El movimiento obrero en Asturias

En Asturias, la población obrera fue creciendo y formándose a medida que se desarrollaba la explotación de las minas y la producción siderúrgica.

Iniciada a finales del siglo XVIII de forma rudimentaria por pequeñas empresas con capital autóctono, la minería asturiana sólo empezaría a desarrollarse verdaderamente a partir de la segunda mitad del siglo XIX con la demanda proveniente del tendido de vías férreas y, algo más tarde, gracias a la expansión de la siderurgia vasca.

Sin embargo, según el profesor David Ruiz, durante todo el siglo XIX “no predominó en Asturias el trabajador ‘proletario’ en el sentido y acepción que el término había reflejado un siglo antes en la Inglaterra de la revolución industrial.”

En efecto, hasta entonces, los mineros habían sido “obreros mixtos”, medio agricultores, medio mineros, que alternaban el trabajo de la mina con el del campo.

Con la concentración y la integración de empresas realizada a favor del proteccionismo económico instaurado por Cánovas, aumentaría considerablemente la producción hullera, (434.870 Tm. en 1885, por 1.557.910 Tm. en 1899). Ello exigía evidentemente una mano de obra fija, afincada alrededor de las minas y dispuesta a trabajar 10 horas o más diarias durante todo el año por unos salarios netamente insuficientes para cubrir las necesidades más elementales de las familias obreras. De ahí, dice D. Ruiz, “el recurso al destajo y al trabajo de niños y mujeres, particularmente en los casos que no existían ingresos agropecuarios suplementarios.”

A partir de entonces, el “obrero mixto” irá siendo sustituido por el “obrero proletario”, proveniente a menudo de Galicia y Castilla la Vieja, que presionará ya, de ahora en adelante, para conseguir mejores salarios y condiciones de trabajo.

Por su parte, los asalariados de la industria se concentrarán esencialmente en Gijón, Avilés y los alrededores de Oviedo. Esa aglomeración, así como las penosas condiciones de trabajo y de vida a que estaban sometidos, facilitarán la penetración de las ideas solidarias y de emancipación social preconizadas por los militantes socialistas y anarquistas de la época.

Orígenes del movimiento obrero asturiano

Las primeras agrupaciones socialistas surgirían en Gijón y Oviedo a principios de la década 1890-1900. En 1897, aparecerían en la zona minera (Salma de Langreo y Mieres). Tres años más tarde, en 1900, se celebrarían más de 70 mítines y conferencias. Según Francisco Mora, las agrupaciones socialistas se elevaron a catorce en la misma fecha, y el número de afiliados se acercaba a siete mil.

El anarquismo empezaría a abrirse camino unos años más tarde, en torno a 1898, extendiéndose primero entre los portuarios gijoneses y tratando luego de hacerlo en el interior del país; pero sólo consiguió prender entre los trabajadores de la “Duro Felguera”. Según el profesor Ruiz, “fueron los que podríamos denominar ‘trabajadores de superficie’, los de la empresa siderúrgica langreana, y los metalúrgicos de Minas y Fábricas de Moreda y Gijón, el sector obrero que alimentaría exclusivamente la línea anarcosindicalista en Asturias.”

Con el fin de contrarrestar la influencia socialista y anarquista entre la clase obrera asturiana, algunos sectores patronales y del clero intentaron crear un tipo de sindicalismo católico; pero sólo consiguieron incidir en sectores muy minoritarios de la clase obrera, ubicados principalmente en “Hullera Española”, propiedad del marqués de Comillas, uno de los principales promotores del sindicalismo católico en la cuenca minera del Valle de Aller.

1900-1910: años de lucha incierta

Una vez superada esta primera etapa, los obreros asturianos se mostraron prestos a comenzar el siglo XX protagonizando sus propias luchas contra el capital. A principios de enero de 1901, los portuarios de Gijón se declararon en huelga por sus salarios y condiciones de trabajo. Los trabajadores de la “Fábrica de Moreda y Gijón”, la principal industria de la ciudad, y los tipógrafos, se unieron a ellos. Por dos veces consecutivas, los patronos trataron de sustituir los estibadores del muelle contratando a trabajadores palentinos y leoneses. Pero vieron como, cada vez, estos trabajadores abandonaban el trabajo y se sumaban a la huelga. Finalmente, las disidencias entre socialistas y anarquistas, por un lado, y la intransigencia de los patronos – que disponían de una sección de la Guardia Civil -, por otro, acabaron debilitando el movimiento y, a partir del 20 de febrero, el hambre obligó a los huelguistas a reanudar el trabajo. Los últimos en hacerlo fueron los metalúrgicos de la “Moreda y Gijón”, los cuales fueron obligados por la dirección de la fábrica a solicitar individualmente su readmisión. Así terminó la primera lucha de la clase obrera gijonense.

Hasta 1906, hubo toda una serie de conflictos originados por la carestía de la vida y la arrogancia de los patronos, los cuales, frente a la recesión industrial, trataban de endurecer la disciplina laboral y de rebajar los salarios.

Finalmente, en enero de 1906, la dirección de la Fábrica de Mieres anunció que todos aquellos trabajadores que, según ella, “se habían apartado ostensiblemente de la práctica del catolicismo”, verían sus salarios disminuidos en un 10%. Así respondía la patronal a la petición de un aumento del 10% que los trabajadores habían respaldado dos meses antes con una huelga y que sólo habían suspendido tras la promesa del gobernador de que ésta reivindicación sería satisfecha “dentro de dos o tres meses”. Sintiéndose burlados, los trabajadores se lanzaron de nuevo a la huelga; pero la dirección no estaba dispuesta a ceder ni a aceptar una nueva mediación del gobernador. Al contrario, nombró una comisión, prontamente bautizada “Gabinete Negro”, cuya misión era eliminar mil obreros entre los que “pareciesen peores”. Con tales métodos, consiguió yugular el movimiento y, al finalizar la huelga, el “Gabinete Negro” expulsó y condenó al hambre a más de 700 trabajadores y sus familias.

Nacimiento del sindicato minero: primeras victorias

Estos resultados adversos, que mostraban la fuerza y poderío de la patronal asturiana, exigían una organización obrera capaz de agrupar y de coordinar la lucha minero-siderúrgica. Con ese fin se crearía en 1910 el poderoso Sindicato Minero, la organización que desempeñaría un papel hegemónico entre el proletariado asturiano hasta la revolución de octubre de 1934, agrupando en su seno tanto a los mineros como a los trabajadores de las industrias utilizadoras de carbón.

Ante la amenaza que significaba para ellos el Sindicato Minero, que contaba ya en sus inicios con 10.000 afiliados, los patronos crearon su propia organización, la Asociación Patronal, y fomentaron el sindicalismo amarillo impulsando la creación de sindicatos católicos. Pero el Sindicato Minero consiguió imponerse desde un principio a éstos y a la patronal obligando, primero, a la Fábrica de Mieres – que mantenía en su seno a un sindicato católico desde 1906 – a readmitir a 36 trabajadores despedidos por no haberse presentado al trabajo el 1º de Mayo. Con esta victoria, el Sindicato Minero arrastró hacia él a la mayoría de los afiliados al Sindicato Católico de la empresa. Luego sería la “Hullera Española”, feudo de la Asociación de Obreros Católicos, quien despediría a un trabajador bajo la acusación de haber hecho propaganda socialista. El Sindicato Minero entró de nuevo en acción y, al cabo de una accidentada huelga que duró 12 días, forzó la readmisión del despedido.

Simultáneamente, el Sindicato Minero mostraba su influencia paralizando totalmente las cuencas durante tres días en el curso de una huelga de solidaridad con los trabajadores de Vizcaya, Sevilla, Valencia y Barcelona, que habían secundado la huelga lanzada por la UGT el 18 de septiembre de 1911.

Huelga de la “Duro Felguera”: la división provoca la derrota

Sin embargo, el año siguiente, este mismo sindicato prestaría muy poca ayuda a los huelguistas de “Duro-Felguera” – pertenecientes en su mayoría a la recién creada CNT – en la larga lucha que les enfrentó durante cerca de medio año con la dirección de la más importante empresa siderúrgica de la cuenta langreana. Al cabo de tres meses, la situación se hizo dramática al agotarse los fondos del Centro Libertario que hasta entonces había estado repartiendo pan a dos mil familias. A finales de 1912, cuando se cumplían cinco meses de huelga, la Federación Socialista de Oviedo se decidió por fin a ayudar económicamente a los huelguistas. Y fue a través de esta ayuda que el Sindicato Minero consiguió penetrar en el feudo anarquista e imponer, en un ambiente de gran tensión y de violentos incidentes debido a la utilización de esquiroles por la patronal, al socialista Teodomiro Menéndez como mediador entre la empresa y los trabajadores. Pero Menéndez no consiguió nada, salvo evitar la puesta en práctica de medidas selectivas cuando se produjera la readmisión de los huelguistas. Sintiéndose aislados e impotentes, sufriendo dramáticas privaciones de todo género, éstos tuvieron que aceptar las condiciones impuestas por la patronal.

Esta derrota, además de sembrar la desmoralización en uno de los sectores más combativos del proletariado asturiano, contribuyó a reavivar las viejas rencillas entre anarquistas y socialistas. Pero la situación cambiaría radicalmente al estallar la primera guerra mundial.

El sindicato minero abandona las andaderas

A partir de 1914, la neutralidad española provocó una especulación desenfrenada en los mercados internacionales por parte de empresas y negociantes, así como una lluvia de pedidos para los fabricantes, principalmente en las industrias sidero-metalúrgicas, químicas y textiles. Los precios de los artículos de primera necesidad se dispararon y se agudizó desmesuradamente la diferencia entre precios y salarios, (entre 1914 y 1917, el coste de la vida aumentó un 50%, mientras que el salario medio industrial había subido sólo un 10%). Ello provocaría, por un lado, una oleada de indignación popular, y, por otro, contribuiría a madurar la conciencia de clase y a dar mayor amplitud y vigor a las luchas sociales.

En julio de 1916, la UGT y la CNT firmaban en Zaragoza un pacto de unidad de acción sobre las reivindicaciones del momento. Al mismo tiempo, los ferroviarios decidían ir a la huelga por sus propias reivindicaciones y el reconocimiento del Sindicato Ferroviario. La respuesta del gobierno fue militarizar a los huelguistas y decretar el estado de guerra.

En Asturias, el Sindicato Minero, contra el criterio del Comité Nacional de la UGT y del propio Pablo Iglesias, decidió sumarse a la huelga por solidaridad con los ferroviarios. Era la segunda intervención del proletariado asturiano en un movimiento ajeno a su sector económico y su geografía. Pero fueron precisamente los mineros quienes contribuyeron de una forma decisiva, al paralizar las cuencas en un período de superproducción y grandes ganancias empresariales, a hacer retroceder el gobierno frente a los ferroviarios.

Un año después, el proletariado asturiano volvería a participar plena y decididamente en un movimiento nacional movido, una vez más, no por sus propias reivindicaciones – relativamente satisfechas en razón de la coyuntura económica –, sino por “el hambre de horizontes” que canta Víctor Manuel, por espíritu de solidaridad con todos los trabajadores de España.

La huelga revolucionaria de 1917

La huelga de agosto de 1917 surgió como expresión del descontento de la clase obrera y de amplios sectores de la clase media que deseaban provocar un cambio de régimen. No vamos a extendernos aquí sobre las ambigüedades y la precipitación que predominaron en el lanzamiento de esta huelga ni sobre las ilusiones de la izquierda en cuanto a la posible intervención del ejército a favor de aquel intento de derrocar un régimen del cual también él estaba descontento.

El 13 de agosto, la huelga fue total en todo el país. Y el ejército intervino; pero no para apoyar la “iniciación del cambio de régimen, necesario para la salvación de la dignidad, del decoro y de la vida nacionales”, como pedía cándidamente el Comité de Huelga, sino para reprimir y aplastar el movimiento al lado de la Guardia Civil.

A finales de agosto, la huelga estaba ya vencida. Según F. G. Brugera, hubo 328 muertos en el Norte, 37 en Barcelona, 18 en Madrid; 4 en Río Tinto; 1 en Yecla…

Pero, en Asturias, donde el ejército y la Guardia Civil se habían entregado a una represión desenfrenada sin conseguir hacerse dueños de la situación, la huelga duró dos meses debido principalmente a las medidas selectivas y a las penalizaciones económicas (entre ellas, una disminución de los salarios del 10%) adoptadas por la Asociación Patronal. Con lo cual, ésta rompía la breve etapa de relaciones pacíficas propiciada por los grandes beneficios que la guerra reportaba a los empresarios y que les permitieron preservar la paz social a cambio de conceder una prima anual al Sindicato Minero y un aumento salarial del 20% a los trabajadores.

Para acabar con la resistencia obrera, el general Burguete dio carta blanca a las fuerzas represivas que actuaban en Asturias. “Hay que cazar a los obreros como si fueran alimañas”, dijo en un llamamiento que ha pasado a la historia como el “Bando de las alimañas”. Comentando estos acontecimientos, David Ruiz escribe: “El primer enfrentamiento de carácter violento surgió cuando un grupo de mineros se dirigió a realizar los trabajos de conservación, incidente que marcará el inicio de una cadena de registros domiciliarios, torturas, encarcelamientos, muertes y sabotajes del ferrocarril realizados por los huelguistas; y la respuesta del Gobierno haciendo circular las unidades conocidas con el nombre del ‘Tren de la Muerte’ y, finalmente, la huida de mineros a las montañas. Este fenómeno – añade – se repetirá en octubre de 1934 y después de la guerra civil…”

Brotes de colaboracionismo y escisión socialista

Entre 1917 y 1923, las luchas sociales recrudecieron en Gijón, y también en las cuencas mineras, a pesar de la prudente y conciliante actitud que irá adoptando el Sindicato Minero después de la huelga del 17 y frente a la crisis del sector provocada por el fin de la guerra. Durante este período, la patronal conseguirá imponer reducciones de salario y de jornada, e incluso podrá utilizar la fuerza sindical para obligar al gobierno a adoptar medidas proteccionistas. Ello provocaría frecuentes fricciones e incidentes en el seno del Sindicato Minero, la dirección del cual se verá acusada de aburguesamiento, de oportunismo y hasta de traición por los sectores más combativos del sindicato. Finalmente, estos sectores pasarán a engrosar las filas del PCE en 1921.

A finales de 1918, las tendencias más combativas y radicalizadas del PSOE y la UGT se habían aglutinado ya en el “Comité por la III Internacional”. Pero ésta no existía todavía y, aunque entre los socialistas se acentuaban la división de opiniones en torno a la revolución rusa, no se sentían obligados a definirse en tanto que partido. Las cosas cambiaron sin embargo, a partir de la creación, en marzo de 1919, de la III Internacional.

La discusión acerca de si se debía entrar o no en la III Internacional fue larga y laboriosa en el seno del PSOE. Fueron precisos nada menos que tres Congresos extraordinarios, desde diciembre de 1919 hasta abril de 1921, para resolver la cuestión. Al tercero se llegó con empate entre partidarios y contrarios de la III Internacional (los primeros habían vencido en el primer congreso y los segundos en el segundo). Finalmente, por 8.000 votos contra 6.025 los delegados se pronunciaron por una solución salomónica; el PSOE no ingresaría ni en la Segunda ni en la Tercera Internacional, sino en las Dos y Medio (la Unión de Viena, centrista que más tarde se uniría a la II Internacional).

Los delegados partidarios de la III Internacional se retiraron del Congreso y fundaron el Partido Comunista Obrero, el segundo partido comunista existente, pues los jóvenes socialistas habían creado el Partido Comunista Español un año antes. De la fusión de ambos saldría el PCE, el 14 de noviembre de 1921.

Las zonas de mayor influencia del nuevo partido eran indudablemente Vizcaya y Asturias, integradas en la Federación Regional del Norte del PCE. En Asturias, los comunistas agrupados alrededor de Isidoro Acevedo, Lázaro García, Amador Llaneza, José Calleja, Matías Suárez Fierros, martirizado en la represión de 1917, Benjamín Escobar y el abogado y periodista de Langreo, Loredo Aparicio, entre otros, constituyeron el núcleo primitivo del Partido Comunista.

Pero, mientras en Vizcaya el PCE había conquistado la mayoría de los sindicatos y ejercía una influencia determinante en el Sindicato Minero, en Asturias, los socialistas conservaron la suya en las cuencas mineras y procedieron a expulsar a todos los disidentes y la incipiente minoría comunista sólo pudo incidir en el Sindicato Único de Mineros.

El sindicato minero y la dictadura primoriverista

Durante la dictadura del general Primo de Rivera, el Sindicato Minero adoptará, igual que la UGT y el PSOE, una actitud colaboracionista con el régimen. Manuel Llaneza, el líder del Sindicato Minero, fue el primer dirigente socialista convocado por el dictador, el cual le propuso formar parte de una comisión técnica destinada a “mejorar el bajo rendimiento en la extracción de la hulla”. A partir de entonces, Manuel Llaneza visitaría o se dirigiría al dictador en busca de soluciones cada vez que surgiría un problema laboral en Asturias.

Un año después Largo Caballero tomaría la posesión de su cargo de Consejero de Estado, con el beneplácito de la mayoría de los dirigentes del PSOE. Uno de ellos, Andrés Saborit, en su biografía de Besteiro, dijo que “desde el primer instante que habíamos considerado nombramiento tan discutido como uno de tantos de los que se hacían dentro del movimiento obrero.”

¿De qué movimiento obrero habla Saborit? Se precisa, desde luego, una considerable dosis de hipocresía para hacer tamañas generalizaciones cuando, antes del nombramiento de Largo Caballero, el Directorio había disuelto ya al Partido Comunista y sus Sindicatos Únicos, prohibido las manifestaciones obreras del 1º de Mayo de 1924 y clausurado todos los locales de la CNT, cuyos dirigentes se hallaban en la cárcel, en la clandestinidad o en el exilio.

El nombramiento de Largo Caballero era “uno de tantos”, desde luego; pero única y exclusivamente dentro del PSOE y la UGT, cuyos dirigentes ocuparon puestos en el Consejo de Estado, Consejo de Trabajo, Consejo Interventor de cuentas del Estado, Comisión Interina de Corporaciones, Consejo Técnico de la Industria Hullera, Tribunal de Cuentas, etc., etc., mientras las demás organizaciones del movimiento obrero eran perseguidas y silenciadas por la dictadura.

En Asturias, esta política de colaboración de los socialistas con el Estado corporativista y dictatorial de Primo de Rivera llevaría al Sindicato Minero al borde de la ruina. Entre 1927 y 1929, escribe David Ruiz, “la organización sindical minera pareció desmoronarse: los veinte mil afiliados con que aproximadamente contaba en 1921, quedaron reducidos a escasamente tres mil en 1929.”

En efecto, durante este período, y a pesar de la huelga económica que el Sindicato Minero se vio obligado a plantear en 1927, se rebajaron los salarios, se aumentó la productividad y miles de obreros fueron despedidos o se vieron reducidos a no poder trabajar más que medio mes.

Según contó el propio Llaneza, cuando se fue a Madrid para explicar, como de costumbre, la situación al dictador, éste le respondió: “Ustedes se alarman demasiado, más vale trabajar dieciséis días que nada” (con lo cual vemos que Felipe González, repitiendo hoy la misma cantinela respecto a los contratos temporales y a tiempo parcial, tiene un ilustre predecesor).

Preso en el engranaje del colaboracionismo, el Sindicato Minero derechizó cada vez más sus posiciones. “…el Comité del sindicato – dice David Ruiz – justificó su inoperancia achacando el apartamiento obrero de sus filas, a la imposibilidad de proseguir consiguiendo mejoras económicas, e incluso arbitrando una medida tan extravagante como reaccionaria que consistía en la expulsión de las cuencas de aquellos trabajadores que no fueran asturianos…”

En 1930, el general Primo de Rivera será sustituido por otro militar, el general Berenguer, en un último intento de Alfonso XIII para salvar su trono. Pero la caída de Primo de Rivera no era más que el preludio de la del rey.

En Asturias, el Sindicato Minero, tras la muerte de Manuel Llaneza, estaba ya dirigido por González Peña, Belarmino Tomás y Amador Fernández, que le imprimieron un rumbo más de acuerdo con los tiempos que corrían, al igual que lo estaban haciendo a nivel nacional la UGT y el PSOE.

Con la llegada de la República, el Sindicato Minero tratará de superar y de hacer olvidar los años de reformismo y de colaboración del período anterior, y, en 1934, aparecerá como uno de los principales impulsores de la insurrección proletaria de Asturias.


80 años de la Comuna de Asturias de 1934, octubre de 2014