia secreta, lo único que ha conseguido es reforzar la insurrección popular. Ciertos soldados abrieron los cuarteles sin combatir y se unieron muchas veces a los insurrectos. Los demás tiraron su uniforme e intentaron volver a sus casas. Como afirmó un periódico de la oposición : «No solamente los soldados tenían miedo pero también estimaban que la causa no era justa». Y, en cuanto a los miembros de la policía política que querían desempeñar su papel demasiado seriamente, eran liquidados sin piedad por la población en armas.

Ante la agravación de la situación, las grandes potencias occidentales, que hasta entonces habían apoyado sin reservas a Sali Berisha, empezaron a abandonarlo. Empezando por los Estados Unidos (Francia, como siempre, iba con una guerra de retraso). Es muy difícil de saber si lo que reprochan a Sali Berisha es el no haber conseguido aplastar la rebelión o el haber seguido agarrándose al poder incluso después de constatar su impotencia.

Y es que la situación tiene por qué preocupar a las grandes potencias. Se solía decir, a principios de este siglo, que los Balcanes eran un polvorín, y a veces se añadía que Albania era la mecha. Polvorín, los balcanes lo vuelven a ser. La explosion en Albania conlleva un gran riesgo de repercusión, empezando por las regiones vecinas pobladas por Albaneses, como el Kósovo y la Macedonia. Una conflagración limitada a las regiones albanesas únicamente puede por sí sola poner de nuevo en tela de juicio las fronteras existentes, y por consiguiente llevar la región hacia una nueva edición de las antiguas guerras balcanicas.

Y además, está también, para las grandes potencias, el otro aspecto de la explosión, su aspecto social, su aspecto revuelta de los pobres. Y eso aunque, desgraciadamente, no haya nadie para expresar este aspecto del problema, y sobre todo para organizar la revuelta desde el punto de vista de los que han sido víctimas de la dictadura de Enver Hodja antes de serlo de la dictadura del dinero y de «la economía de mercado sin barreras».

Como era ya una costumbre en este tipo de circunstancias, Sali Berisha propuso una tregua a los insurrectos del sur y sobre todo elecciones. La oposición, siempre representada principalmente por el Partido socialista, es decir el antiguo Partido del trabajo, ex-staliano, ha respondido favorablemente a esta propuesta. El día 9 de marzo, Sali Berisha ha firmado, ¡ con no menos de diez partidos de oposición ! un acuerdo preconizando nuevas elecciones en el mes de junio y, en la espera, un «gobierno de reconciliación nacional».

El acuerdo ha sido saludado por París, Roma y Atenas. Pero, manifiestamente, ha dejado fríos a los insurrectos. Es verdad que la insurrección ha sacado de la cárcel a Fatos Nano, nuevo jefe del ex- partido stalinista, al mismo tiempo que a todos los demás prisioneros. Pero, no por ello tiene más confianza en ese partido que en el que está en el poder. La insurrección, al contrario, se ha extendido al norte, ha abrazado Skoder al norte de Tirana, y ha rodeado la mismísima capital.

Hasta ahí ha llegado la insurrección.

Popular, la insurrección lo ha sido indudablemente, en el sentido de una participación ámplia, en las ciudades particularmente. Las masas populares albanesas han demostrado, estas últimas semanas, su voluntad y su capacidad para armarse. Han mostrado una energía y una combatividad capaces de dislocar el Estado.

Desde este punto de vista, la comparación con la insurrección de 1956 en otro país del Este europeo, Hungría, acude a la mente de forma natural. Pero la comparación aclara igualmente las diferencias. Diferencia, por supuesto, en el contexto internacional de la división entre los dos bloques. Diferencia también por el hecho de que el régimen dictatorial que la insurrección tenía que afrontar en Hungría era, para la población, como la emanación de la burocracia soviética y estaba directamente apoyado por las tropas soviéticas presentes en el país.

Pero las diferencias no se acaban aquí. En la insurrección en Hungría, destacaba el hecho de que la clase obrera se había diferenciado dentro de las masas populares sublevadas. Esta diferenciación se concretizó con la constitución de juntas obreras, y por el papel creciente que desempeñaban. La insurrección de Hungría también estuvo marcada por una politización avanzada de las masas en general, y de la clase obrera en particular; por debates en la clase obrera referentes al futuro político o a la organización de la economía; por la existencia también de toda una generación de militantes, presentes en las empresas como en la inteligentsia, venidos de la corriente stalinista, pero habiendo roto con ella desde hacía más o menos tiempo. Muchos de ellos buscaban sinceramente un camino opuesto tanto a la dictadura burocrática, contra la cual había tenido lugar la insurrección, como a la idea de vuelta a la economía de mercado y a la propiedad privada de las empresas industriales. Por último, había una tradición de organización proletaria y el recuerdo colectivo de la revolución de 1919.

A pesar de todo esto, no ha surgido ningún partido representando verdaderamente los intereses del proletariado y cuyo objetivo fuese la toma y el ejercicio del poder por las juntas obreras. Tal partido no se improvisa. Si una situación como la de Hungría en 1956 le hubiese dado posibilidades inconmensurables, para que nazca, hubiese hecho falta un capital político, una clara conciencia de la situación desde el punto de vista de los intereses del proletariado, que resultan difíciles de adquirir en plena acción en el momento de los acontecimientos, sin filiación con el pasado. Las juntas obreras en Hungría aunque ejercían el poder de hecho, lo cedieron políticamente a Imre Nagy, hasta el momento de la intervención de las tropas soviéticas que atajó todo desarrollo revolucionario de la situación.

Nada parecido a esto en Albania.

El factor que ha desencadenado la insurrección propiamente dicha, la ira contra un gobierno que encubría estafadores y que, sobre todo, no quería pagar las pérdidas de los que habían caído en la trampa, no indica un alto nivel de consciencia. Esto puede evidentemente cambiar en el transcurso mismo de la situación insurreccional.

Pero la insurrección, a pesar de ser armada, parece situarse en la continuidad de los motines del hambre de los años 1991-1992 por su apolitismo, por el carácter desesperado de un sublevamiento dejado sin perspectiva. Y, por lo que se puede saber, la clase obrera no se ha diferenciado como tal, en el transcurso de la insurrección, ni en los hechos ni en la aparición de fuerzas politícas que se reivindiquen, más o menos, de sus intereses.

Por supuesto, hay que tener en cuenta el carácter esporádico, insuficiente, orientado de las informaciones. Pero si la población sabe de forma manifiesta lo que no quiere, parece no saber lo que quiere, tanto más que no hay ninguna fuerza política para aclararla. Resulta muy difícil saber lo que representan, con respecto a la población, los que estan convencidos que su acción armada puede cambiar el futuro y que lo desean, y los que no creen en ningún futuro en Albania misma y que piensan sobre todo en huír.

La población albanesa posee pues las armas. Ocupa numerosos cuarteles y bases navales.

Lo que inicialmente asusta tanto a los dirigentes de las grande potencias como al Partido democrático de Sali Berisha y al Partido socialista (ex-stalinista) es el hecho de que la población esté armada y de que, como dicen tan elegantemente los comentaristas, sea «incontrolable». No en vano el Partido socialista, a pesar de estar en la oposición, ha enviado uno de los suyos para ayudar a Berisha en calidad de Primer ministro. Incluso el Partido socialista se niega a pedir la dimisión de Sali Berisha, una de las principales reivindicaciones, sino la única, del conjunto de los insurrectos.

Todos los partidos repiten que la condición para el restablecimiento del orden es desarmar la población. Todas las capitales de todas las grandes potencias están de acuerdo con este programa.

Mientras la población siga mobilizada y con las armas, el futuro permanece abierto. Pero incluso simplemente conservarlas requiere una voluntad política y una organización. Una insurrección popular, que no avanza de forma conciente hacia el ejercicio del poder por la población en armas, acaba por retroceder tarde o temprano.

Varios testimonios han contado los comentarios de personas que, aferradas a su kalachnikov, anunciaban que el poder, de ahora en adelante, serían ellas. Pero, desgraciadamente, no es más que parte de la realidad y se trata también de muchas ilusiones.

Si los fusiles y los tanques son los instrumentos indispensables del poder, no lo constituyen por sí mismo. La conquista y el ejercicio del poder exigen un alto nivel de conciencia política y un alto grado de organización. Y no existe en Albania ninguna fuerza política, ningún partido que represente y defienda al menos esa perspectiva ante las clases populares.

De momento, el hecho de que el poder central haya volado en pedazos favorece al parecer la reconstrucción de poderes locales, tanto más fácilmente que la constitución de un Estado centralizado es cosa reciente en Albania. Estos poderes locales parecen emanar, en algunos sitios, de asambleas más o menos democráticas pero, por lo que cuentan los testimonios, esas asambleas tienden a confiar la dirección a oficiales superiores del ejército albanés desbandados, ligados de forma natural a los notables locales, sin contar con el papel desempeñado por las bandas mafiosas.

Muy significativamente, las dos personalidades dirigentes las más en vista de la insurrección del sur son, respectivamente, un general que encabeza la ciudad de Gjirokaster, y un coronel, jefe de los insurrectos de la ciudad de Saranda. Y como reconocía recientemente el segundo – citado por Le Monde – «los oficiales se conocen y tienden a coordinar sus acciones.»

Y ese tipo de gente constituye un relevo posible para lo que queda del poder central, para primero engañar la población y después desarmarla.

Las últimas noticias anuncian que «los delegados de las 14 ciudades rebeldes han aceptado colaborar con Fito (el Primer ministro) si consigue reformar las instituciones directamente relacionadas con el presidente Berisha. Han desmentido querer lanzar un ataque armado contra Tirana.» («Le Monde» del 25 de marzo).

No dirigir la insurrección hacia Tirana, contra un poder que, durante varios días, parecía estar aislado, apoyado solamente por miembros de la policía política fieles al gobierno, es de por sí dejarle tiempo a ese poder para que se recupere. Se trata de una forma de traicionar la insurrección. Y no se sabe si el acuerdo no ira más lejos en los próximos días.

Es muy difícil saber si habrá en el país una fuerza capaz de restablecer el orden y la unidad estatal, y de qué manera lo conseguirá. Pero si esto viniera a ocurrir, sería pagándolo con el aplastamiento sangriento de la población y por una nueva dictadura que no tendría nada que envidiarle a la de Enver Hodja. Y si tal fuerza no exite, por lo menos en un futuro próximo, Albania podría descomponerse y, ante el vacío del poder estatal central, quedar a merced de la rivalidad de una multitud de poderes locales. Albania se ha visto al menos dos veces en este siglo en una situación parecida.

En cuanto a las grandes potencias, se preparan a enviar fuerzas militares. De forma natural, es el imperialismo italiano el que sirve de capataz de la operación en lo que considera ser su zona de influencia. En la aventura, le acompaña el inevitable imperialismo francés y tropas de varios Estados, en particular de Europa central.

No es seguro que esta fuerza de intervención consiga desarmar a la población, si esta está resuelta a quedarse con las armas. Por cierto, no parece ser el objetivo de la fuerza de intervención cuyo fin es el de asegurar el orden en la ciudad portuaria de Durrës y en la capital Tirana, de manera a garantizar que el gobierno sobreviva con un semblante de legitimidad, por lo menos jurídica. Asegurar el orden en todos los sitios estratégicos desde del punto de vista del restablecimiento de un poder central – y que resultan ser igualmente aquellos en donde se concentran los intereses extranjeros, en particular italianos – puede ser suficiente de momento.

Y en lo que se refiere a Italia, a la preocupación de preservar sus intereses en Albania, hay que añadirle seguramente la de reforzar, esta vez del lado de las costas albanesas, el cordón sanitario destinado a impedir la huída de los «boat-people» albaneses.

Que la situación se prolongue a través de insurrecciones endémicas, con una población no desarmada o no del todo – si no es a través de una evolución a la somaliana, con el enfrentamiento de poderes locales, o que se estabilice a través del restablecimiento de un poder autoritario, las grandes potencias reservan de todos modos a la Albania de los pobres las condiciones de vida de un campo de concentración, en donde se muere de miseria y de hambre, sin ni siquiera la posibilidad de huír. A menos que la situación se vuelva más explosiva de lo que temen las grandes potencias y que toda la región se vea abrasada.