Las religiones y las mujeres

La ola de integrismo islámico y sus atentados están caracterizando la sangrienta actualidad mundial. Ha puesto de relieve, al mismo tiempo, el papel cada vez más reaccionario de las religiones, que imponen sus costumbres y ritos reaccionarios en contra de las mujeres, las minorías, la sociedad en general y la ciencia.

En España tampoco nos vemos libres de integrismo, pero el nuestro es católico. La oposición de la Iglesia católica a los matrimonios gay, sus posiciones contra la igualdad de la mujer en nuestra sociedad, contra el aborto, el divorcio o su oposición a la investigación de la células madre, indican claramente el papel reaccionario que el Vaticano y la Iglesia Católica tiene en la sociedad. Aliada, desde sus orígenes, a las clases dominantes de la historia, la Iglesia no ha dejado de tener un papel político para imponer su moral, sus costumbres y su poder a la sociedad. El integrismo católico está presente continuamente en nuestro país y trata de dirigir social y políticamente nuestras vidas. En España la Iglesia católica y su jerarquía tratan de manipular y movilizar a la sociedad en contra de cualquier posibilidad de igualdad o progreso científico, cultural y educativo.

¿Cómo es posible que en una sociedad como la nuestra, que hace caso omiso a las prohibiciones eclesiales, desde el preservativo a la eutanasia, la Iglesia Católica tenga todavía tanta influencia y poder?

Intentando dar respuesta a esta pregunta hemos extraído del folleto «Las religiones y las mujeres» publicado por Lutte Ouvrière (Francia) la traducción de los pasajes que hemos visto más interesantes y actuales para nuestro país. Además intentamos explicar el porqué del peso social de la Iglesia Católica en nuestro país y la pervivencia de tradiciones y costumbres reaccionarias que apoyan, facilitan y sostienen la labor del integrismo católico a través del artículo «El integrismo católico y la Iglesia en España«.

Los militantes comunistas que editamos este folleto luchamos por una sociedad donde la ciencia y la cultura, permita a los hombres ser más libres y mejorar sus condiciones de vida. Por eso como comunistas revolucionarios tenemos que luchar contra la superstición, contra las religiones y el integrismo, y defender la ciencia y la igualdad, de género, económica y social, indisociables del socialismo.

Introducción

La influencia de las religiones sobre la opresión de las mujeres… se piensa hoy en los chadors, burkas, ibas, etc., por los cuales, en nombre del Islam, algunos pretenden y demasiado a menudo consiguen, encerrar a las mujeres. Se puede pensar en las mujeres de los medios judíos religiosos que deben ocultar su cabello o afeitarse la cabeza y llevar peluca. Se piensa también, obviamente, en los comandos que se reclaman del cristianismo para combatir, incluso hasta el asesinato, el derecho de las mujeres a ser libres de interrumpir un embarazo.

Ciertamente, las actitudes de menosprecio, de misoginia, se extienden ampliamente en la sociedad, independientemente de la religión, incluidas múltiples formas de violencia hacia las mujeres; pero las formas que se acaban de mencionar se dan especialmente en las corrientes religiosas que se califican hoy de integristas. En este caso, es necesario también calificar de integristas las posiciones del Papa en lo que se refiere al aborto, los preservativos, etc.

Estas corrientes son sobre todo políticas, su utilización de la religión toma la forma de una reconquista del poder que nos lleva siglos atrás. No se trata de fe o doctrina. Se trata para el integrismo de querer dirigir mediante la religión no sólo las opiniones, la moral, los comportamientos privados, sino en realidad el conjunto de la vida social y política.

No se pueden siempre separar claramente las corrientes integristas del conjunto de las religiones. Todas las religiones son portadoras de integrismo, por su propia naturaleza, y el Islam no es un caso particular. En períodos de subida de las ideas reaccionarias como el que vivimos, todas las religiones ocultan sus integrismos, aunque no en todas partes encuentran los mismos medios para ejercer su influencia o su poder.

No afirmamos por ello que las religiones son, por sí mismas, la primera causa de la opresión de las mujeres. Ésta tiene una historia, que comenzó mucho antes de que nacieran las religiones actuales. Pero las religiones contribuyen a perpetuar esta opresión. Nos limitaremos en esta exposición a las tres grandes religiones monoteístas, es decir, que reconocen a un dios único: el judaísmo, el cristianismo, el islamismo. Y, a nivel geográfico, esencialmente a Europa y Estados Unidos, por una parte, y a Oriente Medio y al Magreb del otro.

La religión monoteísta de los Hebreos (el judaísmo) se constituyó durante el primer milenio antes de la era cristiana; el cristianismo, que de él desciende, se desarrolló a partir del siglo I de la era actual; y la religión de Alá fue fundada más tarde por Mahoma, en el siglo VII.

Las tres tienen en común raíces surgidas de sociedades básicamente compuestas por tribus nómadas cuyo principal recurso era la crianza del ganado. Sociedades divididas en clases, esclavistas y basadas en la dominación de los hombres.

Desde estos tiempos, las sociedades humanas ciertamente han evolucionado, pero han seguido siendo sociedades divididas en clases. Aunque los métodos de producción cambiaron, su fundamento común continuó siendo la explotación. Todas las clases de opresiones e injusticias lo acompañan: han podido diferir a lo largo del tiempo, pero la opresión de las mujeres en tanto que mujeres, se perpetuó con la explotación.

Las religiones y sus instituciones desempeñaron un papel principal para hacer respetar estos órdenes sociales fundamentalmente desiguales, así como para hacerlos aceptar por sus víctimas, entre ellas las mujeres, justificándolo en nombre del dios en vigor, Jehová, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, o Alá. ¡Por eso no vamos a tratar de comparar los méritos respectivos de la Torah, los Evangelios y el Corán! Para nosotros, como explicaciones del mundo, están superados. En lo que concierne al desprecio de las mujeres, lo tienen conjuntamente.

Hoy el Islam está en el punto de mira, concretamente porque la situación de las mujeres es especialmente opresiva y a veces trágica en países donde la religión musulmana es dominante. En Francia, los asuntos del velo islámico han sido noticia. Pero las iglesias cristianas también tienen una larga tradición al servicio de las clases explotadoras, por una parte, y en la opresión de las mujeres por otra. ¡Quedan aún muchas huellas de ello y están lejos de haber dicho la última palabra!

Entonces, si hoy el integrismo islámico puede parecer especialmente amenazador (y hay en eso una serie de razones históricas, económicas, sociales y políticas), sin embargo los que aquí no condenan en primer lugar y sin reservas el papel reaccionario, o incluso odioso, desempeñado por las iglesias cristianas no pueden, a nuestros ojos, tener sobre este problema ninguna verdadera credibilidad.

Propiedad privada y sometimiento de las mujeres

El hilo que explica la perpetuación de la opresión de las mujeres a través del tiempo, se encuentra en el mantenimiento hasta hoy en día del orden social basado en la propiedad privada, con su corolario: las mujeres consideradas como propiedades, perteneciendo a su marido, como sus otros bienes.

El término pater, que se encuentra en la expresión romana pater familias, el amo de la familia, viene de un término muy antiguo que no designaba tanto una paternidad física como el control, la posesión de los bienes. Del mismo modo, el concepto de «patrimonio» se refiere a los bienes del pater.

La transmisión del patrimonio tomó importancia, y por lo tanto el control de la fecundidad de las mujeres. Era necesario en adelante garantizar que el pater era verdaderamente el engendrador…

Esta revolución en el modo de vida se extendió durante milenios. La conocemos un poco por las sociedades del perímetro Mediterráneo y Oriente Medio, Mesopotamia sobre todo. Para dar un carácter sagrado a los Estados que comenzaban a crearse, con el fin de inspirar miedo, respeto y sumisión, se fue formando una casta de sacerdotes poseedores del conocimiento, depositaria de las voluntades divinas, servida por una cohorte de escribas al servicio de los Estados.

La evolución hacia el monoteísmo

Las concepciones religiosas evolucionaron, de los numerosos dioses de Mesopotamia, Grecia, Egipto, la antigua Roma, concepciones politeístas, a la concepción de un dios único y eterno, idea que iba a llegar a ser central en la religión de uno de los pueblos nómadas de la región, el pueblo de los Hebreos. No sin dificultades. Los jefes religiosos judíos oficiales llevaron repetidas luchas contra los cultos de otros muchos dioses que seguían su carrera, lo que consideraban como «idolatría». Su único dios, Jehová, no era especialmente tolerante. Y era capaz de cóleras vengadoras terribles, al menos si se cree la Biblia. Eva, la curiosa, debía ser expulsada del paraíso. En la religión judaica los hombres agradecen a dios en su rezo diario el no haberlos hecho nacer mujer, y el acceso a los textos sagrados les está reservado… Los comentarios de la Biblia judía (el Torah) dicen: «Es mejor quemar el Torah que confiarlo a una mujer»…

El papel atribuido a las mujeres era el de reproductoras. Sin embargo Jehová solo sirvió al pueblo hebreo, por lo tanto no fue realmente universal.

Los dioses fueron derribados, no por el judaísmo sino de otra manera, durante el último milenio antes de nuestra era, más concretamente entre el siglo V y el III, en la sociedad griega antigua donde se seguía practicando el politeísmo. El pensamiento racionalista se abrió paso y una serie de intelectuales, filósofos, matemáticos, tuvieron conciencia de ello. Pero sigue siendo significativo que en esta misma sociedad esclavista, un pensador como Aristóteles, si le fue algo difícil justificar por el razonamiento la esclavitud de seres humanos, no lo fue al parecer para el control de las mujeres, que debía parecer una evidencia en una sociedad que encerraba a las mujeres casadas en los gineceos. El matemático Pitágoras enunció otro teorema distinto del que algunos de nosotros tuvimos que aprender en la escuela: «Una mujer en público está siempre fuera de lugar». ¡Pero ese conocido teorema, contrariamente al más conocido, no lo demostró!

Nacimiento del cristianismo

La evolución hacia una religión con un único dios universal, el monoteísmo, vino sobre todo por parte de la corriente del judaísmo que se reclamó de determinado Jesús de Nazaret. Esta corriente, perseguida por los sacerdotes hebreos oficiales por sus opiniones, juzgadas como desviaciones, se abrió a los no judíos. Su culto se desarrolló en el marco del imperio romano, donde la esclavitud había conocido una extensión considerable. El cristianismo se transformó en una religión de consolación para los esclavos, a quienes prometía una vaga igualdad en el Cielo. ¡Pero si el cristianismo glorificó a los esclavos, fue sólo en el papel de mártires, no en el de rebeldes!

El cristianismo conoció persecuciones por parte de los emperadores romanos en sucesivas ocasiones durante tres siglos, antes de ser finalmente legalizado y de convertirse en religión de Estado bajo el emperador Teodosio, al final del siglo IV. Los cultos paganos fueron entonces prohibidos, se calificó el racionalismo griego de «locura sacrílega»… Los sacerdotes cristianos se volvieron a su vez perseguidores.

El primer gran fundador del cristianismo, Pablo, convertido en «San» Pablo que vivió durante el siglo I, había decretado la necesidad de trabajar para merecer el pan que se come, respetar las leyes vigentes, presentarse a la autoridad y pagar el impuesto. Pedía a los esclavos obedecer a su amo como a Jesucristo.

La continuidad del «mensaje cristiano» se encuentra por ejemplo en el Concilio que tuvo lugar en el 324, que se hizo sencillamente amenazador: «¡Si alguien, bajo pretexto de piedad religiosa, enseña al esclavo que debe despreciar a su amo, retirarse de la servidumbre o no servirlo con buena voluntad y amor, que haya anatema!»

Paralelamente, la Iglesia cristiana tomó como ejemplo a la sociedad romana en lo que concernía al estatus de las mujeres.

En la base del derecho de la familia romana, la mujer-esposa formaba parte de los bienes del pater, como sus descendientes, sus esclavos y todas sus posesiones. El pater tenía en principio sobre ellas y ellos poder de vida y muerte. Las mujeres estaban sometidas al hombre, sin poder incluso sobre sus niños.

Considerado por los cristianos como uno de los mejores teólogos de su Iglesia, «San» Agustín se preguntaba hacia el año 400: «No veo qué utilización puede hacer el hombre de la mujer, si se excluye la función de criar a los niños». Estaba muy en la línea de «San» Pablo que pretendía imponer silencio a las mujeres: «¡Que las mujeres se callen en las asambleas!»… O también, con respecto a llevar el velo impuesto a las mujeres en las iglesias: «El hombre no debe cubrirse la cabeza, porque es la imagen y el reflejo de Dios; en cuanto a la mujer, es el reflejo del hombre. (…) Por esta razón la mujer debe tener sobre la cabeza una señal de sometimiento, debido a los ángeles.» No se puede decir más claramente las cosas, excepto… ¿por qué los ángeles? ¿Finalmente, tendrían pensamientos carnales?

Nacimiento del Islam

Haremos ahora un salto en el tiempo para hablar de los orígenes del Islam, pero con una continuidad en las ideas.

En el siglo VII, la península arábiga estaba aún en una fase de desarrollo caracterizada por la existencia de un sistema tribal y de dioses múltiples, incluido un tal Alá.

Mahoma, que se reclamaba al mismo tiempo de los profetas de la Biblia, se presentó como el representante de Alá, haciendo de él un dios único. Mahoma era al mismo tiempo un dirigente político y un jefe militar. Bajo la bandera del Islam, unificó bajo su orden a las tribus árabes nómadas de las que hizo un instrumento de conquista. A su muerte, en 632, toda la península arábiga estaba conquistada por el Islam.

Un siglo más tarde, sus sucesores, los califas, reinaban sobre un imperio que iba del océano Ándico al Atlántico, en nombre de una religión, que implicaba numerosas adaptaciones locales.

Así pues, sin haber conocido tiempo de persecuciones, la religión del Islam era un poder político al mismo tiempo que religioso. El Estado y la ley del Corán eran una sola cosa. Hoy aún, los fundamentalistas musulmanes admiten el Corán como única Constitución. Por este origen, es mucho más fácil para las corrientes musulmanes fundamentalistas ser abiertamente políticas.

Los partidarios del Islam que quieren presentarlo hoy de forma afable, y los que se reclaman de la letra de sus textos, afirman que el Corán de Mahoma representó un progreso para las mujeres con relación a la sociedad del tiempo: en estas sociedades polígamas, limitaba a cuatro el número de las esposas legítimas –lo que no impidió al mismo Mahoma tener 9 esposas– y una muchacha podía recibir una parte de la herencia paterna, mientras que en la sociedad de entonces era imposible que la muchacha heredase puesto que la propiedad debía permanecer en la tribu. Pero, así como el cristianismo había podido aparecer durante un tiempo como «igualitario» puesto que reconocía a las mujeres (y a los esclavos) una especie de igualdad espiritual en el más allá, no es fácil calificar eso de progreso.

¿Y el famoso velo, en este asunto, que dice el Corán? Pues bien, es imposible de determinar, los intérpretes del Corán y su Tradición a menudo se tiran los versículos a la cara, y éstos son muchísimos y muy a menudo contradictorios. ¡No somos nosotros quiénes decidiremos sobre este punto!

Llevar el velo existía antes del Islam (incluso si no es el caso, según algunos, en la misma Arabia). Si se cree al especialista Jean Bottéro, en la Babilonia antigua, parece que estaba reservado a las mujeres casadas, mientras que las mujeres de la calle o en los lugares públicos, es decir, a menudo prostitutas, tenían la prohibición de llevarlo. Convenía diferenciar, eran mujeres públicas, mientras que el velo de las esposas significaba: ¡cuidado, propiedad privada! ¡Prohibido tocar, incluso ver!

No es pues Mahoma el que inventó ésto. Pero el hecho fue que la extensión del Islam se acompañó en numerosos países de que llevar el velo fuera cada vez más sistemático. Se trataba de establecer una señal distintiva clara frente a las sociedades locales. Y, con el enriquecimiento gracias a los botines de las conquistas, en riquezas y en esclavos, de controlar más estrechamente los desplazamientos de las esposas, diferenciándolas al mismo tiempo de las mujeres esclavas que debían, ellas, ir cabeza desnuda. Las mujeres, cubiertas de pies a la cabeza bastante a menudo, se convirtieron en símbolos de la religión islámica.

Las religiones contra las mujeres

La transmisión de su patrimonio implicó en los hombres la necesidad de estar seguros de su paternidad. A partir de allí se desarrollaron la exigencia de la virginidad de las muchachas antes del matrimonio y la represión del adulterio femenino. De ahí los castigos corporales, hasta la lapidación, que existía en la ley religiosa judía, y que continúa practicándose en varios países islámicos.

La coerción física, incluía el encierro de las mujeres en su casa, lo que también continúa.

Todas las religiones, expresiones arcaicas de un pasado de barbarie, son antifeministas por naturaleza. Pueden tener diferencias entre ellas, en función de las sociedades en las cuales nacieron y se desarrollaron, pero tienen al menos ese denominador común.

Y todas las religiones están y siguen profundamente atadas a la idea según la cual la sexualidad sólo debe servir a la reproducción, sobre todo para las mujeres, eso es evidente. El control de la reproducción se extendió al control del cuerpo de las mujeres en su totalidad. El cristianismo se mostró casi obsesivo a este respecto, incluso aún ahora.

No es asombroso que la violación se haya considerado durante tanto tiempo como un simple «atentado a las costumbres», ni siquiera un delito, sin hablar de un crimen. Y nadie hablaba de «violación» en el marco de las relaciones maritales hasta recientemente.

El concepto religioso de crímenes sexuales «contra naturaleza» sigue vivo. ¡La homosexualidad ciertamente no favorece la reproducción! Tampoco la heterosexualidad siempre, y la Iglesia proscribe todo derroche de la semilla divina: así pues, para Tomás de Aquino, en el siglo XIII, «la pérdida desordenada de la semilla es contraria al bien de la naturaleza que es la conservación de la especie.»

Esta obsesión que consiste en considerar la sexualidad sólo como medio de reproducción explica también por qué los homosexuales han pagado durante la historia un tributo particular a la represión por todas las Inquisiciones, católica, islamista u otras, como la de los fundamentalistas protestantes por ejemplo en los Estados Unidos, o de la jerarquía anglicana en África negra.

Pero la represión, la coerción física, no es suficiente para hacer funcionar un sistema a largo plazo. En esto las religiones son preciosas, generalmente, para garantizar el sometimiento de las masas a la injusticia social. Lo que Napoleón decía con relación a la propiedad privada, en general, se aplica también a la opresión de las mujeres, «La desigualdad de las fortunas no puede existir sin religión. Cuando un hombre muere de hambre junto a otro que está en la abundancia, le es imposible aceptar esta diferencia si no hay una autoridad que le diga: Dios lo quiere así…» En nombre de «Dios lo quiere así», las religiones inculcaron entre las mujeres sentimientos de sumisión y de inferioridad. Lo que contribuyó a hacer durar esta iniquidad hasta el siglo XXI.

La revolución burguesa retrocede ante la igualdad de los sexos

Cuando la revolución burguesa comenzó en Francia en 1789, barriendo a la monarquía y a la Iglesia que era su fiel apoyo, ¿cuál iba a ser su actitud sobre la cuestión de la emancipación de las mujeres?

Cuestionaba un orden social secular, en el cual la desigualdad se institucionalizaba puesto que dividía a la población en tres órdenes: la nobleza, única en tener derecho a portar las armas; el clero, dedicado a los rezos; y abajo la masa del Tercer-Estado que nutría a los dos anteriores según una repartición de tareas que la Iglesia afirmaba correspondía a la voluntad de Dios.

La monarquía francesa se reivindicaba del derecho divino e «hija mayor de la Iglesia». Vale decir que, a partir de 1789, los revolucionarios le lanzaron un reto de importancia: con su Declaración de los Derechos Humanos y del Ciudadano, el derecho divino era puesto en duda; ¡con la abolición de los privilegios y órdenes, y con la abolición de los derechos feudales en la noche del 4 de agosto, el clero, más exactamente el Alto clero, gran propietario feudal, estaba tocado de muerte!

La desigualdad entre los sexos también hubiera podido barrerse. La Revolución efectivamente fue lejos en cuanto a la igualdad de los derechos. En el plano de los derecho civiles estableció la igualdad de las mujeres ante la herencia aboliendo el privilegio de masculinidad en la materia, hizo laico el matrimonio convirtiéndolo en simple contrato civil, autorizó el divorcio por acuerdo mutuo y la igualdad de derechos.

Sin embargo, a pesar de todo eso, la Revolución francesa, en lucha contra la Iglesia, y con muchos dirigentes liberados del obscurantismo religioso, retrocedió ante la igualdad cívica y política de las mujeres. No se les reconoció la ciudadanía.

Sin embargo las mujeres del pueblo no se habían quedado pasivas. Jugaron un papel decisivo en los acontecimientos revolucionarios de 1789, se habían movilizado espectacularmente durante las grandes jornadas de 1792 y 1793, algunas habían fundado clubes políticos. Olympe de Gouges había publicado con audacia su Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana. Pero no pasó nada y, a partir del otoño de 1793, los clubes y sociedades populares de mujeres fueron prohibidos, siendo devueltas las mujeres al hogar.

Podemos asombrarnos de esta contradicción flagrante con los grandes principios proclamados en 1789. Cierto, la misoginia era profunda en la sociedad, incluso entre los intelectuales de la Ilustración como Jean Jacques Rousseau a pesar de los progresos observados durante las décadas anteriores. Pero hubo sin embargo algunas excepciones, y, por otra parte, los dirigentes revolucionarios supieron en otras ocasiones demostrar audacia.

Podemos imaginar que la mayoría no quería para nada compartir un poder muy recientemente conquistado… y que habían trastornado suficientemente el orden de cosas para preferir no ir más allá. Pero el fondo de la cuestión reside seguramente en el hecho de que esta revolución estaba afectada de una tara congénita: quiso ser, en sus grandes momentos, democrática y universal, pero trabajó finalmente asentando los intereses egoístas de la clase burguesa. Se detuvo, como se sabe, al límite de la propiedad privada, cuyo respeto se había consagrado en la Declaración de Derechos de 1789. Como lo escribió Jean Jaurès, «la burguesía revolucionaria retrocede ante el clamor de los grandes intereses privados».

De la misma forma, retrocedió al límite de la igualdad política entre hombres y mujeres. ¡Es necesario admitir que la gran propiedad privada y la dominación social de los hombres están muy estrechamente vinculadas!

La Revolución francesa no realizó la democracia «completa», según la expresión de algunos diputados de entonces que se calificarían hoy de feministas. Más de dos siglos más tarde, todavía no se ha realizado realmente.

El orden moral de la burguesía contra las mujeres

Cerrado el período revolucionario, la Iglesia regresó con fuerza bajo la dictadura de Napoleón. Para asentar firmemente la propiedad burguesa, el sable necesitaba más que nunca del hisopo. Se firmó un Concordato entre Napoleón y el Vaticano, y el lugar de la mujer en el hogar iba a ser consagrado con la ayuda activa de la Iglesia. Las mujeres iban a perder incluso lo que la Revolución les había aportado. Fue el triunfo del orden moral. En adelante, las mujeres iban a encontrar frente a ellas una Iglesia tanto más determinada cuanto más había temido ser realmente anulada.

El reino de la burguesía triunfante, supone el control radical sobre las mujeres en el marco del matrimonio burgués y su hipocresía. El Código Civil adoptado en 1804, llamado a continuación Código Napoleón, es una expresión concentrada de ello.

Su objeto esencial, que era regular los principios y los derechos de la propiedad, se ligó especialmente a regular la propiedad privada de las mujeres en el matrimonio, inspirándose en el derecho romano. Napoleón era directo sobre el tema: «Se da la mujer al hombre para que haga niños… La mujer es nuestra propiedad. Nosotros no somos la suya». La mujer casada no tiene existencia por sí misma en la legislación, se ve privada de derechos jurídicos al igual que los menores, los criminales y los débiles mentales. Por el contrario, le puede recaer una pena de prisión si comete adulterio. Las mujeres ya no tuvieron lugar en la esfera pública, ni acceso a ninguno de los lugares públicos como tribunales o asambleas, ni incluso en las bibliotecas públicas.

Fue para la Iglesia Católica un período de poder, del cual fueron víctimas las mujeres, que se extendió hasta la caída del Segundo Imperio en 1870.

El premio de consolación para las mujeres fue María, la «Virgen Santa». María no era «santa» en el origen del cristianismo, era simplemente la madre de Dios. Su culto se construyó durante la Edad Media, con el fin de reforzar la piedad de las mujeres. Como compensación, ya que el Dios de los cristianos, tanto el Padre, el Hijo, como el Espíritu Santo, no es una mujer (ni Jehová, ni Alá, no es necesario precisarlo), se hizo de su madre una santa eminente.

Pero es en el siglo XIX, en 1854, cuando el Papa anunció que María había sido concebida sin pecado…, lo que se convirtió en el dogma de la «Inmaculada Concepción» y cuando, en 1870, el Papa se autoproclama infalible. La «Santa Virgen María» multiplicaba entonces sus apariciones milagrosas, en Lourdes especialmente.

Esta ideología impregnó inclusive los medios intelectuales y artísticos –los médicos también– que se habrían podido imaginar más ilustrados. La Iglesia glorificó a la Virgen María como la madre de Cristo; por su parte, cantidad de escritores, poetas, pintores, autores de óperas, en concreto de la corriente romántica, y con algunas excepciones, sobre todo en la novela, pusieron a «la mujer» (una abstracción) sobre un pedestal como musa ideal, inspiradora admirable de «feminidad»… silenciosa, eso es evidente.

Hubo una convergencia reaccionaria, militante por parte de la Iglesia, hipócrita por parte de los otros, en la exaltación de una mujer imaginaria. Balzac por su parte resumió cínicamente esta mistificación cuando dice que la mujer es «una esclava que hay que saber poner sobre un trono». Para las mujeres reales, la vida era a menudo un infierno.

La Iglesia se adaptaba a la época, enviando por una parte a numerosas mujeres al servicio de su extensión misionera a través del mundo, para «la evangelización de los países infieles», y de otra manera aún: encerró en «comunidades de trabajo», numerosas en la región de Lyon, a mujeres pobres y sobre todo a niñas del campo, en supuestos orfanatos, con el fin de explotarlas. Estos centros, bautizados «providencias» (!), se transformaron en talleres para la industria de la seda, talleres con un personal inevitablemente dócil y particularmente mal pagado: puesto que se trataba de «filantropía», la estimación de sus necesidades se reducía a lo indispensable.

Fue una competencia por la que los obreros de la industria textil, como los «canuts» (trabajadores de la seda) del barrio de la Croix Rousse (Lyon) se indignaron. Estos talleres, estas «providencias», se destruyeron ampliamente en los motines de trabajadores de 1848. Y se comprende.

El clero militó sistemáticamente contra la organización de los trabajadores, es decir, contra los sindicatos nacientes. Amenazó con la denegación de los sacramentos a las mujeres que no dejaban el sindicato. Se comprende que el odio contra la Iglesia se extendiera en el movimiento obrero que se ponía entonces en marcha, y no sólo en Francia.

Movimiento comunista y movimiento feminista

A partir de los años 1830, el movimiento de emancipación de las mujeres encontró en su contra a la Iglesia. Y eso tanto más, en Francia, en que las asociaciones feministas, y con ellas Flora Tristán, inspiradas por los adeptos de Saint-Simón y Fourier, mezclaron las pretensiones feministas a las de las obreras.

Charles Fourier fue un precursor de la lucha contra el sometimiento de las mujeres en la institución del matrimonio. El movimiento comunista encontró en el Manifiesto publicado por Marx y Engels, en 1848, la denuncia de la opresión de las mujeres y de la familia burguesa que iba a figurar en su programa básico. Gracias a este movimiento, a Engels, al dirigente socialista alemán Augusto Bebel, la causa de las mujeres finalmente tuvo bases sólidas, mostrando en particular el carácter histórico de las relaciones familiares y de la opresión global del sexo femenino. La obra de Bebel La mujer en el pasado, el presente y el futuro fue la base de la educación de los socialistas y comunistas.

Por supuesto, fue necesario luchar contra los prejuicios en el movimiento obrero francés, impregnado particularmente por las ideas del misógino Proudhon, para quien «una mujer que ejerce su inteligencia se vuelve fea, loca y mono».

Fue necesario también oponerse a la competencia entre proletarios en el mercado laboral por el trabajo de las mujeres en la industria.

Pero lo importante, es que los Etienne Varlin, Jules Guesde y Paul Lafargue, dirigentes del movimiento político socialista, combatieron vigorosamente estos prejuicios.

En Francia, a partir de los años 1860-1870, la instrucción de las muchachas fue el objetivo de numerosas luchas políticas. La instauración progresiva de una enseñanza pública abierta a las jóvenes muchachas chocó con la resistencia de curas y obispos, que se esforzaban por conservar su influencia sobre la población femenina.

A pesar de la serie de mejoras legislativas de la Tercera República, la instrucción de las muchachas en Francia permaneció durante mucho tiempo un bastión del poder de los sacerdotes y de las religiosas. De modo que, cuando asociaciones, intelectuales, reivindicaron el derecho de voto para las mujeres, algunos de sus adversarios se atrevieron a pretextar la insuficiencia de educación de las mujeres, como el poder ideológico de la religión sobre ellas, para justificar su oposición, alegando que el electorado femenino iba a servir de Caballo de Troya a la Iglesia..

Así pues, las mujeres siguieron estando excluidas políticamente en esta República que se decía democrática y la exclusión fue general. En España no fue hasta la II República y en 1932 cuando las mujeres pudieron votar. ¡Y durante mucho tiempo se habló del «sufragio universal» mientras que seguía siendo exclusivamente masculino!

Lo cierto es que en 1914, ninguna gran potencia había concedido aún el sufragio nacional a las mujeres. La participación en el poder político es lo que se podría llamar un núcleo duro de la soberanía masculina en la sociedad burguesa.

La revolución obrera en Rusia: repercusiones para las mujeres en países musulmanes

En cambio, cuando se encontraron en el poder en Rusia, naturalmente los bolcheviques hicieron tabla rasa de la herencia del pasado en cuanto a derechos civiles, matrimonio, derechos de los niños, divorcio. Hacer realidad la igualdad, muy nueva en la práctica, a escala de la extensa y atrasada Rusia zarista, era obviamente otro asunto; al menos los bolcheviques hicieron todo lo que les fue posible. Al mismo tiempo devolvieron a la Iglesia cristiana ortodoxa y sus popes al museo de la historia, al menos hasta la época actual en la que han hecho una gran reaparición al servicio activo tras Putin.

Que la dirección bolchevique de la revolución obrera haya sembrado en su tiempo semillas de futuro, se puede medir a través de un hecho poco conocido: en mayo de 1917, se celebró en Moscú el 1º Congreso Musulmán Panruso, que reunió a 1000 delegados, de los cuales 200 eran mujeres. ¡Declaró la igualdad de los derechos entre las mujeres y los hombres! En enero de 1918, el Comisariado Central de Asuntos Musulmanes decide la abolición de la poligamia y del matrimonio de las niñas, declara la voluntad del Estado de imponer la instrucción de las muchachas como la de los muchachos. Para las regiones de Asia Central que estaban representadas, la supresión de la obligación de llevar el velo fue algo particularmente espectacular.

Clubes y asociaciones de mujeres, fundados por mujeres de los medios adinerados, se habían constituido desde principios del siglo XX en una serie de países fuera de Europa y Norteamérica. Por ejemplo, en Irán, al favor de la revolución constitucional de 1906-1911 y en Egipto.

Inmediatamente después de la Guerra Mundial, con la disolución del imperio turco, en un tiempo de convulsiones, de repercusión de la revolución en Rusia, de despertar de los pueblos coloniales y semicoloniales, una vía de progreso se abrió para la condición de las mujeres, vía sobre la cual los jóvenes Partidos Comunistas de Oriente Medio se comprometieron, en la medida de sus fuerzas.

En Turquía, ayer cabeza de este imperio otomano, la proclamación de la República bajo los auspicios del nacionalista radical Mustafa Kémal en 1923 fue seguida de una constitución y de un código civil inspirados en los modelos occidentales. El nuevo Estado quería ser laico. Las mujeres obtuvieron el derecho al voto y a ser electas en igualdad con los hombres, en 1934, diez años antes que las Francesas. En 1935, es en Estambul donde se celebró el Congreso de la Alianza Internacional de las Mujeres, fundada a principios del siglo: acogió delegadas venidas de Irán, Siria, Palestina e incluso de la India.

Por doquier nacieron organizaciones de mujeres, en Irak en 1924, en Siria, donde las mujeres se habían manifestado contra las tropas de ocupación francesas en 1919 y en 1925, en Palestina, Sudán, Líbano.

En Egipto, al volver de un anterior congreso de la Alianza Internacional, mujeres de la clase alta fundaron una organización política feminista, en primer lugar Hoda Chaaraoui que se distinguió cuando lanzó espectacularmente su velo en público.

Los historiadores occidentales, exclusivamente hombres durante mucho tiempo, no se preocuparon mucho de buscar los rastros de los movimientos feministas progresistas de este tiempo en países musulmanes. Pero la existencia de estos movimientos demuestra sin embargo que no era una fatalidad la vuelta atrás que la causa de las mujeres ha conocido desde entonces.

El integrismo islamista y las mujeres

El peso que la religión ejerce en la sociedad no se debe solamente a la presión directa del propio clero, como por ejemplo, a través del matrimonio religioso. Su influencia sobre las mentalidades y los comportamientos se transmite ampliamente a través de las instituciones tradicionales, y una serie de obras sociales y de publicaciones. Está vehiculada en particular por hombres –y mujeres– políticos, más bien en la derecha y, por supuesto, la extrema derecha. Se vio, por ejemplo, con motivo de los debates sobre el derecho a la interrupción voluntaria del embarazo o sobre el PACS (ley aprobada en Francia sobre el acuerdo solidario entre personas, que viene a ser como las parejas de hecho en nuestro país, sin distinción de género).

Hasta un período reciente, lo esencial de la influencia religiosa en la vida social en Francia fue la influencia de la Iglesia Católica. Pero hoy, junto a esta Iglesia Católica cuyo peso sigue siendo considerable sobre las costumbres, está también el peso del Islam.

Su influencia no se reduce a la obligación de que las mujeres lleven el velo, con sus variantes más o menos siniestras, velo que es una marca de segregación y que simboliza la discriminación social entre los sexos.

En la mayoría de los países musulmanes, se confina generalmente a las mujeres a un papel doméstico y reproductor, sin derechos personales verdaderos, casadas sin su consentimiento, etc.

Existe la práctica de la lapidación legal. Un solo ejemplo de los asesinatos cometidos en nombre de esta moral de otra época: en agosto de 2004, hace menos de un año, en Irán, una muchacha de 16 años, condenada por «actos incompatibles con la castidad», fue colgada de una grúa.

Las violencias de la que son objeto las mujeres están obviamente más extendidas y son más graves allí donde los partidos islamistas están más o menos asociados al poder. Un informe de junio de 2004 de Amnistía Internacional consagrado a Turquía considera que «entre un tercio y la mitad de las mujeres turcas son víctimas de violencias físicas en el seno de su familia (pegadas, violadas, inducidas al suicidio)… Maridos, padres y hermanos son responsables de la mayoría de las violencias. En algunos casos, actúan por orden del consejo de familia. Las autoridades no realizan investigaciones» y eso existe en el campo pero también en los suburbios de Ankara por ejemplo. Este informe cita a una militante de los derechos de las mujeres de la ciudad Diyarbakir: «Entre las excusas dadas por haber pegado a una mujer en su casa, tenemosmirar mucho tiempo por la ventana, dar los buenos días a amigos de sexo masculino, el teléfono suena y no hay nadie al otro lado del hilo, charlar demasiado tiempo con los comerciantes…»

Las crisis del Oriente Medio, las guerras que allí se desarrollan, influyen contra la evolución de las sociedades, e influyen pues contra las mujeres. Así en los territorios palestinos, con la ocupación militar, se casa a las muchachas cada vez más jóvenes, hay numerosas historias de violaciones por hombres de la familia confinados en su casa por el desempleo general, y a continuación muertes sospechosas «para lavar el honor» de la familia.

Un asistente social en un hospital de Belén declaró en una entrevista (10 de septiembre de 2004): «Oficialmente, se mató a 36 jóvenes mujeres en el marco de crímenes de honor estos 18 últimos meses, en Cisjordania y en la franja de Gaza. Pero se puede pensar que realmente allí hubo tres veces más.»

La situación de guerra no explica por sí sola esta situación. En la Franja de Gaza, en particular, desde la Intifada, las organizaciones islamistas como Hamás ejercen una presión activa para imponer el velo, que no se veía desde hace algunos años.

Se puede concluir con este jurista de Afganistán, este país presentado oficialmente como democrático puesto que acaba de tener elecciones: «el principal problema es que los hombres no comprenden que no tienen el derecho a matar a su mujer o sus hermanas»…

Hay que preguntarse por qué razones el islamismo es tan potente y también a menudo salvaje hacia las mujeres aún hoy.

Los países del mundo árabe son países económicamente subdesarrollados y países de dictadura. Han permanecido mucho tiempo estancados en las estructuras antiguas del imperio otomano, luego expoliados económicamente por el imperialismo occidental; estos países no conocieron las revoluciones burguesas, ni el desarrollo del pensamiento racionalista y la crítica antireligiosa. Hubo al final del siglo XIX un movimiento de reforma de inspiración modernista en el Islam del Oriente Medio y el Magreb, un libro de Qassem Amin publicado en 1899 y titulado La emancipación de la mujer que hizo ruido, pero nunca hubo un cuestionamiento frontal del poder religioso en los engranajes del Estado, sus tribunales, sus leyes. Y este tímido movimiento de reforma se encontró muy rápidamente frenado por la colonización directa en el Magreb, el protectorado británico sobre Egipto, la influencia de los distintos imperialismos sobre el conjunto de la región.

La política de los imperialistas se apoyó generalmente sobre lo que había de más atrasado en estas sociedades, su religión, sus instituciones, sus notables y caciques.

¡Arabia Saudí, este gran aliado del imperialismo norteamericano, creado en 1929 sobre la base de una doctrina puritana islamista, el wahhabismo, tampoco era en absoluto un ejemplo de progreso! Siguió siendo un bastión de la aplicación estricta de la Sharía, un polo para los fundamentalistas y los integristas.

Consecuencia que se añade a ésto: la humillación colonial sufrida por las masas colonizadas hizo de las mujeres las últimas «guardianas del honor» de los hombres y de la sociedad, su sometimiento se convirtió en una compensación.

Los poderes coloniales son ampliamente responsables de haber solidificado estructuras sociales cada vez más sobrepasadas por la marcha de la historia, vehiculando creencias y normas de otro tiempo.

La época de las independencias levantó muchas esperanzas entre las poblaciones y entre las mujeres también, al menos entre las que vivían en las ciudades

Como se sabe, las direcciones nacionalistas no pretendían acabar con el imperialismo. Tuvieron la incapacidad de responder de forma duradera a las esperanzas de las masas, de sacar a sus países del subdesarrollo. Entonces, recurrieron también ellas a la religión, en primer lugar, en muchos casos, durante las luchas de independencia, luego para asentar su poder sobre su pueblo. Fomentar lo religioso presentaba la preciosa ventaja de proporcionar un contrapeso a las ideas de izquierdas en el seno de la juventud. Era un terreno de demagogia seguro. El Islam siguió siendo un poco por todas partes religión de Estado.

Se abrió grandes posibilidades políticas ante la subida del integrismo en el mundo musulmán, ya que si las creencias religiosas de las masas no son cosa nueva, sin embargo el hecho de que movimientos políticos reaccionarios lleguen al poder, o a sus puertas, explotándolas y encontrando un apoyo masivo en las capas populares, en particular las más desheredadas, es otra cosa.

Cuando en 1979 el ayatollah Jomeiny accedió al poder en Irán e instauró su República islámica, fue expresión de un fenómeno que había comenzado mucho antes. Por ejemplo, en Egipto, donde el movimiento ultrareaccionario de los Hermanos Musulmanes, fundado en 1928, había encontrado un campo de acción desde la muerte de Nasser en 1970

Jomeiny llegó al poder sobre la base de una movilización popular contra el régimen del Sha. Se benefició del apoyo del Partido Comunista, el Toudeh, y de grupos más o menos de extrema izquierda que existían aún en Irán. Incluso las mujeres de los medios intelectuales, muy occidentalizadas, se alinearon detrás del gran ayatollah, vistieron chadors para participar en las manifestaciones con las mujeres del pueblo y «volver a encontrar sus raíces» iraníes…

Los mollahs –sacerdotes chiítas– en el poder rechazaron la igualdad de los sexos: impusieron el velo a todas las mujeres, incluso a las niñas, pasaron la edad legal del matrimonio de las muchachas de 18 a … 9 años, institucionalizaron la lapidación, anularon para las mujeres el derecho al divorcio, decretaron que la vida de una mujer sólo vale la mitad que la de un hombre y crearon patrullas de una policía expeditiva para vigilar todo ésto…

Hoy en Irán hay de nuevo mujeres que luchan como pueden, valerosamente, pero no quieren, o no pueden, decirse «feministas» : eso sonaría demasiado occidental y no iraní.

En Argelia, las combatientes de la independencia inmediatamente fueron enviadas a sus hogares y excluidas de la historia oficial.

Las mujeres argelinas que tuvieron la fuerza de reconstituir asociaciones y agrupaciones en los años 80 y manifestarse, se encontraron entonces frente al poder militar argelino y su muy reaccionario Código de la Familia de 1984, al mismo tiempo que en confrontación directa con el movimiento islamista. Muchas han pagado su resistencia con su vida.

Las potencias occidentales, por otra parte, no consideraron como un mal fomentar los movimientos integristas islamistas. Giscard d’Estaing, el autor de la Constitución Europea, explicaba, en 1980: «Para combatir el comunismo debemos oponerle una ideología. Al Oeste, no tenemos nada. Esta es la razón por la que debemos apoyar el Islam». Giscard hizo émulos desde entonces…

Los religiosos integristas a la ofensiva

El impacto de las religiones e instituciones religiosas depende, ciertamente, más de los contextos socioeconómicos en los cuales intervienen que de sus doctrinas, pero las iglesias nunca consideran su influencia social suficiente. La reacción religiosa se hace sentir a escala mundial, y con ella una agravación de la condición de las mujeres.

Desde finales de los años 70, la convergencia entre las ofensivas integristas de las grandes religiones monoteístas puede ilustrarse con algunas fechas muy cercanas entre ellas: 1977, en Israel, gran expansión de los partidos religiosos por primera vez; 1978, el cardenal polaco Karol Wojtyla se convierte en Papa bajo el nombre de Juan Pablo II, especialmente reaccionario; 1979, en Irán, Jomeiny llega al poder y funda la primera República islámica; 1979 es también el año del nacimiento del movimiento político de la derecha religiosa, la Mayoría Moral, en Estados Unidos.

En Israel…

Israel a menudo se presenta como un islote de democracia moderno en el seno de Oriente Medio. Desde su creación, sin embargo, no tiene constitución civil. Cada ciudadano, en lo que concierne a la vida civil, depende de su categoría étnico-religiosa y las parejas que no quieren casarse religiosamente, deben ir al extranjero para hacerlo, a Chipre por ejemplo.

Los años 70 han sido los de un movimiento de «vuelta a la fe», es decir, en favor de una práctica de la religión más estrictamente conforme a las normas de la Biblia judía. Los partidos religiosos se proponen reforzar aún el poder del rabino. Un barrio de Jerusalén, Mea Shéarim, en poder de los ultraortodoxos hasta tal punto que los periodistas y laicos israelíes lo llaman «Teherán en el corazón de Israel», muestra lo que ésto puede ser: el comportamiento de las mujeres se supervisa severamente, hay una policía de la virtud para castigar en caso de necesidad. La segregación entre los sexos es general: filas de espera separadas en los almacenes, líneas de autobús con las mujeres detrás, etc. Los ultraortodoxos militan para que Mea Shéarim no siga siendo un islote excepcional.

En Europa Occidental…

En cuanto a los países de Europa, asociados por la historia al cristianismo, también tienen sus integristas defendiendo una concepción de los derechos de las mujeres digna de la Edad Media. Y si eso dependiera del Papa, los poderes de la Iglesia no serían tan diferentes de los del mundo musulmán árabe.

Algunos se acuerdan seguramente de lo que era el poder de la Iglesia en la España franquista, hasta 1975, dónde el catolicismo era religión de Estado y donde sólo había matrimonio religioso.

En la actualidad, en Mónaco, donde la religión «católica, apostólica y romana» es religión de Estado, así como en Malta, San Marino y Liechtenstein, se rechaza la IVE (interrupción voluntaria del embarazo), así como en Andorra. Son territorios muy pequeños, ciertamente, pero la separación Iglesia-Estado queda lejos de ser realmente total en todos los Estados en Europa, ya se trate de iglesias luteranas, como en Suecia, Dinamarca, Finlandia,o de la iglesia anglicana en Inglaterra, o, más aún, de la Iglesia Ortodoxa en Grecia.

Y sobre todo la Iglesia Católica sigue gozando de un verdadero poder, que se ejerce a costa de las mujeres, en la República de Irlanda, en Polonia, en Portugal.

La República de Irlanda se consideró mucho tiempo como un bastión de la Iglesia. Esto perdura. Antes de la independencia del país, la Iglesia Católica era económicamente potente en la sociedad, ya que era gran propietaria latifundista y de grandes inmuebles. Con la independencia en 1922, fue aún otra cosa, ya que, en reacción nacionalista contra la Corona de Inglaterra, goza de una posición privilegiada en el nuevo Estado. Su Constitución se redactó, en 1937, en alianza con el Arzobispado. Rinde homenaje al «Dios todopoderoso», afirma que la familia y el papel de la mujer en el hogar son la base del orden social – debiendo el Estado esforzarse para que las madres no estén obligadas a ir a trabajar, con el fin de no descuidar sus deberes domésticos. ¡El artículo 40 de esta Constitución sobre los derechos de los individuos, los declara iguales ante la ley pero teniendo en cuenta debidamente «las diferencias en la función social»… Entre hombres y mujeres, obviamente!

La legislación contra el aborto se reforzó en 1983, colocando el derecho de los fetos en igualdad con el de las mujeres embarazadas. Por último, fue necesario una lucha memorable, y pasar por el Tribunal Supremo, para arrancar en 1992, el derecho para una joven de 14 años, embarazada tras una violación y decidida a suicidarse, de ir a que le practiquen una interrupción del embarazo en Inglaterra… Sin embargo, incluso autorizado, el viaje a Inglaterra no es fácil para todas las mujeres, y aún es necesario poder alegar un peligro de muerte.

En Polonia hace más de 50 años, en 1953, la ley autorizó el aborto, mucho antes pues que en Francia, Alemania o Gran Bretaña, y eran las Suecas las que iban a abortar allá… ¡Eso cambió! El nuevo gobierno polaco firmó un Concordato con el Vaticano en 1993. La jerarquía católica polaca, particularmente reaccionaria, reclamaba imperativamente la prohibición legal del aborto, que hoy sólo se autoriza en los casos de violación, incesto, riesgo mortal para la madre, malformación del bebé. Aún es necesario proporcionar numerosas pruebas, certificados, etc. Así en 2002 hubo sólo… 150 interrupciones del embarazo autorizadas, mientras que habría entre 80000 y 200000 abortos ilegales cada año.

Por supuesto, la píldora no se reembolsa y los preservativos no son precisamente bien vistos.

Existe un barco clínico fletado por una organización feminista holandesa, Women on waves (Mujeres sobre las olas), que está equipado para practicar abortos e informar sobre la contracepción. Viajó a Irlanda, a Polonia, dónde las mujeres venidas a acogerlo tuvieron frente a ellas a manifestantes que las trataban de nazis y asesinas, todo acompañado de misas públicas (¿para alejar a Satanás?). En Portugal, donde la ley tampoco autoriza el aborto por simple petición, y donde entre 20000 y 40000 abortos clandestinos tienen lugar cada año, a otro barco, el Borndiep, dos barcos militares le impidieron atracar en septiembre de 2004.

Las ofensivas de inspiración vaticanas contra las mujeres se expresaron con ataques antiaborto, realizados por comandos violentos. En los países europeos, este combate es un objetivo político que les sigue siendo accesible. Prueba de que no renuncian nunca: en 1995, 20 años después de la ley Veil para Francia, el Papa publicó una encíclica que negaba todo valor jurídico a las leyes que autorizan el aborto y justificando (implícitamente cuándo menos) a los comandos antiabortos en nombre del derecho a la vida «potencial».

Y no hay que sorprenderse que el proyecto de Constitución de la Unión Europea, que (bajo la influencia del Espíritu Santo, sin duda), declara inspirarse en «herencias culturales, religiosas y humanistas de Europa», respeta «las Iglesias y las asociaciones o comunidades religiosas en los Estados miembros» y afirma un «derecho a la vida» sin mencionar en ninguna parte el derecho de las mujeres a interrumpir libremente un embarazo, y se limita a una media línea abstracta sobre «la igualdad entre las mujeres y los hombres». En el Parlamento de Estrasburgo, la Presidenta de la Comisión de las mujeres es una mujer conocida por sus posiciones antiaborto.

El Papado tiene un estatuto de observador en la Unión Europea, pero eso no le basta manifiestamente. Un representante del Estado del Vaticano dispone, desde 1964, de una sede en la ONU, donde tiene un estatuto de observador permanente (las Naciones Unidas le refieren sus decisiones desde 1957). Es la única religión así oficialmente representada. A través de las Conferencias mundiales en principio destinadas a mejorar la condición de las mujeres en el mundo, el Vaticano pretende establecer alianzas con los integrismos judíos y musulmanes, en nombre del «Programa para el respeto de la vida». Está en efecto bajo el impulso del Vaticano, el movimiento que nació en los años 70, «Pro vida», Prolife en Norteamerica, (¿porque eso suena mejor que «antiaborto»?) lanzado por obispos americanos. Su asociación «Human LIFE Internacional», creada en 1981, está presente en 53 países y dispone de grandes recursos financieros.

En Estados Unidos…

La alianza de la Iglesia Católica con los fundamentalistas protestantes de Estados Unidos fue fácil en este terreno.

Estas corrientes, que se nombran así porque aspiran a volver a los fundamentos, reales o supuestos, de la doctrina cristiana, no datan de ayer. Se han dado a conocer por su lucha contra la enseñanza de las teorías de la evolución, lucha que continúa. Al final de los años 70, una alianza se formó entre estos religiosos integristas y la derecha republicana más reaccionaria en el marco de lo que ellos llamaron la «Mayoría moral». Era una revancha contra el período anterior de avances para los derechos de las mujeres.

Se trataba sobre todo de actuar contra una sentencia del Tribunal Supremo de 1973 que legalizaba el aborto. Este derecho, incluso si no se derogó pura y simplemente, aún está hoy hecho pedazos. La presión religiosa obtuvo restricciones de todo tipo. Sin olvidar por supuesto el acoso sistemático, los métodos terroristas, los incendios criminales de centros de planificación familiar o clínicas, los atentados con bombas o paquetes-bomba, las tentativas de asesinatos y los asesinatos, en comandos o debidos a tiradores individuales, sobre médicos que practicaban la IVE.

Por otra parte los partidarios de la Mayoría Moral, en particular la Iglesia de los Mormones, hicieron fracasar una enmienda, propuesta a comienzos de 1923, encaminada a inscribir la igualdad de los sexos en la Constitución americana, y que finalmente se rechazó en junio de 1982. Para estos hombres y mujeres, la enmienda conducía «a los aseos públicos unisexos y al matrimonio de los homosexuales». Obviamente, el SIDA se presentó como un castigo enviado por Dios para castigar a los gays y lesbianas…

Y a comienzos del siglo XXI, los billetes de banco americanos llevan siempre la inscripción «Creemos en Dios», los Presidentes americanos prestan siempre juramento sobre la Biblia, y la Constitución americana ¡ni siquiera implica afirmación de principio sobre la igualdad de los sexos!…

La ideología de la Mayoría moral cristiana es sin embargo interreligiosa. Así pues, en nombre de la «Nación del Islam», el líder negro Farrakhan explica: «Alá dice en el Corán que los hombres están un grado encima de las mujeres (…) según la naturaleza que Dios te dio creándote, mi hermano, te creó un grado encima de la mujer. De otra forma la mujer no podría respetarte. Cada vez que una mujer no te respeta, mi hermano, tienes problemas.»

¿Es menos odioso ésto que los casos de jóvenes muchachas que se matan en nombre del honor por miembros de su familia musulmana?

La derecha religiosa se ha desarrollado en Estados Unidos, se ha convertido en una fuerza política influyente, de la cual el actual George Bush es un representante notorio. Por otra parte decidió cortar los fondos a todos los programas en el mundo que apoyan el aborto o que contemplan otros medios contraceptivos que no sean la abstinencia.

Sus militantes saben también matar y suicidarse en nombre de Dios. Emitieron una teoría del «homicidio justificado» contra los partidarios del derecho al aborto. Un sitio de Internet creado por un pastor autor de un libro titulado «Hay un tiempo para matar», proporciona nombres y direcciones de médicos que para ellos merecen una condena a muerte por crimen contra la humanidad.

La amenaza que hace pesar el integrismo cristiano, sobre todo emanando de Estados Unidos, el Estado más potente del planeta, se puede medir entre otras cosas en estos extractos de un comunicado de prensa publicado por el famoso predicador Jerry Falwell al día siguiente del atentado terrorista del 11 de septiembre de 2001: «Pienso realmente que son responsables los paganos, los abortistas, las feministas y los gays y lesbianas que intentan activamente predicar un estilo de vida alternativo (…) Todos los que han tratado de secularizar América. Os señalo con el dedo y os acuso mirándoos a los ojos: habéis ayudado a que ésto llegue.»

El integrismo islamista en Francia

El orden moral no prevalece en Francia como en los Estados Unidos. ¡Se puede decir uff! Pero, en Francia también, los hombres políticos utilizan la religión, sobretodo hoy el islamismo, además del cristianismo y el judaísmo.

Una política deliberada de los dirigentes políticos

En su libro Ni putas ni sometidas, Fadela Amara cuenta cómo ha visto aparecer en los años 90 una corriente islamista integrista, que se desarrolló en la esfera de influencia de los Hermanos musulmanes, porque «numerosos jóvenes de los barrios estaban en pleno desarraigo, enfrentados al fracaso escolar, al desempleo, a las discriminaciones». El Islam les apareció como «una nueva moral reguladora que evitaba a estos jóvenes desocupados caer en la delincuencia. Así pues, bastante repentinamente en los años 1990-1995, estos imanes radicales se convirtieron en una referencia en algunos barrios.»

Y, cabe subrayarlo, «los poderes locales, los cargos electos de las colectividades territoriales y, en particular, los alcaldes de todas las tendencias políticas, los reconocieron e instalaron como interlocutores privilegiados.»

Fadela Amara añade: «Eso fue terrible para los militantes de mi generación (…) nosotros sabíamos el peligro que eso podía implicar de manera general, pero en particular para el estatus de las muchachas.»

Sarkozy, que patrocinó la fundación de un organismo oficial, el Consejo francés del culto musulmán, en 2003, en el cual formó parte la UOIF, Unión de las organizaciones islámicas de Francia, organización islamista integrista inspirada en los Hermanos musulmanes, Sarkozy ,pues, explica en su reciente libro: «Estoy convencido de que el espíritu religioso y la práctica religiosa pueden contribuir a apaciguar y controlar una sociedad de libertad (…) A mi juicio, es tan importante abrir lugares de culto en las grandes zonas urbanas como inaugurar salas de deporte…» Esto resume cínicamente toda una política deliberada de apoyo a las instituciones religiosas.

Las organizaciones islamistas se aprovecharon bien, como era de esperar. Libran una verdadera ofensiva que pretende explotar a su beneficio los resentimientos de los jóvenes venidos de la inmigración, víctimas del desempleo, de las discriminaciones, de formas múltiples de la exclusión social, del racismo.

Estas frustraciones, estos sentimientos de humillación, tienen fundamentos bien reales en la sociedad francesa. Pudieron favorecer una renovación de religiosidad, querida o sufrida, al igual que una búsqueda de compensación que se expresa a través de la violencia contra las mujeres…

El tema de la vuelta a las tradiciones del Islam encontró eco: el abandono del velo de las mujeres al cual se asistía en el período anterior fue sustituido por un proceso de rehabilitación del velo.

Mimouna Hadjam, de la asociacion Afrika de la Courneuve, cuenta: «Con la multiplicación de las asociaciones islamistas, de las mezquitas que dan cursos, aumenta el número de muchachas que se inician al pañuelo. El miércoles y el sábado se ven en las ciudades, nenas de menos de 10 años, cada vez más numerosas, dirigirse hacia los cursos religiosos, pañuelo sobre la cabeza.»

El velo, el hiyab, sin siquiera hablar del gran traje que se asemeja a una cubierta, es un emblema ostentatorio de diferencia no solamente con los muchachos sino también con el resto de la sociedad, una señal de no asimilación. Al mismo tiempo es una llamada permanente al orden islámico. El velo de las mujeres es un signo patente de sumisión.

Los integristas musulmanes llevan una política militante

Uno de ellos, Tariq Ramadan, está vinculado a los Hermanos musulmanes egipcios, por su familia (es nieto de Hassan el-Banna, fundador de ellos), y sobre todo por la propaganda que lleva a cabo.

De una familia que vive en el exilio en Ginebra, donde consiguió impedir la representación de una obra de Voltaire, Mahoma y el fanatismo, en 1993, no es verdaderamente un universitario como se presenta a veces, sino un predicador. Y muy activo. Escribió numerosos libros y artículos y sobre todo pronunció un gran número de conferencias (durante las cuales, cabe decirlo, mujeres y hombres están sentados separadamente) registradas y vendidas, unos 50000 ejemplares al año, por una casa de ediciones cercana, Tawhid, asentada en Lyon. Su discurso es mucho menos hipócrita que aquél que tiene delante de los periodistas de izquierda.

Caroline Fourest, redactora principal de la revista ProChoix, se preocupó de estudiar el contenido de estos discursos.

Resulta que esta prédica es no sólo antimodernista y antiprogresista, sino también acientífica, ya que Tariq Ramadan también condena el evolucionismo, como los integristas protestantes y católicos. Es antiderecho de las mujeres, pro velo, contra el matrimonio de las musulmanas con no musulmanes (no el revés), y se opone a toda liberación de la mujer «a costa de la familia», preconiza el control de la escuela y del deporte. En cuanto a la lapidación, todo lo que concedió, una noche que estaba en televisión (noviembre de 2003), es que aceptaba pedir una prórroga a su aplicación. Pero no la condenó.

Para Tariq Ramadan, «la sociedad iraní hoy, entre las sociedades musulmanas, es la más avanzada en cuanto a la promoción de las mujeres»…

Y tiene un programa de acción bien madurado: «Cuanto más estemos presentes, más mujeres con su hiyab estarán presentes, a nivel social, presentes en el debate, explicando sus andadura, explicando quienes son (…), más acostumbraremos las mentalidades y más cambiarán las cosas»…

Tariq Ramadan está vinculado a Alain Gresh, el redactor jefe del Mundo diplomático. Escribieron conjuntamente libros, como el Islam en cuestiones, y han hecho conferencias comunes. ¡Gresh tambien es capaz de decir «creo que Irán es uno de los países donde las mujeres, en el mundo musulmán, tienen más derechos», porque hay, o hubo, algunas mujeres diputadas o Ministros!

En efecto, en Francia, «las mujeres con su hiyab» (cuando no es con el gran velo negro) están cada vez más presentes, y el símbolo que transportan es un verdadero peligro en sus barrios para las que se niegan a llevarlo. El velo no es un banal pedazo de tejido, es un arma contra las insumisas. Es un reto político.

Complicidades y complacencias

Sin duda alguna es dramático que estos integristas encuentren cómplices entre los intelectuales en Europa. Y el problema va mucho más allá de un caso como el de Alain Gresh y el periódico Mundo diplomático. Tariq Ramadan supo encontrar numerosas complacencias en el seno, por ejemplo, de la Liga de la Enseñanza, donde animó a un grupo de trabajo titulado Islam y laicidad; en la Liga de los Derechos del Hombre, que se activó para defender a las muchachas con velo en las escuelas; en el medio universitario, en las redacciones de diarios muy conocidos e ilustrados, e incluso entre algunas intelectuales feministas de primera hora (¡no todas!).

En el movimiento altermundialista, en los partidos de izquierda e incluso en la extrema izquierda, también se manifestó una complacencia abierta hacia los islamistas y su velo islámico: en nombre de la «solidaridad antiimperialista», ya que el Islam sería el principal enemigo del imperialismo, o bajo pretexto de no dar pié al racismo, o también bajo pretexto de no «estigmatizar» a las mujeres que vienen de la inmigración, se las ha abandonado a la influencia de los barbudos del Islam.

Con el fin de reducir las críticas y reservas al silencio, algunos incluso se pusieron a gritar a la «islamofobia», al igual que el público de las conferencias de Tariq Ramadan. Denunciar el islamismo paraliza a algunos, quizá por miedo de pasar por reaccionarios, por un sentimiento de culpabilidad ante el racismo antiárabe, o por demagogia. Pero no temen adoptar el término de islamofobia como injuria, este término que, en su origen, ha sido lanzado por los mollahs iraníes como un anatema contra sus opositores…

Esta gente encontró mujeres para llevar a cabo su lucha antifeminista. La idea de un «feminismo islámico», de un «feminismo plural», incluso está de moda entre algunas estudiantes e intelectuales, que lo justifican como «otro acercamiento a la modernidad»…

Obviamente no es nuevo que los oprimidos lleguen a justificar su propia opresión, como sucede con los proletarios que justifican su explotación por la patronal. ¡Fue necesario luchar contra mujeres para defender el derecho de voto de las mujeres, e incluso en el movimiento de los años 70, para imponer el derecho a la interrupción voluntaria del embarazo! ¡Y cuántos profesores y profesoras debieron oponerse paso a paso a madres para que sus hijas pudieran ir a la escuela a aprender a leer y arrancarlas de la tutela de los curas!

Otros dicen: es un asunto personal, es necesario dejar su libertad de elección a las jóvenes muchachas que quieren llevar el velo. A su modo de ver, no lo viven inevitablemente como una señal de sumisión… Es obviamente una hipocresía, y una hipocresía peligrosa para todas las mujeres musulmanas que no tienen el menor deseo de someterse a esta clase de opresión.

¿Qué crédito hay que conceder a las famosas hermanas Lévy, de Aubervilliers, que hablan de llevar el velo como de su opción personal? En un libro de entrevistas que se les consagra, llegan hasta afirmar: «Si una persona que cometió adulterio desea arrepentirse por la lapidación, es su elección y va a eso libremente»… Se puede esperar que, por perturbadas que estuviesen, esa opción no la escojerían para ellas mismas…

La ofensiva en favor del hiyab se acompaña de ataques contra la mezcla de géneros: en las escuelas, eso comienza. ¡Hay también exigencias para piscinas separadas hombre-mujer, casos donde las muchachas musulmanas no van ya a centros de ocios etc, debido al carácter mixto de los edificios!

Uno de los argumentos más formulados para justificar la tolerancia hacia estas prácticas de otra edad consiste en decir que sería un problema de «identidad», un asunto de «raíces culturales», de tradiciones que sería necesario respetar en nombre del respeto de la diferencia de las culturas.

El argumento resulta puro desprecio. ¿Por qué las tradiciones de los otros serían inevitablemente más respetables que las que aquí generaciones combatieron y más o menos barrieron (no en todas las cabezas, parece ser)? ¡Los mismos que dicen ésto combatieron y denunciaron a los católicos integristas! ¿La práctica de la ablación es respetable, la poligamia, el gineceo o el harén son respetables? ¡Las tradiciones de la Iglesia Católica, la caza de brujas, los encerramientos de muchachas que han «pecado»… y podríamos continuar, forman parte de nuestras «raíces» en Europa Occidental! Esas raíces precisamente sólo merecen que… se arranquen y lo que es válido para las mujeres aquí lo es para todas, por todas partes: ¡la dignidad de las mujeres no se divide por países o culturas!

La actitud intelectual que consiste en colocar todas las culturas al mismo nivel, de las más primitivas a las más modernas, cubre generalmente un pensamiento reaccionario. En este caso, es práctica para justificar un estatus inferior para las mujeres. Y luego, frente a la población magrebí, resulta paternalismo, lo que a menudo es una forma de menosprecio.

¡La dignidad de las mujeres no se divide!

Podemos preguntarnos dónde ha quedado, en los medios que se dicen ilustrados, laicos, progresistas e incluso a veces socialistas, la solidaridad con las que luchan, aquí y allá : las mujeres turcas ante la presión islamista, las mujeres de Afganistán, Pakistán, Bangladesh como Taslima Nasreen, que denuncia no solamente el fundamentalismo sino todo el Corán, que denuncia el hecho de que, pese a que la lapidación ya no es legal en Bangladesh, se practica diariamente en los pueblos, y que ante esta crueldad no teme decir a las mujeres de su país: «A las que no luchan para que cese la opresión de este sistema patriarcal y religioso, digo: ¡Avergonzaos!» (entrevista al Expreso, abril de 2003). ¿Dónde quedó la solidaridad con las mujeres del Magreb, las mujeres argelinas que llevan una resistencia heróica?

A este respecto, es necesario citar pasajes del llamamiento hecho el año pasado por la abogada feminista Wassyla Tamzali, bajo el título «Feministas, yo les escribo desde Argel»:

«Desde hace muchos años, los pensamientos de las feministas francesas y feministas del Sur que somos se cruzan y, sobre las discriminaciones sexistas siempre hemos tenido globalmente las mismas posiciones. Eso consolidaba nuestra convicción de que el feminismo era universal. (…) ¡En fin, pensábamos, nuestras amigas feministas, sobre este tema del velo que conocen perfectamente, sabrán torcer el cuello al relativismo cultural que florece extrañamente hasta en las filas de la izquierda intelectual, en los recintos sacralizados, como la Liga de los Derechos del Hombre! ¡Pues no! (…) Aceptar la práctica, magrebí o no, musulmana o no, de ocultar sus cabellos, de no hacerse curar por un hombre, no apretar la mano de los hombres, [es] aceptar prácticas de estricta segregación sexista(…)

¡Rechazar el velo no significa aceptar el racismo! (…) [En nuestros países] se mostraba a las feministas como las aliadas objetivas de los Occidentales. (…) ¡He sufrido demasiado de esta mala fe para aceptarla, viniendo de feministas y demócratas! (…) Luchamos contra los regímenes que conocemos, y hay que añadir la oposición de los que deberían estar a nuestros lado. (…) Quiero simplemente recordar que el miedo de estigmatizar al cristianismo no impidió la lucha de las feministas. (…) Entonces, ¿lo que es bueno para una religión no lo es para otra? (…) ¿Se puede decir que lo que conduce el pensamiento feminista en general no es bueno con respecto a las mujeres dichas musulmanas? Tenemos ya bastantes dificultades como para que esos intelectuales añadan sus voces –y qué voces– a los que piensan con Tariq Ramadan que existe un género de mujer musulmana.»

Wassyla Tamzali se dirige a las mujeres feministas que conoce bien. Se comprende su amargura. Y podemos añadir que los que, en la extrema izquierda, pretenden estar al mismo tiempo «en solidaridad con las mujeres que se oponen al velo impuesto» y «contra toda exclusión de las que deciden llevarlo», como si las dos actitudes fueran válidas, y no hubiesen de elegir su campo, por parte de aquéllos es una traición hacia todas las mujeres que combatieron y combaten para liberarse.

¡Abajo la opresión de las mujeres, viva la igualdad de toda la humanidad!

En el mundo, dos tercios de los analfabetos son mujeres. Representan la parte fundamental de la fuerza de trabajo empleada a tiempo parcial. Cada año, al menos 20 millones de abortos tienen lugar en el mundo sin ninguna seguridad. ¿Cuántas mujeres mueren por ello?

Las mujeres pueden ser pegadas, violadas, asesinadas, en sus propias familias. El tráfico sexual de las mujeres se mundializó, con grandes circuitos dentro de Asia así como entre Europa del Este y Europa Occidental. Las mujeres víctimas son cada vez más jóvenes, porque se suponen indemnes del virus del SIDA… La realidad es negra, y por supuesto la religión no explica todo. En el caso del tráfico sexual, el motor son los beneficios comerciales. Sin embargo las presiones religiosas, a veces insidiosas, y a menudo cada vez más agresivas, golpean de pleno a las mujeres, aunque no es por todas partes en el mismo grado.

Hay supervivencias del pasado, pero la amenaza de una formidable vuelta atrás hacia este pasado está de actualidad. Los revolucionarios comunistas, sabemos muy bien que la sociedad, y con ella la causa de las mujeres, no puede progresar realmente cuando la clase obrera retrocede, al contrario. La defensa de los derechos de las mujeres, la emancipación de la mitad femenina de la humanidad, están vinculadas a la causa del mundo del trabajo en su conjunto. El proletariado no es una clase explotadora del trabajo de otros, ni una clase que necesita imponer cualquier opresión. Romper las cadenas de los explotados, es romper al mismo tiempo las cadenas de todas las mujeres en tanto que mujeres.

¡Ello no nos lleva de ninguna manera a aplazar la defensa de los derechos de las mujeres a los días que seguirán a una revolución obrera triunfante! La lucha para la igualdad de las mujeres en la sociedad forma parte integrante de nuestro programa. Es un combate muy actual, como el de la defensa del mundo del trabajo, que debe llevarse permanentemente y en el cual la solidaridad entre todas y todos los que luchan es indispensable. Por supuesto, comunistas, nos reclamamos de un materialismo militante, que no haga ninguna concesión a las ideas religiosas en su propaganda. Lo que es de gran actualidad hoy, cuando decirse ateo está mal visto y en cualquier caso es poco común, dónde lo irracional se desarrolla en numerosos medios. Pero lo que falta sobre todo hoy, es un partido revolucionario del proletariado.

La clase obrera de Polonia, en la cual seguramente muchos creen en Dios, llevó varias luchas severas, sobre su terreno de clase, en 1956, en 1970-71, en 1976, con direcciones que la engañó o sin dirección, en cualquier caso sin que el peso de la Iglesia interviniese. Y, si un católico notorio dirigió la lucha de los obreros polacos de 1980 en la persona de Walesa, fue por el método proletario de la huelga, y no por los rezos, imponiendo una serie de concesiones al Gobierno existente. No estaban inevitablemente destinados a encontrarse bajo la dirección de la Iglesia Católica: es la ausencia de un partido revolucionario del proletariado que dejó a ésta el campo libre.

De la misma forma, cuando las masas populares árabes se oponen al imperialismo, se ponen hoy la mayor parte del tiempo bajo la bandera ideológica del Islam, pero eso no se debe a una fatalidad islámica: allí también, la causa es la ausencia de una dirección portadora de una ideología de progreso, una dirección comunista revolucionaria, la única capaz de un antiimperialismo consecuente. Entonces, para nosotros aquí, es indispensable y quizá incluso vital, en cualquier caso es para nosotros un deber elemental, no tener la más mínima complacencia frente a ninguna religión: para las mujeres oprimidas, esta clase de complacencia, en el mejor de los casos es hipocresía, y la hipocresía se convierte rápidamente en canallada. Para concluir: ¡Abajo el oscurantismo religioso! ¡Abajo la opresión de las mujeres y viva la igualdad de toda la humanidad! ¡Finalmente, abajo el sistema de propiedad privada y abajo el capitalismo!

Lutte Ouvrière, octubre de 2005


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