El golpe de Estado del 23-F

Estos días tanto en prensa como en la TV se han emitido reportajes sobre este acontecimiento. Hace ya 37 años de los hechos y el velo que lo ocultaba, el mito a que dio lugar se deshilacha, saliendo a la luz la verdad o parte de ella. El mito nos habla de un rey democrático que paró el golpe. Desde ese día Juan Carlos fue rey realmente constitucional, democrático, ganó la credibilidad necesaria y que fue fabricada por los políticos del régimen y por la izquierda parlamentaria de la época. Tanto PSOE como PCE contribuyeron a dar el pedigrí democrático al régimen difundiendo la idea de que Juan Carlos frenó a los golpistas, que estabilizó el sistema democrático y erradicó la posibilidad de una vuelta a la dictadura.

Hasta ahora, tanto la izquierda oficial como la derecha, habían establecido un consenso para la explicación del relato. Para los que no lo sepan: la ocupación del congreso de los diputados por un grupo de guardias civiles al mando del coronel Tejero supuso la puesta en marcha de un golpe de Estado organizado por militares y fuerzas ultraderechistas. Como todos sabemos, el intento de golpe de Estado fracasó, y desde el momento en el que Juan Carlos, en la madrugada del 23 de febrero, manifiesta su apoyo al régimen constitucional en las pantallas de TVE, el golpe se desactiva. La organización del golpe, la trama civil y militar no fue investigada a fondo. Fueron las figuras responsables y públicas de ese momento las que fueron juzgadas. Tejero, Armada, Milans del Boch, García Carrés – el único civil-, fueron encarcelados y posteriormente recuperaron la libertad, indultados en unos casos, cumplida parte de la pena en otros.

En el juicio, los encausados intentaron denunciar la implicación de Juan Carlos. Naturalmente, fue desmentida en todos los medios y atribuido al monarca el fracaso del golpe. Pero insistentemente todas las investigaciones serias posteriores, dejan en entredicho esta versión de los hechos y todas implican, más o menos directamente, al rey en los entresijos golpistas o por lo menos lo sitúan en los prolegómenos de las tramas preparatorias.

Situación política y económica en crisis

El proceso de transición estaba en crisis. El nacionalismo crecía y las autonomías se habían convertido en arena de disputa para obtener trozos más grandes del pastel estatal. Los gobiernos de UCD eran débiles, y el partido que los sustentaba estaba resquebrajado y sin dirección. Adolfo Suárez estaba discutido, las peleas con el rey eran publicas y éste no hacía más que ponerle palos en su rueda.

La actuación de ETA ponía en solfa las fuerzas de orden público y en 1980, ETA había matado casi a un centenar de personas, en su inmensa mayoría policías y militares. En medios políticos que comprendían al PSOE –y hasta a algunos comunistas- se hablaba abiertamente de la necesidad de un gobierno de concentración e incluso del general Armada, íntimo colaborador del rey, como cabeza del mismo.

El malestar en el ejército se debía a los atentados de ETA. La impotencia gubernamental para ponerle coto redoblaba el ruido de sables. Las manifestaciones de la derecha franquista, desprestigiada y sin base social ninguna, y de la extrema derecha hacían continuamente apología de la dictadura, del dictador y exigían mano dura. Además el ejército, la policía y los altos funcionarios del Estado provenían de la dictadura, de la guerra civil, y aunque la mayoría no quería problemas y querían un régimen estable al modo europeo, simpatizaban muchos de ellos con la ultraderecha. No se había dado una depuración en estos cuerpos represivos. Ni siquiera superficial. Eran anticomunistas rabiosos muchos altos mandos y vieron a Suárez como traidor al legalizar al PCE.

La izquierda de base, hasta ese momento, mostraba una notable falta de entusiasmo por la apertura política de los franquistas. Aunque en 1976-1977 los grupos de izquierda argüían no apoyarla por desconfiar de que el gobierno de Franco fuese sincero en sus propósitos aperturistas. Muchos militantes, cuadros y afiliados a los partidos de izquierda no comulgaban con las ruedas de molino que sus dirigentes intentaban hacerles tragar en el pacto con los antiguos franquistas. Sobre todo el PCE y Santiago Carrillo había aceptado la monarquía, la bandera franquista y monárquica. Finalmente, el referéndum convocado para el 15 de diciembre de 1976 por el gobierno franquista, que fue convocado sin ninguna garantía democrática, hizo replantearse la estrategia de la ruptura. Resultaba más práctico sumarse al proceso de Suárez y conseguir sus poltronas políticas.

Por otra parte la crisis económica golpeaba a las clases populares duramente. El coste de la vida subía y los pactos de la Moncloa aprobados por la izquierda parlamentaria, aceptados por UGT y CCOO, en 1977 solo habían conseguido machacar a la clase trabajadora disminuyendo su nivel de vida, con cierta radicalización que se manifestaba en la calle y en organizaciones revolucionarias, como la CNT y partidos de extrema izquierda.

23-F: un antes y un después

Ya sabemos la implicación de Juan Carlos en las intrigas palaciegas, entre los mandos del ejército, los políticos y parlamentarios. El rey intrigaba buscando soluciones que estabilizaran el proceso de la transición. A la espera de que se abran y se estudien todos los documentos secretos sobre el tema que darán luz al proceso, lo cierto es que a partir del 23F el rey se armó de la credibilidad social necesaria para mantenerse en el poder, los políticos de las organizaciones obreras se integraron en el régimen y así como los sindicatos.

El apoyo del gran capital español al régimen mantuvo incólumes las fuerzas del Estado necesarias para la supervivencia de su poder. Se puede decir que a partir del fracasado golpe de Estado de Tejero y sus amigos, el aparato de Estado, las instituciones se estabilizaron y quedó más claro aún que, gobernara quien gobernara, el sistema económico y social del capitalismo quedaba a salvo. La victoria de Felipe González de 1982 confirmó los hechos. La población trabajadora le dio el apoyo electoral necesario para gobernar ante el miedo a una nueva dictadura. Y lograron, con Felipe, la estabilidad del régimen capitalista, a costa de la clase obrera que sufrió el paro crónico, la precariedad laboral y reformas laborales tras reformas que debilitaron, dividieron y aislaron a los trabajadores para mayor beneficio de la burguesía.

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