El proletariado hoy en día

El proletariado, clase mayoritaria en el planeta

Como lo entrevió Marx, la tendencia general del capitalismo ha consistido en llevar a las clases que no son el proletariado hacia un declive irremediable. Artesanos, comerciantes, pequeños patronos, trabajadores independientes, es verdad que no han desaparecido, pero ya solo representan una pequeña minoría del mundo laboral, incapaces como son de resistir a la competencia de la gran industria. Para tomar solo el ejemplo de España ahora el 83% de la población activa es asalariada, en paro o en activo. Tanta propaganda con los emprendedores sólo intenta falsear la realidad. ¡Al fin y al cabo el capitalismo ha expropiado a muchos más pequeños propietarios de lo que ninguna revolución comunista hará nunca!

En cuanto a la cuestión del campesinado, en los países ricos, está zanjada desde hace tiempo: en España son el 6% de la población activa, en Francia, los agricultores ya solo representan el 3%, y en Estados Unidos, el 1,4%.

En el Tercer Mundo, subsiste, es verdad, una inmensa población de campesinos pobres –1.300 millones en el mundo solo trabajan únicamente con la fuerza de sus brazos. Esto no quita que a medida del transcurso de las décadas, la proporción de campesinos en la población mundial ha seguido disminuyendo ineluctablemente. Y el fenómeno se acelera: el número de habitantes de las ciudades, a nivel del planeta, ligeramente inferior al 30% en 1950, ha sobrepasado los 50% en 2007.

En todos los países que han vivido un desarrollo industrial importante, este éxodo rural es masivo: entre 1985 y 2009, en Brasil, la proporción de campesinos en la población activa ha pasado del 29% al 19%. En China, del 60% al 44%. Por supuesto, esta tendencia a la urbanización no significa automáticamente un desarrollo del proletariado industrial, ya que en las inmensas metrópolis, en las gigantescas chabolas de México, de India, de África, se encuentran más trabajadores precarios obligados a hacer mil trabajillos, parados, o incluso a veces mendigos hambrientos que asalariados de la industria. Y nadie puede predecir de que lado se pondrá este sub-proletariado en los sublevamientos futuros. Pero, en cambio, es cierto que la tendencia general de la evolución del capitalismo es la baja absoluta del número de campesinos en el mundo.

Sí que es el proletariado –es decir el conjunto de trabajadores asalariados– él que está a punto de convertirse, de manera absoluta, en la clase más numerosa en el planeta. El proletariado representaba en 2005, según un estudio de la OIT (Oficina internacional del trabajo), unos dos mil millones de seres humanos: la OIT contabilizaba en aquel entonces 600 millones de obreros de industria, 450 millones de obreros agrícolas, y cerca de mil millones
de empleados de los servicios.

Como las cifras generalmente admitidas dan cuenta de una población activa mundial de unos tres mil millones de individuos, el proletariado representa por lo tanto las dos terceras partes de ella, o la mitad si solo se cuenta el proletariado urbano. Lo que, confesémoslo, no está tan mal para una clase que se supone que ha desaparecido.

Pero la mayor parte de los detractores del marxismo se apoyan sobre el hecho de que son los asalariados de los servicios quienes representan la mayoría de los trabajadores, y que el proletariado industrial, por su parte, tendría tendencia a disminuir. Incluso si fuera verdad, esta afirmación no probaría en realidad gran cosa. No obstante, constituye una mentira flagrante.

Un reciente informe de la ONU indica que «se oye a menudo decir que la actividad industrial declina y que son los servicios los que dominan ahora la producción.» Los autores del informe, con cierto sentido común, relativizan esta conclusión haciendo notar que «si los servicios juegan un papel cada vez más importante, la industria, como fuente de todos los bienes materiales, sigue siendo el elemento clave de la economía.» Y el informe muestra, de paso, que solo los países ricos se ven realmente afectados por el auge de la economía de servicios. Los países del Tercer Mundo ven, al contrario, un neto aumento de la actividad industrial. En esos países, allí donde, aún hace treinta años, no existía por así decirlo más que un ínfimo proletariado industrial, las cosas han cambiado, y a veces mucho.

La clase obrera en los países del Tercer Mundo

Algunas cifras: en los últimos treinta años, según la OIT, en Filipinas, el número de trabajadores industriales ha duplicado, pasando de 2,6 a 5 millones; igualmente en México, pasando de 6,5 a 11,2 millones; en Indonesia, ha triplicado, pasando de 6,7 a 19,2 millones.

Y por supuesto es China la que representa, si no es en porcentaje sí en número absoluto de obreros, la evolución más espectacular: ¡si la industria en China empleaba a 20 millones de trabajadores en 1960, 77 millones en 1980, lo que ya era mucho, la cifra sería hoy de unos 210 millones! Es dos veces más que en todos los países ricos reunidos.

Desde los años 1970, asistimos a una verdadera explosión de la industria en los países pobres. El proletariado de estos países que antes, en la división internacional del trabajo, solo desempeñaba un papel de portador o de obrero agrícola, ha llegado a conocer las fábricas. La característica común de estas fábricas del Tercer Mundo, es que pertenecen la mayoría de las veces al sector de la industria de bienes de consumo, textil o electrónica, especialmente, y que están extremadamente poco mecanizadas. ¿Por qué los patronos invertirían en máquinas perfeccionadas, visto el precio de la mano de obra? Numerosos artículos y trabajos de investigación estos últimos tiempos han detallado la vida en esas fábricas de informática de China, o de textil en Bangladesh o Egipto. Todos estos testimonios muestran condiciones de trabajo y de vida que no tienen mucho que envidiar a las de los obreros del periodo de la revolución industrial… con la ignominia suplementaria que ya no estamos en 1820 sino en la época de la conquista espacial y de la ingeniería genética.

Una de las zonas industriales más gigantescas del planeta ha sido actualidad, estos últimos meses, por haber sido escenario de una serie de huelgas. Se trata de la ciudad de Shenzhen, en China. Esta ciudad tenía treinta mil habitantes en 1976. Hoy tiene dieciséis millones. Allí es donde se encuentran las fábricas del grupo Foxconn y sus doscientos mil obreros, subcontrata taiwanés de todos los gigantes de la informática. Foxconn fabrica especialmente los I-Phone y los Ipad. Foxconn en Shenzhen, es: sindicatos prohibidos, sueldos miserables, jornadas de trabajo de doce a catorce horas a menudo seis días a la semana, y un pequeño escándalo que estalló cuando dieciocho asalariados se suicidaron allí el año pasado. ¡Suicidios que no ha entendido para nada Steve Jobs, el patrón de Apple, ya sabéis, ese multimillonario tan «desenfadado» y que nunca lleva corbata: después de haber visitado las fábricas de Foxconn, ¡declaró que era sin embargo «un lugar más bien simpático»! Seamos justos: después de estos acontecimientos, Apple ha mandado a Foxconn que tome medidas contra los suicidios de sus obreros. Del dicho al hecho: Foxconn ha mandado instalar redes de seguridad en sus fábricas.

No lejos de allí, las impresoras Brother también se fabrican en un lugar «más bien simpático». Una entrevista de una joven china de dieciséis años, Li, es edificante: «Mi vida, es la fábrica», declara. Ella y sus cinco mil compañeros trabajan doce a catorce horas por día, seis días por semana, de pie delante de gigantescas líneas de ensamblaje, con prohibición de hablar. Li come tres veces al día en la fábrica y duerme 355 noches al año en los dormitorios comunes de la fábrica, habitaciones de diez camas. Todo esto, por 50 euros al mes.

Éstas son las condiciones de vida de los proletarios del Tercer Mundo. Y es más, China no es el país donde los obreros están peor pagados: las recientes huelgas que han tenido lugar en Shenzhen llevan a cierto número de capitalistas occidentales a des-localizar hacia países con menor coste todavía, como Vietnam o Bangladesh…

Evidentemente, hablan de las metrópolis imperialistas cuando sociólogos, economistas y comentaristas diversos se llenan la boca con «la desaparición del proletariado». Por supuesto, no se trata por nuestra parte de negar ni la des-industrialización relativa, ni las deslocalizaciones, ni el aumento notable del peso de los servicios en estos países. ¿Pero significa eso acaso que el proletariado haya desaparecido en ellos, o que ya no represente una enorme fuerza social? Evidentemente, no.

El descenso del número de trabajadores en el sector industrial, en los países ricos, no es tan enorme como querrían que creyéramos: de 1980 a 2009, oscila, en función de los países, entre el 5% y el 18%. Esta última cifra concierne los Estados Unidos, ¡lo que no impide que dicho país cuente todavía con no menos de 24 millones de obreros de fábrica!

Una sola clase obrera mundial

En realidad, la idea que debemos empeñarnos en defender, es que al fin y al cabo no existe más que un solo y mismo proletariado, una sola clase con intereses comunes, de una punta a otra del planeta. Con intereses comunes, e incluso, en la que cada miembro depende, en muchos aspectos, de todos los demás. Lo que la sociedad capitalista ha creado, es un mundo que hoy en día no es más que una gigantesca cadena de trabajo humano de la que es imposible distinguir el principio y el final.

¿Quién es capaz de decir cuántos trabajadores están implicados en la fabricación de un objeto tan sencillo como las patas de hierro de una silla? No se trata solo de los obreros de la fábrica que han producido estas piezas. Pero antes incluso de que los trozos de hierro pasen debajo de las prensas, está el resto: los que han construido la fábrica, los que han construido los materiales que han servido a construir la fábrica, los que han construido las máquinas. Y para que la materia prima misma llegue a la fábrica, han hecho falta mineros para extraer el hierro, dóckers para cargarlo en barcos, marineros para que funcionen. Y llegados al puerto, hacen falta todavía gruistas, ¡sin hablar de los obreros que han fabricado el barco y las grúas, los trabajadores del petróleo que han refinado el fuel y la gasolina que han servido a transportar a todo este personal, y así sucesivamente! Y antes de que el hierro llegue a la fábrica, hacen falta camioneros, y para que haya camioneros, hacen falta obreros que fabriquen camiones y neumáticos y carreteras, y antes, obreros que fabriquen asfalto. Y no hablamos aquí de todos los trabajadores que producen, para todos estos otros obreros, comida, bebida, ropa… De los enfermeros y enfermeras que los curan para que puedan volver al trabajo, de los maestros y maestras que les enseñan a leer, los contables y las secretarias… Y para que todo esto funcione hace falta una red de comunicación, teléfonos móviles, ordenadores, y todo esto es una vez más y siempre trabajo humano.

Entonces, no es exagerado decir que, visto desde este ángulo, en vuestra simple silla, está el resultado del trabajo de millones de trabajadores. ¡Dividiendo el trabajo, al final la burguesía ha unificado el mundo! Cosa que Marx, una vez más, había entendido perfectamente ya en su época: «La gran industria funda la historia mundial, volviendo cada nación, cada individuo, dependiente del mundo entero.»


Extracto del Círculo León Trotski de marzo de 2011, El proletariado internacional, !única clase capaz de poner fin al capitalismo y la explotación! (texto completo en francés)