Francia: sigue la movilización contra la reforma laboral

Publicamos aquí la traducción de un artículo de nuestros compañeros de Lutte Ouvrière, en Francia, sobre la movilización contra la reforma laboral que sigue después de casi tres meses. Muchos de los razonamientos de nuestros compañeros en torno a esta experiencia concreta podrían servir aquí a todos los militantes de la clase obrera.

El 26 de mayo tuvo lugar una movilización importante, aunque no tuviera la amplitud del pasado 31 de marzo. Estas manifestaciones reunieron unas 300.000 personas según la CGT, la confederación mayoritaria en Francia (fueron 153.000 según la policía). Una semana antes eran 400.000 (128.000 según la policía). En París, se evalúa que el número de manifestantes aumentó un 50% respecto a la manifestación anterior, la del 19 de mayo. Si bien los trabajadores de las grandes empresas sólo participan de manera limitada, el día 26 de mayo dio la oportunidad a sectores de las subcontratas de unirse al movimiento. Es de notar que la participación en las manifestaciones aumentó sobre todo en ciudades pequeñas y en pueblos. Esto significa que nuevas capas y categorías de trabajadores se han sumado a un movimiento en el que antes no participaban. Las huelgas en las refinerías, así como sus consecuencias en el abastecimiento de gasolina, fue una causa de este hecho; pero también han contribuido las declaraciones de Valls y la campaña de los medios burgueses contra la CGT y sus militantes.

“Terrorismo social” – nada menos – era el título del editorial del Figaro, un diario de derechas, el 24 de mayo de 2016. ¡Claro está que el diario, portavoz de la derecha y ante todo de Serge Dassault, quien posee las fábricas de aviones de guerra que bombardean Oriente Medio, sabe de qué habla cuando se trata de terrorismo! Acusó a la CGT de querer “destruir todo lo que puede ser destruido en la economía francesa”.

Le Figaro no es el único gran periódico en usar este tono contra los trabajadores en huelga y traducir la agitación de Valls contra los huelguistas de las refinerías y transportes que bloquean depósitos de gasolina; los acusan de “tomar a los franceses como rehenes”, una expresión que se escucha en cada huelga.

Por parte de la fauna de estos políticos de derechas, es muy normal aprovecharse de las dificultades del gobierno socialista para demostrar su “laxismo” para con la CGT. Pero desde los ministros socialistas hasta los líderes de la derecha y el Frente Nacional (la ultraderecha), todos expresan la misma hostilidad contra el movimiento; usan las mismas palabras de “toma de rehenes”, de “una minoría que quiere imponer su voluntad a la mayoría”, incluido el líder socialista Cambadélis que acusa a la CGT de organizar el caos social, con expresiones tradicionales de la derecha.

Cuando el gobierno trata de imponer un texto de ley rechazado por la casi unanimidad de los asalariados que van a ser sus víctimas, y también por las tres cuartas partes de la población en su conjunto; cuando pasa del consentimiento de su propia mayoría en el parlamento, utilizando el artículo 49-3 de la Constitución que permite al ejecutivo pasar de la opinión de la Asamblea nacional, esto sí es democracia. ¡Pero cuando los trabajadores rechazan esta ley infame y la manera de imponerla a una gran mayoría que no la quiere, esto es terrorismo!

Hace tiempo ya, se hablaba de la “infame venalidad de la prensa” burguesa. En cuanto se expresan los trabajadores, la prensa burguesa defiende cueste lo que cueste a sus ordenantes de la burguesía.

La reforma laboral, un ataque más contra los trabajadores

No vamos a volver a explicar la ley El Khomri (apellido de la ministra), sino sólo recordar que, a pesar de sus versiones sucesivas, mantiene el aspecto más importante: quitar a la legislación laboral su contenido esencial, es decir, el hecho que es aplicable al conjunto de todos los asalariados. El principio básico es eliminar hasta la idea de derechos colectivos de los trabajadores para sustituirla por la prioridad de los acuerdos empresa a empresa, o sea, el disfraz de la ley patronal.

En realidad, la patronal ya vacía la legislación social de su contenido, muy reducido, a lo largo de la agravación de la crisis económica y el paro. Queda el envoltorio por romper. Para terminar la sucesión de medidas anti obreras que ya ha tomado, el gobierno socialista quiere hacerle este último favor a la burguesía, antes de ser echado en 2017.

Pero esa fue la gota que colmó el vaso. El proyecto de ley El Khomri, publicado por la prensa el 17 de febrero, provocó la reacción de los que iban a ser sus víctimas: los trabajadores y también la juventud estudiantil. Desde las primeras manifestaciones del 9 de marzo, la situación del país está marcada por el movimiento de protestas contra la reforma laboral.

En realidad, este despertar obrero tiene motivos mucho más profundos que la ley de reforma laboral. Ésta ha sido la chispa necesaria para hacer estallar una acumulación de descontentos y rencores.

La dinámica y los límites del movimiento

No vamos a hacer el historial de más de dos meses y medio de protestas, mayoritariamente por parte de los trabajadores que han sido reforzados (a veces precedidos) por una parte de la juventud de los institutos y las universidades. Una juventud de la cual una fracción importante ha entendido perfectamente que su destino es unirse al mundo del trabajo tarde o temprano y que por lo tanto se trata de su propio futuro.

La movilización para exigir que se abandone la reforma laboral ha sido estructurada por días de movilización y acciones organizados por las organizaciones sindicales CGT, FO, Solidaires y la FSU (funcionarios). El punto más elevado hasta ahora ha sido el día 31 de marzo. Aquel día, las manifestaciones reunieron entre 500.000 y un millón de personas en 266 ciudades y pueblos y hubo muchos paros. Según Mediapart, la web independiente de información, se movilizaron no sólo militantes de los sectores muy sindicalizados y los trabajadores de sus empresas que consiguieron convencer, sino también trabajadores de pequeñas empresas, repartidores de congelados, empleados de la limpieza industrial o la hostelería, vendedores de Conforama.

La confederación sindical CFDT, que desempeña su papel de agente de la gran patronal entre la clase obrera, se dejó distanciar rápidamente, aunque una parte de sus militantes siguieran participando en la movilización.

Sin embargo, recordemos que incluso las confederaciones sindicales más comprometidas en la acción sólo lo han hecho desganadamente. El 23 de febrero, reunidas en la sede de la CGT en Montreuil, ni siquiera tenían la intención de demandar el abandono de la reforma. Se habían puesto de acuerdo sobre una declaración vergonzosa para pedir la renegociación de determinados puntos de la ley.

No fue sino por el descontento y la indignación expresados por algunos militantes y responsables locales de la CGT, que la dirección de esta confederación así como las de FO y Solidaires decidieron finalmente exigir el abandono total de la reforma. Y la primera movilización, el 9 de marzo, fue organizada en primer lugar por las organizaciones de la juventud. Los sindicatos, por su parte, oficialmente se sumaron pero sin hacer todo lo posible para que fuera un éxito.

A pesar de esta mala voluntad, un gran número de trabajadores y militantes se movilizaron, a pesar de la desorganización, o sea el sabotaje en la organización, con varias citas en una misma ciudad.

Para centenas de miles de trabajadores y militantes, ya era tiempo de hacer algo. Había que volver a bajar a la calle, aunque sólo fuera para gritar bien alto el descontento y el hartazgo general respecto a esta política anti obrera del gobierno.

Los días de movilización se sucedieron; en total, ocho con el del 26 de mayo, y mayor participación el día 31 de marzo.

En las grandes empresas, la participación de los trabajadores en las manifestaciones no ha reunido mucho más allá del medio militante de siempre. Pero ya es una pequeña victoria: este medio militante, las direcciones sindicales lo mantuvieron en la inactividad durante cuatro años de gobierno de izquierdas; con este movimiento volvió a sentirse vivo y con ganas de luchar.

Y, una cosa importante, hasta ahora el movimiento goza de la simpatía de la mayoría de los trabajadores, incluso los (la mayoría) que de momento no se sienten en situación de unirse.
Esta simpatía respecto al movimiento y su reivindicación esencial, que se abandone la reforma laboral, es uno de los puntos de apoyo del movimiento. Pero también marca sus límites. De cierta forma, parece como si la mayoría de los trabajadores participasen en el movimiento por delegación.

En la SNCF (la Renfe francesa, sector capaz de movilizaciones masivas), ha sido una huelga minimalista, con paros parciales y escasos. En este sector, antes de que la CGT llamara a una verdadera huelga a partir del 31 de mayo, sólo fue una minoría la que demostró su voluntad de amplificar el movimiento.

El movimiento por el abandono de la reforma laboral nunca ha sido un tsunami pero su aspecto esencial es su duración.

La clase obrera ha manifestado por primera vez su oposición clara contra un gobierno que se presentaba como su representante. El centro activo compuesto de los medios militantes en las empresas ha podido llevar a las manifestaciones y los paros, dependiendo de los momentos, a trabajadores más o menos numerosos. Las repetidas manifestaciones han constituido oportunidades de agruparse para trabajadores de pymes sin medio militante, sobre todo en ciudades pequeñas y pueblos. Siguiendo o precediendo a los trabajadores movilizados, miles de jóvenes han vivido la experiencia de manifestaciones, se han enfrentado con las declaraciones hostiles de los políticos y las porras o los gases lacrimógenos de los policías. Son experiencias que serán útiles en el futuro, igual que fue la del movimiento contra el CPE en 2006 (el entonces primer ministro de Villepin tuvo que abandonar el proyecto de contrato precario para jóvenes).

El contexto de movilizaciones también provocó la aparición de estas ocupaciones de plazas públicas que se han llamado Nuit debout o “noche en pie”. Estas ocupaciones, de amplitud muy reducida, han atraído unas fracciones de la pequeña burguesía intelectual, universitarios, profesores etcétera. Son un síntoma de la crisis social y política que recorre toda la sociedad. Forman parte del movimiento; han contribuido, por lo menos en un principio, a animarlo. Pero las pretensiones de sus organizadores, que quisieron presentarse como representantes del movimiento o incluso en dirigentes, es algo descabellado.

Respecto al apolitismo que abanderan los de la Nuit debout, directa o indirectamente bajo expresiones vacías como “democracia directa o participativa”, o la “horizontalidad de la política” opuesta a la “verticalidad” de los partidos, expresa claramente la incapacidad de la intelectualidad pequeña burguesa, aun con buenas intenciones para con los trabajadores, de ofrecerles cualquier idea positiva y contribuir a su concienciación.

Rechazar la política mientras que la movilización se sitúa en un terreno político es absurdo. La propia dinámica del movimiento plantea una multitud de cuestiones políticas. La más evidente es la de las relaciones entre los trabajadores en lucha y el gobierno. Los trabajadores han respondido con la acción. También han podido constatar la connivencia entre los distintos partidos de la burguesía, desde la izquierda hasta la ultraderecha. Han podido sentir la hostilidad de los medios. Han podido forjarse una opinión en cuanto a la actitud de las confederaciones sindicales.

Pero se plantean muchos otros problemas políticos – y ¿cómo no? – de cara al futuro inmediato. ¿Hasta dónde son capaces de ir las grandes centrales sindicales, incluso las más contestatarias? ¿Cómo implicar a la inmensa mayoría de la clase obrera? ¿Cómo conseguir un fortalecimiento de la moral y la conciencia de los participantes en la lucha actual, sea cual sea su fin? Frente a estos problemas, los trabajadores no podrán encontrar respuestas acercándose a los intelectuales charlatanes de la Nuit debout.

La actitud de las centrales sindicales

Tras reprochar al proyecto de reforma su desequilibrio y lamentar la ausencia de consulta a los sindicatos, la dirección de la CFDT (la confederación que más coopera tradicionalmente con la patronal) se glorifica de haber conseguido una “reescritura profunda del texto”.
Mientras numerosos militantes de dicha confederación siguen participando en el movimiento, su secretario nacional demuestra claramente que está con la patronal y el gobierno. “Sería inaceptable retirar la ley” decía el secretario Laurent Berger en una entrevista al diario Le Parisien del 25 de mayo; y añadía “sería un golpe duro contra los asalariados porque perderían el beneficio de los nuevos derechos reconocidos en el texto”.

En cambio, la CGT ha pasado a asumir, a lo largo del movimiento, un papel cada vez más central. A las incertidumbres del principio su táctica de convocar días sucesivos de movilización, con aviso previo, correspondía al estado de conciencia de los trabajadores que se implicaban en la lucha y permitía ampliar la participación. Desde el momento en el que la CGT se sumó al objetivo de abandono de la reforma, liberó la combatividad de sus militantes, por lo menos los que ya no aceptaban sus vacilaciones y silencios cuando había que manifestarse.

Pero al mismo tiempo volvieron los reflejos de los aparatos reformistas: desconfiar de los trabajadores en cuanto parecen capaces de escapar a su control. De ahí, por ejemplo, la reticencia respecto a las asambleas generales de trabajadores, en particular en el sector ferroviario. De ahí, también, todavía en el sector de los ferrocarriles, la tendencia de los aparatos de sacar adelante ante todo los aspectos corporativistas de las reivindicaciones (contra la reforma ferroviaria…). Si a lo largo del movimiento el rechazo a la reforma laboral se sumó a las reivindicaciones específicas de los trabajadores en la acción y las asambleas generales, donde las hay, es porque a lo largo del movimiento lo impusieron los propios huelguistas.

La existencia de las dos tendencias ha dado a la política de la CGT un aspecto ambiguo y contradictorio. En determinados sectores, sus militantes pisaron el pedal de aceleración y, en otros, el de freno.

Incluso si se toma en cuenta este aspecto contradictorio, la política de la dirección de la CGT desde el mes de marzo representa una crítica de hecho de toda su política anterior. La CGT está demostrando su capacidad de movilización. Este aspecto deja imaginar cómo una actitud justa de la CGT, ya desde la llegada de la izquierda al poder en 2012, así como posiciones combativas contra la política del gobierno y, en general, un lenguaje y un comportamiento de lucha de clase, hubieran podido acelerar la concienciación de los trabajadores. Éstos tienen que recuperar la conciencia de que, para oponerse a la ofensiva patronal, no sólo no pueden contar con el gobierno de izquierdas, sino que éste es precisamente una de las herramientas de la ofensiva.

Lo que se ha perdido respecto a la preparación moral y política de los trabajadores, durante estos años en los que la CGT se mantuvo callada ante los ataques del gobierno, porque éste decía que era de izquierdas, todo eso no se recupera fácilmente.
Sin embargo la lucha de clases, aun limitada, es más potente que los cálculos burocráticos de los aparatos. Fuese cual fuese su objetivo al principio, la dirección de la CGT está echando un pulso con el gobierno y en ello no caben dudas de que puede contar con la mayoría de sus militantes. Hasta ahora, la confederación acepta la prueba, incluso mediante la acentuación de la movilización de sus militantes en los sectores en los que tiene más implantación. También dónde menos teme perder el control del movimiento. De hecho, la CGT aparece hoy en día como la principal responsable de que éste siga vivo.

No sin motivo la prensa y la patronal dirigen sus ataques contra la CGT en general y en particular contra el secretario Philippe Martínez y su línea política. Esta operación tiene el objetivo de aislar a la CGT de las otras centrales sindicales. También es motivada por la conciencia que tiene la patronal de que, a pesar de su política ambigua, la CGT agrupa a un medio militante que es el motor de la acción tal y como se está desarrollando.

Hoy en día, ¿qué perspectivas?

El movimiento continúa y algunas acciones se endurecen. Nuevas categorías de trabajadores han entrado en la acción o se preparan para hacerlo, los de la petroquímica, los transportistas, trabajadores de los puertos, del transporte público de París (la RATP) etc.: huelga en los aeropuertos, convocatoria para los sindicatos de la aviación el 3 de junio, también en la eléctrica EDF y huelgas en varias centrales nucleares; avisos de huelgas a partir del día 31 de mayo en la SNCF (Renfe francesa) y a partir del 2 de junio en los transportes públicos de París.

Se trata de sectores bien sindicalizados respecto al resto de la clase trabajadora y la actitud de la CGT allí es determinante.

Las huelgas en las refinerías y sus consecuencias en el abastecimiento en gasolina han insuflado una segunda vida al movimiento, llegando hasta las grandes empresas del sector privado. Es cierto que hasta ahora no han provocado la entrada de estas grandes empresas en la acción, pero el número de participantes procedentes de ellas en las manifestaciones se ha incrementado el 26 de mayo.

En los próximos momentos vamos a ver si la batalla unánime del gobierno, los medios y, detrás, la burguesía, contra lo que llaman “acciones radicales”, tendrá como consecuencia un aislamiento de los que están en lucha respecto al resto de la clase trabajadora. Hoy en día no es el caso. La clase trabajadora, pero más allá de ella la opinión pública, todavía parecen culpar al gobierno de los inconvenientes de la penuria de gasolina.

Vamos a ver también si la actitud provocadora de la gran patronal, o por lo menos de un número determinado de grandes patrones, frenará el movimiento o al contrario echará leña al fuego.

Por ejemplo, la dirección de PSA Peugeot-Citroën, que acaba de empezar pseudonegociaciones sobre un segundo convenio de “competitividad” aplicable en los próximos tres años, piensa imponer nuevos sacrificios a sus trabajadores. Pese a sus excelentes resultados financieros, PSA, que ya eliminó 17.000 puestos de trabajo en Francia en los últimos tres años, quiere seguir quitando empleos e imponer que no se paguen las horas extra obligatorias, todo esto junto con otras medidas, todas en contra de los intereses de los trabajadores.

Más allá de la estrategia de su director Carlos Tavares, los patrones de grandes empresas como ésta se ven tentados de aprovecharse del enfrentamiento actual en el que está metido el gobierno con la reforma laboral para imponer una versión local de esta misma ley. Efectivamente, para esta gente, lo que se ha hecho bajo un gobierno de izquierdas ya no habrá que hacerlo bajo uno de derechas, que tiene muchas probabilidades de llegar al poder en 2017.

Pero nada está escrito, y menos que este tipo de cálculo no pueda volverse en contra de quienes lo hacen.

Para no citar más de un ejemplo, otra vez el de PSA, los aspectos inaceptables del proyecto de convenio de competitividad han provocado ya paros parciales en las fábricas, en particular en Mulhouse (8.000 trabajadores).

La prensa tiende a simplificar excesivamente lo que está pasando, escribiendo que se trata de un enfrentamiento entre el gobierno y los “radicales” de la CGT, o incluso entre Valls y Martínez.

Pero detrás de los nombres y etiquetas sindicales, lo que está pasando desde hace ya tres meses constituye las primeras escaramuzas entre, por una parte, la gran burguesía y su gobierno que, impulsados por la crisis y la defensa de los beneficios, han lanzado la ofensiva contra los trabajadores, y, por otra parte, la clase obrera que se está concienciando de la necesidad de defenderse.

Mientras estamos escribiendo estas líneas, Valls multiplica las posturas y declaraciones de luchador de la patronal, diciendo que su ley pasará y que en este país no es la CGT la que hace la ley. Pero ya hemos visto a ministros o primeros ministros que estaban “bien plantados en sus botas” y juraban que no iban a ceder… y cedieron.

Puede que el gobierno y los dirigentes sindicales, incluso los de la CGT, encuentren un acuerdo que ambas partes llamen aceptable. Pero más allá de la oposición entre CGT y gobierno, está la lucha de clase, el enfrentamiento entre la gran patronal y la clase obrera. En esta lucha, no puede haber acuerdos aceptables por ambas partes. La burguesía seguirá utilizando todos los recursos posibles para sacar a costa de la clase obrera, de sus sueldos, sus empleos y sus condiciones de trabajo, lo suficiente como para preservar y aumentar sus beneficios.

Sea cual sea el final del movimiento que sigue desarrollándose, ¡que los que participan saquen la conclusión de que han tenido toda la razón!

Es una batalla de la clase obrera contra la burguesía y su gobierno. En cuanto a batallas, habrá otras, necesariamente. Y las lecciones de estos tres meses de lucha serán valiosas a la hora de emprender las futuras batallas.

Nadie puede decir ahora qué nueva provocación de la patronal y su gobierno podrá dar un nuevo impulso al movimiento actual ni lo que provocará un nuevo despertar de la clase obrera. Lo que parece más evidente es que, para cambiar la correlación de fuerzas con la gran patronal, el movimiento necesita coger más amplitud, agrupar a capas más grandes del mundo laboral y desarrollar más conciencia para amenazar más seriamente a la burguesía.
Aunque sólo una minoría ha decidido ponerse en lucha esta vez, es suficiente para dar un buen ejemplo a los demás trabajadores.

Hoy en día lo importante es que los trabajadores y militantes que se han empeñado en este movimiento saquen como conclusión que la lucha no sólo es necesaria sino también que es posible ganarla.

27 de mayo de 2016