De la República de abril a la insurrección de Octubre

La transición de la Monarquía a la República se hizo sin sangre ni violencia porque los hombres que tomaron el poder el 14 de abril de 1931 lo hicieron no para realizar la revolución, sino para evitarla. En el fondo, la proclamación de la República no fue más que un intento realizado a la desesperada por la burguesía y los grandes terratenientes para preservar sus privilegios. Dejaron las manos libres a republicanos y socialistas, al bloque que, como dijo Trotski, “… se ha situado en el terreno de la instauración de la Repúblicad a fin de impedir a las masas tomar el camino de la revolución socialista.”

La amarga experiencia republicano-socialista

Colaborando directamente con los republicanos, los dirigentes socialistas se convirtieron en los mejores auxiliares en la maniobra realizada por las clases explotadoras. Según ellos, todo debía supeditarse a la “consolidación de la República”. Con este pretexto, se pasaron a segundo término todos los problemas fundamentales de la revolución democrático-burguesa: el de la tierra, el de las nacionalidades, el de las relaciones Iglesia-Estado, el de la transformación del burocratizado aparato administrativo del Estado y de la lucha contra la reacción. La única clase que se benefició de la llamada “consolidación de la República” fue la burguesía, que pudo superar así los momentos más difíciles y luego, una vez reforzadas sus posiciones, lanzarse a liquidar violentamente todas las anteriores conquistas del proletariado.

Los socialistas también aprovecharon este período para fortalecer, como ya habían hecho durante la dictadura, sus propias organizaciones. Examinando la estrategia de los socialistas en este período, Jon Amsden, en su libro “Convenios Colectivos y lucha de clases en España”, escribe: “Los socialistas, al llegar la Segunda República, conservaban la intención de mantener a ultranza su ‘monopolio’ de la organización obrera y de reforzarlo en cuanto fuera posible. La CNT, por supuesto, salió de la ilegalidad pero, con Largo Caballero de Ministro de Trabajo, una situación de seria desventaja para los anarco-sindicalistas, Largo Caballero diseñó un sistema laboral con claras reminiscencias del creado por Aunós (los ‘Comités paritarios’ recibieron el nuevo nombre de ‘jurados mixtos’). De todas maneras, llega a sorprender que su Ley de Asociaciones profesionales fuera tan claramente en contra de la CNT.”

El principal objetivo de todas esas leyes y de la infinidad de organismos burocráticos que se crearon para aplicarla era, como es obvio, el de mantener la paz social. Se trataba de reducir la misión de los sindicatos a negociar con los patronos las bases del trabajo y a recurrir, en caso de desacuerdo, a los jurados mixtos en busca de una conciliación; mientras que, al mismo tiempo, se restringía el derecho de huelga estableciendo la obligación de anunciarla con 8 días de antelación. Igual que durante la dictadura, la burocracia sindical y los funcionarios del partido socialista se lanzaron en masa a ocupar puestos en los jurados mixtos, bolsas de trabajo, comisiones gestoras y todos los organismos encargados de aplicar las leyes que brotaran del Ministerio del Trabajo.

“Un verdadero ejército de empleados del gobierno, la mayor parte de ellos socialistas, hizo su aparición para afianzar las nuevas leyes y servirse de ellas, en lo posible, para extender la influencia de la UGT a expensas de la CNT”, diría Gerald Brenan.

En “Comunismo”, órgano de la Oposición Comunista Española (OCE), Henri Lacroix escribía en 1932: “Hoy los socialistas españoles pueden contener un poco a los ‘disidentes’ jefes obreristas porque todos tienen enchufes y colocaciones de la ‘República de trabajadores’. Mañana, cuando la socialdemocracia española pase a la oposición, cuando no haya ministros ni enchufes socialistas, se planteará el caso de Alemania, el de Inglaterra: la lucha por el miedo que supone el divorcio de la clase obrera”.

El viraje socialista de 1933

El pronóstico de Henri Lacroix se confirmaría bien pronto. En noviembre de 1933, en el curso de unas elecciones celebradas en un clima de desencanto de la clase obrera y de los trabajadores del campo por la inoperancia de la coalición republicano-socialista durante el primer bienio, y con el drama de Casas Viejas al fondo, la derecha más reaccionaria, agrupada en la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA), dirigida por Gil Robles, se alzó con la victoria, iniciándose así el llamado “bienio negro”.

Tras su descenso del Olimpo gubernamental, la actitud de los dirigentes socialistas cambió radicalmente en unos meses. El ex ministro de Trabajo Largo Caballero se declaró partidario de la “dictadura del proletariado” y de la “revolución social”; al tiempo que su viejo rival, el ex ministro de Hacienda Indalecio Prieto, trataba de demostrar su “militancia proletaria” introduciendo armas de contrabando en Asturias a bordo del célebre yate “Turquesa”. Demostración que, por lo demás, le salió bastante deslucida; pues el alijo de armas fue interceptado por los carabineros y, ante el cariz que tomaban las cosas, nuestro héroe prefirió ponerse a salvo huyendo a Francia, donde permanecería hasta finales de 1935.

Cabe pensar que lo ocurrido en Alemania en 1933, donde los socialistas fueron borrados sin pena ni gloria del mapa político por los nazis, o en Austria, donde el canciller cristiano-populista Dollfuss (cuya política era imitada por Gil Robles en España) deshizo a cañonazos los barrios obreros de Viena, el último reducto de los socialistas austriacos, tuvo cierta influencia en el viraje efectuado por el grupo encabezado por Largo Caballero.

“No nos dejaremos intimidar como los socialdemócratas alemanes ni permitiremos que se nos acorrale como a los socialistas austriacos”, repetían incansablemente los dirigentes del PSOE y la UGT. Pero como se encargarían de demostrar posteriormente los hechos, todas sus amenazas tenían más que un objetivo: intimidar a la burguesía para que ésta no se atreviera a consumar la obra iniciada tras la victoria del bloque reaccionario Leroux-Gil Robles, dando entrada en el gobierno a los hombres de la CEDA, que era una de las etapas que Gil Robles se había fijado para llegar al poder. “La democracia – había dicho Gil Robles poco antes de las elecciones de 1933 – es para nosotros no un fin, sino un medio para llegar a la conquista de ese nuevo Estado. Cuando llegue el momento las Cortes se someterán o las haremos desaparecer”.

Pero si bien la fraseología revolucionaria permitió a los dirigentes socialistas acrecentar su influencia entre unas masas obreras y campesinas radicalizadas y francamente hostiles a la política reaccionaria del gobierno, la derecha no la tomó demasiado en serio. “Vosotros los socialistas seréis siempre incapaces de desencadenar la revolución, porque la teméis; sabemos que de vuestra parte todo quedará en palabras”, les había dicho Gil Robles.

En esto por lo menos, Gil Robles tenía razón. Lo que realmente temía la burguesía no era el verbalismo revolucionario de los dirigentes socialistas, sino el hecho que sus promesas de desencadenar la revolución eran recibidas con entusiasmo por las masas obreras y campesinas, y éstas sí estaban dispuestas a transformar las palabras en actos.

1934: entre las luchas obreras…

Albañiles, metalúrgicos e impresores lanzaron varias huelgas reivindicativas al comenzar el año. A finales de marzo, la CNT consiguió paralizar Zaragoza durante seis semanas en el curso de una huelga general desencadenada para exigir la liberación de los apresados en el fracasado levantamiento anarquista de diciembre de 1933. Y, cuando las familias de los huelguistas se enfrentaron con el fantasma del hambre, la clase obrera de Barcelona y Madrid participó en un gran movimiento de solidaridad acogiendo a sus hogares a las mujeres y los niños de los huelguistas.

“A los pocos días – cuenta Munis – faltaban en Zaragoza niños y mujeres para satisfacer las ofertas de alojamiento”. El 22 de abril, cuando Gil Robles intentó hacer una gran manifestación de masas en El Escorial, los trabajadores de Madrid – como lo harían después los de Asturias contra la concentración de Covadonga – respondieron desencadenando una huelga general que dejó completamente paralizada la ciudad durante 24 horas, impidiendo así la llegada a El Escorial de la mayoría de los asistentes previstos.

…y la huelga campesina

En el campo, donde la reducción de los salarios y los despidos de trabajadores habían traído un aumento enorme de la miseria, se venía hablando desde hacía meses de una huelga de los jornaleros agrícolas. Según fuentes oficiales, en 1934, había 150.000 familias de campesinos que carecían de lo más indispensable. Ante una cosecha de trigo que se anunciaba como la más abundante de todos los tiempos, la Federación de Trabajadores de la Tierra de la UGT pidió el restablecimiento de los salarios que se pagaban durante el período de Azaña y la supresión de las discriminaciones en la otorgación del trabajo, anunciando que declararía la huelga a partir del 5 de junio si estas peticiones no eran atendidas. Los patronos, sintiéndose estimulados y protegidos por el gobierno, se negaron a pagar los salarios exigidos y en ciertas zonas siguieron poniendo en la lista negra a los obreros de la CNT y la UGT. El 5 de junio, la huelga era efectiva en más de 1.500 términos municipales y se extendió a casi toda España, alcanzando el máximo apogeo en las regiones latifundistas.

El gobierno respondió decretando que la recolección de la cosecha era un “servicio público”, suspendió los derechos de reunión e impuso la censura en las regiones afectadas. Recurrió a la Guardia Civil y la de Asalto y detuvo a 7.000 campesinos durante las dos semanas que duró la huelga, muchos de los cuales fueron enviados a varios ce ntenares de kilómetros de distancia del lugar de su detención. Finalmente, el 20 de junio, vencidos y desmoralizados, los obreros agrícolas reemprendían el trabajo…

Mucho se ha especulado luego sobre la conveniencia o no de convocar esta huelga. El sector de Largo Caballero, obsesionado por la idea de responder con un movimiento revolucionario a cualquier tentativa de la derecha para formar un gobierno con participación de la CEDA, la consideró prematura e inoportuna y no hizo nada para extenderla a las ciudades. En cambio, G. Munis, el representante de la Izquierda Comunista (OCE) en la Alianza Obrera de Madrid, denuncia la negativa que los socialistas opusieron a sus proposiciones de apoyar la huelga y afirma que el momento político era excepcionalmente favorable para una acción convergente del proletariado industrial, el proletariado agrícola y el campesinado pobre. “Las mieses aguardaban en los campos; la tensión política y la tensión de las voluntades de las clases pobres marcaban la presión más alta. Los patronos no podían demorar las cosechas sin graves pérdidas. En la ciudad, el proletariado, repuesto de sus pérdidas anteriores por los triunfos de las huelgas políticas y las de la construcción, metalúrgicos, Zaragoza, rebosaba de espíritu de lucha, y se sentía inclinado a sostener los campesinos como sus aliados naturales.”

Tal como se desarrollaron las cosas, la oposición de los dirigentes socialistas a movilizar el proletariado industrial para ayudar a los campesinos, bajo el pretexto de preservar las fuerzas de éste, aparece pura y simplemente como una traición a la huelga campesina, una huelga que ellos mismos habían atizado y presentado unos meses antes como el comienzo de la revolución.

Si el proletariado industrial hubiera apoyado la huelga campesina, ésta no habría desembocado quizá en una revolución, pero habría provocado seguramente la caída del débil gobierno de Samper y de las Cortes reaccionarias que lo apoyaban. En cualquier caso, se habría impedido la ruptura que se produjo entre la ciudad y el campo que tan cara se pagaría en octubre. Pues, a partir de entonces, era evidente que el movimiento campesino no estaría en condiciones de participar en ninguna acción revolucionaria antes de haber restañado sus heridas.

En este momento crucial, los socialistas demostraron prácticamente su incapacidad para dirigir cualquier movimiento revolucionario. Como había dicho poco antes Esteban Bilbao, uno de los fundadores del Partido Comunista del País Vasco y luego de la OCE (trotskista): “Lo que en los momentos actuales necesita la clase obrera es un partido que pueda, quiera y sepa hacer, no un partido que sólo es capaz de amenazar. Porque la contrarrevolución no es a la hora presente un producto de libre elección de la burguesía, una cosa que puede hacer o dejar de hacer, una veleidad o un capricho, sino una necesidad insoslayable del capitalismo.”

La cuestión del partido revolucionario

La falta de un partido revolucionario en unos de los períodos más cruciales de la historia del movimiento obrero español, se tradujo por dos derrotas: una de carácter transitorio, la de octubre de 1934, y otra, la de 1936-39, que dejaría desmantelado al proletariado español durante más de un cuarto de siglo y de cuyas secuelas todavía no se ha repuesto.

Nada se podía esperar a ese respecto de los dirigentes del Partido Socialista, que nunca se plantearon en serio el problema de dirigir la revolución, ni tampoco de los del Partido Comunista, que siempre se mantuvieron fieles a la línea marcada por la política exterior de la burocracia estalinista. Pero los dirigentes de la Izquierda Comunista, los Andreu Nin, Juan Andrade, etc., habrían podido jugar un gran papel en ese sentido. Trotski les pedía insistentemente que entraran en el Partido Socialista y en las Juventudes Socialistas para tratar de aprovechar lo que parecía, en las circunstancias de la época, como la mejor posibilidad práctica de trabajar por la construcción de un partido revolucionario.

En efecto, en 1933-1934, no bastaba en absoluto constatar la necesidad de “un partido que pueda, quiera y sepa hacer”, como lo hacía Esteban Bilbao, ni afirmar con letras mayúsculas que “SIN PARTIDO REVOLUCIONARIO, NO HAY REVOLUCIÓN TRIUNFANTE”, como lo hacía Andreu Nin después del fracaso de la Revolución de Octubre; pues la diferenciación que estaba produciéndose dentro del Partido Socialista, les estaba ofreciendo una excelente oportunidad para subsanar la carencia que estaban constatando.

Por aquel entonces, la Izquierda Comunista contaba entre mil y dos mil militantes; pero, si sus efectivos eran reducidos, sus dirigentes aparecían como los mejores, por no decir los únicos, representantes del marxismo en España. “Juan Andrade y García Palacios en Madrid, José Laredo Aparicio en Asturias, Esteban Bilbao en el País Vasco, Andreu Nin en Cataluña, etcétera, unidos a otros miembros de probada militancia, caracterizaban a la oposición ‘trotskista’ como la organización comunista más preparada teóricamente”, dirá Pelai Pagès.

Si, tal como se lo pedía, estos hombres hubieran entrado en el Partido Socialista, no cabe duda que habrían podido ejercer una gran influencia entre los sectores más radicalizados del socialismo español.

Estos últimos, por su parte, empezaron a interesarse por el programa político de la Izquierda Comunista a partir del desastre electoral de 1933. En septiembre de este año, el órgano de las Juventudes Socialistas se acerca al proyecto trotskista de crear una nueva Internacional. Federico Melchor, que entonces era uno de los dirigentes de las Juventudes Socialistas, escribió una serie de artículos en esta revista – entre septiembre y diciembre de 1933 – sobre la cuestión de la IV Internacional. En ellos, Melchor afirmaba que los socialistas de izquierda llevaban a cabo dentro del socialismo la misma tarea que los trotskistas dentro del comunismo. “Precisa romper con los errores del estalinismo y del reformismo”, decía. Y añadía que si “la más importante de nuestras misiones es desterrar el revisionismo de la II Internacional”, hasta ahora el trotskismo “realizaba nuestra misma labor. Criticaba con el análisis del marxismo los errores del estalinismo.”

“Obrando hasta ahora, como ha obrado el trotskismo en la Internacional Comunista, se conseguirá desbancar las desviaciones del marxismo. Si de alguien podemos tomar ejemplo para esta posición, en nadie mejor que en León Trotski.” Esta buena predisposición de la izquierda socialista hacia el programa trotskista, hizo que “Renovación” publicara diversas entrevistas con los trotskistas españoles y que los dirigentes más importantes de la Izquierda Comunista iniciaran, a partir de septiembre de 1934, una serie de colaboraciones periodísticas en “Leviatán”, la revista teórica dirigida por el socialista de izquierda Luis Araquistáin. “Renovación” llegó incluso a lanzar un llamamiento público invitando a los trotskistas… “que son los mejores revolucionarios y los mejores teóricos de España, a entrar en las Juventudes y en el Partido Socialista para precipitar su bolchevización.”

A principios de agosto de 1935, el propio Santiago Carrillo lanzaba todavía un llamamiento a la unidad, declarando: “Los disidentes acaudillados por Trotsky, el infatigable revolucionario, representan una tendencia del proletariado. El Bloque Obrero y Campesino está circunscrito a Cataluña. Y cuando la depuración del Partido Socialista sea un hecho, ¿podrán negarse estos grupos marxistas a ingresar en nuestro Partido?”

Unos meses después, ante la negativa de los dirigentes del BOC y de la ICE a sus ofertas de unidad, el núcleo dirigente de las Juventudes Socialistas – Santiago Carrillo, Federico Melchor y José Cazorla – inició el acercamiento hacia el PCE que conduciría a la fusión de las Juventudes Socialistas (unos 80.000 militantes) con las Juventudes Comunistas (unos 5.000 militantes), dando lugar a la creación de las Juventudes Socialistas Unificadas (JSU) controladas por el PCE, en mayo de 1936.

Durante más de dos años, existió, pues, la posibilidad de crear un partido revolucionario de masas a partir de la juventud radicalizada del PSOE y los militantes de la Izquierda Comunista. Pero los dirigentes de la ICE la desaprovecharon lastimosamente.

“Este error – dirá G. Munis – imposibilitó la evolución hacia los principios del marxismo a miles de jóvenes llamados a realizar la revolución. Por repercusión, facilitó la nefasta extensión adquirida por el estalinismo a partir del frente popular.”

Tras la creación del POUM con la fusión de la Izquierda Comunista y el Bloc Obrer i Camperol de Maurín, Trotski condenaría mucho más duramente los errores de los dirigentes de la Izquierda Comunista, escribiendo: “Con una política correcta, la Izquierda Comunista habría podido encontrarse hoy, en tanto que sección de IV Internacional, a la cabeza del proletariado español. En lugar de esto, vegeta en la organización confusionista de Maurín, sin programa, sin perspectivas, sin ninguna importancia política. La sesión de los marxistas en España debe comenzar por la condena del conjunto de la política de Andreu Nin y Andrade, que ha sido y sigue siendo no sólo errónea, sino criminal.”

La formación de las Alianzas Obreras

Inmediatamente después del triunfo electoral de los radicales y la CEDA, la Izquierda Comunista, que preconizaba la necesidad del frente único desde 1931, se movilizó por “la formación inmediata del frente único de todas las organizaciones políticas y sindicales del proletariado”, con el fin “de oponer un dique a la reacción, organizando la acción conjunta de la clase trabajadora.”

Por su parte, el BOC, convencido también de la necesidad vital del frente único por la trágica experiencia del proletariado alemán, ya había creado en Cataluña, en marzo de 1933, un embrión de Alianza Obrera de carácter antifascista, junto con la Federación Sindicalista Libertaria de Angel Pestaña y la Unió Socialista de Cataluña.

De esta confluencia surgiría en Cataluña la primera Alianza Obrera de España – a finales de 1933 – con la incorporación, al lado del BOC, la FSL y la USC, de la Izquierda Comunista, la UGT y la Federación Socialista del PSOE, la Unió de Rabassaires (campesinos), la Federación de sindicatos de oposición dentro de la CNT (trentista) y la Federación de sindicatos expulsados de la CNT (controlados por el BOC).

A principios de 1934, Largo Caballero habló con los dirigentes de la Alianza Obrera catalana y se acordó la expansión de las Alianzas a otras regiones. Sin embargo, los socialistas hicieron muy poco para conseguirlo. En vez de impulsar a sus organizaciones hacia la creación de nuevas AO, se dedicaron esencialmente a utilizar las existentes como un expediente más para dar mayor verosimilitud a sus amenazas revolucionarias.

En Asturias, la Alianza Obrera se constituyó sobre todo gracias a la labor desarrollada por los militantes del BOC, la ICE y los sindicatos de oposición de la CNT.

En Madrid, donde dominaban el PSOE y la UGT, la Alianza Obrera no se constituyó hasta el 6 de mayo de 1934, y los socialistas se guardaron muy bien de darles cualquier tipo de atribución en las luchas que precedieron la sublevación de Octubre, y menos todavía cuando estalló ésta.

Movidos por razones distintas, pero demostrando idéntico sectarismo, tanto los comunistas como los anarquistas (excepto los de la CNT asturiana) se negaron desde el principio a ingresar en las Alianzas existentes.

La ausencia del PCE no era demasiado grave en razón de su débil implantación entre la clase obrera durante aquel período, no así la de la CNT, cuya influencia era determinante en Barcelona y que, en Madrid, hubiera permitido contrarrestar las posiciones atentistas y la prepotencia de los delegados socialistas, cuyos votos eran decisivos a la hora de tomar cualquier decisión.

De las piruetas del PCE…

Hasta unas semanas antes de la insurrección de octubre, el PCE no cesó de lanzar furibundos ataques contra las Alianzas Obreras, diciendo, por ejemplo, que la de Asturias no era más que “el comadreo de unos jefes con bases ideológicas que descansan sobre un montón de estiércol político”, que la de Cataluña estaba compuesta por “los perros falderos de la burguesía… que andan a la greña disputándose un hueso sindical que les han lanzado sus amos como premio de sus traiciones a los obreros…”, y acabó motejándolas a todas de “Santa Alianza de la Contrarrevolución”. “Unos meses antes de la insurrección de Asturias – escribe Joan Estruch – el sectarismo del PCE continuaba igual que en los primeros tiempos de la República. Sus denuncias del régimen republicano, de los ‘socialfacistas’ y de los ‘anarcofacistas’ continuaban llenando las páginas de sus periódicos”.

Sin embargo, todo esto no impediría que los dirigentes comunistas, mostrando una vez más sus dotes de camaleones políticos, dijeran blanco donde decían negro y se declararan decididos partidarios de las Alianzas a partir del 12 de septiembre de 1934.

¿Qué habría ocurrido? Algunos autores, entre ellos el propio Andrade, han querido explicar este brusco viraje del PCE como una rectificación de sus dirigentes después de haber comprendido que estaban quedando aislados de “un gran movimiento revolucionario y popular”. Pero hacía ya bastantes años que la política de los partidos comunistas no se decidía en función de los movimientos revolucionarios que podían sacudir tal o cual país, sino con arreglo a las necesidades de la política exterior soviética.

A mediados de 1934, Stalin había dejado de confiar en la política de neutralidad mantenida hasta entonces respecto al régimen nazi y se orientaba hacia la búsqueda de una alianza con Francia, la cual se concretizaría, el 25 de mayo de 1935, con la firma del pacto franco-soviético. Entretanto, esta política de acercamiento a las democracias occidentales había permitido la entrada de la URSS en la Sociedad de Naciones, el 18 de septiembre de 1934. Ello exigía, evidentemente, que la Internacional Comunista y sus secciones nacionales modificaran en consecuencia todos los planteamientos mantenidos hasta entonces; es decir, que pusieran en el desván de los trastos viejos la consigna de “ninguna alianza, ningún compromiso” derivada de la política de “clase contra clase”, que todos los partidos comunistas habían mantenido contra viento y marea, incluso después de haberse producido la catástrofe alemana.

Así pues, el viraje que el PCE imprimió a su política en 1934, no se debía en absoluto a una reconsideración de la situación española por parte de sus dirigentes, sino a las órdenes cursadas por Stalin a todos los partidos comunistas occidentales para que éstos adaptaran su actuación a las necesidades de su política exterior. A partir de entonces, los “socialfascistas” pasaron a ser socialistas a secas en todas partes, y no fue desde luego por casualidad que, mientras en España el PCE se pronunciaba, en una reunión de su Comité Central celebrada los días 11 y 12 de septiembre de 1934, “por el ingreso de todas sus organizaciones en el seno de las Alianzas Obreras”, Maurice Thorez lanzaba en Francia, el 9 de octubre de 1934, la idea de un “amplio frente popular”, declarando que se trataba de poner en pie “1una política popular capaz de rehabilitar la democracia transformándola”. Unos meses más tarde, tras el VII Congreso de la Internacional Comunista, esta política se concretizaría en el gran viraje hacía la táctica de Frentes Populares, de alianzas no sólo con los partidos socialistas y otras organizaciones obreras, sino también con los partidos burgueses de Francia y España.

…al sectarismo de la CNT-FAI…

En cambio, la CNT, dominada por la FAI, se mantuvo siempre contraria a ingresar en las Alianzas. Para los dirigentes anarquistas (excepto los asturianos, que impusieron sus propios criterios al resto de la organización), la cosa estaba clara: nada de frente único con organizaciones políticas; si la UGT quiere luchar, que se desmarque de ellas y diga si está dispuesta a hacerlo por la supresión del capitalismo y del Estado, venía a decir en síntesis la resolución adoptada por el Pleno de la CNT celebrado el 8 de febrero de 1934.

“Sólo existe una fórmula que haría viable la formación del removido frente: que los obreros comunistas, socialistas, ugetistas o lo que sean, rebasen a sus dirigentes y se unan a los demás obreros en abierta revolución, aceptando explícitamente el objetivo mínimo posible, después de pasar por encima de sus directores”, decía “Solidaridad Obrera” en uno de sus editoriales.

Planteando la cuestión del frente único en tales términos, los anarquistas adoptaban posiciones muy similares a las del estalinismo: ultimatismo (“que los demás se plieguen a nuestras posiciones”) y frente único por la base (“echad por la borda a vuestros jefes”); es decir, recurrían a los mismos planteamientos que habían conducido al proletariado alemán a la derrota de 1933. Aunque, dicho sea de paso y entre paréntesis, esta misma CNT mostraría menos ascos unos años después y no dudaría en colaborar a la derrota del proletariado español participando en los gobiernos republicanos de Largo Caballero y de Negrín.

…pasando por el sabotaje del PSOE

Boicoteadas por la CNT y deliberadamente saboteadas por el PSOE, las Alianzas Obreras difícilmente podían extenderse más allá de donde podían llegar las pequeñas organizaciones que las impulsaron. “Habiéndolas admitido (los socialistas) como una necesidad exhibicionista, tenían que reducirlas al mínimo en número y a lo mínimo en la acción”, comenta G. Munis en su libro.

“Ello sería una de las causas de que la Alianza Obrera no se extendiera en el Centro y en el Norte de España; también explica el hecho que no se constituyese un Comité Nacional de Alianza Obrera, y, finalmente, explica el que la Revolución de Asturias no hallase en el resto de España el decisivo apoyo que hubiera podido facilitar su triunfo”, concluye Pelai Pagès.

Así, cuando llegó el momento en que, según el “plan” previsto (?) por los socialistas, las Alianzas Obreras debían ponerse al frente de la insurrección, sólo existían tres con posibilidades de hacerlo: la catalana, la madrileña y la asturiana. Pero la primera estaba condenada a representar el papel de apéndice de la Generalitat debido a la miopía política de sus propios dirigentes y a la abstención de la CNT; mientras que la segunda no tendría ocasión alguna de intervenir en los acontecimientos a causa del total ostracismo al que la condenaron los socialistas. “Los dirigentes socialistas de Madrid en la capital no quisieron reunir una sola vez el Comité”, señala Molins i Fàbrega.

Únicamente en Asturias, con la incorporación a última hora del PCE, la Alianza Obrera conseguiría reunir en su seno a todas las organizaciones obreras. Este fue lo que hizo su fuerza. Fue esto lo que la convirtió en aquella Unión de Hermanos Proletarios, aquella mítica “U.H.P.”, que galvanizó a la clase obrera asturiana y le permitió escribir una de las páginas más gloriosas de la historia del movimiento obrero.

Comienza el movimiento de Octubre

El 4 de octubre, cuando Lerroux anunció públicamente la constitución de su nuevo gobierno con la incorporación de tres ministros de la CEDA, los socialistas, como había previsto Gil Robles, no se atrevieron a lanzar su tan cacareada “revolución social”. En lugar de la prometida insurrección, se limitaron a ordenar la huelga general pacífica en todo el país, esperando todavía que el Presidente Alcalá Zamora reflexionaría y exigiría la dimisión del recién formado gobierno.

En las principales ciudades de España, el paro fue total a partir del día 5. Pero el campo, muy quebrantado por la represión que siguió a la huelga de junio, no secundó el movimiento salvo en algunos pueblos aislados.

En Euskadi, el Partido Nacionalista Vasco preconizó “no participar en movimiento de ninguna clase”, y el Sindicato de Trabajadores Vascos, más dúctil, ordenó trabajar “allá donde pueda trabajarse sin peligro” y retirarse “sin participar en ninguna actividad” en caso de encontrar “alguna dificultad o peligro”, dice Tuñon de Lara.

Este mismo historiador aportará más detalles escribiendo después: “En Bilbao y toda su ría la huelga fue total, pero el comité socialista estaba dividido en cuanto a la táctica a seguir. Estas dudas y la ausencia de unidad frustraron la insurreción; la huelga durará una semana. En cambio, en la zona minera, no podrán penetrar las fuerzas gubernamentales hasta el día 11, secundadas por la aviación, y los obreros (aquí sólidamente unidos en unos llamados comités antifascistas y bajo otras formas de ocasión) resisten en barricadas dueños del triángulo que forman las localidades de Somorrostro, San Salvador del Valle y Portugalete. Guipúzcoa, Eibar y Mondragón estarán dos días en poder de los revolucionarios. Una situación parecida es la de la zona minera del norte de León y Palencia, donde la reconquista del poder local duró dos, tres y hasta cuatro días, según los casos.”

Fracaso en Madrid…

En Madrid, la huelga general duró también una semana. Al despertar el día 5, la ciudad apareció completamente paralizada. Una multitud expectante se fue concentrando en las calles. La gente creía que la consigna de “huelga general pacífica” era un ardid de los socialistas destinado a desorientar al gobierno y que no tardarían en llamar a la acción. Pero la “dirección revolucionaria” se mantenía invisible y callada. Y, al acabar la jornada, quienes estaban desorientados por la supuesta “táctica” socialista no eran Lerroux y sus ministros, sino los miles de trabajadores que habían esperado en vano nuevas consignas y las armas vagamente prometidas por los dirigentes del PSOE y la UGT. En efecto, mientras el gobierno, una vez pasado el susto, empezaba a reaccionar y sus fuerzas represivas se decidían por fin a disolver violentamente las aglomeraciones de trabajadores, entre éstos cundía la desmoralización ante lo que ellos consideraban una traición de sus dirigentes. A partir de entonces, estaba ya claro que el movimiento transcurriría en Madrid sin insurrección ni lucha seria.

G. Munis que era en aquellos momentos el representante de la Izquierda Comunista en la Alianza Obrera madrileña, afirma que el PSOE se inhibió totalmente de los que estaba pasando. “El Partido y sus burócratas desaparecieron como tragados por la tierra”, dice. Y relata que, durante la mañana del día 5, cuando consiguió divisar en una calle a Amaro del Rosal, “uno de los pretendidos jefes de la militancia socialista”, éste “iba tapándose la cara con el pañuelo para no ser reconocido”, y que cuando Munis le increpó diciéndole que todo el mundo aguardaba armas y órdenes del Partido Socialista, aquel le respondió: “Si quieren armas que las busquen y hagan lo que les dé la gana”.

Lo que tan gráficamente expresó Amaro del Rosal en un momento de acaloramiento, lo hicieron a la chita callando los demás dirigentes socialistas.

En Madrid, la “insurrección” fue un fracaso total. Toda la “acción” de los socialistas se redujo a mantener durante una semana la consigna de huelga, a realizar varios simulacros de ataque contra algunos edificios oficiales y a utilizar la táctica del “paqueo” nocturno contra las fuerzas represivas que patrullaban por las calles de la capital. En la mayoría de las provincias, este mismo abandono y falta de planes concretos, el “hagan lo que les dé la gana”, engendró idéntica confusión y desmoralización. En ninguna llegó a adquirir el carácter de insurrección excepto en Cataluña y Asturias, aunque de forma y contenido muy diferentes en cada una de estas regiones.

…y aborto pequeñoburgues en Barcelona

En Cataluña, la Alianza Obrera no estaba tan mediatizada por los socialistas como la de Madrid y tenía muchas más posibilidades de intervenir en los acontecimientos, como lo había demostrado en marzo de 1934 convocando con éxito una huelga de solidaridad con los impresores madrileños en lucha.

Por su influencia era insignificante en Barcelona, donde la CNT ejercía una hegemonía casi absoluta entre el proletariado de la capital catalana. Por eso, cualquier intento de insurrección en ella estaba condenado de antemano al fracaso si no se conseguía la participación de los anarquistas. Esta evidencia hubiera debido guiar toda la política de la Alianza Obrera en los meses que precedieron la insurrección. Desgraciadamente no fue así, y, cuando llegó el momento decisivo, la clase obrera estaba dividida. Ciertamente, el sectarismo de la FAI contribuyó enormemente a mantener la hostilidad de la CNT hacia la Alianza Obrera catalana, pero no es menos cierto que los dirigentes de ésta hicieron cuanto pudieron para que los anarco-socialistas la consideraran, como dice César M. Lorenzo en su libro “Los anarquistas españoles y el poder”, un “receptáculo de todos los adversarios de la CNT”.

En efecto, la principal organización de la Alianza Obrera catalana, el BOC, no había cesado de estimular la lucha interna que se desarrollaba en la CNT desde que los cenetistas disidentes firmaron el manifiesto de “treinta” en 1931. En vez de combatir ideológicamente el apoliticismo y el aventurismo preconizados por la FAI, los dirigentes del BOC fomentaron la escisión de la CNT con el propósito de crear su propia central sindical a partir de los sindicatos expulsados de la CNT. Este error del BOC lo pagó la Alianza Obrera, pues él dio argumentos suplementarios a los anarquistas para convencer a los trabajadores de que la Alianza no era lo que pretendía, sino una máquina de guerra dirigida contra la CNT.

Y cuando más le pareció, fue precisamente en los meses que precedieron octubre, durante los cuales la escisión sindical alcanzó su punto más alto con la crisis abierta en la CNT tras los desastrosos resultados de la fallida insurrección faista de diciembre de 1933.

Para empeorar todavía más las cosas, la Alianza Obrera coqueteaba con los nacionalistas catalanes y aparecía como un aliado del gobierno de la Generalitat, cuyos “escamots” y fuerzas de policía se dedicaban perseguir a los anarquistas. Esta política represiva del gobierno catalán culminaría el 4 de octubre con la detención de los principales dirigentes anarquistas, el cierre de todos los sindicatos de la CNT y la prohibición de sus periódicos.

Todo parece indicar que tanto la Generalitat como los dirigentes de la Alianza Obrera pretendían realizar la insurrección sin contar con la CNT. Es decir, hacer una algarada más.

En realidad, la política de la Generalitat correspondía a las posiciones ultranacionalistas y fascistizantes del Consejero de Gobernación Dencàs y de sus “camisas verdes”, una organización paramilitar – los “escamots” – compuesta por jóvenes exaltados y aventureros provenientes del mismo medio social en que se reclutaron los Sindicatos Libres entre 1920 y 1923, y, por tanto, violentamente opuestos al anarcosindicalismo.

Por su parte, la Alianza Obrera se dejó arrastrar por el catalanismo de la mayoría de las organizaciones que la componían, lo cual contribuyó a agravar todavía más sus relaciones con la CNT y la llevó a desarrollar, de forma más o menos velada, una política antiunitaria, a supeditar los intereses del movimiento revolucionario a los de la Generalitat.

Para Maurín, el líder máximo del Bloc Obrer i Camperol y principal inspirador de la Alianza Obrera, era la Generalitat quien tenía en sus manos la posibilidad de impedir la contrarrevolución. “El éxito o el fracaso depende de la Generalitat”, escribió. Según él, había que evitar que tanto esta última como la pequeña burguesía desconfiaran de las masas trabajadoras.

“Hay que procurar – decía – que este temor no surja, para lo cual el movimiento obrero se colocará al lado de la Generalitat para presionarla y prometerle ayuda sin ponerse delante de ella, sin aventajarla en los primeros momentos. Lo que interesa es que la insurrección comience y que la pequeña burguesía con sus fuerzas armadas no tenga tiempo de retroceder. Después ya veremos.”

La Alianza Obrera no concebía pues los acontecimientos como un movimiento esencialmente obrero, sino como un enfrentamiento entra la Generalitat y el gobierno de Madrid, en el curso del cual el proletariado y os campesinos debían limitarse a apoyar a la primera contra el segundo.

En estas condiciones, lo que después se vio tuvo más el carácter de una ópera bufa que de otra cosa. El 5 de octubre, al atardecer, el presidente Companys proclamó con voz tímida y vacilante el “estado catalán dentro de la República federal española”. Acto seguido, los dirigentes catalanistas, con Companys y Dencàs a la cabeza, se encerraron en la Generalitat y en la Consejería de Gobernación, esperando que el general Batet, por el mero hecho de ser catalán, no haría intervenir a la guarnición local contra ellos, dándoles así un tiempo de respiro para poder negociar, tal como lo hizo Macià en 1931, una fórmula de compromiso con el gobierno central. Pero contrariamente a lo previsto, Batet se presentó con sus tropas durante la noche y sitió a sus paisanos insurrectos. A las cinco de la mañana, tras un ligero tiroteo y algunos cañonazos destinados a hacer más ruido que daño, el presidente Companys acordaba con el general Batet los términos de su rendición y la de su gobierno, antes de ser enviados todos a la cárcel en espera de ser procesados.

El único que consiguió escapar de la quema fue Dencàs, el “consejero” y promotor del golpe de palacio de Companys, el cual huyó a través de un túnel previamente construido en los sótanos de la Consejería de Gobernación que desembocaba en el sistema de alcantarillado de Barcelona. Después se supo que se había refugiado en Italia, junto a su admirado Mussolini. “Todas las cloacas conducen a Roma”, pudo decir la gente.

Finalmente, hasta la CNT acabaría viéndose implicada en esta tragi-comedia aceptando dirigirse por la radio oficial a los trabajadores para pedirles que volvieran al trabajo. “En resumen – dirá G. Munis – si la CNT a causa del sectarismo anarquista, se mantuvo alejada del frente único, la A.O. distó mucho de actuar como debía para vencer el sectarismo ácrata. Se comportó con la CNT de forma ultimatística y hasta contraria a un acercamiento leal y en los días de Octubre desperdició indignamente las posibilidades de actuación en común. (…) Por razones diferentes, la CNT y la Alianza Obrera dejaron la iniciativa a la Generalitat, que no deseaba sino poner fin lo más rápidamente posible a su aparatosa proclamación del ‘Estat Catalá’.”

La insurrección proletaria total sólo se produciría en Asturias, en la única región donde todos los grupos y organizaciones obreras se habían unido con vistas a la conquista del poder por la clase trabajadora.


80 años de la Comuna de Asturias de 1934, octubre de 2014