De Covid-19 a la crisis de 2020

Este texto está fechado el 8 de mayo de 2020; si bien las citas de prensa se podrían actualizar, el fondo conserva toda su actualidad. La crisis sanitaria está lejos de haber terminado, y la economía y la sociedad se hunden cada vez más en la crisis del capitalismo, con todas sus consecuencias para las clases trabajadoras. La humanidad dispone en gran medida de los medios científicos y técnicos para controlar la pandemia, aunque los que son autoridades en materia científica repiten que llevará tiempo hacerlo, y es necesario «aprender a vivir con el coronavirus». Pero la sociedad está encerrada en la camisa de fuerza de la organización capitalista, con la propiedad privada de los medios de producción y los estados nacionales rivales, y cuyos daños directos o indirectos son inmensamente mayores que los causados por el coronavirus. El proletariado es la única clase social con el interés y la fuerza objetiva para romper esta camisa de fuerza y reorganizar la sociedad de tal manera que la humanidad sea capaz de controlar su propia vida social. Más allá de los problemas específicos de la pandemia, es esta realidad la que debe guiar la acción de los comunistas revolucionarios en la tarea de construir el partido que encarne esta perspectiva. 15 de mayo de 2020.

 

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Las cifras, ya catastróficas, que ilustran la disminución de la producción a escala mundial, el aumento del número de desempleados, la caída del comercio internacional, etc., terminan perdiendo todo su sentido porque es evidente que la crisis actual de la economía capitalista es de la misma amplitud que las grandes crisis que sacudieron el siglo XX. Y todos estos elementos sólo dan una fotografía, en un momento dado, del estado de la crisis. Estos elementos sólo dejan entrever lo que sucederá a continuación, es decir, las reacciones en cadena que la crisis puede engendrar.

Las comparaciones más utilizadas citan, en primer lugar, la crisis bursátil de 1929, con la Gran Depresión que le siguió. De hecho, si la pandemia de coronavirus y el confinamiento tuvieron efectos directos en la producción, fueron al mismo tiempo los factores que desencadenaron un agravamiento brutal de la crisis del sistema capitalista, parecido a lo que fue el Jueves Negro de 1929 para la Gran Depresión.

La Maire, ministro de economía (francés), utilizó otra comparación, con los años inmediatamente posteriores a la Segunda Guerra Mundial, para ilustrar la importancia de la disminución de la producción aquí en Francia.

Sin embargo, este tipo de comparaciones sólo puede ser superficial, ya que cada uno de estos episodios de la historia del capitalismo fue diferente, al igual que sus consecuencias. Todos los períodos de crisis y trastornos económicos de nuestra época, más allá de su diversidad, ilustran hasta qué punto el sistema capitalista en su época senil, es decir, imperialista, es incapaz de hacer frente incluso a los problemas derivados de su propio funcionamiento y, más aún, a los problemas nuevos a que se enfrenta la sociedad.

En 1929, la crisis vino directamente del propio funcionamiento de la economía capitalista. Fueron las fuerzas productivas en rápido crecimiento después de la Primera Guerra Mundial, particularmente en los Estados Unidos, las que chocaron con los límites del mercado. Pero lo que en la época del capitalismo en ascenso era una pulsión de la vida económica que no detenía el progreso global, e incluso podía conducir a una cierta mejora de las condiciones de vida de las clases explotadas, cambió en la época del imperialismo. «La vida del capitalismo monopolista en nuestros tiempos es una sucesión de crisis. Cada crisis es una catástrofe», dijo Trotsky en «Marxismo en Nuestra Época». «La necesidad de escapar de sus catástrofes parciales por medio de barreras comerciales, inflación, aumento del gasto y la deuda del gobierno, etc., prepara el terreno para nuevas crisis más profundas y generalizadas».

En cuanto a la importante disminución de la producción en los años 1944/1945, se debió a la destrucción de la Segunda Guerra Mundial Imperialista, que en cierta medida resolvió la crisis de 1929. Pero no de la misma manera para todas las potencias imperialistas que se habían enfrentado.

Las potencias imperialistas derrotadas, Alemania y Japón, sufrieron una destrucción sin precedentes de sus medios de producción, tanto humanos como materiales.

Fue en beneficio del imperialismo estadounidense, líder de las potencias vencedoras, que se resolvió la crisis de 1929. Por la propia guerra, al ofrecer al gran capital de EE.UU. el enorme mercado para la producción de armas y materiales. Mientras las potencias imperialistas de Europa se destruían entre sí y Japón se agotaba en la guerra, antes de sufrir Hiroshima y Nagasaki, la economía estadounidense experimentó una de las mayores expansiones de su historia. Cuando la guerra terminó, la reconstrucción abrió un nuevo mercado a escala europea, y mundial, del que el capital americano fue de nuevo el principal beneficiario.

Entre el gran ganador, el imperialismo de EE.UU., y el gran perdedor, el imperialismo alemán, y el inglés y francés, aunque en el lado ganador, tuvieron que ceder buena parte de sus posiciones en la dominación mundial al imperialismo de EE.UU.

No abordamos aquí el papel político de la burocracia soviética y los partidos estalinistas, aunque fue capital, en el hecho de que, a diferencia de la Primera Guerra Mundial la Segunda Guerra Mundial no fue seguida de una intervención revolucionaria del proletariado. La guerra no dio lugar a un cambio en el equilibrio de poder entre el proletariado internacional y la burguesía imperialista. El cambio en el orden internacional se limitó al cambio en el equilibrio de poder entre las grandes potencias (la URSS, que surgió de la revolución proletaria, pero burocratizada, fue a la vez un elemento perturbador del orden mundial imperialista y un factor de su estabilización).

La revuelta de los pueblos al final de la Segunda Guerra Mundial no fue menor que la que tuvo lugar al final de la Primera Guerra Mundial. Pero en ninguna parte las masas en movimiento han encontrado una dirección proletaria que propusiera como objetivo final el derrocamiento del poder de la burguesía.

Es este hecho fundamental el que permitió a las burguesías imperialistas recuperar el dominio, consolidar su poder sobre la sociedad y enriquecerse durante los llamados Treinta Gloriosos, mediante la explotación de su propio proletariado, el saqueo de los países pobres y la opresión de sus pueblos.

No fueron las leyes del mercado, de la competencia y del beneficio las que permitieron a la burguesía reiniciar la vida económica bajo su dirección y para su propio beneficio, sino, en gran medida, el estatismo, es decir, la negación misma de la iniciativa privada. Pero esta negación en sí misma estaba dentro del marco del capitalismo y tenía como objetivo salvar el reinado de la burguesía. Aparte de su papel de regente, es decir, la defensa de los intereses de clase de los explotadores contra los explotados por la fuerza de sus bandas armadas uniformadas, el Estado acentuaba su intervención en la vida económica ocupándose de los sectores indispensables para el funcionamiento de la economía en su conjunto, pero que no producían suficientes beneficios para los propietarios del capital.

El estatismo jugó un papel importante en todos los países imperialistas. Incluyendo al país imperialista que se hace pasar por la patria de la iniciativa privada, los Estados Unidos. El estatismo en tiempos de guerra no es sólo una necesidad militar. Durante la Segunda Guerra Mundial fueron precisamente los Estados Unidos los que mejor ilustraron su decisivo papel económico para la burguesía. Después de la guerra, Francia fue un modelo de este tipo, con la nacionalización de muchos sectores, desde la energía, representada en ese momento principalmente por la minería del carbón, pasando por el transporte, las comunicaciones y hasta los bancos de depósito que drenaban el capital, planificando hasta cierto punto e invirtiendo en sectores que no interesaban a la burguesía. Además de la educación y, por tanto, de la formación de los futuros explotados, el Estado se encargó de cubrir a los trabajadores contra la enfermedad y la vejez.

Es este estatismo el que se convirtió en el modelo que los estalinistas presentaron como un sucedáneo del socialismo. Todas las variantes del reformismo retomaron esta visión de la sociedad como la única alternativa al «capitalismo desenfrenado». Mientras el principal partido obrero del PCF empujaba a sus militantes a sustituir a los capataces que intentaban hacer «sudar la gota gorda» a los trabajadores, la burguesía seguía enriqueciéndose a la sombra del Estado, antes de sentirse lo suficientemente fuerte como para impulsar la privatización de sectores que antes habían sido nacionalizados.

Detrás de cada burguesía nacional, su estado nacional, y detrás de los estados nacionales, los EE.UU., su dólar, su poder económico y militar, la burguesía imperialista consolidó su posición como clase dominante y estructuró el orden internacional.

No es necesario volver aquí al mito de un capitalismo libre de grandes crisis que dominó la visión del mundo durante los pocos años de crecimiento económico, entre el final de la reconstrucción y el nuevo período de crisis abierta en los albores de la década de 1970. Este mito se hundió con la crisis del sistema monetario internacional, la crisis del petróleo, seguida de otras incontables sacudidas. Este largo período estuvo marcado en todas partes por una ofensiva multiforme de la burguesía contra el proletariado, por la reducción de la participación de los trabajadores en la renta nacional en comparación con la de los capitalistas, por el retroceso de las condiciones de vida de clase obrera. En cuanto a la distribución entre la burguesía de la plusvalía mundial extraída de la clase obrera, se caracterizó por el crecimiento de las finanzas y sus intereses.

La actual crisis económica se sitúa en esta continuidad, pero va más allá todavía, al amplificar el agravamiento de la condición de la clase trabajadora y la financiarización de la economía.

La crisis actual y las artimañas de la burguesía para superarla

«Los bancos centrales, el último baluarte de la economía mundial», fue el titular de Le Monde el 29 de abril de 2020, con el subtítulo: «El banco central de Japón, el BCE y la Reserva Federal… se embarcan en programas de apoyo a la economía, tomando decisiones que antes eran impensables».

Los Estados imperialistas se han embarcado, uno tras otro, en ayudar a las empresas capitalistas «a cualquier precio», dijo Macron, sin pasar necesariamente por las nacionalizaciones, aunque sean temporales (esto todavía puede suceder en algunos casos). El dinero se distribuye directamente a las empresas capitalistas privadas.

Bajo el título «SOS entreprises», Le Figaro del 27 de abril resume a su manera lo que está sucediendo: «Víctimas colaterales del virus, miles de ellas están también bajo asistencia respiratoria. Es el Estado el que garantiza su flujo de efectivo y se ocupa de sus empleados.»

No olvidemos que a los trabajadores no se les paga su salario completo y el que tienen está a cargo del Estado. Desde un punto de vista capitalista, esto es absolutamente correcto. Pero si el Estado reemplaza a los capitalistas, tanto para pagar a sus empleados como para asegurar su caja, incluso desde este punto de vista, ¿para qué sirven los capitalistas? Esta sola frase de Le Fígaro subraya el carácter totalmente parasitario de la burguesía.

Esto no impide que algunos de sus portavoces se quejen. Un columnista de Les Echos, bajo el título «Covid-19: cómo salvar a nuestras empresas de la quiebra», resume bajo el subtitulo: «Como en toda crisis, las empresas recurrirán al apalancamiento de la deuda. Pero lo que necesitan es capital social. Es hora de crear una herramienta pública adecuada para proporcionarles esto.» Añadió: «El arsenal del gobierno carece de un arma decisiva. Para salvar nuestra economía, necesitamos un instrumento público para invertir en capital o cuasi-capital en todas las empresas que lo necesiten. ¿Una revolución?», pregunta. Para añadir: «Ciertamente, no se trata de colectivizar». En resumen: «No basta con prestarnos dinero, tienen que dárnoslo. En suma, el Estado no sólo debe pagar los salarios de nuestros trabajadores y nuestras deudas, sino también garantizarnos directamente los dividendos a los que tenemos derecho.»

Detrás de esta cínica desfachatez se oculta una preocupación: la de la burguesía media de un país imperialista medio, ante la perspectiva económica que se está perfilando. La base de esta preocupación es precisamente que la política de salvar al capitalismo en crisis mediante el crédito y el endeudamiento está conduciendo a un mayor fortalecimiento de las finanzas y su papel. «Será imposible restaurar rápidamente un sistema productivo privado de capital y cargado de deudas», continúa el columnista de Les Echos. Y evoca las múltiples adquisiciones a través de los tribunales por parte de aquellos que habrán logrado superar la crisis o las «olas de compras de empresas por parte de los fondos de inversión». Detrás de «el Estado como salvador del capitalismo» aparece la amenaza de los bancos y los fondos especulativos, que barrerán sin piedad a las empresas privadas que no tienen medios para resistir.

¿Quién financiará … las finanzas?

Los bancos centrales hacen dinero virtual a voluntad, que utilizan para recomprar deuda pública, bonos soberanos. El procedimiento no es nuevo, ya que de esta manera la burguesía imperialista superó la crisis de 2008. Le Monde señala: «En 2007, el balance de los tres principales bancos centrales del mundo -la Reserva Federal de Estados Unidos (Fed), el BCE [en la Unión Europea] y el Banco de Japón- fue de 3,4 billones de dólares. En febrero de 2020, incluso antes de la pandemia, alcanzó los 14,6 billones de dólares. Y eso es sólo el comienzo». El crecimiento de estas cifras es una indicación del creciente volumen de crédito otorgado a las empresas capitalistas a través de sus estados. ¿Es necesario recordar cómo, tras la crisis financiera de 2008 y la amenaza de un colapso bancario generalizado, todos los gobiernos se comprometieron a limitar y regular la emisión excesiva de créditos (y por tanto de deudas)?

Pero tan pronto como la alerta pasó y bancos del tamaño de Lehman Brothers fueron barridos, el baile de la deuda comenzó de nuevo.

Se espera que las sumas citadas en el balance aumenten en otros dos tercios sólo este año. Pero estas sumas, que son incomprensibles, serán absorbidas por los grupos financieros más poderosos, es decir, los que tienen el poder de prestar a los Estados. Estos valores pueden ser comprados, vendidos, reelaborados y convertidos en lo que llaman productos financieros.

¿Pero quién pagará esta montaña de deuda que los Estados están acumulando? De un solo golpe, para los líderes de este mundo que, hasta la crisis actual, solían predicar tranquilamente que las deudas debían ser pagadas- recordemos que fue en nombre de la deuda que las clases trabajadoras de un país como Grecia fueron exprimidas demoliendo sus condiciones de vida- la cuestión se ha vuelto secundaria.

Algunas personas hablan de una deuda que se extiende a lo largo de 50 o incluso 100 años. Otros incluso prevén una deuda perpetua, es decir, el deudor nunca tendrá que pagarla. Algunos de los más prominentes economistas están resolviendo el problema de la deuda incluso negando su existencia. «Es la moneda la que financia la crisis, no la deuda», dice Patrick Artus, economista jefe de Natixis, en una entrevista con Le Monde.

La idea de la deuda perpetua no es realmente nueva, al menos no en sustancia. El proceso por el cual el gobierno pide prestado para pagar una vieja deuda convirtiéndola en una nueva no es nuevo. Pero la deuda perpetua sería la afirmación oficial de que lo que importa a los acreedores es sobre todo recibir una renta vitalicia. Si las fechas de vencimiento están muy lejanas,20 ó 30 años, es menos importante devolver la suma prestada que los intereses que el acreedor recibe regularmente, que acaban superando con creces la suma prestada originalmente. La deuda perpetua consiste en proporcionar a los acreedores una anualidad regular que también es perpetua. La razón principal por la que esta brillante idea, que ha surgido de los cerebros de un capitalismo en descomposición, es difícil de poner en práctica es que los valores que representan esta anualidad perpetua, basada en la deuda soberana, es probable que compitan con multitud de otros productos financieros. Aunque estos productos son virtuales, ellos y sus verdaderos propietarios compiten entre sí. Todo este desarrollo, que vincula cada vez más a los financieros y a los Estados, no elimina la competencia, sino todo lo contrario.

Detrás de los juegos malabares de vocabulario, sigue estando el resultado final: todavía tenemos que financiar el pago de esta renta, es decir, tomar de la población lo necesario para mantener el parasitismo de las finanzas.

El pago de intereses ya está tomando una parte cada vez mayor del gasto público. También en este caso se trata de una evolución fundamental, el capitalismo sobrevive deshaciéndose del Estado, como alguacil y secuaz que hace su trabajo sucio, del dolor y las dificultades de la explotación directa.

Todas las crisis terminan cambiando el equilibrio de poder entre los capitalistas. Esta es incluso la función fundamental de la crisis de la economía capitalista: restablecer el equilibrio entre la producción y la demanda solvente. Restablecerla después del hecho, cuando la producción se lleva a cabo en la anarquía de las iniciativas individuales.

Es en las crisis que se podan las ramas enfermas de la economía. Es en las crisis que los más poderosos destruyen  o devoran a los demás, es en las crisis donde se realizan las concentraciones de capital, es decir, la concentración de la riqueza y los medios de producirla en cada vez menos manos.

La crisis actual también juega este papel. Actualmente se está llevando a cabo la recomposición entre los diferentes sectores de la actividad económica. Tanto los negocios de turismo como de entretenimiento están colapsando. Y muchas empresas de estos sectores no se recuperarán.

Incluso después de dos meses de inactividad, no será justo considerar a la aviación civil como una de las ramas muertas -especialmente porque las empresas nacionales están entre los principales beneficiarios de la ayuda estatal-, al igual que el sector automovilístico en su conjunto. Pero eso no resuelve la cuestión de quién sobrevivirá y quién no. Sin embargo, las empresas desaparecerán tanto entre las aerolíneas como entre los fabricantes de aviones, y aún más entre sus subcontratistas.

Por otra parte, otros sectores, en particular los relacionados con las nuevas tecnologías, los Gafam (Google, Apple, Facebook, Amazon y Microsoft), están experimentando un ascenso meteórico. Como conocen los gigantes de la industria de la distribución.

Lo más importante es que la crisis está acentuando el dominio del sector financiero sobre el sector productivo. Pero detrás de estas dos formas de aprovechar la plusvalía global derivada de la explotación de los trabajadores, está la misma gran burguesía, los más ricos y poderosos. A medida que la crisis actual empuja a la clase obrera a una creciente pobreza y amenaza con arruinar a la media y pequeña burguesía, las grandes fortunas siguen creciendo y las contradicciones de clase se profundizan.

La Unión Europea en implosión

Si esta evolución, es decir, este papel de último baluarte de la economía mundial, se aplica a los tres grandes bancos centrales -a los que podemos añadir el Banco de Inglaterra y, con menos posibilidades, el Banco Central Suizo- el Banco Central Europeo tiene una característica especial en el sentido de que, detrás de él, no hay un solo Estado, sino los 19 Estados de la zona euro. Estados que están unidos por intereses comunes pero que siguen siendo competidores y rivales. Jean-Yves Le Drian, ministro de Europa y Asuntos Exteriores, explicó por qué todas las negociaciones en el seno de la Unión Europea están fracasando: «Estamos siendo testigos de un ensanchamiento de las fracturas que han estado minando el orden internacional durante años. La pandemia es la continuación por otros medios de la lucha entre las potencias.»

La forma concreta que adopta esta lucha entre las potencias en el seno de la Unión Europea, o más precisamente en la zona euro, gira en torno a las condiciones de acceso a los mercados financieros.

Ni un solo estado de la Unión Europea, ni siquiera el más rico, Alemania, tiene la cantidad de dinero que promete a sus empresas capitalistas. Los estados tienen la intención de pedir prestado este dinero en los mercados financieros. ¿Pero a qué ritmo? La reciente crisis (2010-2011) de la zona del euro ha demostrado que los 19 países que forman parte de ella pueden utilizar la misma moneda cuando piden préstamos en el mercado de capitales, pero no pagan los mismos intereses, según el poder de cada uno. Incluso las potencias imperialistas medias fundadoras de la Unión Europea, como Alemania e Italia, no están en el mismo barco.

El interés colectivo que defienden las instituciones de Bruselas exige que los 19 Estados puedan pedir prestado colectivamente y a un tipo común. Sin embargo, si los discursos oficiales repiten las palabras «común» o «colectivo» una y otra vez, cada país está tirando de su propio peso. El ultimátum lanzado por el Tribunal Constitucional alemán al Banco Central Europeo para justificar la recompra de ciertos títulos, en particular de los Estados más pobres, es significativo para las relaciones entre los países de la zona euro. Es una forma de decir que los estados más ricos no tienen que ayudar a los que están en dificultades.

Entre ladrones enemigos, pero encadenados a la misma cadena

La crisis no disminuye la competencia, ni entre los grandes grupos capitalistas ni entre los estados nacionales. Por el momento, las rivalidades siguen escondiéndose detrás de los discursos que cantan las virtudes de la colaboración. Lo que está en juego en última instancia en estas rivalidades es la distribución de la plusvalía global extraída a la clase obrera, entre las diferentes categorías o las diferentes camarillas capitalistas representados por sus estados nacionales. Pero todas las luchas entre bandidos por el reparto de su botín no deben ocultar el hecho de que las víctimas son las clases explotadas.

En otras palabras, el próximo período estará marcado por la ofensiva de toda la burguesía contra la clase obrera. La burguesía ni siquiera oculta su intención de aprovechar la propia pandemia para cambiar, en su propio beneficio y a expensas de los trabajadores, el equilibrio de poder con la clase obrera. Extendiendo las horas de trabajo de todos mientras se preparan para despedir a los trabajadores. Ahorrar aún más en servicios públicos cuando acaban de demostrar que sin ellos la sociedad no puede funcionar. Reduciendo los aspectos sociales del estatismo burgués, mientras el estado mantiene su ventana abierta para los capitalistas.

Lo que los portavoces oficiales de los grandes jefes siguen expresando con palabras tapadas, o presentándolo como algo temporal, otros, los «aguadores» de la burguesía, lo formulan brutalmente. Así, el Instituto Montaigne – nombre que ofende al gran filósofo del Renacimiento en Francia -acaba de presentar propuestas para salir de la crisis, entre las que se encuentran las siguientes: aumentar el tiempo de trabajo a 10 horas diarias y 48 horas semanales; suprimir la fiesta del jueves de la Ascensión; anular las vacaciones escolares del día de Todos los Santos.

¿Cómo puede ayudar la prolongación de la jornada laboral a superar la crisis? La propuesta sería sencillamente estúpida si no estuviera detrás de la idea de que los trabajadores deben trabajar más para ganar menos, en otras palabras, para aumentar la plusvalía tomada por sus explotadores.

Los más prudentes servidores de la burguesía en los medios de comunicación critican este tipo de propuesta como «torpe», cuando la sociedad ni siquiera ha salido de la pandemia; ¡mientras que otros afirman que sería inmoral!

La explotación no es una cuestión moral, sino el fundamento de la sociedad capitalista. Desear una burguesía más comprensiva con aquellos cuya explotación la enriquece es más estúpido en tiempos de crisis que lo habitual.

Mercaderes del sueño reformista y política revolucionaria

Si comparamos la crisis actual con el período de posguerra en Francia, aún hay algunos aspectos sorprendentes. En primer lugar, el discurso sobre la «unión nacional», retomado por todos los partidos de la burguesía. Como diría el humorista, incluso los reconocemos por eso. Esta política de «unión nacional» la realizan en tiempos de dificultad para la burguesía, ya que en tiempos de normalidad política tienen los partidos que distinguirse unos de otros, para que los electores puedan desautorizar al partido en el poder, que gobierna en su contra, votando a la oposición que, una vez en el poder por la gracia de las elecciones, hará lo mismo que su predecesor. La esencia del parlamentarismo burgués está ahí: ¡subir a la carroza, ronronear al Parlamento y continuar la explotación! Cambiar el partido en el poder para que nada cambie.

Otra sorprendente similitud entre los dos períodos: el lenguaje de los reformistas. Sus representantes ya no son los mismos, sus vínculos con la clase obrera aún menos. En la «Liberación», el PCF tenía un peso completamente diferente en la clase trabajadora que el de hoy. Gracias a ella y a su influencia, el reaccionario general De Gaulle pudo hacerse pasar, no por un hombre de izquierda- ciertamente no hubiera querido esa etiqueta – sino por el representante del interés nacional, es decir, de los intereses de los trabajadores. Todas estas buenas personas predicaban que un futuro mejor nos esperaba mientras que el presente estaba hecho de sobreexplotación para los trabajadores, de cartillas de racionamientos, de viviendas improvisadas y de represión sangrienta para los pueblos de Argelia, lndochina y Madagascar, y del imperio colonial. Es en nombre de este futuro mejor que el PCF afirmó que las huelgas eran el arma de los Truts y que era necesario ser todos solidarios para relanzar la economía. Es para sostener este lenguaje que el PCF tenía ministerios, antes de ser expulsado del gobierno, ya que los burgueses saben cómo ahuyentar a los lacayos que ya no les sirven.

Laurent Berger, el secretario general de la CFDT, pide hipócritamente «otra distribución de la riqueza» para hacer frente a la crisis, añadiendo: «Nuestro país tendrá que mostrar mucha más solidaridad que en el pasado». ¡La súplica ciertamente conmoverá hasta las lágrimas a Arnault, Bolloré, Dassault y Mulliez!

Es casi con las palabras de los años 1944-1945 que los herederos políticos de los estalinistas afirman hoy en día, como lo demuestran varios folletos firmados por la CGT, que sin embargo pasa por la más radical de las centrales sindicales: «Por una sociedad más justa, y a través de la lucha construyamos nuevos días felices», «Inventemos el mundo después» o «Nunca más, juntos construiremos un nuevo futuro», «Por la paz, por la solidaridad nacional, por la protección de las poblaciones». Un lenguaje digno de los sacerdotes de cualquier religión: como una forma de vida futura, ¡promete el paraíso!

Por así decirlo, toda la prensa utiliza este tipo de lenguaje, pintando de rosa la salida del encierro. No en vano está de moda multiplicar las referencias al Consejo Nacional de la Resistencia (CNR) y su programa.

Pero, si las cosas dependen sólo de lo que el capitalismo nos tiene reservado, ¡el futuro ya está aquí!

Amenazas de despidos masivos, aumento del desempleo sin precedentes, incluso en los Estados Unidos.

Un fuerte aumento de la pobreza, incluso en los países más ricos. Las organizaciones benéficas, desde Restos du Coeur, hasta Secours populaire, están abrumadas. Emaús está al borde de la bancarrota por primera vez en su historia. ¡Y estos son los países más ricos del mundo!

En cuanto a los países pobres, además de aumentar la pobreza, se incrementa la represión contra los más pobres, con el uso de porras y ametralladoras en el supuesto nombre de una guerra legítima, la guerra contra el coronavirus. Y las bandas armadas oficiales de los Estados, la policía y el ejército, se comportan, como siempre en estos países, pero más que nunca, como bandas criminales que extorsionan a la población pobre.

Así es como el presente ya está dando forma al futuro que le espera a la sociedad. Aquí también, el coronavirus habrá sido sólo un factor desencadenante. La hambruna en África no fue provocada por Covid-19. La pandemia que se está extinguiendo en la sociedad es su organización social: esta es la realidad que intentan ocultar todos aquellos que nos hablan de un mundo mejor después de la crisis. Pero no tendrán éxito.

Como lo han expresado sus portavoces en la prensa, los propios propietarios temen reacciones de revuelta. 11 EI mundo está al borde de una gran explosión social», fue el titular de Les Echos del 22 de abril de 2020. Podemos ver las premisas de esto incluso en un país imperialista rico como Francia, donde hay muchos amortiguadores sociales, con el creciente número de incidentes que enfrentan a los jóvenes de los suburbios de la clase obrera contra la policía. También los vemos en los Estados Unidos, no sólo con huelgas sino también con inquilinos de ciertos barrios de la ciudad de Nueva York que se niegan a pagar su alquiler cuando/ habiendo sido despedidos/ ya no tienen recursos, ni siquiera suficientes para pagar un nivel mínimo de protección contra el coronavirus.

En los países pobres es aún peor. “En África, el hambre matará más rápido que la epidemia” fue el titular de Les Echos del 27 de abril de 2020. Los titulares de la prensa convencional reflejan una profunda preocupación. «El plantea se mueve hacia la crisis social (Le Monde, 22 de abril de 2020).

El próximo período no está lleno de «nuevos días felices». Hará que la agonía de la actual organización capitalista de la sociedad sea aún más dolorosa para los explotados.

La clase obrera tendrá que defenderse. ¿Por qué medios? ¿cómo? Es obviamente una cuestión de relaciones de fuerza. Pero/ en el período venidero, la arrogancia de la burguesía será el factor más poderoso de movilización para salir de la ansiedad mezclada con la resignación de la mayoría de los explotados que marca los acontecimientos actuales. Pero esto puede cambiar abruptamente, de manera imprevisible. Nadie puede adivinar cuál será la provocación de la clase dirigente o de sus políticos que creará la conmoción. Los militantes revolucionarios deben estar preparados para avanzar en sus políticas.

Pero defenderse, es decir, parando los golpes que nos asestará la burguesía y su Estado, será en el mejor de los casos un eterno reinicio, como la carrera de la ardilla en la rueda de su jaula.

Y, de hecho, ni siquiera un eterno reinicio, si no peor, porque la brecha se ensancha cada vez más entre las masas explotadas y las cúpulas de la oligarquía burguesa. A medida que crece el antagonismo entre las posibilidades de la sociedad humana y los grilletes impuestos por la organización capitalista.

Por una parte, la producción se socializa a escala internacional en un grado infinitamente mayor que en la época de Marx e incluso de Lenin y Trotsky; pero, por otra parte, sigue estando dominada por la propiedad privada de los medios de producción y por la rivalidad entre los Estados nacionales.

El desarrollo social requiere cambios profundos para romper esta camisa de fuerza, es decir, para derrocar el poder de la burguesía y poner los medios de producción a disposición de la colectividad.

Si la sociedad no puede progresar en su desarrollo, retrocederá.

Lo que no ha cambiado desde Marx, y se ha confirmado a lo largo de la historia, es que la única fuerza social que puede provocar esta agitación revolucionaria es la clase obrera.

Por eso, por muy grande que parezca hoy la desigualdad entre el poder de la dictadura de la burguesía sobre la sociedad y los medios de la corriente revolucionaria de la clase obrera, no hay otra opción para el futuro que trabajar para que los trabajadores tomen conciencia de sus intereses políticos fundamentales, es decir, de su papel en el futuro de la sociedad humana, y para que cada vez más mujeres y hombres trabajadores se organicen sobre esta base.

Esto comienza en las cabezas, en las conciencias. Rechazar cualquier forma de unidad o concordia nacional, porque significan necesariamente la abdicación de los explotados ante sus explotadores. No seguir a los charlatanes o a los vendedores de ilusiones. Tomar conciencia de que, a pesar de su actual desorientación política, la clase obrera sigue representando una fuerza considerable, aquí y en el plano internacional.

Las crisis son poderosos aceleradores de la historia humana. La crisis actual acelerará y agravará las luchas sociales. Pueden manifestarse en revueltas, disturbios. Si estos permanecen sin perspectivas, pueden dar vueltas en círculos y sólo llevan a una agravación del caos social.

La única otra perspectiva es la encarnada por el proletariado, es decir, el derrocamiento del capitalismo moribundo y la toma del poder por la clase obrera.

Una organización social, incluso en agonía, puede sobrevivir si otra no es capaz de ocupar su lugar para permitir que la humanidad vuelva al camino del progreso. En otras palabras, el reinado de la burguesía sólo desaparecerá si su poder es derrocado por el proletariado. El futuro de la humanidad depende de la capacidad del proletariado para recuperar su conciencia de clase y su voluntad de reanudar la lucha para poner fin a la organización capitalista de la sociedad. Y quién dice conciencia, dice partido para encarnarla. Avanzar en su construcción es la tarea ineludible y más inmediata.

Lucha de clases n°208- junio 2020