Asturias: 15 días de revolución socialista

Mieres da el ejemplo

En las primeras horas del 5 de octubre, armados de algunos fusiles, de escopetas de caza, de utensilios de labranza y de cartuchos de dinamita, los mineros de Mieres y del resto de la cuenca minera se lanzan al ataque de los cuarteles de la guardia civil y de los guardias de asalto.

En Mieres, lo hacen de forma organizada. Antes de comenzar la insurrección, ha sido nombrado un Comité provisional y los combatientes han sido distribuidos en grupos de treinta hombres al mando de un jefe.

A primeras horas de la mañana, el Ayuntamiento y el cuartel de los guardias de asalto han sido tomados tras violentos combates. Con la caída de estos dos puntos decisivos, “Mieres pasa a poder de los obreros. Son las primeras fortalezas de la Revolución”, diría Manuel Grossi en su magnífico testimonio sobre la gesta asturiana.

Instalados en el Ayuntamiento, los vencedores encargan a Grossi el nombramiento del nuevo Comité Revolucionario, el cual queda constituido por dos socialistas, dos anarquistas, dos comunistas y el propio Grossi, en representación de la Alianza Obrera y del Bloque Obrero y Campesino.

Mientras proceden a organizar el Ejército Rojo con la vista puesta en Oviedo, sin cuya conquista la revolución no será completa, llegan noticias de que se aproximan a Mieres dos compañías de guardias de asalto y una del ejército. Doscientos revolucionarios, empuñando las armas arrebatadas al enemigo unas horas antes, salen inmediatamente para cerrarles el paso y se enfrentan a ellas en la cuesta de la Manzaneda.

Manuel Grossi, el improvisado “general” de aquel primer combate a campo abierto con las fuerzas del gobierno, explica: “Dividimos nuestras fuerzas en siete grupos de treinta hombres. Cada uno de estos grupos debe obedecer, sin la menor discusión, al jefe designado. Los jefes de grupo no pueden tomar ninguna decisión sin consultar al representante del Comité revolucionario.”

Y fue así, con disciplina y derrochando valentía, como doscientos soldados de la Revolución, con siete jefes armados únicamente de fusiles y algunas pistolas, vencieron a unas fuerzas superiormente preparadas y armadas.

La Comuna asturiana acababa de librar la primera de sus batallas. Y aquella noche, en Mieres, todos los trabajadores, viejos y jóvenes, mujeres y niños, cantaron la Internacional: el himno de la esperanza se había convertido en el de la victoria.

Mieres había dado el ejemplo. A continuación fueron cayendo todos los cuarteles de la zona minera, los de Turón, Sama y demás pueblos de las cuencas del Nalón y del Aller. Al terminar el día 5, se habían constituido Comités revolucionarios en toda la región.

Después de haber organizado la revolución en sus respectivos pueblos y con la atención fijada en Oviedo, los mineros se dirigirían, a pie o en camiones, hacia la capital y llegarán a ella al clarear el día 6. Pero quedarán sorprendidos viendo que la ciudad, a la cual se dirigían creyendo encontrarla en plena insurrección, despertaba como si nada estuviera ocurriendo.

En realidad, el movimiento todavía no había empezado en Oviedo. Los obreros se mantenían allí en actitud expectante esperando que el Comité revolucionario diera la señal. Esta indecisión sería aprovechada por el gobernador para distribuir la fuerza pública en los lugares estratégicos de la capital, y es muy probable que, como dice Grossi, sin la llegada de los mineros, en ésta no habría sucedido nada.

La conquista de Oviedo

Mal armados, disponiendo únicamente de fusiles tomados a las fuerzas vencidas, de algunas escopetas, pistolas y revólveres, los mineros se lanzaron al asalto de Oviedo. Estaban en clara desventaja frente a los batallones del ejército y de los mercenarios de la guardia civil y de asalto, pero tenían lo que les faltaba a éstos: el entusiasmo y el valor que da la convicción de estar luchando para cambiar la sociedad. Muchos murieron avanzando a pecho descubierto frente a las ametralladoras enemigas. Pero, poco a poco, casa por casa, esquina por esquina, fueron adentrándose en la ciudad.

Abriendo paso a los fusileros, iban los dinamiteros, aquellos hombres, aquellos revolucionarios que han pasado con todos los honores a la historia del movimiento obrero tanto por su actuación en la revolución asturiana como en el frente de Madrid durante la guerra civil. “Eran vistos como semidioses por el pueblo obrero y como diablos escapados del averno por los burgueses y por los enemigos de la revolución”, dice Narcís Molins i Fàbrega.

En Oviedo, al verlos llegar, los enemigos retrocedían aterrados y acababan huyendo calle adelante.

A las cuatro de la tarde, una carga de dinamita abría las puertas del Ayuntamiento a los revolucionarios. Unas horas después, tras haber sido constituido el Comité revolucionario de Oviedo, salía el primer bando de la revolución anunciando la pena de muerte para todo aquel que fuera cogido realizando un acto de pillaje y ordenando la constitución de la Guardia Roja “que ha de velar por el orden y la buena marcha de la Revolución”. En estos momentos iniciales, es ya significativo que el Comité de Oviedo se mostrara más preocupado por el mantenimiento del orden que por la prosecución de la lucha. En las cuencas mineras no era “Guardias Rojas”, sino el Ejército Rojo lo que se estaba organizando. “Es una distinción que es necesaria hacer entre la ciudad y las minas”, dirá Marcís Molins.

Hay también un hecho que merece ser subrayado, pues denota las dudas y vacilaciones de los dirigentes socialistas en los momentos iniciales de la insurrección. Según explica Manuel Grossi, una columna compuesta por 900 obreros “disponiendo de gran cantidad de dinamita y de otros medios de lucha” y dirigida por González Peña, debía entrar en Oviedo al mismo tiempo que los demás. Pero esta columna no saldría de Balduno antes del mediodía, cuando los mineros estaban luchando ya en las calles de Oviedo, y no llegarían al monte Naranco hasta las cuatro de la tarde.

“Creían ellos – dice Grossi – que los obreros de Oviedo saldrían a su encuentro junto a la Iglesia de San Pedro, pero no fue así. Esto decepcionó grandemente. El propio González Peña dio entonces la orden de retirada, aconsejando a los obreros que volvieran a sus casas, pues la capital aparecía desde el Naranco en estado pacífico, Afortunadamente los obreros no hicieron caso de la orden de Peña y continuaron en su puesto”, concluye Grossi.

Mientras tanto, en Oviedo, las fuerzas revolucionarias se hacían con la fábrica de dinamita de la Monjoya, tomaban la Comandancia de Carabineros, cerraban el paso a veinte camionetas cargadas de guardias civiles y de asalto en Campomanes, penetraban en el Banco de España y en la Diputación a golpes de dinamita e iniciaban el cerco de la fábrica de armas de la Vega, cuya ocupación, al cabo de tres días, proporcionaría unos 30.000 fusiles y más de cien ametralladoras a las fuerzas revolucionarias (aunque de poco serviría por falta de municiones). A partir de entonces, la lucha se centra alrededor del Cuartel Pelayo, donde se han refugiado la fuerza pública y los reaccionarios de Oviedo. Para los revolucionarios, la toma de este cuartel significaba poder adueñarse de una gran cantidad de municiones, que era lo que más falta hacía en los frentes de lucha. En Vega del Ciego se entregaba un cargador con cinco cartuchos a los combatientes que se disponían a ocupar la línea de fuego, y se tenían que retirar cañones por falta de obuses.

La Revolución se organiza

A partir del segundo día de la revolución, la gran masa trabajadora, incluidas las mujeres, se incorpora a la lucha y toda la región forma un centro de guerra cuyo teatro principal es Oviedo y sus alrededores y su centro organizativo Mieres. La ciudad minera se ha convertido en el cuartel general de la Revolución. El abastecimiento de comestibles, de municiones, de dinamita, etc., todo sale de Mieres. Un salón de la Casa del Pueblo ha sido convertido en un taller donde se trabaja noche y día para fabricar bombas. En la fábrica de Mieres, cien caldereros y ajustadores trabajan en el blindaje de máquinas de tren, vagones y camiones. Se organizan hospitales y comedores colectivos. El dinero es sustituido por vales. Se come poco, no se bebe alcohol: la revolución es espartana.

Pero Gijón no se mueve…

Uno de los episodios de la revolución asturiana que merece capítulo aparte es sin duda lo sucedido en Gijón, donde el retraso en desencadenar la insurrección significó, no sólo el holocausto de uno de los sectores más combativos del proletariado asturiano, sino también una herida de fatales consecuencias en el flanco de la revolución.

En esta ciudad, los obreros, en su mayoría, seguían las orientaciones del Comité Regional de la CNT, el cual se había integrado a la A.O. asturiana contraviniendo, como es sabido, las directrices del Comité Nacional de la CNT. César M. Lorenzo describe así la pugna entre José M. Martínez y los dirigentes de la Confederación: “En el transcurso de un Pleno nacional que tuvo lugar en Madrid, el 26 de junio de 1934, la CNT rechazó con indignación la iniciativa de los asturianos. Estos (José M. Martínez, su gran líder, se enfrentó con gran aplomo con las críticas de Durruti y de Eusebio Carbó) rehusaron someterse a la mayoría y mantuvieron su alianza con los socialistas, así como su proyecto de un gobierno revolucionario”.

Precisando la posición de la CNT sobre los hechos de octubre, este mismo autor añadirá más lejos: “La CNT no quiso sacar las castañas del fuego a quienes sólo deseaban su desaparición. El Comité nacional había puesto en guardia a los militantes, ya a finales de septiembre, denunciando en los editoriales del periódico ‘CNT’ el chantaje republicano-socialista e invitándoles a no caer en la trampa”.

En las discusiones posteriores a la derrota, socialistas y anarquistas se acusaron mutuamente del fracaso de la insurrección en Gijón. Para los primeros, los anarco-sindicalistas, demasiado influidos por la FAI, no se decidieron a lanzarse en el movimiento antes de que éste hubiera triunfado en otras partes. Según los anarquistas, los socialistas se negaron a proporcionarles armas porque querían evitar que Gijón se convirtiera en un reducto anarquista. En cualquier caso, si bien es cierto que la falta de armas fue uno de los principales factores del fracaso de la insurrección en Gijón, también lo es que las organizaciones obreras de la ciudad no declararon la huelga general el mismo día 5 a la madrugada, como se había hecho en los demás lugares.

“El hecho es – relata Narcís Molins – que el día 5, a la hora de la entrada al trabajo, el mismo momento en que en muchos pueblos los destacamentos de la guardia civil ya habían caído en poder de los obreros y, en Oviedo mismo, habían empezado los enfrentamientos con la fuerza pública, los obreros de Gijón, que no anhelaban otra cosa, no habían sido llamados no ya al combate, sino a la huelga general. Y esto es menos explicable si se tiene en cuenta la presencia de dos anarquistas en el Comité Revolucionario Provincial. Nadie puede acusar a los obreros de Gijón de falta de sentido de clase ni tampoco de poco espíritu de lucha. En otras ocasiones habían llegado a sacrificios difícilmente igualados por los obreros de otros lugares. La tradición de los obreros de Gijón es la lucha. El día 5, por la mañana, los tranvías de Gijón llevaban los mismos obreros de cada día al trabajo. Las fábricas vieron como los gritos de sus sirenas eran correspondidos por la masa, que no esperaba otra cosa que una orden de ataque que no venía. La revolución perdía de una manera absurda un ejército de más de veinte mil obreros dispuestos a la lucha”.

…y la insurreción fracasa en Gijón

Entre tanto, el comandante militar de la plaza, que sólo contaba con 400 hombres y una reserva de 14 cajas de municiones, aprovechó la indecisión de los dirigentes obreros para hacer ocupar todos los puntos estratégicos de la ciudad. En la noche del día 5, las fuerzas represivas habían tomado la iniciativa que no había sabido tomar la clase obrera.

Según consignó el comandante militar de Gijón en su diario de operaciones, el 5 de octubre pudo recorrer todos los barrios de la ciudad “sin encontrar novedad”; el día 5 hubo algunos tiroteos, pero nuestro hombre pudo aún dedicarse a recorrer por la tarde los barrios del Llano, Calzadas y Matahoyo, “encontrando construidas – dice – barricadas en los dos primeros”. El día 7, los revolucionarios gijoneses se atrincheraron en el barrio obrero de Cimadevilla; pero el gobernador y sus huestes todavía pudieron obligar a los ferroviarios de la estación del Norte a trabajar para la formación de un tren destinado a llevar a Oviedo las tropas recién desembarcadas del crucero Libertad en el puerto de Musel.

No cabe duda que si durante estos dos o tres primeros días, igual como se hizo en Oviedo, se hubieran llevado a Gijón fuerzas revolucionarias de las cuencas mineras o se hubieran enviado armas a los revolucionarios de Gijón, el gobernador y el débil destacamento que tenían a sus órdenes se habrían rendido o habrían sido barridos.

Disponiendo únicamente de unas trescientas armas entre cortas y largas, y de muy pocas municiones, los revolucionarios gijoneses se vieron obligados a limitar su acción a la ocupación de Cimadevilla, con cuya posesión controlaban el puerto local y las vías terrestres entre Gijón y Oviedo.

“En cambio – señala Narcís Molins – olvidaron por completo el Musel, punto estratégico importantísimo, y así pudo pasar que, al llegar los barcos, pudiesen efectuar los desembarcos sin hallar una resistencia que habría podido hacerse desde la punta que domina el puerto y de donde habría sido muy difícil desalojarlos”.

Con la posesión de Cimadevilla y el sistema de trincheras que habían establecido alrededor de la ciudad, los revolucionarios la tenían prácticamente sitiada, pero no disponían de armas para conquistarla.

Durante la noche del día 8, el crucero mal llamado Libertad bombardeó con tal intensidad el barrio de Cimadevilla que la población no combatiente, viendo hundirse sus casas, salió en masa con banderas blancas para entregarse a las fuerzas del gobierno. A la insurrección de Gijón le quedaban ya pocas horas de vida.

El día 10 por la mañana, desembarcaban las tropas del Tercio y de Cazadores de África. A pesar del heroísmo de los revolucionarios, que les cerraron el paso durante horas contando sólo con sesenta fusiles y diez cartuchos cada uno, los legionarios consiguieron penetrar en el barrio de La Calzada al caer la tarde. Allí darían comienzo las matanzas y los saqueos que pasarían a ser sus mayores hazañas durante todo el tiempo que duró la reconquista de Asturias y la represión del movimiento revolucionario.

Intentando cortarles el paso hacia Oviedo, un pequeño grupo de revolucionarios contuvo a estas dos columnas a la salida de Gijón. Pero su inferioridad numérica y el fuego de las ametralladoras enemigas acabaron obligándoles a retroceder, a ceder terreno palmo a palmo. Podían haber abandonado la lucha y huir, pero prefirieron morir.

“Aquellos hombres estaban mandados por José María Martínez, el héroe de Gijón, el anarquista que supo comprender que la clase obrera debe ir unida a la revolución”, dirá Narcís Molíns. Finalmente, después de resistir dos días al lado de unos cuantos compañeros frente a todo un ejército, Martínez moriría junto a ellos en las trincheras del Llano.

Gijón había caído. Pero no cayó por falta de heroísmo ni de valor por parte de los revolucionarios gijoneses, sino debido a la indecisión de las organizaciones obreras, a la carencia de material y a la falta de preparación consecuencia esta última de la incomprensión de los anarco-sindicalistas respecto a la disciplina y organización que precisa la revolución.

Lo sucedido en la base aérea de León y sus consecuencias

En el campo de aviación militar de León, situado a unos 120 kilómetros del sur de Oviedo, los soldados esperaron durante toda la noche del 5 de octubre que, tal como les habían prometido, los obreros atacaran la base para unirse a la revolución. En el aeródromo se respiraba la misma atmósfera revolucionaria que en el resto del país. Pero la base no fue atacada ni el 5 ni el 6. Cansados de esperar, el 7 de octubre, las compañías segunda y tercera salieron de sus barracones empuñando sus fusiles descargados y se dirigieron hacia el depósito de municiones gritando: “¡Viva la revolución!”. Pero los oficiales, muchos de los cuales – según los socialistas – habían prometido secundar el movimiento, montaban la guardia frente al depósito y pudieron reducir a los amotinados.

No hubiera ocurrido sin duda lo mismo si los obreros hubieran atacado la base el 5 de octubre, como se esperaba; entonces no habrían sido unos cuantos oficiales – en el caso de que lo hubieran intentado – quienes habrían podido impedir a los obreros y los soldados adueñarse de la base y de los sesenta aviones que había en ella (50 “Breguets”, 7 trimotores y 2 autogiros). “No cuesta mucho darse cuenta de la trascendencia que para la insurrección de octubre y, en definitiva, para la revolución española, habría tenido la revuelta del aeródromo de León”, apunta con mucha razón Narcís Molíns.

En efecto, la aviación demostró ser un arma temible contra la cual los revolucionarios asturianos se hallaban indefensos. Cuando los aviones lanzaban sus bombas sobre Mieres, Oviedo o Campomanes, no podían siquiera disparar sus fusiles sobre ellos para no desperdiciar las pocas balas que tenían. Mieres, la capital de la insurrección, se convirtió en su blanco favorito. Lanzaban las bombas donde veían aglomeraciones de personas, sin preocuparles si mataban hombres, mujeres o criaturas. Una bomba fue lanzada sobre la cola que hacían las mujeres delante de la panadería, matando a seis e hiriendo a tres. Otra cayó en la calle Galán, matando a una madre que llevaba un niño de pañales en brazos y a tres niños más. En Mieres, los aviones no buscaban destruir objetivos más o menos militares; las bombas no caían en la fábrica que blindaba camiones, por ejemplo; sino en las calles del pueblo. Su único objetivo era el de aterrorizar a la población. El general Franco, desde Madrid, dirigía las operaciones. Tres años después, en Guernica, repetiría lo mismo; pero, esta vez, en gran escala pues disponía de la aviación alemana.

Si aquel célebre “estado mayor de la revolución”, formado en Madrid para preparar la respuesta a la entrada de la CEDA en el gobierno hubiera preparado realmente la tan pregonada “revolución social” de Largo Caballero y los suyos, no se habrían producido hechos como los del aeródromo de León, que pudo haber sido tomado y no lo fue. Dirigiendo inmediatamente los aviones que había en él hacia un Madrid paralizado por la huelga general, se hubiera podido forzar la rendición del gobierno a las fuerzas revolucionarias. Y, con el capital en sus manos, el factor psicológico que tan importante papel jugó en la desmoralización de los trabajadores asturianos, se habrían vuelto contra sus enemigos. Desgraciadamente, no era esto lo que buscaban los líderes socialistas: sólo pretendían chantajear al gobierno, no derrocarlo.

Se establece el orden revolucionario

En Mieres, el Cuartel general y la oficina de reclutamiento del naciente Ejército Rojo quedaron instalados en la Casa del Pueblo a partir del día 7. Los grupos y compañías de revolucionarios seguirán siendo de treinta hombres y un jefe. Al salir del Cuartel general, cada jefe tiene en su poder una lista con los nombres de los componentes del grupo. Tanto al llegar al frente como al ser relevados, cada jefe debe pasar lista de su gente y dar cuenta al Comité de las bajas sufridas.

En Sama, una vez dominada la situación, el Comité Revolucionario público un bando de constitución del Ejército Rojo, el cual fue reproducido con ligeras variantes y publicado en todo el territorio ganado a la revolución, (excepto en algunas zonas dominadas por los anarquistas, como La Felguera). Este bando decía lo siguiente:

BANDO

Hacemos saber: Desde la aparición de este bando queda constituido el EJÉRCITO ROJO, pudiendo inscribirse y pertenecer a él todos los trabajadores que estén dispuestos a defender con su sangre los intereses de la clase proletaria. Este EJÉRCITO quedará compuesto y se dirigirá de la forma siguiente:

1º Todos los que hayan cumplido los 18 años de edad hasta los 35 pueden inscribirse en el EJERCITO ROJO.

2º Una vez ingresados en las filas tendrán que observar una férrea disciplina.

3º Las deserciones o desobediencias serán castigadas con severidad.

4º Quedan excluidos de pertenecer al EJERCITO ROJO aquellos que hayan pertenecido a la clase explotadora.

El aplastamiento de los contrarrevolucionarios, la conservación de nuestras posiciones exige tener un EJERCITO invencible, aguerrido y valiente para edificar la SOCIEDAD SOCIALISTA.

Nota. – Todos los días desde las ocho de la mañana queda abierta la inscripción en la oficina instalada en las dependencias del Ayuntamiento.

Sama, 7-10-34

EL COMITÉ REVOLUCIONARIO

En Sama, el Comité Revolucionario se dividió en Comité Militar, Sanitario y de Abastecimientos, subdivididos cada uno en tantas Comisiones auxiliares como hicieran falta.

El Comité Militar se encargaba de organizar las tropas destinadas a los frentes de Oviedo y de Campomanes y de mantener el orden público. Los hombres que iban al frente eran relevados cada dos días por tropas frescas, mientras los otros regresaban a sus casas para descansar. Ello era debido sobre todo a la falta de municiones. No había bastantes balas para todos los que querían luchar.

Las calles de Sama eran vigiladas por escuadrones de diez hombres, todos obreros, bajo las órdenes de un jefe, el cual era a su vez responsable del comportamiento de sus hombres ante el Comité Militar. Durante la noche, se multiplicaba la vigilancia. Las patrullas recorrían continuamente todas las calles de la población. Los vecinos sabían que tenían su casa y sus bienes mejor custodiados que nunca. De noche, los burgueses y sospechosos de ser enemigos de la revolución se dejaban ver lo menos posible. Nadie podía circular sin dar el santo y seña de “U.H.P.” y levantar el puño cuando se cruzaba con las patrullas.

El Comité Sanitario centralizó todos los servicios sanitarios en el Hospital de la Duro-Felguera, el cual fue puesto bajo la dirección de un médico comunista. Los enfermos pobres eran atendidos gratuitamente y se socorría a todo el mundo sin distinción ni diferencias de clase. Quedaron pues suprimidas las consultas en los domicilios particulares de médicos y dentistas, que fueron incorporados a los servicios del hospital. En él fueron atendidos con el mismo cuidado tanto los enemigos como los partidarios de la revolución, y este servicio fue indiscutiblemente uno de los que funcionó mejor durante aquella corta experiencia revolucionaria.

El Comité de Aprovisionamiento fue creado inmediatamente después de haber sido vencida la resistencia de la guardia civil. Para formar este Comité se eligió a tres militares seguros y de probada honestidad, los cuales podían nombrar ellos mismos cuantos compañeros necesitasen para llevar adelante su tarea. Fueron nombrados una veintena de delegados que, por parejas, se encargaban de las necesidades de una calle o más, según su importancia. Para satisfacer mejor estas necesidades, y también para poder establecer un racionamiento adecuado y proporcional a ellas, cada grupo realizó un censo de cabezas de familia con las personas que la componían, sin excluir ningún habitante de la población, fuese cual fuese su pertenencia social o ideología política. Los delegados se encargaban de recoger en el Comité los vales que correspondían a cada familia y los repartían casa por casa. Estos vales equivalían a 2,50 pesetas por una familia de dos personas y se escalonaban hasta 8,50 pesetas por una familia de doce personas. Se ejercía un riguroso control tanto en la entrega de los vales como en la compra de alimentos, y nadie podía obtenerlos de otra manera aunque se tratase de los miembros más influyentes del Comité.

También se hizo el censo exacto del número de animales existentes en la población para conocer las reservas de carne disponibles. Cuando, al cabo de unos días, la carne empezó a escasear, los delegados del Comité, dinero en mano, compraron unos centenares de corderos a unos pastores extremeños que tenían su ganado en las vecinas montañas. La ración diaria se daba a los que trabajaban (conservación de minas, panaderías, electricidad, etc.) y a los que luchaban era de un cuarto de kilo, y para los enfermos y heridos la que recetara el médico. Para la distribución al pormenor se utilizaron los establecimientos que ya existían en el pueblo. Los tenderos lo aceptaron de buen grado y la mayoría de ellos demostraron estar dispuestos a aceptar el nuevo estado de cosas.

Para procurarse la leche necesaria, el Comité llegó a un entendimiento con los campesinos para que éstos proporcionaran leche a la población a cambio de comida para el ganado o ropas. Estas últimas habían sido requisadas para equipar a los soldados y era el Comité quien las poseía y distribuía.

Marcís Molins i Fàbrega, de cuyo testimonio nos hemos valido para redactar este somero resumen de la organización de la vida en Sama durante aquella corta pero rica experiencia revolucionaria, acababa diciendo: “Funcionaba el alumbrado y la vida era normal en todo: tan normal como puede ser la vida de una población donde en cada momento entran omnibuses con heridos que regresaban del frente y traen noticias de algún compañero que ya no regresará, de donde salían tres o cuatro veces al día expediciones de soldados que iban a luchar, de la cual quizá no regresarían o regresarían como éstos, que entraban en el pueblo heridos y saludaban con el puño en alto vitoreando la revolución.”

En Turón, Mieres y todos los pueblos de la cuenca minera donde predominaba la influencia marxista y los Comités estaban compuestos esencialmente por militantes del PSOE, del PCE y del BOC o la ICE, la organización de la revolución fue muy similar a la de Sama (aunque en Turón, feudo del PCE, las cosas se hicieron de una forma más burocrática y dogmática).

El exprimento libertario de Felguera

En cambio, en La Felguera, la experiencia tomó desde el principio un claro color anarquista. Una vez vencidas las fueras reaccionarias, los anarco-sindicalistas de la Felguera, que siempre habían ejercido una gran influencia entre los obreros de esta población, creyeron que ya lo habían conseguido todo.

Ello no quiere decir que dejaran de mantener cierto orden revolucionario ni que olvidaron acudir en ayuda de los compañeros que luchaban en otros lugares. Igual que los otros pueblos, mandaron sus hombres al combate y mantuvieron un orden en la población. La diferencia apareció sobre todo en la forma, en su forma, de organizar la vida en este pueblo.

En la Felguera, se obligó, por ejemplo, a hombres que no eran obreros a hacer guardias por las calles, a mantener un orden revolucionario del cual eran seguramente enemigos. Al revés de los militantes marxistas, que sabían que a una guerra de clases corresponde inexorablemente un ejército de clases y que, si bien se puede alimentar al enemigo, jamás se le debe entregar un arma, los anarquistas partían del principio de que la revolución había de ser para todos los ciudadanos y que, por lo tanto, todos debían aportar su ayuda y cumplir con los mismos deberes… puesto que todos, tanto si eran burgueses como si eran obreros, tenían los mismo derechos.

Es evidente que si la revolución hubiera durado más tiempo o si hubiera llegado a triunfar, su particular y romántica concepción de ésta habría originado seguramente algunas experiencias dolorosas en el plano militar. Por lo que se refiere a la organización de la vida en la retaguardia, esta misma concepción les llevó a cometer un grave error en la organización – mejor dicho, en la no organización – de los servicios de aprovisionamiento. En efecto, a partir del día 5, una vez hubo triunfado la revolución, todos y cada uno de los ciudadanos tenían el derecho de ir a cualquier tienda en busca de lo que necesitaran para vivir.

En realidad, los anarquistas estaban tan impacientes para poner en práctica sus teorías y principios que no esperaron ni un minuto para ensayarlos. Pensaban que la gente estaría convencida de que el triunfo de la revolución garantizaba que, a partir de entonces, nada le iba a faltar a cada uno y que, en consecuencia, se produciría lo que predecían los teóricos del anarquismo; es decir, que cada uno no desearía coger más de lo estrictamente necesario. Ante la liberalidad de los dirigentes revolucionarios, la mayoría de los habitantes – de hecho, todos menos los más conscientes – optaron por acaparar la comida. Aquella liberalidad originó el abuso. Y el abuso la escasez de víveres. Por eso, al cabo de cuatro días, el Comité Revolucionario de la Felguera tuvo que autorizar la salida de mujeres y niños ante la falta de alimentos. Y, a partir del día 11, tuvo que decretar el racionamiento siguiendo un modelo parecido al que existía en Sama desde el primer día. Ahora bien, en Sama, gracias al racionamiento y al riguroso control establecidos desde el principio, no hubo escasez de productos y hasta pudo ayudar a los pueblos vecinos, entre ellos La Felguera.

Sin embargo, los revolucionarios de La Felguera no se quedaron atrás en cuanto a espíritu solidario acudiendo a todos los frentes en ayuda de los batallones que combatían en Oviedo y Campomanes. Y en los talleres de La Felguera se fabricaban los camiones blindados mejor realizados entre todo los que se hacían en la cuenca minera. Los cuales eran fácilmente reconocibles no sólo por sus mejores características técnicas, no por la inscripción “U.H.P.”… sino la de “C.N.T. – A.I.T.”.

En realidad, todos los obreros que trabajaban tratando de producir material para el frente se esmeraron tanto en su trabajo que dejaron asombrados a los propios técnicos burgueses. Por ejemplo, los de la fábrica de Mieres inventaron un aparato lanzabombas y fabricaron bastantes artefactos de ese tipo. “Estos aparatos dan excelentes resultados – dice Grossi. La bomba cae en el mismo parapeto del enemigo. Esto siembra el pánico en sus filas. Los jefes gritaban con frecuencia ‘¡Criminales, no empleéis la dinamita; tirad con los fusiles!’. Los revolucionarios se ríen de estos denuestos. Tiran con lo que tienen. Si dispusiéramos de medios más perfectos de combate, los emplearíamos.” Si la lucha revolucionaria hubiera durado varios días más “nadie es capaz de saber los medios de lucha que se hubieran descubierto y las cosas que hubieran podido realizarse”, concluye Manuel Grossi.

El comienzo del fin

El día 11 de octubre aparecieron los primeros signos anunciadores de la derrota.

Los combatientes de Campomanes amenazaban ya con abandonar la lucha si no se les proporcionaban municiones. El Comité de Mieres requisó todas las que pudo y las envió rápidamente. Pero, al cabo de unas horas, todo volvía a estar igual… “El problema de las municiones se agudiza por momentos”, se queja Grossi. Y añade: “Si no conseguimos solucionar este problema, no cabe duda que la insurrección está perdida”.

Durante este día, la aviación no sólo se prodiga lanzando bombas y ametrallando, sino que también lanza paquetes de periódicos, con ejemplares de “ABC” y “El Debate”, anunciando que el movimiento ha fracasado en el resto del país y que los únicos focos rebeldes que quedan son los de Asturias, lo cual contribuye a desorientar a los trabajadores.

Al mismo tiempo, las tropas del general López Ochoa estaban llegando a Avilés; las del Tercio y Regulares se acercaban a Oviedo. En estos avances, la aviación jugaría un papel decisivo. Los aviadores bombardeaban y ametrallaban incesantemente a las fuerzas revolucionarias. Los obreros no podían hacer nada contra estos ataques que llegaban del cielo. No sabían dónde esconderse… Retrocedían. Finalmente, la retirada se convertiría en desbandada.

La huida de los comités

En estos momentos, los dirigentes revolucionarios consideran que la situación es desesperada. Se piensa ya en preparar la huída de los más comprometidos. Para conseguir el dinero necesario para los que tienen que marcharse y también para ayudar a las familias de los caídos, se vuelan las cajas del Banco de España y se sacan de ellas unos catorce millones de pesetas. Pero la mayor parte de este dinero será recuperado por las autoridades unos días después. Y, en vez de servir para ayudar a los revolucionarios y sus familias, se convertirán en un pretexto, en una de las preguntas de las que se valieron los torturadores para aterrorizar a los miles de obreros que cayeron en sus manos.

Al cabo de una semana de lucha, era evidente que la insurrección no podía triunfar en Asturias después de haber fracasado estrepitosamente en el resto de España. Aquel era quizá el momento – mientras todavía se podía resistir – en que los dirigentes de la revolución hubieran debido exponer directa y claramente la realidad de la situación de las masas. Pero no lo hicieron. Prefirieron acordar entre ellos abandonar secretamente los Comités durante la noche del 11 de octubre, esperando que la gente, sin dirigentes, abandonaría la lucha. Se puede pensar que no se atrevieron a decir la verdad a las masas por miedo a la reacción de éstas, que no toleraban que nadie les hablara de ceder ante el enemigo sin tratarlo de traidor o de vendido.

El hecho es que los obreros no abandonaron la lucha, sino que reconstruyeron los Comités con nuevos militantes y acusaron de traidores a los dirigentes que habían huido. Pero la mayoría de éstos, unos por haber recapacitado, y otros a causas de las grandes dificultades que presentaba su empresa, decidieron regresar y al día siguiente estaban otra vez en sus puestos.

Sólo quedará resistir hasta el fin

Las disensiones y disputas entre anarquistas, socialistas y comunistas eran sin embargo cada vez mayores. Estos últimos consideraban que la situación no era tan desesperada como pretendían los otros y que, de todos modos, se debía luchar hasta el fin. Abundaban en la misma opinión la mayoría de los jóvenes socialistas y los combatientes más decididos, entre los cuales se hallaban, como es de suponer, los mineros. Se formó entonces un nuevo Comité Revolucionario, dominado por los comunistas, y las demás organizaciones se comprometieron a continuar la resistencia.

Este Comité se encargará en lo sucesivo de mantener la lucha, pero lo hará arrastrado por unos acontecimientos que no puede controlar.

Al anochecer el día 12 de octubre, las tropas del general Ochoa, que habían avanzado desde Avilés parapetadas detrás de filas de prisioneros encadenados, penetraban en Oviedo.

Uno de los supervivientes de estos parapetos humanos, contó después que estos prisioneros tuvieron que andar delante de las tropas de López Ochoa desde Grado a Avilés y luego hasta Oviedo sin recibir apenas alimentación y sin ser nunca desatados. Cuando llegaron a Oviedo, viendo el general que no podía vencer la resistencia de los revolucionarios, éste: “ordenó que fuésemos puestos en línea de fuego para servir de defensa a los soldados. Los revolucionarios, al ver que delante de las tropas marchaban paisanos atados, no se decidieron a hacer fuego graneado. Procuraban tirar por encima de nosotros, pero, con todo, los tiros también nos atrapaban algunas veces.”

Pero, al día siguiente, los revolucionarios penetraban otra vez en Oviedo y tomaban de nuevo el Ayuntamiento y algunos barrios de la ciudad. Las tropas de López Ochoa fueron rechazadas y tuvieron que refugiarse en el cuartel. Durante tres días, los combates seguirían dentro de la ciudad y sus alrededores.

Mas todo era ya inútil. Sin municiones, sometidos a los incesantes bombardeos de la aviación y al fuego de las ametralladoras enemigas, los revolucionarios no podían hacer más que defender palmo a palmo, casa por casa, los pueblos de la cuenca minera.

Finalmente, el 18 de octubre, Belarmino Tomás, delegado socialista en el Comité, negoció la rendición con el general López Ochoa.

Impresionados por los asesinatos, robos, incendios y violaciones a que se libraban las tropas africanas, los revolucionarios impusieron como única condición que las fuerzas de Regulares y del Tercio no entrasen en la cuenca minera. López Ochoa no opuso inconvenientes en aceptar tal condición, tanto menos cuanto no pensaba cumplir lo pactado.

Por la tarde, desde el balcón del Ayuntamiento de Sama, Belarmino Tomás lee las condiciones impuestas por Ochoa a los revolucionarios concentrados en la plaza. Le cuesta convencerlos. No se quieren rendir. No confían en absoluto en aquel pacto con un general del ejército de asesinos, ladrones y violadores. Pero no se puede hacer ya nada más. Sólo queda rendirse o coger la dinamita restante para hacer volar las casas en un suicidio colectivo. Por las caras negras de los mineros corren lágrimas de rabia. “El desfile de los obreros hacia los hogares fue trágico y sublime”, diría Narcís Molins.

Aquella misma noche, el Comité Provisional Revolucionario de Asturias y el Comité Anarquista de La Felguera ordenaron a los mineros deponer las armas y volver al trabajo. La Revolución de Asturias había terminado.


80 años de la Comuna de Asturias de 1934, octubre de 2014