El “procés”, una historia llena de maniobras de los nacionalistas

El llamado “procés”, proceso en castellano, es el camino que las fuerzas nacionalistas catalanas trazaron para llegar a la supuesta ruptura con el Estado español y llegar a la independencia. Este proceso comenzaba por la reivindicación de un referéndum para decidir la independencia. Era ejercitar el derecho de autodeterminación. En este proceso los partidos catalanistas, tanto de la derecha como del centro, han utilizado el nacionalismo para sortear sus crisis internas, desviar la indignación por la crisis social e imponer medidas antiobreras del mismo rasero que Rajoy. Es más, la derecha catalanista utilizó y utiliza su nacionalismo para mantenerse en el poder político de una forma oportunista, para combatir cualquier posibilidad de que la clase trabajadora pudiera encabezar ella misma una política contra la crisis.

Podemos decir claramente que tanto el Estatuto de 2006, que fue rechazado por el Tribunal Constitucional, como el camino hacia la independencia, han sido utilizado por los partidos de la burguesía catalanista y españolista para sus cálculos electoralistas y mantenerse en el poder, haciendo pagar la crisis a la población trabajadora y clases populares.

El primer jalón del “procés” fue la anulación del Estatuto aprobado en 2006 el 18 de junio que tuvo una participación del 48% en el referéndum; más de la mitad de la población en edad de votar se abstuvo. El PP pidió el no y realizó un recurso al Tribunal Constitucional. En 2010 el alto tribunal declaró fuera de la ley 14 artículos. Anulaba el carácter nacional de Cataluña, el sentido de “nación” como sujeto jurídico. Se anularon los derechos históricos de Cataluña, algo que sí reconocen los estatutos de Euskadi y Navarra. La relación bilateral entre la Generalitat y el Estado central se anulaba dejando por encima el Estado central. En cuanto a la lengua catalana se anulaba que en la enseñanza fuera la única lengua vehicular y preferente en la administración. Y se anulaba también el artículo del Estatuto que hacía prevalecer la fiscalidad de la Generalitat respecto a la del Estado.

El sábado 10 de julio de 2010 una gran manifestación en Barcelona abría la controversia con el Estado central y la desafección de una parte importante de los catalanes se hizo realidad. Bajo el lema “Som una nació. Nosaltres decidim” (somos una nación, nosotros decidimos) la manifestación fue incluso mayor que la de 1977, reivindicando el primer Estatuto. La Generalitat fue la convocante y la organizadora la asociación cultural catalanista Omnium Cultural.

Convergencia i Unio, el gran partido de la derecha catalanista, no desaprovechó el clima creado y comenzó a bascular hacia el soberanismo independentista. Esta manifestación oficial de las instituciones catalanas en la Diada, se realizaba bajo un fondo de crisis social y económica del capitalismo que estalló en 2007 y 2008. La derecha catalanista había perdido el gobierno de la Generalitat en 2006. Cuatro años después lo recuperó aumentando en un 8% sus votos. En noviembre de ese año, 4 meses después de la gran manifestación contra la anulación del Estatuto, Artur Mas se convertía en presidente.

El juego nacionalista de oposición le había dado resultado. ¿Y quién había apoyado a Artur Mas en la Generalitat con sus votos? El PP de Cataluña. Le dio los votos necesarios para aprobar los presupuestos. ¿Increíble? No tanto. Hay que entender que en la política de las clases dominantes, sus juegos, controversias y alianzas políticas que se realizan a través de sus partidos, el nacionalismo juega sus bazas para obtener prebendas fiscales o de otro tipo. Esta política es la forma de crear la falsa conciencia en la sociedad que impide ver quiénes son los enemigos y los falsos amigos de la clase obrera. Los nacionalistas vascos del PNV y catalanes de CiU han apoyado a Aznar y el PP o bien al PSOE siempre para sacar tajada fiscal en sus dominios.

Y como “entre pillos anda el juego”, cual conflicto entre mafiosos, Rajoy se negó a pactar con Mas el pacto fiscal para Cataluña en 2012. El “campeón” de los recortes en Cataluña, Artur Mas, no podía conseguir más dinero del Estado central. Los ladrones se peleaban. El pactismo inaugurado por Tarradellas y Pujol se había roto en plena crisis económica. El PP corrupto hasta la médula con una red mafiosa para gestionar los intereses del gran capital no podía permitir que el mafioso de CiU en Cataluña recibiera más dinero de los presupuestos del Estado. Presupuestos que se nutren en su mayor medida de impuestos indirectos como el IVA e impuestos a las rentas salariales, es decir del robo a la población trabajadora del Estado.

Los partidos nacionalistas agitaron sobre el “robo” fiscal de Madrid, el famoso “Madrid nos roba”, desviando el verdadero robo al mundo del trabajo por la burguesía hacia la fiscalidad territorial gestionada por los barones autonómicos de turno. Y la Diada de 2012 pasó a ser la Diada de la reivindicación nacionalista por excelencia: “Catalunya nou Estat d’Europa”, Cataluña nuevo Estado de Europa. Cientos de miles de personas apoyaron en el día nacional catalán el comienzo de la independencia con su nueva bandera, la estelada.

En este estado de cosas la crisis se acentuaba y golpeaba a las clases populares. La política de recortes, de privatizaciones, las reformas laborales, no sólo fueron apoyadas por CiU, sino que fueron más brutales que en otras autonomías. La política de Mas estaba orientada a la privatización masiva de la Sanidad y de la Educación. A su vez, al igual que el PP, el gobierno de Mas estaba de corrupción hasta arriba. Y era algo conocido, el mismo Pascual Maragall lo denunció sin hacer nada, el 3% de impuesto “contrarrevolucionario” que pagaban los capitalistas en Cataluña para mantener el partido. Esta corrupción, con Millet en el caso Palau, pero también el caso de los hospitales de Lloret y Gerona. En este último caso acabaron en los tribunales e, ironías de la vida, ¡resultaron acusados los periodistas que lo denunciaron y no los corruptos! Estas situaciones provocaron un clima de lucha que se expresó en las movilizaciones del 15M. Y tampoco le dolieron prendas al señor Mas y su partido a la hora de reprimir con los mossos cuantas manifestaciones se realizaron.

La huelga general de 2012 había sido general y masiva en contra de esas políticas antiobreras. En noviembre de 2012, Mas había convocado elecciones anticipadas con más de dos años de antelación. La manifestación de la Diada había visto pasearse al conceller de Interior de la Generalitat, muy independentista él, junto a las personas que había reprimido violentamente el año anterior.

El oportunismo de este nacionalismo catalán había creado el clima necesario de “unión nacional catalana” para salvar de la quema su política, desviar las energías hacia el “procés” para seguir en la cresta de la ola y poder manejar la política de la Generalitat. Quería aprovechar el tirón nacionalista de la Diada, así como frenar el deterioro de su partido que iba de descrédito en descrédito. CiU perdió 12 diputados y buscó en ERC, que había aumentado considerablemente sus votos, el apoyo necesario, y ya sin ambages, el pacto hacia la independencia con Oriol Junqueras. La jugada era de supervivencia.

La independencia tapaba la crisis social y las medidas contra las clases populares. El futuro radiante de un Estado catalán supliría las miserias cotidianas de la crisis. Precisamente la misma estrategia pero al contrario —la unidad de la patria— que desarrolla ahora el PP contra los catalanistas.

Oficialmente el “procés” se ponía en marcha con la consulta del 9-N de 2014. Fue una gran movilización patriótica catalanista y de rechazo al gobierno del PP. Millones de personas, incluidos inmigrantes y jóvenes de 16 años, fueron a votar. De los 2,3 millones de personas que votaron más del 80% votaron sí. La derecha catalanista había conseguido movilizar a millones de personas alrededor del independentismo y ponerse a la cabeza. Había conseguido focalizar en Rajoy y el Estado central toda la indignación popular provocada por la crisis capitalista, por las políticas de Rajoy —y Mas— y ocultarse detrás de ese enemigo.

Otra vez se anticiparon elecciones el 27 de septiembre de 2015. Ahora CiU se había convertido, refundado, en PDeCAT, y una coalición electoral con ERC que había tomado el nombre de Junts pel Sí (JxSí) centraba la campaña en la independencia. La matraca nacionalista no cesaba y los medios catalanes no hablaban de otra cosa. A esta coalición, ya claramente independentista, se le sumó otra, “referente” de la izquierda radical y anticapitalista, la CUP, que tendría el honor de ser el furgón de cola que aportaba los activistas necesarios, y más radicales, de esta unión nacional por la independencia. JxSí obtuvo 62 escaños, Mas y los suyos salieron beneficiados, ERC se posicionaba como referente principal catalanista y con la CUP –10 escaños— tenían la mayoría absoluta. No obstante no llegaban al 51% de los votos. Pero ya tenían vía libre para proseguir su camino a la República catalana. No sin antes cambiar de presidente. Mas estaba tan corrupto y quemado, que la CUP exigió el cambio de persona para el apoyo hacia la independencia. No sin antes votar en asamblea la decisión en unas votaciones partidarias.

Hasta ahora conocíamos las famosas votaciones a la búlgara de los partidos estalinistas, pero ahora tenemos votaciones a la CUP, un empate exacto sobre la investidura de Mas, —1515 votos a favor, otros tantos en contra— que daría finalmente el apoyo necesario a Carles Puigdemont que lo sustituyó. El nuevo “president” declaró que en 18 meses se declararía la independencia. A cambio de aprobar los presupuestos de 2017, Puigdemont se comprometió con la CUP a convocar el referéndum definitivo.

El 1-O se produjo esta movilización en el referéndum, con la represión del gobierno de Rajoy que ya conocemos. Esta ola represiva dio más fuerza a la movilización popular que organizó, contra viento y marea, las papeletas, las urnas, con los CDR en los barrios y pueblos y una ola masiva de participación de los sectores independentistas que se saldó con más de 800 heridos, y la extrema derecha saliendo de la caverna en todo el país exigiendo “Puigdemont a prisión”. La entrada en la cárcel de los representantes de la ANC y de Omnium, llamados popularmente los Jordis, más parte de los consellers, y el acuerdo entre las cúpulas de JxSí para la salida del “president” a Bélgica e internacionalizar el conflicto, son la continuación del “procés”. Los actos represivos del gobierno, la imposición del artículo 155 de la Constitución cesando al gobierno y el parlamento catalán y la convocatoria de elecciones para el 21 de diciembre, son los hechos más destacados de los últimos acontecimientos.

Con el “procés” Rajoy se ha ganado el apoyo de los sectores de la derecha en el país. Pero desgraciadamente también sectores populares lo apoyan. Es una evidencia que este partido, lleno de corrupción, al servicio de los grandes capitales, ha conseguido el apoyo de la población española que no quiere la partición del país. Con el PSOE y Ciudadanos nos preparan la legitimidad necesaria para imponer también las medidas económicas y sociales contra las clases populares. Además, en las próximas elecciones en Cataluña se prevé que habrá una gran movilización contra el independentismo, que ya están saliendo a la calle. Éste es el resultado final de los nacionalismos.

Supeditar los conflictos de clase y sociales a los conflictos territoriales, solo va a beneficiar a los “politicuchos”, élites políticas que les llaman, que seguirán chupando de las arcas públicas para beneficios de sus capitalistas. Porque en definitiva el problema de fondo para ellos es cómo gestionar el Estado para beneficio del capital e impedir la respuesta del mundo del trabajo, de las clases populares, a los problemas reales de la sociedad.

La República catalana que quieren Piugdemont y Junqueras es un Estado capitalista dentro de la Unión Europea con todas las de la ley, como repite Junqueras: la riqueza de Cataluña, su PIB, Barcelona el puerto más importante del occidente mediterráneo, etc. mantendría un Estado independiente rico, la Holanda del sur. Pero ese nuevo Estado es sumamente improbable pues la propia burguesía catalana tiene ya uno mejor, el español, que es un mercado mayor, que le da mucha más estabilidad, garantías y campo de acción.

No existe una burguesía periférica en contradicción con la de España pues la unificación del país con los Borbones se hizo a través de una división del trabajo y alianza entre la aristocracia y las burguesías en Cataluña y País Vasco, en la cual las regiones pobres y latifundistas proporcionaban la mano de obra barata a la industria vasca y catalana y después a Madrid, ya en los años 60 del pasado siglo.

Es más, toda la economía capitalista en Cataluña está integrada en España y en Europa. Las maniobras políticas de Artur Mas, primero, y después de Carles Puigdemont, junto a Oriol Junqueras, son su lucha por mantener su aparato de Estado, la Generalitat, su red clientelar de influencias con los capitalistas, sus negocios y estructura administrativa que le proporcionaba el poder político autonómico. Esta lucha contra el gobierno de Rajoy es una lucha por mantener ese poder, ante la crisis social y económica. La movilización popular los empujaban a esa salida que han utilizado para sus fines. Llegado al final del “procés” ellos creían que iban a obligar a una negociación con el gobierno central como han hecho hasta ahora. Sin embargo el resultado ha sido todo lo contrario.


La crisis política en Cataluña y su repercusión en España, diciembre de 2017

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